martes, 19 de febrero de 2019

Venancio Flores y Bernardo Berro


 

Ambiciones y Pasiones










L
a situación que se vivía en el país determino el regreso del Gral. Venancio Flores desde tierras paraguayas, por otra parte este no tenía ningún interés en regresar al escenario bélico, dado que  se había roto la armonía de los aliados.
Una de las primeras medidas de Flores fue llamar a su despacho a los Dres. Vidal –quien se hizo cargo del gobierno en ausencia del General-, Rodríguez Caballero y Magariños y los Grales. Suárez y Caraballo, donde decreto el aplazamiento de los comicios por un año, es decir a noviembre de 1867; “En los momentos actuales, cuando el país se encuentra bajo la influencia de una guerra extranjera y subsistiendo los vivos inconvenientes que nos legaron los últimos acontecimientos internos, no es posible llegar a la organización de los Poderes Públicos sin haber dado antes a los elementos que deben concurrir a esa obra los medios de hacerlo ventajosamente, a fin de que esos Poderes puedan reposar sobre una base sólida y que consecuencia les dé suficiente garantía de estabilidad… Para que el uso de las libertades democráticas sea una realidad en la República es preciso que desaparezcan completamente los obstáculos que nos dejaron las tristes disidencias porque hemos atravesado… Pero esto que importa a la felicidad de nuestra cara patria no puede ser sino obra de todos sus hijos, que comprendieron sus sagrados deberes lleguen por medio del convencimiento a establecer la unidad de la acción y la prescindencia de todo otro sentimiento que no sea el de asegurar de una manera unánime y estable la vida regular de la República…Mi constante afán, a cuyo logro pondré mi decidida voluntad y medios, será la unión franca y sincera de todos los elementos sanos y de los elementos dignos que la exageración de los partidos ha quebrado, pero que es preciso vuelvan al centro común para que con abstracción completa de pasados errores se estrechen lazos fraternales y en torno del sagrado pabellón de la patria, a fin de que pueda levantarse orgullosa y feliz ante el mundo entero sostenida por los potentes brazos de sus buenos hijos”.[1]
Esta decisión de Flores no cayó bien en la vecina orilla, en el diario La Nación Argentina –del Gral. Mitre- ya que el argumento que dio Venancio para su regreso del frente de batalla en tierras paraguayas fue el intento de restablecer el orden en su país; “El general Flores retirado del teatro de la guerra en momentos solemnes para la alianza dando por motivo de su separación la necesidad de normalizar la situación del estado Oriental, restableciendo el orden constitucional, ha proclamado la continuidad por un año más de su dictadura… Justos apreciadores del mérito y el patriotismo del general Flores, pero hombres de principios ante todo, no podemos aprobar el paso que acaba de dar… La situación anormal en que se encuentra la vecina República sólo se explica como un acto transitorio, resultado inevitable del camino operado por la revolución triunfante… Todo lo que sea prolongar ese estado transitorio y postergar el restablecimiento del orden constitucional es alejar el triunfo más importante de esa revolución y el único que puede justificarla, cual es el de hacer extensivos a todos los orientales los beneficios de la libertad y de las garantías que les acuerda la Constitución del Estado”.[2]

No quedaba claro la maniobra realizada por Flores, si esto encerraba una intención de continuar en el poder en forma legal; aunque todo apuntaba a que el 15 de febrero de 1868 entregaba el mismo.

Fue el 30 de junio del 67, que la Policía descubrió una mina en el Fuerte que también funcionaba como Casa de Gobierno,  su colocación se realizó mediante la utilización del caño maestro de una de las casas de enfrente al despacho presidencial.
Los trabajos de la policía apuntaron como principal sospechoso de intento a don Eduardo Beltrán, este acababa de embarcarse para Buenos Aires, siendo ratificada la denuncia por Neumayer, el acusado defendía su inocencia desde la vecina orilla y prometía regresar al país una vez que se restableciera la constitucionalidad en el Uruguay.
El encargado de dirigir los trabajos era el ingeniero alemán Pablo Neumayer, en el operativo fue encontrado en el túnel el primo  hermano de este. La mina parecería que consistía en dos barrilitos de pólvora que la explosión se realizaría por intermedio de un aparato eléctrico.  Por su parte los comandantes Lucas Vergara y Leopoldo Mancini, don Fernando Torres, don Ramón Márquez, fueron detenidos como sospechosos. Quienes fueron llevados a la presencia del juez, este los puso en libertad por falta de pruebas. La única medida que adopto Flores fue contra Suárez, y muy discreta; le prohibió salir de Montevideo.

