Atmósfera de sangre y violencia
Soplan
nuevos tiempos para el país, se acerca una nueva instancia de elección presidencial
por parte de la Asamblea General. Esto motivo el regreso del General César
Díaz, que se encontraba al frente de la delegación oriental en Buenos Aires,
para encabezar los trabajos que sus amigos en Montevideo habían iniciado en
favor de su candidatura. Diríamos modernamente su plataforma política estaba en
base a; “Observancia de la Constitución,
conservación a todo trance de la paz interior, tolerancia nacional en cuanto a
todo el que pretendiese envolver al país en nuevas desgracias; fomento de la
industria; repatriación de los emigrados”.[1]
En la
vereda del frente estaba el candidato respaldado por los caudillos que firmaron
el Pacto de la Unión, Don Gabriel
Antonio Pereyra;[2]
quien publica su futuro programa de gobierno; “En el franco y leal cumplimiento de la Constitución buscaré la fuerza y
la sanción de todos mis actos gubernativos… Colocado en esa altura, si el
hombre privado conserva alguna simpatía por tal o cual partido, el jefe del
Estado, padre de la gran familia oriental, no tendrá más colores que los
purísimos colores de la bandera de la patria. Debajo de su sombra cabemos
todos; esos colores simbolizan recuerdos sin mancha; son acaso el único vínculo
que puede todavía unirnos. Ellos me impondrán el deber de iniciar mi Gobierno
proclamando la unión, la concordia, el olvido de nuestras malas pasiones… Mande
quien mandé, la mitad del pueblo oriental no puede conservar en eterna tutela a
la otra mitad”.[3]
No nos
olvidemos la presencia de un tercer candidato en la disputa presidencial del
Dr. Florentino Castellanos, que al decir del Gral. Venancio Flores, la misma estaba
impuesta por la diplomacia brasileña.
A
medidas que se acerca la fecha, el clima se espesaba, así lo denuncia el
diputado Mateo Magariño; “El día 2 del corriente –febrero-, a la salida de una casa de familia
honesta, se tomaba a todas las personas que no tenían una papeleta de
nacionalidad extranjera o que no llevaban en su bolsillo el diploma de
excepción del servicio militar, llegando el desacato de los ejecutores de tan
arbitraria medida hasta detener a algún representante de la Nación,
coincidiendo ese acto con la interpelación que ese mismo día se había hecho al
Ministro respectivo… También coincide ese proceder con la aglomeración de
fuerzas de la Campaña sobre la Capital, en circunstancias en que debe abrir sus
sesiones ordinarias el Cuerpo Legislativo”.[4]
En este
ambiente el Gral. Flores que se desempeñaba como Comandante de Armas, haciendo
una demostración de fuerza, pasa revista a sus tropas en la Plaza Artola
–actual Plaza de los 33-. En momentos que en las barras de Diputados se
producen arrestos por parte de la policía; motivando una asonada de italianos a
consecuencia del fallecimiento de un menor de dicha nacionalidad, la desgracia
se debió a una bala escapada del Cuartel
de Guardias Nacionales. Se produce prisión y destierro de varios de los
oficiales de la vieja legión italiana que fuera liderada por el nizardo
Giuseppe Garibaldi.
Sin duda
eran tiempos difíciles. Al domicilio del Gral. César Díaz, la policía venía
desde hace un tiempo realizando una vigilancia rigurosa, por lo que el dueño de
casa entendió que era momento de buscar un lugar más seguro, por lo cual pide
asilo en la Legación de España, acompañado por el Coronel Francisco Tajes
conjuntamente con otros amigos.
El
presidente en ejercicio Don José María Plá Machado, tomo la resolución de dejar
sin efecto la prohibición que pesaba sobre los diputados Muñoz, Torres y
Beltán, por lo que pueden regresar al país como todos los emigrados políticos,
las puertas de la patria se encontraban abierta para todos ellos.
