jueves, 10 de enero de 2019

Jornada electoral sangrienta


Domingo sangriento









L
a elección de Alcaldes Ordinarios para Montevideo –actualmente serían los Jueces Letrados Departamentales-, se debía realizar el 1º de enero de 1875, dado que los mismos eran electos en forma popular anualmente, pero dicho acto siempre estuvieron cargados  de agitaciones, debido a la función de los jurados de tachas. El año anterior se había votado la ley de Registro Cívico, por la cual se suprimía esa participación política.
Los partidos se aprontaban para la jornada, los denominados Populares, apoyaban la candidatura de José Pedro Varela para Alcalde Ordinario y como suplentes Leoncio Correa y Juan José Segundo; se encontraba respaldada por los conservadores, los nacionalistas y los radicales y para el Dr. Adolfo Artagaveytia para Defensor de Menores, como suplentes Aureliano Rodríguez Larreta y Juan Manuel de Vedia como suplentes.
La segunda lista, los denominados candomberos, teniendo como lema Partido Colorado, llevaba a la titularidad a Francisco de Tezano y sus suplentes Eduardo Bustamante y Eulogio Reyes, Plácido Ellauri y sus suplentes Francisco Bauzá y Urbano Chucarro.
La tercera lista de los blancos tradicionalistas, constituida por Cristóbal Salvañach, Pedro González Vizcaíno y Enrique Platero; Jaime Illia, Manuel Pereira y Javier Álvarez, aunque al final esta lista no se presentó.

El diario El Siglo manifestaba; “La lucha al proclamar esa lista, se entabla, pues, en el terreno que corresponde a la verdad de la actual situación. A un lado los que tienen por único objeto asegurar la práctica de las instituciones y proscribir para siempre de las esferas oficiales el fraude, la violencia y el agiotaje. Al otro los que resistiendo el progreso natural de las ideas y de los acontecimientos, se empeña en buscar en tradiciones de sangre y en divisas de guerra la división de los partidos, y sin embargo, por una contradicción que jamás podrán explicar satisfactoriamente no tienen inconveniente en aliarse para combatirnos con  los que llevan divisa contraria a la suya”.[1]
Claro está que se encontraba otra opción apoyada por los colorados netos y los blancos netos, por intermedio de un manifiesto que se encontraba la firma del Gral. Gregorio Suárez, que decía; “…de las ideas del funesto círculo que tenía por bandera la coacción electoral y el monopolio de los bancos quebrados.
La actitud que viene asumiendo el grupo de traidores colorados y blancos a cuyo frente se halla José María Muñoz, decía “La Tribuna”, el órgano más caracterizado de los netos o candomberos, obliga a todo colorado leal a acudir a las urnas con propósito firme y resolución hecha de combatir por la causa –si en el terreno legal, porque son respetados sus derechos, con las balotas electorales- si en el terreno de la fuerza bruta, porque son agredidos aquéllos, haciendo uso de esa fuerza hasta caer exánimes o conquistar la victoria”.[2]
Visto este clima, desde las páginas del El Siglo se aconsejó la abstención, ya que veía que el registro cívico se encontraba lleno de inscripciones fraudulentas.  Dicho anuncio no tuvo la captación esperada y la gente concurrió al atrio de la Iglesia Matriz, lugar donde se ubicaba la mesa receptora de votos, para elegir al Alcalde Ordinario, donde su esfera de actuación llegaba hasta la Unión.

Escenario de la trágica jornada 



Se puede decir que la apertura en las primera horas estuvo marcada por la calma, pero a medida que pasaba el tiempo y se apreciaba una buena performance de la lista encabezada por José Pedro Varela, determino en tiendas adversaria, tomar medidas para truncar el acto cívico, sin importar los procedimientos.
Las acciones las llevo adelante el Cnel. Francisco Belén que acaudillaba a los candomberos, abre fuego sobre el Dr. Alfredo E. Castellanos, que en esos instantes estaba en la pugna por la legitimación de un voto. A esta acción le siguieron un encadenamiento de hechos que termina hiriendo a Belén y obligando a los miembros de la mesa a interrumpir la votación.
Por su parte el Gral. Gregorio Suárez quien presidia la Comisión Directiva, buscó responsabilizar a los principistas como causantes de tales acontecimientos; “Se ha intentado asesinar traidoramente a nuestros amigos, decía en su manifiesto, y debemos en defensa propia y en defensa de nuestras patrióticas aspiraciones acudir unidos a las urnas, sin el deseo de vengarnos, pero con la firme resolución de rechazar las agresiones aleves… El Partido Colorado siempre se resistió a derramar sangre, pero tiene el derecho y el deber de defenderse si los nacionalistas y sus allegados vuelven a intentar el asesinato como un recurso político”.[3]