Los allegados al General, adjudicaron una intencionalidad política al hecho, apuntando a la fracción conservadora del partido; prueba de ello es la manifestación que se realiza y las palabras del Coronel Magariños –quien invocaba la representación de los jefes militares-; “Que la maldad e ingratitud de esos desnaturalizados que han proyectado tan infame crimen no confunda al partido de la libertad y a los leales servidores del Gobierno. La gran mayoría de ese partido es estar al lado de V. E.
No he de confundir, no, contestó Flores, entre mis más fieles servidores y los verdaderos amigos de la causa de la libertad porque hemos peleado, al hijo o correligionario político desnaturalizado que ha atentado contra la vida de uno de los defensores de la patria. Es una negra ingratitud que clama contra la gloria de los hombres de un partido que ha sabido levantarse tan alto por su moralidad, por sus virtudes, por su valor”.[3]
Por  su parte Flores público un manifiesto; “Es deber mío asegurar una vez más a mis conciudadanos y al país entero que, firme en los propósitos que se ha trazado como consecuencia de la revolución libertadora que aún está de pie el gobierno provisorio sin arrendarse ante intentos criminales, ni ante los obstáculos que pueda encontrar aún en su camino, mantendrá con mano firme y decidida el sagrado depósito que le ha sido confiado, hasta que restaurados los poderes constitucionales en la época que he ofrecido y que no está lejana haga ante ellos entrega del mandato que hoy ejerzo”.[4]

En setiembre se toman algunas medidas que dejan en evidencia la tensa situación por la cual se estaba atravesando. El Gral. Caraballo es designado para ocupar el cargo de la jefatura del Estado Mayor.  Quizás la más reveladora de las medidas tiene que ver con la colocación de dos piezas de artillería del Fuerte de San José –Plaza Zabala- en la puerta 
Pedro Varela
del Cabildo –en esa época sede del Poder Legislativo-.


En noviembre de 1867 se llevaron adelante las elecciones, donde los blancos se abstuvieron electoralmente, esta actitud es preludio de revolución. Las Cámaras se instalaron el 15 de febrero, mientras tanto Flores entrega el gobierno Al joven abogado Pedro Varela, Presidente del Senado. Esta designación genero el descontento dentro de los caudillos colorados, destacándose entre ellos a Gregorio Suárez, llegando al caso de transformarse en un enemigo.
Pedro Varela
Ese mismo día Flores hace público su manifiesto; “Orgulloso y satisfecho de mi obra, yo me retiro al hogar doméstico. Al entrar en él no voy dominado por el temor de que algún remordimiento pueda venir a turbar esas horas solitarias de reposo que son el pobre consuelo del hombre público cuando se aleja del mando, porque como lo sabéis, compatriotas, la dictadura no se ha manchado con una sola gota de sangre, no ha hecho derramar una sola lágrima, no ha perseguido a nadie, ni ha establecido la prepotencia de los unos en perjuicio del abatimiento de los otros. Para mí todos eran orientales. Como a tales los he tratado, estableciendo el ejercicio de esa justicia distributiva que hace imposibles los resentimientos que engendra la cólera y que produce el contento que ocasiona la satisfacción de todos”.[5]
Ya en los primeros meses del nuevo año se vislumbraba una fuerte sombra sobre nuestro incipiente sistema financiero, precedida de largo tiempo por algunas crisis comerciales,  y la guerra civil. Lo que nadie podía imaginarse es el número de desdichas y el desenlace  que los acontecimientos deparaban para los orientales.


