Hay que tener
sangre fría
En marzo de 1886 el país debía de encaminarse a
la designación de un nuevo Presidente de la República, pero todo hacía pensar
que en esta oportunidad los deseos no se hacían realidad.
Ya desde fin de año se escuchaban rumores de
reelección, si esta no era posible se pondría en marcha el Plan b.
Designar al Dr. Francisco Antonio Vidal –le
sonara el nombre al lector-. Constitucionalmente no había posibilidad de
reelección del General Máximo Benito Santos Barbosa por lo cual se procedió a;
“…marchó sobre rieles el plan de una ley
por la cual se declararía que la incompatibilidad constitucional entre el cargo
de legislador y el de militar no rezaba con los generales que carecieran de
mando de fuerza o destino administrativo al tiempo de realizarse los comicios”.[1]Si faltaba algo, se realizaron dos reuniones que fueron catalogadas como vergonzosas, por un lado la de los militares en el 5º de Cazadores, donde le transmiten a Santos su voto de confianza; y la otra en el salón de actos de la Dirección de Instrucción Primaria, donde un grupo de legisladores darían su voto al candidato propuesto por Santos.
Esto dio paso al plan b, se produce la
proclamación de Vidal para la Presidencia de la República y la segunda jugada
fue la votación en la legislatura permitiendo a los oficiales generales el
cargo de parlamentario. ¿Qué maquinaria
maquiavélica se instrumentó?
Nada de recurrir a una ilegalidad… casi
aprontando el brindis de fin de año, el 30 de diciembre de 1885, por la ley Nº
1.854 se procede a la creación de nuestro último departamento, Flores. Claro ahora había que elegir
Senador para dicho departamento, la honorable designación recayó en el General
Máximo Santos, nada más y nada menos.
Y llegó el 1º de marzo, la Asamblea General
determino con 53 votos a favor se impuso la candidatura del Dr. Francisco
Vidal, imponiéndose a los 12 votos de Luis Eduardo Pérez y los 3 votos que
obtuvieron otros ciudadanos.
Primera jugada del Presidente fue poner a
Santos al mando de todas las fuerzas, pero dejando en claro que dependerían de
él y no del Estado Mayor, ni del Ministro de Guerra. De esta forma se
garantizaba su permanencia en el cargo…
Al estallar la revolución del Quebracho, esta encontró al Gral. Santos en su nueva
función. Producida la derrota de la misma, Santos renuncia a su cargo, para sumarse al Senado, de forma
inmediata el Presidente de dicha cámara, Javier Laviña le deja la misma al
General;
“Acaba de ingresar en el Senado, el
excelentísimo capitán general don Máximo Santos, en su carácter de senador por
el Departamento de Flores. Él es el director de nuestro gran partido y ante esa
figura no puedo permanecer por un momento más en el puesto que ocupo como
Presidente de esta Honorable Cámara. Por esta razón renuncio la Presidencia
porque tengo la firme convicción de que nadie mejor que él puede ocupar el
puesto a que fui elevado por el voto de mis colegas”.[2]
Modestas fueron las
palabras de Santos; “Soy el primer
militar que tiene entrada en la Asamblea, pero merecido lo tengo porque ha
sabido respetar a la Asamblea de mi tierra”.[3]
A los tres días de los acontecimientos en la
Presidencia del Senado, el lunes 24 de mayo el Presidente Vidal presenta
renuncia, entendiendo que la responsabilidad que había asumido era superior a
sus fuerzas. Por lo tanto la Asamblea General toma la resolución de que
automáticamente el Presidente del Senado pase a ocupar la Presidencia de la
República. ¡Jugada y pico la del General!
No todo salía a pedido de Santos. En agosto se
produce una reunión entre diputados de la minoría independiente, asistiendo:
Juan Idiarte Borda, Benito M. Cuñarro, Pedro E. Carve, Alberto J. Munilla, Juan
J. Lacaze, Jacinto de León, Isidro Viaña y Augusto Serralta, tomando la
decisión de sacar un diario colorado independiente, bajo la denominación “La Libertad”.