Calmados
los ánimos, la designación de la primer magistratura recayó en el candidato de
los pactistas de la Unión, Gabriel Antonio José Pereira Villagrán, por
los 33 legisladores de los 45 que constituían la Asamblea.[5]
El
Presidente casi de inmediato pretende dar señales a la población de su
distanciamiento con los caudillos, que lo habían propulsado a dicho cargo. Para
ello la primer medida está destinada a dejar
sin efecto las medidas militares
que fueron tomadas en diciembre de 1855, la que se encuentra la Comandancia de
Armas que estaba a cargo de Venancio
Flores.![]() |
| Gabriel Pereira |
Como
también había llegado otro estilo de entender la política institucional; “Jamás Administración alguna halló al país en
el estado de postergación y desquicio en que los encuentra la del señor
Pereyra; pero tampoco Administración alguna ha encontrado jamás mayor
cooperación, más sincero deseo de ser ayudada. Del exceso del mal ha surgido el
bien. La animación que se nota, la confianza en el porvenir y la esperanza que
todos abrigamos de superar las dificultades que nos rodea, no tienen otra base
que la persuasión en que todos estamos de que el Gobierno va a emprender con
mano firme la reforma que la Administración del país reclama, y de que el
Gobierno va reorganizar, regularizar y movilizar esa Administración”.[6]
Y si a esto le sumamos el regresos de
emigrados radicados en la vecina orilla, parece ser que se encausaban las cosas
en el país.
Entre los regresos estaba la llegada de los diputados José María Muñoz, Fernando Torres
y Eduardo Beltrán, cuando fueron a ocupar sus lugares en la Cámara, al ascender las escaleras del Cabildo, Torres
fue agredido, situación que se repitió con otros diputados al terminar la
sesión. Estos hechos se produjeron ante la pasividad de la guardia de cárceles
y de la policía. Los agresores vitoreaban el nombre de Palomeque, Presidente de
la Cámara de Diputados.
El
titular del Poder Ejecutivo, tomo las medidas para encontrar los responsables
de los acontecimientos, pero todo quedo en una simple pantalla, pasaron 14
meses para que llegara al Juzgado del Crimen.
El juez
libro orden de arresto de: Narciso del Castillo, Francisco Oribe, Eduardo Díaz,
Pedro P. Díaz, Santiago Botana, Manuel Méndez Caldeira, Francisco Ramos da Rúa
y al capitán Malbárez. La policía no pudo “aprehender”
a ninguno, por lo que se debería de hacer un exhorto para todos los
departamentos.
Recordemos
que todo esto está sucediendo en el primer mes de asumido Pereira, se produce
un hecho que determino el destierro a Bs. As. del Gral. César Díaz, Cnel.
Francisco Tajes, del Comandante Susine y de los capitanes Fernández y
Larragoitia. Por descubrirse que estaban conspirando, así lo deja en claro el
Presidente en su comunicación a la Asamblea; “Que en la noche del 26 (marzo) y en las noches anteriores, se hacían
reuniones en casa del general César Díaz, cuyo número llegó a ser de 80 y de
100 individuos, entre algunos jefes y oficiales que se nombran, y eso sin
contar otras reuniones en casas inmediatas a la del general Díaz; que al mismo
tiempo se intentaba seducir a los soldados del Escuadrón de Artillería, y aún a
su comandante el sargento mayor don Benigno Evia quien se ofreció con
reiteración el empleo de coronel de artillería y mando absoluto del cuerpo y
todo el dinero que necesitase para sí y su familia, garantiendo esto con firmas
del comercio de esta plaza”.[7]
Era
claro que el clima no era el mejor para encausar la vida de la república; “Se intenta voltear el ministerio, dicen unos
y no expresan quién lo intenta ni por qué. Habrá un conflicto, dicen otros,
luego que las Cámaras se cierran y no se dice por qué ni para qué. El Gobierno
está preparado y toma sus medidas, es también una moneda que corre y tiene
crédito. Los generales del pacto se aprestan y cada uno reúne más o menos
ostensiblemente sus recursos. Y en medio de esta lluvia de rumores y de
cálculos en que no intervienen sino los deseos puramente individuales, pocos se
acuerdan de que en un país constitucionalmente dirigido, que tiene su carta
clara y explícita, que se halla en una época rigurosamente normal, nadie
gobierna sino el Gobierno, y que cada uno de esos rumores que toma cuerpo como
los fantasmas de la noche en la imaginación de los niños, aleja de Montevideo a
todo el que tiene algo que perder y en qué emplear su tiempo tranquila y
útilmente. Así, de día en día, merced a esa fiebre de creaciones políticas, nos
vamos quedando sin comercio, sin rentas, sin población, porque no hay que
engañarse; si a media docena de individuos puede convenir que el río se
revuelva, a cien mil no les conviene sino que corra tranquilo y claro como es
natural”.[8]
A pesar de esto, el país pudo encausar un tiempo de tregua, la que perdura
hasta que se reanudan los trabajos para las elecciones de 1857.