El mes de febrero se presentó particularmente calurosos, a lo que hay que sumarle el estallido de la epidemia de cólera, la que venía haciendo estragos en la población. Momentos en que se hace sentir la quiebra de la casa londinense Overend Gurney y Cía –“viernes negro” de mayo de 1866- dejando en evidencia nuestra dependencia en las redes del capitalismo mundial.


Por otra parte la población de Montevideo se prestaba para vivir un nuevo carnaval, aunque la prensa nuevamente insiste en el abandono de dicha práctica que no era nada civilizado. El Edicto policial establecía la prohibición del juego con agua y todo tipo de proyectil, pero si habilita el uso de disfraces a cualquier hora sin la necesidad de contar con la autorización, los bailes de máscaras ya sean públicos o privados, las comparsas a pie, en carruaje o a caballo.

El ambiente estaba a punto de caramelo, el levantamiento blanco debía de estallar el 15 de febrero, su conductor el ex presidente Bernardo Prudencio Berro. Pero no paso lo esperado, se dice que el propio Flores llegó a tener una conversación con Berro, advirtiéndole que la única garantía que tenía de subsistir, era la propia integridad física de Flores. El ex presidente se encontraba asilado en la en la casa del Ministro del Perú don Benigno Vigil, donde recibió una carta de Flores donde le transmitía que podía regresar a su domicilio tranquilamente.
El plan revolucionario consistía en apoderarse del Fuerte –Casa de Gobierno- y apresar a Pedro Varela, tomar el cuartel del Batallón “Constitucional” –siendo este el sostén del gobierno en Montevideo-. En las afuera de la ciudad el Coronel Bastarrica con un contingente de revolucionarios arremeterían contra la ciudad, para ello debía de esperar la señal desde la ciudad que se iniciaran las acciones. Todo quedo ese día en la nada, aparentemente.

La mañana del miércoles 19 de febrero fue particularmente calurosa, cuando las campanas de la iglesia Matriz indico las dos de la tarde, era la señal para que los revolucionarios entraran en movimiento, se dio la toma del Fuerte al mando de Berro y 25 hombres, revolver y lanza en mano, irrumpiendo al grito de “abajo el Brasil” y “viva la independencia Oriental del Paraguay”.
La suerte acompaño al presidente interino Pedro Varela y al encargado de negocios de Brasil, los que pudieron escapar por la puerta del fondo.
A Zenón Freire le correspondió atacar el cuartel de Dragones, donde se alojaba el batallón Constitucional. Se contaba que se plegaran los paraguayos. La acción se vio truncada por la reacción del Coronel Olave, dándole muerte a Freire, y la actitud de los que no se plegaron al levantamiento. 
Inmediatamente Olave da parte a Flores en la casa de la calle Florida, casi Mercedes donde estaba almorzando con antiguos colaboradores. No le llamo la atención dado que esa mañana el Gral. Caraballo le advierte sobre la conjura, siendo su repuesta “No le temo a los blancos, Uds. son los que conspiran y tampoco les temo”. “Entonces Flores y sus amigos tomaron algunas pistolas sin examinar si estaban o no cargadas y subiendo a un carruaje que había en la puerta, se dispusieron a marchar hacia el lugar de los acontecimientos”.[6]

Por su parte Bastarrica y un centenar de hombres –ubicados entre la Unión, Manga y Toledo-  nunca recibió el aviso, dado que el chasque enviado por Berro, encuentra la muerte a la altura de la zona de Tres Cruces, fulminado por un ataque de cólera.