Por lo tanto, Santos toma las medidas necesarias para
impedir tal emprendimiento. Encomendó a uno de los secretarios de Presidencia,
el Coronel Rodríguez dándole un mensaje a la Comisión Permanente. Como siempre
acá aparece el choque de versiones; para el grupo de parlamentario fue; “…lo que había trasmitido el coronel
Rodríguez era que el Presidente no permitiría la publicación del nuevo diario;
que si “La Libertad” llegara a aparecer sus redactores serían tratados como
traidores a la patria; que aunque había tolerado a la prensa de oposición hasta
la licencia, estaba resuelto a emplear hasta el cuchillo con los diarios
colorados de oposición; que el doctor Mendoza y sus compañeros tenían algún
agravio, el general Santos estaba dispuesto a hacerse pedazos con cualquiera de
ellos, debiendo advertirles que si la oposición que asomaba tenía por objeto
combatir su personalidad después de haberlo soportado cuatro años, por cuatro
años más tendrían que soportarlo”.[4]
La noche del martes 17 de agosto de 1886, no
fue una noche más en la familia del General. Acompañado de su hija Teresita, Máximo concurrió
al Teatro Cibils –ubicado en la calle
Ituzaingo casi Piedras-, a la representación de la ópera La Gioconda de
Amilcare Ponchielli, siendo su figura máxima la diva
italiana Eva Tetrazzini –rumores de la época decían que era su amante-. El espectáculo comenzó a las 20:30 horas en punto,
alrededor de las 21 horas, estando el primer acto en pleno desarrollo, se produce el descenso, vestido de
gala de Máximo Santos de su carruaje. Al girar hacia
su derecha, con la intención de saludar
a su amigo Tulio Freire –creador de la banda presidencial, y Santos es el
primero en usarla-, del lado opuesto asoma el joven Gregorio Ortiz. Acto seguido disparó
un balazo a quemarropa en la cara del
Presidente de la República.
El agresor corrió de inmediato sin esperar ver el
desenlace de su acción. Al encontrarse en la calle corrió hacia la esquina de
Piedras para tomar por ella hacia la calle Treinta y Tres, había ganado unos
segundos con lo imprevisto de su temeraria maniobra y además la reacción de uno
de los guardias personales del presidente fue a perseguirlo, saltando del
carruaje pero tropezó con su sable y cayó al suelo.
Perseguido por el teniente Gard y otros
guardias; Ortiz en determinado momento se detuvo un instante y disparó contra
sus seguidores, con tan mala suerte que no llega a dar en el blanco. Siguiendo
lo planeado al llegar a la esquina de Treinta y Tres, se encontró con una gran
sorpresa… su salvación no estaba…
En dicho lugar debía de encontrarse un caballo que
debía estar esperándolo para su fuga. Fue una reacción inmediata. Todo se viene
abajo, era caer en manos de sus perseguidores, o peor aún en las de Santos si
es que no llego a concretar su plan. Se
puso el revolver Buildog de 12 milímetros
que portaba sobre la sien y se suicidó. El fin probablemente sería el mismo.
Mientras tanto en el teatro, herido de
gravedad pero sin peligro de vida, Santos se llevó las manos a la cara y
tambaleó. Martínez que era el que comandaba la guardia de la artillería en el
teatro esa noche, fue el primero en auxiliar al general.
¿Quién
era ese temerario oriental que se jugó todas las cartas contra Santos?
Gregorio Saturnino Ortiz, nada
más y nada menos que nieto de Juan Ortiz, uno de aquellos temerarios que
llevaron adelante la hazaña de la Cruzada
Libertadora de los Treinta y Tres Orientales. Un joven de 24 años, que
contaba con el grado militar de alférez, aunque para la historia paso a ser
recordado como el Teniente Ortiz.
Otro detalle que no es nada menor y que puede
llevarnos a la sorpresa total, al constatarse que era ahijado de Santos. Pero
esto no queda ahí Gregorio había sido dado de baja del Ejército, motivado por
una falta disciplinaria. Por intervención de su Padrino fue reintegrado. Nada hacía pensar en el atentado
porque en apariencia mantenía con su víctima excelentes relaciones. Sino
recordemos unas líneas escritas en 1881; “Mi
muy respetable padrino; con el debido respeto le dirijo la presente con el
objeto de saludarle a Ud. y en ella participar a un padrino que le profeso el
cariño de un padre. (...) Después de siete años sin darle un saludo personal le
desearía que al recibo de la presente se halle gozando de una completa salud,
que la mía no tiene novedad; para lo que guste mandar, sujeto a sus órdenes.