Se
produce el regreso desde Bs. As. de Juan Carlos Gómez, desde Entre Ríos el
Gral. Venancio Flores y el Gral. Manuel Oribe retoman la senda política, estos
últimos con el mismo espíritu fusionista que los unió no hace mucho tiempo.
Aunque
se levanta espíritus contrarios, como es el caso Club de la Defensa,
identificado con los generales César Díaz y Enrique Martínez y el Cnel.
Francisco Tajes, quienes manifestaron; “Declaramos
que nuestros principios son los que se sostienen en la Defensa de Montevideo
contra la invasión armada que trajo a la patria Manuel Oribe”.[9]
Realicemos
un simple cuadro para ver lo intrincado de la política:
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Los conservadores en el
Club de la Defensa
|
Juan C. Gómez
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Buscaba el fin del gobierno de Gabriel Pereira.
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Colorados situacionistas en el Club
de la Unión
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Gral. Medina, Manuel B. Bustamante, Luis Lamas, José G. Palomeque,
Mateo Magariño.
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Alrededor del gobierno, buscan la fusión de colorados y blancos
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Colorados seguidores de Venancio Flores
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Fusión pero en oposición a Gabriel Pereira.
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Blancos fusionistas
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Cándido Joanicó, Manuel Errasquin, José Brito del Pino, Antonio de
las Carreras, José Vázquez Sagastume.
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Apoyando al Presidente Pereira.
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Blancos fusionistas
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|
Si bien apoyan al Presidente, responden a Manuel Oribe.
|
El
domingo 1º de noviembre de 1857, estaba programado un acto público en el Teatro San Felipe, por parte de Juan
Carlos Gómez. El mismo fue prohibido por decreto presidencial; “Empeñado el Presidente de la República,
decía el preámbulo, en conservar la paz, como se lo preceptúa muy especialmente
la Constitución y como lo exigen los verdaderos intereses del país que empieza
recién a reparar los inmensos quebrantos causados por las disensiones de
partidos; persuadido íntimamente de que el único medio de conservar aquellos
bienes tan deseados por la gran mayoría sensata y pacífica de la población
nacional y extranjera, es la realización del programa que regula la política
del Gobierno y que ha sido aceptado por el país, así también como es el medio
de anarquizar el país el levantar la bandera de alguno de los viejos partidos
que han ensangrentado la República… Y considerando que por mucho que sea el
acatamiento del Gobierno al libre ejercicio del derecho electoral, que por lo
mismo de ser sagrado dentro de sus justos límites no debe consentirse su abuso
empleándolo para concitar a la guerra civil, alegando falsos peligros para la
independencia del país cuyo pabellón tiene el orgullo el Presidente de la
República de mantener en su mayor altura…”.[10]
A las
horas se procede al arresto y destierro con destino a Bs. As. de Juan Carlos
Gómez, Vicente Garzón, Isaac de Tezanos entre otros jefes y oficiales.
El
jueves 12 de noviembre de 1857, en el Paso Molino se produce el fallecimiento
de Manuel Oribe, el Ministro de Gobierno, Carlos San Vicente al inhumarse los
restos, hizo uso de la palabra; “Ante
estos recuerdos de grandeza y de gloria nacional deben acallarse las discordias
de partido, deben extinguirse las mezquinas pasiones de egoísmo y de
individualidad, en este momento doloroso y solemne no somos, no podemos ni
debemos ser sino orientales, y los orientales no olvidaremos jamás, no podemos
olvidar que el general don Manuel Oribe
fue uno de los héroes que al lado de Lavalleja nos dieron patria y libertad”.[11]
La
reacción inmediata fue la abstención electoral, y desde la vecina orilla se
comienzan los preparativos revolucionarios, como en los viejos tiempos, estos
contaban con el apoyo del partido unitario y con el concurso moral de la
prensa. A mediados de diciembre en Uruguay se produce una intentona en el
Escuadrón de Artillería, la que tuvo como consecuencia el arresto y destierro
de César Díaz, como también de varios jefes y oficiales y los dueños y
redactores de algunos periódicos como el caso de El
Comercio del Plata.
El Jefe
Político de Minas, el Cnel. Brígido Silveira, fue llamado para que diera
explicaciones, pero todo indica que las mismas fueron satisfactoria porque volvió
a su departamento para continuar en el su cargo.[12]
La medida no fue muy oportuna, ya que a las horas se produce el alzamiento al
frente de 500 hombres, conjuntamente con los comandantes Pollo, Caballero y
Farías.