Sin duda es un momento crítico para Berro, al ver que se le viene encima al Fuerte el batallón Constitucional, fue su turno el escapar por la puerta del fondo. Emprende su marcha a la costa, consciente de su derrota, procura alcanzar alguna lancha, que estaba en los planes si esto fracasaba en la zona del Cubo del Sur frente al Templo Inglés –que estaría disimulando trabajos de pesca-,[7] pero esta también falto a la cita. “Berro bajó hasta el templo Inglés, subió luego por la calle de Brecha hasta la de Reconquista, golpeó en lo de don Pedro Berro, pariente suyo, donde no se le abrió. Por Cámara llegó hasta la esquina de Buenos Aires y miró para la plaza Constitución en momentos en que se vivaba a Bustamante y a las fuerzas allí reunidas. De allí volvió hacia el Sur para retomar la calle de Reconquista hacia el Oeste, encontrándose entonces con el comisario don Leonardo Mayobre y un policía, que no lo reconocieron. No obstante, apareció allí en aquel momento el comandante Manuel Lasota, quien, noticiado por el fabricante de cigarros Carrillo, que Berro acababa de pasar, lo comunico a Mayobre…”.[8]
Toma la decisión de desandar su paso por lo tanto emprende el regreso por la calle Alzáibar, hasta Reconquista para luego tomar Misiones, a su paso se cerraban las puertas y ventanas; pero una partida que traía presos a varios blancos, entre ellos al Dr. Martín Aguirre, lo arrestó, llevándolo detenido y conducido al Cabildo.

Cuando el coche de Flores llega a la calle Rincón entre Ciudadela y Juncal, fue interceptado por una carreta cargada de pasto, esto ocurría frente al almacén de Quintín Correa. Por la calle Mercedes irrumpen varias personas, emponchadas y cubierto su rostro, abrieron fuego contra el carruaje de Flores, quedando el conductor con una herida mortal. Flangini azuzó a los caballos sin gobiernos.
Flores respondía la agresión como podía, una esperanza pareció tener al ver que llegaba el Mayor Evia a galope; pero este fue abatido por los asaltantes. Mientras tanto Flores hacia esfuerzos por librar el carruaje dado que se encontraba atascado por el carro de pasto, cuando la puerta de su lado se pudo abrir, se escurrió, fue el momento donde los asaltantes cayeron sobre él, ultimándolo a puñaladas.
Los acompañantes de Flores –Flangini, Marquez y Errecart- pudieron salir del carruaje, pero ya era tarde, cuando Flores quedo moribundo los asesinos se desbandaron. El cuerpo del General se encontraba tirado en la acera, casualmente pasaba el Pbro. Juan Carmen Souberville, arrodillándose y orando por el alma del caudillo.
Golpearon a Correa para que este abriera el negocio  para entrar el cadáver, para luego ser llevado al Cabildo.

Boceto

La muerte del General Manuel Blanes, (1868), oleo de Juan Manuel Blanes.

Dado el clima, el gobierno toma sus previsiones ante la posibilidad de un empeoramiento de la situación, ocupación de la Aduana y su vigilancia a las legaciones extranjeras, se le hace un pedido de auxilio a Buenos Aires, proclamándose el estado de sitio, como forma de frenar la cacería de blancos los cuales eran fusilados sin ningún miramiento. Otros corrieron con mejor suerte, pudiendo llegar a refugiarse en las embajadas, es el caso del Coronel Maza –yerno de Oribe-, Emilio Berro –sobrino de Bernardo-, y Brizuela –ex agente del Paraguay, que participa en el asalto al Fuerte-.
El titular del Poder ejecutivo del momento estableció como autores de la trágica jornada; “…a los verdugos cuyas manos estaban manchadas por la carnicería salvaje de Quinteros… -se produce la baja de todos los jefes y oficiales blancos- …una completa solidaridad con el hecho criminal ejecutado con toda premeditación y alevosía por ese mismo partido en la ilustre persona del brigadier general don Venancio Flores”.[9]

En este entorno se tomó la decisión de postergar el entierro del General Flores, de forma de evitar males peores. El cargo de comandante general de armas recayó en Manuel Flores, hermano de Venancio, pero fallecerá el día 21, conjuntamente con otras veinte personas que se encontraban en el Cabildo, el rumor que corrió era que el agua estaba contaminada, para otros el cadáver de Venancio  que se encontraba en el lugar, recién el 30 se llevaría a la Matriz, estaba mal embalsamado, por lo cual había contribuido a la contaminación del edificio –esto motivo otro rumor; lo que se enterró fue solamente la cabeza dado el error al embalsamarlo-. La realización de las exequias del General Venancio Flores da lugar a la presencia masiva del pueblo. Fue exhibido en la Iglesia Matriz durante varios días, recibirá sepultura en ella.