(...) Sin más, reciba los finos recuerdos de éste su ahijado, que vive deseoso
de verlo. Su atento y seguro S.L.S.M. Gregorio Ortiz”.[5]
¿Qué
paso por la cabeza de Ortiz? No sabemos todo lo que
digamos son conjeturas sin posibilidades de corroborarlas. Las mismas han sido
presentadas desde el intento de buscar una inserción entre los intelectuales de
la época, pero ahí se le presentaba su paradoja de integrar las fuerzas del
opresor, y capaz se vio en la necesidad de demostrar discrepancia.
Se dice que también estuvo con los antisantos en la ciudad de Buenos Aires,
entre ellos se entrevistó el coronel blanco Juan Francisco Mena, y el militar
colorado Nicasio Galeano; manifestándole su decisión de matar a Santos, por tal
motivo recurría a ellos en pedido de apoyo. Galeano fue quien siguió un poco la
“corriente”, entregándole el arma que
luego empleó en el atentado.
Se llega aponer en el tapete algún desaire por
parte del General, alguna actitud o acción humillante y ofensiva de parte de la
máxima autoridad, que llego al grado de no ser tolerada por el joven alférez.
Todo cuanto podemos decir, siempre estará en
el plano de la especulación. Los móviles se los llevo Ortiz, no le dio chance a
la justicia para hacer ningún tipo de averiguaciones. Por último repasemos la
carrera de Ortiz:
![]() |
El asesino Gregorio Ortiz
| Foto de Juan Fitz Patrick |
-
2 de junio de 1883, pasa de
soldado de infantería a Sub-teniente de infantería;
-
12 de enero de 1884 fue sumariado,
donde se dispone la baja absoluta del Ejército.
-
31 de marzo de 1884, es reincorporado
como Alférez por orden del Superior Gobierno.
-
21 de abril de 1886, tiene la baja
a pedido de Ortiz.
Santos salvó su vida pero sin duda el atentado fue un gran
llamado de atención. Sus mejillas quedaron desfiguradas y le tomó cierto tiempo
restablecerse de las heridas. Siendo curado donde hoy se encuentra el Museo Pedagógico, en Plaza Cagancha. “Dos clases de heridas había recibido el
general Santos según el informe de los doctores Vidal, Rodríguez, Bosch y
Brian, ambas en la cara y en la cavidad bucal: el agujero de entrada de una
bala cónica ordinaria y cuatro desgarros, dilaceraciones o arrancamientos
producidos por la explosión del proyectil. El pronóstico era reservado y las
heridas muy graves aunque susceptibles de reparación “con las deformaciones
consiguientes en un tiempo que no podía precisarse”. Terminaban su informe los
médicos estableciendo que el general Santos al ser herido había pedido que no
se hiciera daño a su heridor”.[6]
Las primeras acciones determinaron la
conducción al Cabildo del capitán Bibiano Ortiz domiciliado en camino Suárez, -tío
del agresor- , la misma suerte corrió toda una familia de la zona del Paso
Molino de apellido Viriolo, por el hecho que Julián Viriolo estaba casado por
Corina Ortíz –según el heridor estaba emparentados-.
Rápidamente la policía detuvo a algunas
destacadas figuras de la oposición: Batlle y Ordoñez, Juan Campisteguy, Enrique
Muñoz y Domingo Aramburú; fueron interrogados en presencia del fiscal de crimen
Dr. C. Muñoz Anaya, había que hallar al autor intelectual del atentado, se veía
la acción temeraria acometida por Ortiz había sido nada más que la mano
ejecutora.
Los diarios oficialistas como La Nación, manifestaba que la prensa
opositora fue la que armo la mano de Ortiz. O manifestaciones más duras de La Situación, Santos había perdonado a
los revolucionarios del Quebracho, acusando lisa y llanamente a los directores
de los diarios –El Día, La Razón y La Tribuna- el gobierno debería de haber procedido como en EE.UU.
con los bandidos, colgarlos.