El 1º
de enero dado el alzamiento el gobierno tomo las medidas del caso; “Declárase reos de lesa patria a los
traidores Brígido Silveira y demás jefes y oficiales que se hayan prestado o se
prestaren a apoyar la rebelión contra el Gobierno. Ordénase a las autoridades
civiles y militares de la República, que en el caso de ser aprehendidos los
autores de la rebelión, procedan a juzgarlos con brevedad y pronta aplicación
de la ley”.[13]
A los pocos días Silveira se encontraba
delante de Montevideo, después de vencer en el Colorado a las fuerzas
policiales de Zenón Freire.[14]
Mientras tanto debían llegar nuevos integrantes desde Bs. As. y un alzamiento
en el cuerpo de artillería en Montevideo, al mando del Sargento Mayor Aurelio
Freire, y la captura del Presidente por parte de un grupo de 40 italianos “los lombardos”, los mismos fueron
capturados antes de concretar su plan. Motivando un manifiesto de Pereira a los
extranjeros para que mantuvieran la más estricta neutralidad ante los
acontecimientos que se venían produciendo.
El
parte policial establecía; “…De una nota del
señor Comandante de la Guardia Nacional aparece que en la noche del dos de
Enero, se encontraron en la casa de la calle Canelones, como cien escopetas y
doscientos paquetes de fusil a bala. De las declaraciones del Oficial y
Guardias Nacionales que concurrieron a la casa en la noche del 2 de Enero,
resulta que al llegar al zanjón que está inmediato a dicha casa,
recibieron una descarga de un grupo de
hombres que habían estado reunidos en ella, de cuyos tiros murió el Guardia
Nacional D. Anjel Vidal. De la declaración de D. Benito Cruces aparece que la
reunión que tuvo en su casa la noche del 1º de Enero, se componía de D. Timoteo
Rodríguez, Coronel D. Matías Barrios, D. José Feo, D. Felipe Alonso, el Capitán
D. Ramón Bermúdez, D. Manuel Rosendo y Mr. Monetot, cuyas personas tenían la
costumbre de ir a su casa a pasar el rato…
…Los expresados individuos declaran haber
estado haber visto vender armas ni entrar gente en la casa. Resulta plenamente probado
que el día dos de Enero del corriente año, hubo una conspiración de lombardos
en la casa de D. Emilio Insaurraga, calle Canelones, cuyo número llegó a
cuarenta hombres: que todos ellos estuvieron armados de escopetas y puñal con
el designio de atacar la casa del Presidente de la República, saquearle y compartirse
el robo; que en la casa se halló un crecido número de escopetas de uno y dos
tiros cargados a bala –puñales de diferente formas, municiones y divisas
coloradas- y que el piquete de Guardías Nacionales que se acercó a tomar
posesión de la casa, recibió una descarga, de la que murió en el acto D. Anjel
Vidal, uno de los que componían el piquete, cuya agresión fue hecha por un
grupo de los mismos conspiradores que se habían conservado en las inmediaciones
de la casa. En el día se trata de investigar el paradero de los ocupantes de la
casa, y al efecto se han librado las requisitorias competentes. Tal es el
estado de la causa. Ramón de Santiago, Oficial 1º de Policía. Narciso del
Castillo, Escribano Público…”.[15]
El movimiento fue delatado por uno de los compatriotas Ángel Presbitte. Pero es
justo decir que no se tiene mucha certeza que esta conspiración estuviera
coordinada con los rebeldes, pero al gobierno le vino como dedillo al dedo.