Ante esta situación del Cabildo se tomó la resolución de evacuar el edificio, la medida se llevó a cabo tan rápidamente que se dejó en los calabozos a algunos presos que morían de hambre.
Catedral Matriz de Montevideo
El sábado 22 se decretó; “Todo individuo, decía, que cometa actos de violencia contra cualquier ciudadano será castigado ejemplarmente… considerando el Gobierno que aun cuando sea muy legítima la indignación producida en el ánimo del pueblo por el horrible asesinato perpetrado en la persona del brigadier general Flores, no puede ni debe consentir que cada ciudadano se crea con el derecho de ejercer actos aislados de venganza que mancharían el decoro del Partido Colorado haciendo irrisorio el ministerio del poder público”.[10]
Del comercio donde salieron los asesino de Flores, sufrió las consecuencias de la ira de sus seguidores, siendo ultimados su propietario y su dependiente.
Pasado este primer momento de locura generalizada, empiezan a caer las sospechas sobre Gregorio Suárez, se recordó que en la tarde del 19 se le vio por el Cabildo, y sobre el cual pesaba todavía el decreto de Flores que le señalaba la ciudad por cárcel.

En la prensa de Buenos Aires se instaló una polémica, donde se manejaba la hipótesis que el asesinato fue obra de los conservadores y no de los blancos, fueron los mismos del atentado de la mina contra el Fuerte.

Fortunato había sido desterrado a Río y pretendió regresar el 6 de marzo, no se le dejo desembarcar. “La Sra. Flores, esta especie de Agripina plebeya, antaño todavía tan imperiosa y que ahora podríamos llamar la Niobe oriental, la Sra. Flores, enferma y en cama, ni siquiera ha podido besar a este hijo desnaturalizado, del cual tenía la demencia de estar orgullosa, y que ha perdido a su familia. Exaltada hasta el furor contra los generales Suárez y Caraballo, los acusa abiertamente, sobre todo al último, de haber participado en la conspiración “blanca” y de ser los verdaderos asesinos de su marido. La Sra. Maillefer, quien la ha visitado últimamente, volvió de su casa espantada de todo lo que había oído; y sin embargo, pensando bien algunas revelaciones de los blancos refugiados en nuestros barcos de guerra, uno se sentiría tentado de creer que no todo es imaginario en las denuncias de esta viuda exasperada”, esta son las impresiones del cónsul Maillefer.[11]