Sin llegar a nada claro, en vísperas de un nuevo
aniversario de la Declaratoria de la
Independencia, Santos ordenó el fin de toda investigación en la nota enviada
terminaba diciendo; “Que Dios lo perdone
como lo hubiera perdonado yo mismo”; al Juez de Crimen Dr. Joaquín del
Castillo, el autor del atentado estaba muerto, y ahí acababa todo.
El Dr. Castillo le respondió a Santos el 25 de
agosto; “Haciéndome, pues, intérprete de
su generoso sentimiento y deseos, me he apresurado a excarcelar
provisionalmente a todos los detenidos, que es cuanto me es dado hacer dentro
de la órbita de mis deberes, no siéndome posible dictar el sobreseimiento,
según lo desearía V. E. sin que antes lo solicite el señor Fiscal, caso de que
no encuentre mérito para entablar acusación según así lo determina el artículo
198 del Código de Instrucción Criminal, a cuyo efecto le he dado vista del
sumario, así como también de la carta de V. E., la cual demuestra que aun
sufriendo en el lecho del dolor, tiene solamente palabras de perdón y olvido
para con aquellos que han atentado contra su existencia”.[7]
El jueves 14 de octubre Santos reasumió sus
funciones presidenciales, con su regreso se insistió en lograr la aprobación de
una ley de prensa que instalaba la censura. El ambiente no era el mejor se
volvía crecientemente espeso; José Batlle y Ordoñez busco nuevos aires en la
ciudad de Buenos Aires y Emilio Lecor, director del diario La Tribuna, los esbirros del gobierno lo atacaron a golpes. El
Parlamento, manteniendo su conducta siempre dócil al general, término aprobando
la ley. Las consecuencias políticas
fueron inmediatas, se produce la inmediata dimisión de todos los ministros con
excepción de Tajes.
Ante esta nueva
realidad Santos no tuvo otro camino que abrir el abanico a la oposición,
haciendo un ofrecimiento al Dr. José Pedro Ramírez ser el Ministro de Gobierno,
probablemente por ser un connotado de
sus adversarios principistas, siendo dirigente del Partido Constitucional.
El 31 de octubre se
produce una reunión entre Ramírez y Santos, el primero se mostró dispuesto a
aceptar el cargo, pero siempre y cuando se cumplieran determinadas condiciones:
ü la prohibición de la reelección del presidente
por cualquier medio;
ü derogar la “ley-mordaza”; prohibición de levas forzosas;
ü cambios en el personal policial y
ü reincorporación al ejército de oficiales opositores destituidos por razones políticas.
Santos aceptó y el 4 de noviembre de 1886 se constituye
el llamado “Ministerio de Conciliación”,
integrado por figuras de la oposición: José P. Ramírez, Juan Carlos Blanco y
Aureliano Rodríguez Larreta. El 18 de noviembre presentó la renuncia ante el
Parlamento, aduciendo razones de salud. La misma fue aceptada de inmediato, y se
designó ese día como Presidente de la República al Teniente General Máximo
Tajes, para terminar el período constitucional.
El domingo 28, Santos se embarca en el vapor Nord-América rumbo a Brasil para después
hacerlo para Europa –se dice que en el viejo continente consulto en París a
especialista dado su problema cardíaco-, siendo acompañado por un grupo de
civiles y jefes militares. Estos últimos decidieron rendirle honores, que
fueron cuestionados por algunos ministros civiles entre ellos Ramírez.
Tajes tuvo que tomar cartas en el asunto y relevar
del mando al Jefe de Policía de Montevideo, el Coronel León de Tezanos, porque
su firma iniciaba un manifiesto junto con otros oficiales superiores, que
manifestaban su adhesión a Santos y criticaba a la prensa que lo combatía.