La
prensa de la Provincia de Bs. As. reflota viejos ánimos, así lo vieron en esta
orilla; “Preciso es que los hombres de la
Defensa recuerden lo que han sufrido y lo que sufrirían en caso de tener algún
contraste las armas de la libertad. Preciso es recordar los quebrantos que ha
sufrido la República, ocasionados por hombres que vendieron su patria a un
tirano, y con arreglo a ello marchar con firmeza, dando principio al exterminio
y confiscación en todos los puntos que dominen las armas de la libertad. De lo
contrario la guerra es desigual y viendo los soldados de la libertad que no se
adopta una marcha enérgica y firme, pronto entrará el desaliento, faltarán los
recursos, y ellos con su antigua táctica, tomarán vuelo y llevarán la ventaja
que siempre han llevado… La experiencia nos ha mostrado ya que sin esa medida
es imposible que se acabe la guerra civil en las dos márgenes del Paraná y del
Plata, y siendo esta una necesidad imprescindible, es preciso endurecer el
corazón y adoptarla: a quienes guerra a muerte saben hacer, con guerra a muerte
se les debe responder. Si ellos abrieron la escuela para destruir todo lo
bueno, para degollar a todo hombre de honor y si son los verdaderos autores de
todos los males que han sufrido las dos Repúblicas del Plata, abren de nuevo la
misma escuela de Rosas y Oribe que ellos establecieron para acabar con todo lo
bueno y para asesinar lo más notable de nuestra patria, ¿qué cosa más llana y
sencilla que lavar con sangre la manchas de sangre?... La fusión es una
mentira, la fusión es imposible, es tolerantismo, un crimen de lesa patria, y los
soldados de la libertad deben preferir que se acabe la especie humana, antes
que se pierda la campaña… Con el terrorismo, el robo y el pillaje alentó Rosas
y Oribe a sus tropas de bandidos; con el terrorismo se les debe contestar, y a
quienes son tan amaestrados en la guerra a muerte, con la guerra a muerte se
les debe responder”.[16]
Los
revolucionarios procedentes desde Bs.As. lo realizaban en la goleta Maipú –propiedad del gobierno de la
Provincia de Bs. As.-, llegan el miércoles 6 de enero a las costa del Cerro en
pleno día, al mando del Gral. César Díaz, los comandantes Eugenio Abella y Juan
C. Vázquez, sargentos mayores Felipe Arroyo, Esteban Sacarello y José M. Cabot
y capitanes Manuel Pagola y Juan Manuel de la Sierra, además de uno setenta y
tantos hombres. Se produce el encuentro con las fuerzas en tierra. Al mando de
las mismas se puso César Díaz, desde el Cerrito bajo a la plaza de Montevideo,
con intenciones de atacarla, las operaciones duraron dos días, llegaron hasta
el Templo Inglés y la calle Piedras.
Al no
tener noticas del Cuerpo de Artillería, Díaz resolvió retirarse al interior
para continuar con su campaña bajo una nueva estrategia. Esta decisión será una mala jugada.
Recordemos que César Díaz y sus seguidores tenían sus fuerzas y vinculaciones
en Montevideo, y no contaban con apoyo en la campaña, lo que si podía tener el
Presidente.
Motivando
una seguidilla de derrotas a los revolucionarios, el 16 de enero era derrotada
la caballería del Cnel. Silveira a manos del Cnel. Benardino Olid en las puntas
del Solís. El 18 aunque en este caso las versiones son diferentes. Díaz
continúo su marcha al Paso de Quinteros, donde fue alcanzado por las fuerzas
del Gral. Anacleto Medina, donde los insurgentes se declaran vencidos.
Ese
mismo día Gral. Medina le informa al Presidente; “Hemos triunfado completamente, pues el ejército rebelde que logramos
alcanzar, todos se ha sometido y ha entregado sus armas, pertrechos y bagajes…
El general don César Díaz, Freire, el coronel Tajes y 14 jefes más están
prisioneros en nuestro poder”.[17]
Llegando
a Montevideo, el lunes 8 de febrero nuevamente Medina escribe; “Después de derrotados completamente los
rebeldes por la vanguardia del ejercito constitucional, quedaron reducidos en
el Paso de Quinteros con su infantería y tres escuadrones de caballería, donde
el grueso del ejército que había tomado la retaguardia del enemigo los embistió
circunvalándolos para cargarlos. Entonces fue cuando tentaron la capitulación
por primera vez y segunda vez que no quise oír, hasta que habiéndola propuesto
por tercera vez, les intimé se rindieran a discreción y sin condiciones en el
término de media hora, so pena de ser inmediatamente acuchillados por el
ejército. Se rindieron efectivamente y considerándolos, como realmente eran,
traidores tomados con las armas en la mano, los puse a disposición del Gobierno”.[18]
Por su parte los
rebeldes pudieron hacer sus cartas para sus familiares, que serían enviadas con
las notificaciones oficiales a Montevideo. Es el caso de César Díaz, el 29 de
enero le escribe a su hermana y esposa; “Mi
querida Angelita: ayer hemos sido obligados a capitular con el general Medina.
Mediante un parlamento se convino en que serían garantidos todos los oficiales
y soldados y que los jefes obtendríamos un salvoconducto para salir del país.
