Domingo sangriento
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a elección de Alcaldes Ordinarios para Montevideo –actualmente
serían los Jueces Letrados Departamentales-, se debía realizar el 1º de enero
de 1875, dado que los mismos eran electos en forma popular anualmente, pero
dicho acto siempre estuvieron cargados
de agitaciones, debido a la función de los jurados de tachas. El año
anterior se había votado la ley de Registro Cívico, por la cual se suprimía esa
participación política.
Los partidos se
aprontaban para la jornada, los denominados Populares,
apoyaban la candidatura de José Pedro Varela para Alcalde Ordinario y como
suplentes Leoncio Correa y Juan José Segundo; se encontraba respaldada por los
conservadores, los nacionalistas y los radicales y para el Dr. Adolfo
Artagaveytia para Defensor de Menores, como suplentes Aureliano Rodríguez
Larreta y Juan Manuel de Vedia como suplentes.
La segunda lista,
los denominados candomberos, teniendo
como lema Partido Colorado, llevaba a la titularidad a Francisco de Tezano y
sus suplentes Eduardo Bustamante y Eulogio Reyes, Plácido Ellauri y sus
suplentes Francisco Bauzá y Urbano Chucarro.
La tercera lista de
los blancos tradicionalistas, constituida por Cristóbal Salvañach, Pedro
González Vizcaíno y Enrique Platero; Jaime Illia, Manuel Pereira y Javier
Álvarez, aunque al final esta lista no se presentó.
El diario El Siglo manifestaba; “La lucha al proclamar esa lista, se entabla,
pues, en el terreno que corresponde a la verdad de la actual situación. A un
lado los que tienen por único objeto asegurar la práctica de las instituciones
y proscribir para siempre de las esferas oficiales el fraude, la violencia y el
agiotaje. Al otro los que resistiendo el progreso natural de las ideas y de los
acontecimientos, se empeña en buscar en tradiciones de sangre y en divisas de
guerra la división de los partidos, y sin embargo, por una contradicción que
jamás podrán explicar satisfactoriamente no tienen inconveniente en aliarse
para combatirnos con los que llevan
divisa contraria a la suya”.[1]
Claro está que se
encontraba otra opción apoyada por los colorados netos y los blancos netos, por
intermedio de un manifiesto que se encontraba la firma del Gral. Gregorio
Suárez, que decía; “…de las ideas del
funesto círculo que tenía por bandera la coacción electoral y el monopolio de
los bancos quebrados.
La actitud que viene asumiendo el grupo de traidores colorados y blancos a
cuyo frente se halla José María Muñoz, decía “La Tribuna”, el órgano más
caracterizado de los netos o candomberos, obliga a todo colorado leal a acudir
a las urnas con propósito firme y resolución hecha de combatir por la causa –si
en el terreno legal, porque son respetados sus derechos, con las balotas
electorales- si en el terreno de la fuerza bruta, porque son agredidos aquéllos,
haciendo uso de esa fuerza hasta caer exánimes o conquistar la victoria”.[2]
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Escenario de la trágica jornada
Las acciones las
llevo adelante el Cnel. Francisco Belén que acaudillaba a los candomberos, abre
fuego sobre el Dr. Alfredo E. Castellanos, que en esos instantes estaba en la
pugna por la legitimación de un voto. A esta acción le siguieron un
encadenamiento de hechos que termina hiriendo a Belén y obligando a los
miembros de la mesa a interrumpir la votación.
Por su parte el Gral.
Gregorio Suárez quien presidia la Comisión Directiva, buscó responsabilizar a
los principistas como causantes de tales acontecimientos; “Se ha intentado asesinar traidoramente a nuestros amigos, decía en su
manifiesto, y debemos en defensa propia y en defensa de nuestras patrióticas
aspiraciones acudir unidos a las urnas, sin el deseo de vengarnos, pero con la
firme resolución de rechazar las agresiones aleves… El Partido Colorado siempre
se resistió a derramar sangre, pero tiene el derecho y el deber de defenderse
si los nacionalistas y sus allegados vuelven a intentar el asesinato como un
recurso político”.[3]
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Hace seis o siete días, escribía el doctor Julio Herrera
y Obes en “El Siglo”, una pandilla de veinte desalmados capitaneados por
cachafaces de la catadura de Francisco Belén y Juan Quiroz, viene haciendo un
género de vida del hecho de alquilarse para ir a ejercer coacción en los
comicios.