Máximo Santos pretendió regresar en 1887, pero
un decreto firmado por Tajes se lo impidió y lo desterró, con el absurdo
pretexto de que su vida corría peligro, enviando al Parlamento el siguiente
mensaje;
“Es por demás notoria la excitación pública
que han producido las noticias trasmitidas desde Europa, de hallarse el capitán
general y senador don Máximo Santos, en viaje de regreso al territorio
nacional. La alarma y la agitación, creciendo de día en día, toman proporciones
gravísimas, amenazando convertirse en un acto de conmoción y perturbación del
orden público, que puede llegar en la explosión de los odios populares a poner
en peligro la vida del mismo capitán general Santos…”.[8]
Por su parte Francisco Bauzá y Juan Zorrilla
de San Martín –que en el pasado habían mantenido una tenaz oposición al régimen
santista- pusieron de manifiesto la ilegalidad absoluta de dicha decisión,
refrendada por la Asamblea General, que privaba del derecho a residir en su patria
a quien no estaba acusado de delito alguno y continuaba siendo senador de la
República. Pero todo fue en vano.
A mediados de febrero se produce el arribo del
vapor Matteo Bruzzo, en el que venía
Santos, le correspondió al Coronel Olave notificarle la ley de extrañamiento. Por
lo tanto Santos simplemente se dispone a tomar otro crucero para realiza un
periplo en Petrópolis, luego Río de Janeiro y en julio de 1887 se radica en Buenos
Aires, sin antes de hacer un nuevo intento por desembarcar en Montevideo. En
esta oportunidad el barco que lo traía fue interceptado en la isla de Flores,
por lo que se vio obligado a continuar rumbo a Buenos Aires.
El 19 de mayo de 1889 se produce su
fallecimiento, como consecuencia de la ruptura de un aneurisma de aorta, cuando
tenía 42 años. Siendo trasladado a Montevideo, velado en su casa de la Av. 18
de Julio y enterrado con gran pompa en el Cementerio
Central, asistiendo el Presidente de la República, cuerpo diplomático y
altos funcionarios públicos.
Palacio Santos, Av. 18 de Julio. Actualmente sede del
Ministerio de Relaciones Exteriores.
Quinta de Santos, hoy Museo de la Memoria.
El tiempo pasara, pero siempre estará la duda.
Del señor Batlle y
Ordóñez
EL TIRO A SANTOS
La carta de Ortiz
El
artículo del señor Paullier en que se refiere al tiro a Santos parece estar
lleno de reticencias. Hay cosas que no se dicen en él; pero que podría creerse
que despuntan... Por si ha querido decirlas, voy a darlas por dichas, y a
contestarlas como si se me hubiesen imputado.
Se hace
notar que no publiqué la carta que me escribió Ortiz sino meses después de su
muerte y tres o cuatro días después de haber sido desterrado Santos, aún cuando
la recibí a los quince días de haber sido escrita. Todo es exacto. Pero todo
tiene una explicación muy diferente de la que podría hallarse en el miedo de
publicarla, y, al mismo tiempo, muy clara. Para demostrar esto tendré que hacer
una pequeña historia de esa carta.
Ortiz,
como se ve en ella, tenía alguna esperanza de salvarse, y creía que, muerto
Santos, él podría estar oculto, pero sin medios de salir de su escondrijo; que,
según lo que yo he podido colegir después, debía estar situado en la iglesia de
San Francisco o en sus inmediaciones. Me dirigió su carta para que yo pusiese
los medios que él necesitaba, y no pensó mal en depositar en mí la esperanza de
su salvación, porque yo hubiera hecho todo el esfuerzo de que era capaz para
lograrla. He creído siempre que el tiranicidio es santo (no vaya a creer el
señor Paullier que soy católico como él porque empleo esta palabra, a la que
doy más excelso sentido que el católico); no he podido dejar de ver que da
muchas veces resultados más completos que las revoluciones y ahorra, por el
sacrificio de uno que llega al más alto grado de la abnegación, el sacrificio
de multitudes inocentes. Habría sido, pues, lógico que yo hubiese hecho por
salvar a Ortiz cuanto de mí hubiera dependido, y llamado a cumplir aquel deber
me hubiese sentido deshonrado al no hacerlo.
La carta
había sido confiada a un hijo del general Pagola, pariente de Ortiz, y Santos
supo o sospechó, no sé cómo, que existía. La señora viuda de aquel jefe fue
llevada a la cárcel con sus hijos, y su casa registrada varias veces. Pero no
fue descubierto el escondite de la carta que había sido enterrada en el
gallinero.