En efecto, se nos dio el pasaporte, expresando en él que seríamos acompañados
hasta la frontera del Brasil por el Jefe Político de Cerro Largo don Dionisio
Coronel, y la tropa fue entregada con sus armas. Pero aun cuando estaba convenido de palabra que ayer
mismo saldríamos para nuestro destino, estamos hasta hoy en el campo del
ejército. Se nos dice que es para que marchemos junto con la división de aquel
departamento, que debe salir de hoy a mañana…
Mi querida Pepa –esposa-: después de extraordinarios esfuerzos para sostener la campaña, nos
hemos visto ayer obligados a capitular. El general Medina ha garantido la vida
de todos los oficiales y soldados que me acompañaban. En cuanto a mi y los
demás jefes, no ha dado un pasaporte para marchar a la frontera del Brasil,
bajo una escolta de las fuerzas a su mando. Esto ha sido pactado antes de
deponer las armas. Y tengo en mi bolsillo el expresado pasaporte; …No me figuro
que el general Medina sea capaz de violar un convenio celebrado con todas las
formalidades de la guerra; pero no puedo sn embargo hablar con seguridad de mi
futura suerte. ¿No llevarán al Brasil? ¿Nos llevarán a Montevideo? ¡Quién sabe!
Pienso a todas horas en ti”.[19]
O el
caso de Vicente Garzón en carta a su madre; “Hemos sido vencidos por la incapacidad de nuestro general; el enemigo
ha sido muy generoso con nosotros. Lasala me ha sacado de entre los prisioneros
y me tiene a su lado”.[20]
Por su
parte Juan Manuel de la Sierra nos presenta la rendición de la siguiente
manera; “Al llegar al Paso de Quinteros
en el río Negro, quedaron en contacto los dos ejércitos: el de Medina fuerte de
2.500 hombres y el de César Díaz, que ya no alcanzaba a 500 en razón de haberse
retirado varias partidas ante el anuncio de una transacción. Después de algunos
combates aislados, el general Díaz envió un parlamentario contra la opinión del
coronel Tajes, quien se inclinaba a seguir luchando por falta de confianza en
la actitud de los adversarios. El mayor Espinosa, que era el parlamentario,
regresó con una carta de Medina y, luego de leerla, dijo César Díaz a Tajes:
“El general Medina me dice aquí que garante la vida de todos nosotros; por
consiguiente trato con él y no con los blancos”. Volvió Espinosa al campo de
Medina y regresó con un pliego que establecía las siguientes condiciones: las
fuerzas sublevadas se someterán al jefe del ejército constitucional; los
oficiales y soldados serán conducidos a la Capital para ser puestos a
disposición del Presidente de la República; el general y los demás jefes
pasarán con sus respectivos pasaportes al Brasil… Estas condiciones estaban
firmadas por Medina y fueron leídas a los oficiales y soldados después de su
aceptación por los jefes superiores.
Mientras se pactaba una suspensión de armas,
en que los jefes de Medina se daban por interiorizados de las condiciones de la
capitulación.
César Díaz se quedó con el original y pasó
una copia bajo su firma a Medina. En el acto del canje de las notas, don
Dionisio Coronel notificó a los jefes de la revolución que debían ponerse en
marcha para el Brasil, custodiado por el escuadrón del capitán Álvarez, y ya la
columna se había puesto en marcha y había andado unas tres leguas cuando se
mandó retrogradar.
Antes de llegar la orden de fusilamiento hubo
en el ejército un movimiento contra la vida de los prisioneros, que obstó al
cumplimiento inmediato de la capitulación, resolviéndose esperar la palabra del
Gobierno.