“El Siglo”, que en la víspera de la elección había
aconsejado la abstención, resolvió reaccionar a raíz del atentado, juzgando que
era indispensable agrupar todas las fuerzas cívicas en torno de la candidatura
de José Pedro Varela. Y de acuerdo con la invitación de ese diario y de los
demás que coincidían con su propaganda, se realizó una política en la “Barraca
Eolo”, a la que concurrieron alrededor de 1.500 ciudadanos de todos los
partidos.
En esa reunión hablaron los señores José María Muñoz,
Julio Herrera y Obes, Pablo De María, Agustín de Vedia, Eduardo Flores y José
Vázquez Sagastume, proclamando todos ellos ideas de tranquilidad, de
solidaridad y de entereza cívica. El doctor José María Muñoz que presidía,
luego de recomendar a todos la mayor moderación y el mayor respeto a los adversarios,
agregó estas palabras que le llegaban del ambiente:
“Pero si por desgracia nos vemos en el caso extremo de
repeler la fuerza con la fuerza, entonces lo que hacerse no puede ser objeto de
una convención en una reunión como ésta destinada únicamente al objeto de que
los ciudadanos retemple mutuamente su generoso patriotismo y vayan unidos a
depositar su voto en las urnas ejerciendo su más sagrado e imprescriptible
derecho… Si ese caso extremo llega, entonces el instinto de cada ciudadano le
inspirará la conducta que debe observar en uso del legítimo derecho de defensa.
Eso no se convenciona”.
De 1.500 a 2.000 ciudadanos de todos los colores
políticos, de lo más culto de nuestra población, se han reunido para formar en
el próximo comicio un batallón sagrado, pacífico pero resuelto, que ofrezca su
voto, su palabra, su acción, su pecho si fuera necesario, a la dignificación
del acto más grande de la democracia, digno tan sólo de ser ejercido por los
pueblos que tiene la conciencia plena y la virilidad del derecho”.[4]
De la asamblea
realizada en la barraca Eolo, se designó a una comisión integrada por: José Mª
Muñoz, Agustín de Vedia, Juan José de Herrera, Enrique Pereda, Aureliano
Rodríguez Larreta, Rufino Gurméndez, Antonio Villalba y Héctor García Wich. El
cometido de la misma era trabajar en los preparativos cívicos, a su vez
plantearle a la comisión presidida por el Gral. Gregorio Suárez una fórmula de
arreglo.
La idea que ambas
comisiones fueran al local donde se llevaría adelante la votación y que en forma
exclusiva ellas fueran las fiscalizadoras del acto eleccionario; además se realizaría
la votación en forma alternada, acercándose de
a cinco a la mesa los partidarios de cada una de las listas, con el
objetivo de evitar aglomeración y disturbios, con la exhortación de concurrir
sin armas a la misma.
El Gral. Suárez que
presidia la comisión se las ingenió para no responder hasta último momento, la
idea era reanudar la votación de tal
forma que fuera aplastante y contundente su triunfo.
Sin duda el ambiente
no era el ideal, la prensa se hacía eco de rumores poco halagüeños. Es así que El Ideal en nota de Eduardo Flores
manifestaba; “Miente “El Uruguay”,
diciendo que la lucha a que nos han provocado los actos de andalaje de bandidos
como Belén, Quiroz y Collado, es una lucha de partido. La lucha es social,
eminentemente social, como claramente se desprende de la espléndida reunión del
6. La gente honrada alrededor de la lista popular; la canalla insolente en
torno de la lista que encabeza don Francisco de Tezanos. De un lado lo más
escogido de nuestra sociedad, la valiente juventud de Montevideo, serena y
tranquila; del otro lado los calumniadores de oficio, los traficantes
políticos, los concusionarios y los ladrones acompañados de asesinos alquilones
que se han de resbalar en los adoquines y se han de balear solos en la urnas.
Mal que pese a los netos, han de permanecer en silencio los bandidos que
pretenden arredrarnos con sus siniestras cataduras, paseándose espiados por las
calles de Montevideo. Mal que pese a los netos han de estarse con juicio los
bandidos terror de sus pagos, que han hecho bajar a la Capital, para
mantenerlos y embriagarlos el día de la elección. Mal que pese a los netos la
gente decente, los cajetillas de Montevideo, hemos de poner a raya a los
bandidos que los auxilian para hacer una verdad de la libertad electoral y
garantirnos en el pleno goce de nuestros derechos políticos”.[5]
Desde La Democracia escribe el Dr. Francisco
Lavandeira; “A las urnas. La lista que se
levanta por los ciudadanos que han adherido a esa gran manifestación se propone
enaltecer las magistraturas populares, instrumentos basta hoy de los intereses
y de las pasiones de partido, llevando a ellas ciudadanos de ilustración, de
principios sanos y honradez probada, que sean en la magistratura dignos
representantes del pueblo y severos ejecutores de la ley... Además, a ese
objeto primero se ha reunido otro que ha llegado a tener la primacía... La
imposición armada que se quiso hacer el 1º de enero en las urnas ha puesto de
pie a la sociedad amenazada en su soberanía, para poner a raya, a los que
quieren obstar por la violencia a la libre emisión del voto... Es cuestión ya
de disputar a los elementos de la fuerza bruta el principio fundamental de la
democracia... Jamás se trabó entre nosotros una lucha más trascendental y de
mayor magnitud después de los grandes días de la Independencia... Están en tela
de juicio las bases fundamentales en que reposa nuestro orden político y
social...