Si el
filósofo, señor Paullier, ha supuesto otras causas que pudieran perjudicarme
por el hecho de que no se publicara esa carta mientras Santos dispuso del
poder, confiese que no ha andado muy listo al no pensar que pudo deberse ese
hecho al propósito de no comprometer a la señora viuda de Pagola y a sus hijos,
o al deseo de no verme yo sometido sin necesidad a los martirios de la
Inquisición, si publicándola, inmediatamente no decía cómo había llegado a mis
manos.
Otra
razón, que siempre pesó en mi ánimo, pude tener para no publicar la carta, una
razón de dignidad y de soberbia ante la tiranía: la de no presentar excusas al
tirano, pues de la parte de la carta de Ortiz que el señor Paullier no ha
publicado, claramente se deduce que esa complicidad nunca existió.
Santos
me creyó siempre cómplice de Ortiz, y estallaba en furores contra mi, cuando la
herida, que nunca curó bien, lo atormentaba. Una vez, en la Plaza
Independencia, yendo yo a pie por la vereda de la orilla y dirigiéndose él, en
carruaje, a la Casa de Gobierno, sacó fuera medio cuerpo, y me amenazó
repetidas veces con la mano. Sus diarios me trataron por aquel tiempo con la
más grande procacidad, y en todo momento me seguían sus esbirros. Entre las
personas que firmaron publicaciones contra mí por orden de Santos se hallaba un
coronel Muelas, de Soriano, de quien aquél se hacía acompañar algunas veces,
cuando salía en carruaje, debido a la reputación de valeroso que este jefe
tenía. Habían mediado padrinos, y la relación entre él y yo era de gran
violencia. Así las cosas, una noche, siendo aún temprano, en la equina sud de
la calle de Sarandí adyacente a la Plaza Independencia, Mateo Magariños Veira,
que era entonces redactor de EL DÍA y de mi estrecha relación me dijo: Aquél
que viene allá es Muelas.
Lo
observamos y, notándolo él, se situó frente a nosotros, junto a la casa que era
entonces de los hermanos Blengio Rocca; y habiendo entrado nosotros en la Plaza
lentamente, se dirigió hacia mí, a paso bastante rápido, con ambas manos en los
bolsillos del saco. Tenía aquello todo el aspecto de una agresión que yo, por
otra parte esperaba, y que traté de repeler avanzando hacia él, dirigiéndole
algunas palabras, poniéndole la mano izquierda en el pecho y abocándole con la
otra mi revólver.
Fue una
sorpresa para mí. Muelas no movió una mano, ni hizo un gesto; pero en voz baja
y firme me dijo: No sea tonto!...No sea tonto! ... No me comprometa! ... Y
siguió camino por el centro de la plaza, continuando yo el mío detrás de él y
tratando de explicarme lo ocurrido. En el centro de la plaza se me aproximó un
joven que yo no conocía y que me dijo: Batlle, cuente conmigo; estoy con Vd. y
estoy armado. Sólo muchos años después supe que era Benjamín Pereyra, padre del
actual diputado Pereyra Bustamante.
Llegado
al Expreso Americano, establecimiento que, como antes he dicho pertenecía a mi
amigo Juan Arturo Smith, y situado en la vereda norte de la calle 18 de Julio,
antes de pasar a la calle de Andes, entré en él, mientras que Muelas se
alejaba. Allí, un rato después, recibí un mensaje de éste, que me trajo Pedro
Avila Veira, amigo mío, con quien Muelas se había encontrado en la calle de 18.
Me
mandaba decir Muelas que no lo provocara; que él jamás me provocaría, pero que
me cuidara mucho porque había otras personas que, como él, tenían el encargo de
agredirme. Que Santos, cuando salía con él en carruaje y se sentía muy
incomodado por la herida, se deshacía en improperios contra mi, pues me creía
cómplice de Ortiz, y no hablaba sino de castigarme y de vengarse.
He
relatado este episodio porque demostrará al señor Paullier que, estableciendo
Ortiz, en su carta, que personalmente no me conocía, yo habría tenido interés,
no en ocultar esa carta, sino en que la conociera Santos.