Las sospechas llegaron a recaer en el cochero del General. La situación fue la siguiente:
Felipe Sicco, fue cochero del Sr. Esteves, cuya casa se encontraba en Rincón y Misiones, un día Esteves lo mando a cuidar y a dormir a una casa –hoy se ubicaría en la plaza Zabala- la misma era una casa de “hembras”, que Esteves tenía. Motivando al otro día la reacción de Sicco, que él había ingresado como cochero y no para otros cuidados, tomando la decisión de abandonar el puesto de trabajo. Inmediatamente logra entrar a trabajar en lo de Passicot, vasco francés, muy alto, por el estilo de Duplessis,[12] que era de los hombres más altos que había.
La cochería de Passicot se ubicaba al lado de la Casa de la Mina –Fuerte- en la rinconada sudoeste –de la actual Plaza Zabala-. La amistad con José Cándido Bustamante que venía desde la época de su trabajo con Esteves y sus conversaciones en lo de Passicot, le recomendó con Flores, para que lo pidiera para su servicio, cuando solicite coche a Passicot, por lo general no usaba coche particular. Fue así que se desempeñó como cochero del General desde octubre de 1867 hasta el 17 de febrero de 1868.
El 18 de febrero por la tarde fue sustituido por un joven de edad entre 20, 22, gallego, que comenzaba a andar con los caballos en la cochería. Su primer viaje fue el 19 a las dos de la tarde, con el General Flores. “Algunos decían que yo debía de saber del ataque al General, porque había dejado de ser cochero dos días antes. No sabía absolutamente nada. Se hablaba, sí, de que podría ser atacado el General, y muchos cocheros tenían miedo; otro tanto ocurría en tiempo de Tajes, de quien fui cochero.
Salí de lo de Passicot por causa de la mujer de éste.
En la noche del 16 de febrero, siendo las doce y media, y viniendo de visitar a la que después fue mi señora, me encontré con un amigo que me pidió un viaje para llevar a una partera a la altura de lo que hoy se conoce por Estación de los Pocitos; era tiempo de cólera, y la señora de aquel amigo fue atacada y abortó. Por la hora avanzada no quise despertar al dueño de la cochería. Saqué un coche, y llevé a la partera. Al día siguiente le di cuenta a Passicot, diciéndole al tiempo que había empleado y la distancia recorrida, para que pusiese a mi cargo el viaje, pues yo lo había hecho por un amigo, y en caso de necesidad.
Passicot no quiso cobrarme, y admitió mi explicación; no así la señora, que en esa mañana me estuvo rezongando mucho, a lo que yo no contesté nada. Pero, a mediodía, saliendo con Passicot hacia el Mercado Viejo, por donde almorzamos, le manifesté a Passicot –después del almuerzo- que me despedía de la casa, por aquello de la señora.
Y así fue que, sin imaginarlo, me libré de ser muerto. Quién sabe si lo hubiera sido, ni el General Flores tampoco, pues acaso hubiese podido hacer entender al General que lo iban a matar, en la forma en que salió el día 19. Quizás el General hubiese evitado, al menos, salir en esa forma. Tampoco yo habría tomado con el coche por Rincón, pues viniendo los asaltantes de la esquina de Mercedes, y, estando los caballos en la puerta de Florida, enderezados hacia Uruguay, yo habría seguido hacia esta calle, dando vuelta por la misma para ir al Fuerte, por ser dicha calle más amplia, y para evitar de inmediato a los asesinos. El cochero del General hizo dar vuelta a los caballos hacia los mismos atacantes, que ya habían empezado los gritos y los tiros.
Al día siguiente o a los dos días de la muerte de Flores, me abrazó, al verme en la calle, don Amaro Carve, pues creía que había sido muerto; tal era la costumbre que yo tenía de conducir al General Flores”.[13]

Un ángulo interesante es el que nos aporta un bisnieto de José Antonio Reventós; “próspero comerciante catalán, inmigrado a estas costas en 1855 en el navío “Restauración” y que casara con la mallorquina Bárbara Montes en 1860. En 1868 el matrimonio de quienes serían mis bisabuelos se domiciliaba en las calles 25 de Mayo y Juncal a pocas cuadras del negocio de don José Antonio (Almacén de Hierros) sito en Ciudadela y Rincón.
Precisamente, recorriendo esas cuadras a las dos de la tarde de un caluroso día de febrero, fue testigo inesperado, sorprendido, temeroso y oculto de un crimen. Transitaba por la calle Rincón cuando sintió y vio venir a toda carrera un carruaje, interceptado por un grupo de personas que, ocultando su rostro, agredieron con armas de fuego y puñales a los ocupantes del vehículo, dejando agonizante a uno de ellos, después de lo cual se desbandaron. Se trataba, nada menos, que uno de los acontecimientos más importantes de la trágica jornada del 19 de febrero de 1868: el asesinato de Venancio Flores.
…Durante la refriega pudo ver el rostro de uno de los agresores. Tiempo después, en una reunión social, le manifestó a su mujer Barbarita, que el rostro de una persona que aparecía en un cuadro colgado en la sala de recepción, era, precisamente, el del citado agresor. Preguntada la dueña de casa sobre quién se trataba, manifestó que era su hermano que en fecha reciente había partido para Europa”.[14]
Por su parte la familia de Venancio Flores y en especialmente su esposa, el caudillo de Soriano Máximo Pérez, como la mayoría de los observadores imparciales, llegan a la acusación directa a Gregorio Suárez ser el responsable del atentado contra el General, nunca llego a ser aclarado.