Si los ciudadanos se dejan imponer hoy por la fuerza y
triunfan los elementos bárbaros por medio de la agresión y de la violencia, la
soberanía popular vuelve a ser una mentira inscripta en nuestros Códigos y
quedan para los próximos comicios generales librados los destinos del país a la
imposición de los más fuertes, de los más desalmados, de los que no tienen
reparo para lograr sus fines en convertir el sufragio en lucha sangrienta, en
innoble pugilato de pulpería... A las urnas, pues, todos los ciudadanos!”[6]
Más enérgico es
Alfredo Castellanos en el mismo diario se manifestaba; “El domingo nos veremos, que vaya Belén y que vayan todos los que sean
como él.
Han de quedar algunos de los nuestros, pero han de caer
los caciques sanguinarios y ha de triunfar la gente honrada”.[7]
…y llego el día tan
esperado, en este clima de enfrentamiento, la jornada electoral se da inicio.
Los partidos habían
acordado que irían en grupo de cinco para emitir su votación, alternándose unos
y otro. Pero sobre el mediodía se aprecia una superioridad de la gente de José
Pedro Varela. Con este panorama los hombres del Gral. Suárez, dejan su lugar,
los que se encontraban en el atrio de la Matriz,
los que estaban en el Mercado Viejo,
se juntan en la Plaza Constitución,
con la particularidad de llevar botones rojos y divisa colorada en sus
sombreros. Esto actuó como señal.
Salieron a relucir
las, armas tanto las de fuego como los puñales como era previsible el saldo fue
lamentable. Mueren Francisco Lavandeira, Ramón Márquez, Isaac Villegas, Antonio
Gradin, Antonio Santos, Segundo Tajes, Juan Risso, Ricardo Martínez, Juan Ledesma
y Eugenio Soto, además de 53 heridos. El saldo no fue mayor porque aquellos que
no tenían armas se refugiaron tanto en la Matriz
como en el Club Inglés –esquina de
Rincón e Ituizaingó-, en dicho lugar era el sitio de encuentro de los
principistas. Mientras que en la Confitería
del Ruso –por Sarandí a la altura del actual Club Uruguay-, le correspondió a los elementos candomberos y
algunos blancos tradicionalistas.
¿Y las autoridades
del orden? El Jefe de Policía de Montevideo, el comandante
Eugenio Fonda, pretendió encaminarse a la plaza, pero se encontraba con muy
poco personal y además este no le respondió ante la orden de salir para frenar
la matanza.
Aproximadamente
pasado veinte minutos se produce la irrupción en la plaza de los batallones 1º y
4º de Cazadores al mando del Comandante Latorre, con la firme convicción de
poner punto final a los atropellos.
Motín de enero del 75
El Presidente de la
República, José Ellauri se tomó dos días para hacer referencia a los acontecimientos,
pero más que aplacar la situación lo que logro fue agravar la crisis. Llegando a ser tildado el mensaje presidencial
por la prensa como “la palabra de un tartufo”.
Motivando la
reacción de un grupo de diputados quienes le respondieron; “Los elementos de la autoridad pública
encargados de garantir el ejercicio del derecho en que reposa toda la
organización social (decían los señores. Julio Herrera y Obes, José María
Muñoz, Agustín de Vedia, Juan José de Herrera, Héctor García Wich, Emilio Castellanos,
Alejandro Chucarro, José Vázquez Sagastume, Antonio O. Villalba, Ricardo
Álvarez, Juan P. Caravia, Joaquín Requena y García y Eduardo Chucarro) han
asumido una actitud de complicidad o de impotencia ante aquellos atentados...
Los hechos brutales que han conmovido a la población y que van a repercutir en
todo el país exigían una acción inmediata y enérgica del Poder que tiene o debe
tener en sus manos los medios de amparar la vida y el derecho de los
ciudadanos.