EL DÍA- viernes 30 de diciembre de 1921
El Teniente Ortiz
Tabaré Etcheverry
cantado:
Termina el Setenta, vidalita
con el Principismo,
se vienen las botas, vidalita
y el militarismo.
con el Principismo,
se vienen las botas, vidalita
y el militarismo.
recitado:
La Barca Puig, se van
los patriotas orientales
se acaban las libertades
y vienen los militares.
los patriotas orientales
se acaban las libertades
y vienen los militares.
El primero fué Latorre,
dictador y Coronel,
le abrió la puerta al progreso
y al capitalismo Inglés.
dictador y Coronel,
le abrió la puerta al progreso
y al capitalismo Inglés.
cantado:
Pero el ser tirano, vidalita
de nada le vale
que los hombres libres, vidalita
son ingobernables.
de nada le vale
que los hombres libres, vidalita
son ingobernables.
recitado:
Emigra Latorre, viene Santos,
General de brillantes entorchados,
sápatra sangriento que consigue
derrotar a los patriotas en Quebracho.
General de brillantes entorchados,
sápatra sangriento que consigue
derrotar a los patriotas en Quebracho.
Mas por suerte hay soldados que comprenden
que obediencia no és lo mismo que deber,
el llamado de la patria suena fuerte
y hay un Teniente que saber responder.
que obediencia no és lo mismo que deber,
el llamado de la patria suena fuerte
y hay un Teniente que saber responder.
cantado:
Quiero ser de acero duro
corazón de plomo puro,
así.
Me pondré de frente al tirano
para darle a mi mano
fin.
corazón de plomo puro,
así.
Me pondré de frente al tirano
para darle a mi mano
fin.
Hoy se dice que un coche
hasta el teatro irá esta noche
a oír.
Pero la vez la Gioconda
va a encontrarse con mi sombra,
así.
hasta el teatro irá esta noche
a oír.
Pero la vez la Gioconda
va a encontrarse con mi sombra,
así.
Se enfrentó con él tirano
y la boca fue el disparo,
aquél.
Y otra bala con su nombre
llevaba dispuesta el hombre
para él.
y la boca fue el disparo,
aquél.
Y otra bala con su nombre
llevaba dispuesta el hombre
para él.
Por Piedras y Treinta y Tres
ningún recuerdo hallaré
de ti.
Pero si diré la gente
aqui se mató el Teniente
por ti.
ningún recuerdo hallaré
de ti.
Pero si diré la gente
aqui se mató el Teniente
por ti.
Descendiente de un valiente
que fué uno de los Treinta y
Tres.
Rescataste su bandera
para hacerle a la leyenda
fiel.
que fué uno de los Treinta y
Tres.
Rescataste su bandera
para hacerle a la leyenda
fiel.
Nunca te hicieron honores
ni redoblaron tambores
por ti.
Que balear dictadores
no acostumbran señores
de quepis.
ni redoblaron tambores
por ti.
Que balear dictadores
no acostumbran señores
de quepis.
Cuando hagamos nuestra historia
honraremos tu memoria
al fin.
honraremos tu memoria
al fin.
Llamaremos a revista
empezando a pasar lista
así.
empezando a pasar lista
así.
Cuando no digas - presente -
y pregunten, ¿y el Teniente
Ortiz?
y pregunten, ¿y el Teniente
Ortiz?
No dirán, se fué de casa
con la abarga, con la lanza
y el rocín.
con la abarga, con la lanza
y el rocín.
(bis)
*La obra musical “Crónica de Hombres Libres” (1972)
[1] Acevedo,
Eduardo- Anales Históricos del
Uruguay. Tomo IV. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 272.
[2] Ídem. p. 273.
[3] Ibídem. p. 273.
[4] Ídem. p. 279.
[6] Acevedo, Eduardo- Ob. Cit.
p. 279.
[7] Pivel Devoto, Juan E.- La amnistía en la tradición nacional. Montevideo.
1984. Biblioteca “Por la Patria”. p.
218.
[8] Tomo 4. P. 384.






No hay comentarios:
Publicar un comentario