Las autoridades de turno establecieron:
Art. 1) Se autoriza a las autoridades del Gobierno Provisorio para proceder a aprehender a Bernardo Berro en cualquier parte de su jurisdicción en que se encuentre.
Art. 2) Quedan igualmente facultadas las indicadas autoridades para que, en el acto de ser aprehendido, sea pasado por las armas, sin más formalidad que la justificación de la identidad de su persona dando cuenta al Ministerio respectivo.
Art.3) Comuníquese, publíquese, etc.
Firmado
César DÍAZ
Enrique MARTÍNEZ
José A. ZUBILLAGA[15]

Una vez que Berro es encarcelado en el Cabildo, no tiene idea de los acontecimientos que se dieron en las cercanías del edificio. Cuando Varela lo increpa tiene una actitud altiva, que cambia cuando le muestran el cuerpo de Flores envuelto en el pabellón nacional. A partir de ese momento sufrirá todo tipo de vejámenes, hasta que suena el disparo que pone fin a su vida. Su cadáver será degollado, a las 6 de la tarde, el cuerpo de Berro fue colocado sobre un carro de basura y paseado por las calles de la ciudad pregonando:

¡Ahí va el asesino del general Flores, el salvaje Bernardo Berro!

Sin dudas los ánimos estaban muy caldeados, si el caudillo colorado fue asesinado, no podía ser otro el responsable de tal acto que el jefe de los blancos. Algunos cálculos establecen en 500 los muertos, pero esto partió de erro u horror tipográfico. El    Presidente Varela se dirigió a los Jefes Políticos Departamentales; “Mataron a nuestro querido General Venancio Flores: reúna a la gente y véngase”, esta última palabra fue trasmitida o recibida como “vénguese”, determinando una reacción terrible que hizo correr sangre.
En la tarde del 19 de febrero de 1868, cuando el sol llegaba a su ocaso, se detuvo frente a la puerta principal del cementerio Central el carro mortuorio de la policía dirigido por uno de los carretilleros de la cuadrilla de don Juan Cruz Costa, llamado Pedro García, que se hallaba en completo estado de ebriedad.
El expresado Pedro García gritaba desaforadamente que traía en el carro a Berro y Barbat, los asesinos del general Flores.
Don Eloy García, a la sazón Inspector de Cementerios, se encontraba en la puerta del Central, fue intimado por el carrero García de orden de la Jefatura, para que enterrara a dichos asesinos en la zanja grande que se había construido en el tercer cuerpo para depositar los cadáveres de los coléricos.
Hecha la intimación, abrió el carrero la puerta del carro y arrojó sobre el pavimento los dos cadáveres, que no iban en ataúd ni cubiertos por envoltura alguna.
El Inspector de Cementerios se dio por recibido de aquellos cuerpos, tomando enseguida las medidas del caso, para que fueran enterrados en el paraje que se les había indicado. Fue en virtud de esa orden tan informalmente trasmitida y absurda, que los cuerpos de los señores Berro y Barbat, víctimas del asesinato político, fueron arrojados a la zanja destinada a los muertos del cólera.
El señor Eloy García, amigo de la familia de Berro y especialmente de don Emilio Berro, cuando se dio cuenta de que debía dar sepultura a los restos de don Bernardo, pensó hacerlo en forma muy distinta de la se vio obligado a emplear; pero no pudo realizar sus deseos, porque asistía ala fúnebre ceremonia el tal Pedro García en estado lamentable de ebriedad, ostentando en su chambergo una ancha divisa colorada, armado de trabuco y sable, y dando de cuando en cuando vivas al partido colorado y mueras a los asesinos de Flores y al Partido Blanco. Contrariar a aquel individuo en tales circunstancias, no haciéndolo lo que él había indicado de orden superior, era exponerse a incidentes graves que hubiera sido imprudente provocar.
A pesar de todo, por disposición del propio inspector García, se colocó el cuerpo del señor Berro en el extremo del ángulo formado por la pared del Este y la llamada Zanja Grande que se hallaba al Sud, de tal manera que en cualquier tiempo se pudieran encontrar con facilidad los restos del Presidente Berro”.[16]
Cuando Juan Ramón Gómez desempeñaba la presidencia de la Junta Económica Administrativa, estableció a Eloy García que colocara en el lugar que se encontraban los restos de Berro, una cruz de hierro con las iniciales del nombre y del apellido y se diera conocimiento a la familia.
Al cumplirse los diez años establecido para desenterrara las victimas del cólera y poder realizarle otra sepultura, Emilio Berro procedió a tal efecto de recoger los de Bernardo y llevarlo al que él tenia a la entrada del cementerio, hasta donde permanecen hoy en día.