La orden llegó el 1º de febrero y en el acto
fueron fusilados el general César Díaz, quien al caminar hacia el sitio del
suplicio y al enfrentarse con Medina le increpó su conducta en estos términos:
“¿qué vale ya la palabra de un general oriental?”, el general Manuel Freire, el
coronel Francisco Tajes, el coronel Eulalio Martínez, y al día siguiente los
comandantes Isidro Caballero, Eugenio Abella, Benigno Islas, Juan José Poyo y
Ramón Islas, los sargentos mayores Esteban Sacarello, Manuel Espinosa, Aurelio
G. Freire y varios oficiales subalternos”.[21]
Otro aspecto a tener presente son las comunicaciones y los
plazo que estas son conocidas, ¿por qué esto? Simple, el único medio de comunicación
que existía en el país era la de los mensajeros a posta de caballo. Es así que
el Presidente el sábado 30 de enero, celebró en acuerdo de ministro; “Resuelto el Gobierno a salvar el país de la
desmoralización a que lo han conducido
las continuas maquinaciones de los enemigos de todo orden que sin más pretexto
que sus bajas pasiones conspiran contra la sociedad atacando a los gobiernos
legítimos que la representan, y no pudiendo clasificarse de otra manera que la
banda de forajidos entregados a todos los excesos del pillaje y del exterminio
la aglomeración de hombres que han osado venir sobre la Capital y en cuya
persecución han marchado las fuerzas nacionales, que no pueden tardar en
castigar a esos delincuentes malvados, puestos ya fuera de la ley en virtud de
los decretos y órdenes dictados para el caso de ser aprehendidos; y
considerando el Gobierno que aunque autorizado para usar de la clemencia
compatible con las circunstancias, no puede extenderla a los jefes y oficiales
tomados con las armas en la mano, porque además de aparecer débil e
inconsecuente con las promesas hechas al país, contraería para con él una sería
responsabilidad: en cumplimiento de lo dispuesto en el decreto de 1º de enero
del corriente año, que declara reos de lesa patria a todos los jefes y
oficiales que se hayan prestado o se prestaren a apoyar la rebelión contra el
Gobierno, ha acordado que se oficie al General en Jefe del ejército nacional
para que haga pasar por las armas a los generales y jefes que aprehenda hasta
la clase coronel inclusive, y que desde la de teniente coronel hasta la de
alférez sean quintados[22] para sufrir la misma
pena. Y que si entre estos mismos hubiese algunos que se hubieran distinguido
por hechos de una criminalidad remarcable en asesinatos y saqueos, sean
exceptuados de la quinta y fusilados sin entrar en ella.
Pereira, Antonio de las Carreras, Juan A. Gómez, Federico Nin Reyes”.[23]
A los dos día se tiene conocimiento del parte oficial de lo
ocurrido en el campo de batalla, lo que motivo, un cambio en el Presidente, que
le comunica a su ministro de guerra, donde se mantiene la ejecución de los
jefes de coronel arriba, pero quedaba sin efecto a los oficiales inferiores. Pero ya era tarde… no olvidemos que seguía
vigente el decreto del 1º de enero.
A los
cuatro días de la derrota ocurre lo inesperado: el fusilamiento de los
generales César Díaz y Manuel Freire –integrante de la Cruzada de los 33 Orientales-, los coroneles Francisco Tajes,
Eugenio Abella e Isidoro Caballero, y una veintena de jefes y oficiales, como
también otros que se fueron sumando a medida que se marchaba rumbo a
Montevideo.
El
Cnel. Caballero le envió correspondencia al redactor de La Reforma Pacífica, Nicolás A. Calvo, en momento que César Díaz se
despedía; “Cuando nos arrojamos a la
revolución, vinimos a triunfar o a ser vencidos, y en este caso sabíamos que
jugábamos nuestras cabezas. No es este pues, el momento de pensar en las balas
que nos van a atravesar. Lo que es preciso es saber morir. –acto seguido
abrió su pechera para que le disparara-
Deseo que esta sangre que va a derramarse sirva realmente para la verdadera
unión de los orientales”.[24]
Por su
parte el Sargento Mayor Juan Manuel de la Sierra, cuando le toca el turno al
Cnel. Caballero este manifestó; “Si
supiera que mi sangre habría de redimir a mi patria, moriría contento; pero si
cae al suelo por el capricho de un hombre o de un partido, del suelo la han de
recoger mis hijos algún día”.[25]
Según el mismo testigo Francisco Tajes se disparó dos tiros, sin lograr su objetivo,
quitarse la vida, estando en esa situación se le fusila.
Para
finalizar el tema, veamos el discurso del Presidente al inaugura una nueva
legislatura en febrero de 1858; “…según
lo reclamaban los altos y bien entendidos intereses del país, al cual era
preciso darle ejemplo saludable y seguridades de que para el futuro no volviera
la anarquía a levantar la cabeza en nuestra tan hermosa cuando desgraciada
patria. Por profundo que fuese el sinsabor que debía apurar el Gobierno
aprobando y decretando ese grande acto de justicia penal, después de haber
ofertado inútilmente el perdón y el olvido en los primeros momentos, tuvo que
sobreponerse a todo sentimiento de clemencia, para no mirar sino la senda
estricta y severa del deber y de la necesidad nacional”.[26]
Sin
duda este episodio abrió un mundo de opiniones, que parecen hoy en día saldadas,
en apariencia, dado que cada tanto todavía aparecen columnas de opinión levantado voces
de un lado y otro.