Aquella acción, sin embargo, no se ha hecho sentir
todavía, a pesar de haber transcurrido varios días desde el atentado sangriento
del 10 de enero... La palabra del primer magistrado que acaba de hacerse oír,
lejos de revelar una perfecta conciencia de los hechos producidos parece desconocer
su carácter, abatiendo al mismo nivel a los opresores y a las víctimas y
atribuyendo a la exacerbación de las pasiones políticas hechos que sólo se
explican por la confabulación siniestra de los elementos del crimen contra un
movimiento general de opinión en que fraternizaban todos los partidos políticos
del país; movimiento generoso a que no puede ser imputable el desborde de las
pasiones bastardas que la autoridad, en uso de sus facultades, debió reprimir
instantánea y enérgicamente... Si la acción del Gobierno no fuera enérgica y
eficaz para reprimir y castigar a los criminales, garantiendo a los ciudadanos
el pleno goce de sus derechos y libertades, como representantes y como
ciudadanos asumiremos la actitud enérgica y decidida que nos dicten las inspiraciones
de nuestra conciencia y el cumplimiento de nuestros deberes con el fin de hacer
efectivo, por todos los medios legales a nuestro alcance, el imperio de las
instituciones, ya sean éstas holladas por la prepotencia de la fuerza o
desamparadas por la acción de la autoridad”.[8]
Las consecuencias
de estas últimas movidas producen la renuncia de los ministros los doctores
Gregorio Pérez Gomar (Relaciones Exteriores), Saturnino Álvarez (Gobierno) y
Pedro Bustamante (Hacienda). El jueves 14 de enero fueron nombrados don Juan
Ramón Gómez y don Cayetano Álvarez para ocupar las carteras de Gobierno y
Hacienda. Claro que esto no era la solución dado que no se aplicaba la mano
fuerte y que esta lograra la destitución de los jefes culpables y además esto
no conformaba a Latorre.
En la noche el Coronel
Latorre realiza una reunión con varios de los jefes, se ponen de acuerdo para
asumir el mando, lo que determino la marcha al 3º de Cazadores, donde el jefe, era el Comandante Lallemand, manteniéndose fiel al Presidente Ellauri, fue
reemplazado por el Mayor Casalla.
Para luego marchar
a la plaza Constitución, estableció su campamento, en la madrugada del 15 instruyendo
dos bandos con la firma de los jefes de cuerpo: Miguel A. Navajas, Casimiro García,
José Etcheverry, Santos Arribio, Ángel Casalla, Plácido Casariego y Zenón de
Tezanos.
El primero de los
bandos está dirigido al país, la ausencia de que la población contara con una seguridad individual y las garantías de la
propiedad. Viendo que en pleno día en Montevideo, los acontecimientos de la
plaza donde, cincuenta ciudadanos fueron muertos y heridos. “Y cuando el país con derecho a esperar que
las nulidades serias y los hombres desprestigiados llenos de pasiones fueran
suplantados por ciudadanos probos, de antecedentes patrióticos, resulta que el
primer mandatario agitándose en un círculo vicioso, cambia nombres sin ventaja
en cualidades y tal vez con pasiones más funestas... Nuestra actitud
circunspecta hasta donde pudo serlo en vista de la terquedad del primer
Magistrado de la República, quedará claramente explicada cuando sepáis que
reiteradamente y guardando siempre los respetos debidos a su autoridad y a su
persona, le hicimos conocer nuestras vistas sobre la situación expresándole los
medios más conducentes para salvarla digna y victoriosamente. Así, pues,
nuestra indignación creció al tener conocimiento de su indeclinable resolución
para poner término por los medios que adoptó a la crisis que atravesamos en
medio de la mayor ansiedad.
Reunidos los abajo firmados con motivo de los
acontecimientos que acaban de tener lugar y que son de pública notoriedad,
decía el otro bando, hemos resuelto nombrar como gobernador provisorio al
ciudadano don Pedro Varela, el cual esperamos sabrá responder a la confianza
que en él depositamos en nombre del país a cuyos intereses y aspiraciones
legítimas ofrecemos nuestro más decidido concurso”.[9]
El Presidente
Ellauri abandona su domicilio de la calle Misiones Nº 185, cruzando una azotea
para poder refugiarse con su familia en el consulado brasileño para luego desde
ahí pasar a un buque de guerra de la misma nacionalidad.
[1] Acevedo,
Eduardo- Anales Históricos del
Uruguay. Tomo III. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 698.
[2] Ibídem.
[3] Ídem. p. 699.
[4] Ídem. pp. 699-700.
[5] Ídem. pp. 700-701.
[6] Ídem. p. 701.
[7] Ibídem. p. 701.
[8] Ídem. pág. 704.
[9] Ídem. p. 705.



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