Recién la justicia en 1871, a un “pedido” del entonces presidente Lorenzo Batlle se expide. En primer lugar con el atentado de la mina en el fuerte, la Comisión Permanente, protesto por el prolongado período de prisión. En primera instancia fue condenado Neumayer a 10 años a prisión, pero en segunda instancia se estableció el destierro perpetuo. Para Eduardo Beltrán fue declarado como instigador y autor principal. Aunque varios años después regresa al país, se apersona ante el Juzgado del Crimen, donde pide que se le tuviera por parte y se le admitiera la prueba de su inculpabilidad.

Referente al asesinato de Venancio Flores; “El doctor Domingo Aramburú, defensor de Pedro Montaña, historió las torturas a que había sido sometido el encausado. Dijo que una noche fue llevado Montaña a la capilla del Cabildo y que al cumplir la orden de abrir la puerta tropezó con el cadáver de Flores, que estaba de pie en su ataúd; y que otra noche penetraron en su calabozo un jefe del ejército y 4 soldados, para notificarle que lo fusilarían de inmediato si no se confesaba autor de la muerte de Flores. El Jurado declaró que no estaba probada la culpabilidad del acusado y el Juez del Crimen dictó de inmediato sentencia absolutoria.
Meses antes de ser puesto Montaña en libertad, otro Jurado había declarado que en casa de Nicanor Zuleta se reunían diariamente los hermanos Andrés y Quintino Baraldo y otras personas, y que estaba probado que Zuleta era quien había suministrado armas a los Baraldo el día del asesinato, dando ello lugar a que el Juez del Crimen condenara a Zuleta, único aprehendido, a diez años de presidio”.[17]


[1] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo III. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. pp. 404-405.
[2] Ídem. p. 405.
[3] Ídem. pp. 406-407.
[4] Ídem. p. 407.
[5] Ídem. p. 420.
[6] Reyes Abadie, W. Vázquez Romero, A.- Crónica General del Uruguay. Tomo 5. La Modernización. Montevideo. Ediciones de la Banda Oriental. 2000. p. 124.
[7] Desde ella abordar la fragata La Blanca de bandera española al mando del almirante Lobo, donde esperaba que este le diera asilo humanitario. En caso de fracasar estaba el plan b. Un caballo en la calle Reconquista.
[8] Berro, Aureliano G.- Bernardo Berro. Tomo II. Vida pública y privada. Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo. 2000. p. 273.
[9] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo III. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 423.
[10] Ídem. p. 424.
[11] Reyes Abadie, W. Vázquez Romero, A.- Ob. Cit. p. 126.
[12] Pablo Duplessis, laquinta que José Batlle y Ordóñez comprara en Piedras Blancas el 29 de noviembre de 1904, en la cantidad de $ 17.000.
[13] La Nación. Montevideo. Febrero, 26 de 1938.
[14] La República. Montevideo. Enero, 29 de 2000.
[15] Bervejillos, Hugo- Una cinta ancha de bayeta colorada. Desandanzas del Goyo Jeta. Montevideo. Rumbo. 2005. p. 216.
[16] Berro, Aureliano G.- Ob. Cit. p. 277.
[17] Anales. T. III. p. 630.

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