¿Qué pasó?
“El Presidente Pereyra y el general Medina
eran dos personajes culminantes del Partido Colorado, pero ellos contaban
principalmente con el concurso de los blancos, sus antiguos adversarios
políticos, que dominaban en el ministerio con Carreras, Nin Reyes y Andrés A.
Gómez, y en el ejército de Quinteros con Lasala, Dionisio Coronel, Burgueño,
Timoteo Aparicio, Madariaga, Rafael Rodríguez y Bernardino Olid.
La hecatombe, decía don Nicolás A. Calvo en
“La Reforma Pacífica” de 1864, fue dictada para ahogar las revoluciones y no
para favorecer a un partido político… “la responsabilidad de Quinteros no es de
un partido, es de un gobierno y de un gobierno mixto”.
De un gobierno mixto en que dominaban los
blancos, pudo y debió agregar”.[27]
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Los lamentables acontecimientos de Paso Quinteros produjeron una gran conmoción a nivel nacional como
internacionalmente. Los colorados tenían servida en bandeja, la bandera del
martirio. En una sociedad caudillista, de “barbarie”,
no hay otra forma que la venganza iba por el mismo camino. Era cuestión de
esperar el momento propicio. Los más sanguinarios caudillos colorados pedían la
cabeza de su antiguo camarada, el Gral. Medina y no descansarían hasta
obtenerla.
[1]
Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo II.
Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 598.
[2]
Gabriel A. Pereira 17 de marzo de 1794 – 14 de abril de 1861. Soldado
artiguista, constituyente del año 30, ministro, legislador y Presidente de la República.
Fue fundador de la Logia Los Independentistas
en 1819, Logia Caballeros Orientales en 1822, del Capitulo Independencia en
1830, de la Logia Tolerancia en 1830 y de la Logia Constante Amistad
en 1831, Gran Comendador del Supremo Consejo de Grado 33º. Biografías masónicas orientales. Gran
Logia de la Masonería del Uruguay. Tomo I. 1991. pp. 108-109.
[4]
Ibídem.
[5]
La votación fue la siguiente: 24
votos a Pereira, 7 para Florentino Castellanos, 1 voto a José Ellauri y 1 para
Juan Miguel Martínez.
[6]
Acevedo, Eduardo- Ob.
Cit. p. 603. Estas líneas son del diario El
Mercurio, en su momento apoyaba la candidatura del César Díaz.
[7]
Ídem. p. 605.
[8] Ídem. p. 607.
[9]
Ibídem.
[10]
Ídem. p. 618.
[11]
Ibídem.
[12]
Debemos recordar que el día de las
elecciones, el Jefe Político patrocinaba una lista en la que se hallaban los
jefes civiles del Partido Conservador
que se encontraban desterrados en Bs. As.: Juan Carlos Blanco, José Mª Muñoz y
Pedro Bustamante. El acto eleccionario quedo sin efecto por decreto del
gobierno.
[14]
Sin entrar en la polémica, ya que la
misma ha dado ríos de tinta, dejamos la misma planteada. En dicho
enfrentamiento murió Luis Pedro Herrera –hermano del Dr. Juan José de Herrera-,
donde su cuerpo después de ser brutalmente tortura, atado a la rueda de
una carreta fue mutilado.
[15]
Dotta Ostria, Mario- Caudillos, Doctores y Masones. Protagonistas
en la Gran Comarca Rioplatense (1806-1865). Montevideo. 2006. p. 280.
[17]
Ídem. p. 634. La misma llega a manos del Presidente
el 1º de febrero.
[18]
Ídem. p. 635.
[19]
Ídem. p. 636.
[20]
Ídem. p. 637.
[21]
Ídem. pp. 638-639.
[23]
Ídem. p. 639. Es probable que la
comunicación llegara entre el 3 y el 4 de febrero.
[24]
Ídem. p. 627.
[25] De la Sierra,
Juan Manuel- La Revolución de 1857 y
la Hecatombe de Quinteros. Por un testigo presencial. La Tribuna. Montevideo.
1866. p.
58.
[27] Ídem. pp. 627-628. Recordemos que
en 1856 desde nuestras tierras los generales argentinos José Mª Flores y
Jerónimo Costa, organizan una revolución contra el Gobierno de la Provincia de
Bs. As., el final es similar al de Paso
de Quinteros.