Esta visión nada tiene que ver con los acontecimientos reales que sucedieron, ante la presencia  de varias personas que se encontraban en el atrio de la Matriz y en la Plaza Constitución. La otra campana la vemos en La Democracia; “En torno de la mesa electoral, se encontraban figuras siniestras, repugnantes cataduras y emblema fiel de todos los vicios. El bandido Belén, célebre por la
violenta participación que ha tenido en dichas elecciones, puñal que figura en todas las elecciones como vil mercenario, un Quiroz con varias causas por homicidio y que con otros tribunales estaría ya en la cárcel, y otros genuinos representantes de la barbarie, estaban allí no para disputar sobre el cumplimiento de la ley electoral que no entienden, sino para hacer lo único que saben: imponerse por medio del terror a los que no saben o no pueden hacerse respetar… La elección ha producido el efecto que se proponían los integrantes de Belén, los que han dirigido esa máquina de destrucción, ese puñal inconsciente contra el corazón de la juventud decente y viril de Montevideo… Aplazada la elección última ellos se preparan para el próximo domingo. Quieren a todo trance amedrentar… De pie toda la juventud decente de Montevideo, todos los ciudadanos libres… No han de ser ciertos compadres vocingleros los que nos corran con la vaina y se impongan en los comicios al pueblo de Montevideo… Miserable canalla, se han de meter dentro de un zapato el día en que los hombres honrados se presenten en los comicios respetando el derecho ajeno y dispuestos a hacer respetar el propio.
Hace seis o siete días, escribía el doctor Julio Herrera y Obes en “El Siglo”, una pandilla de veinte desalmados capitaneados por cachafaces de la catadura de Francisco Belén y Juan Quiroz, viene haciendo un género de vida del hecho de alquilarse para ir a ejercer coacción en los comicios.
“El Siglo”, que en la víspera de la elección había aconsejado la abstención, resolvió reaccionar a raíz del atentado, juzgando que era indispensable agrupar todas las fuerzas cívicas en torno de la candidatura de José Pedro Varela. Y de acuerdo con la invitación de ese diario y de los demás que coincidían con su propaganda, se realizó una política en la “Barraca Eolo”, a la que concurrieron alrededor de 1.500 ciudadanos de todos los partidos.
En esa reunión hablaron los señores José María Muñoz, Julio Herrera y Obes, Pablo De María, Agustín de Vedia, Eduardo Flores y José Vázquez Sagastume, proclamando todos ellos ideas de tranquilidad, de solidaridad y de entereza cívica. El doctor José María Muñoz que presidía, luego de recomendar a todos la mayor moderación y el mayor respeto a los adversarios, agregó estas palabras que le llegaban del ambiente:
“Pero si por desgracia nos vemos en el caso extremo de repeler la fuerza con la fuerza, entonces lo que hacerse no puede ser objeto de una convención en una reunión como ésta destinada únicamente al objeto de que los ciudadanos retemple mutuamente su generoso patriotismo y vayan unidos a depositar su voto en las urnas ejerciendo su más sagrado e imprescriptible derecho… Si ese caso extremo llega, entonces el instinto de cada ciudadano le inspirará la conducta que debe observar en uso del legítimo derecho de defensa. Eso no se convenciona”.
De 1.500 a 2.000 ciudadanos de todos los colores políticos, de lo más culto de nuestra población, se han reunido para formar en el próximo comicio un batallón sagrado, pacífico pero resuelto, que ofrezca su voto, su palabra, su acción, su pecho si fuera necesario, a la dignificación del acto más grande de la democracia, digno tan sólo de ser ejercido por los pueblos que tiene la conciencia plena y la virilidad del derecho”.[4]
De la asamblea realizada en la barraca Eolo, se designó a una comisión integrada por: José Mª Muñoz, Agustín de Vedia, Juan José de Herrera, Enrique Pereda, Aureliano Rodríguez Larreta, Rufino Gurméndez, Antonio Villalba y Héctor García Wich. El cometido de la misma era trabajar en los preparativos cívicos, a su vez plantearle a la comisión presidida por el Gral. Gregorio Suárez una fórmula de arreglo.
La idea que ambas comisiones fueran al local donde se llevaría adelante la votación y que en forma exclusiva ellas fueran las fiscalizadoras del acto eleccionario; además se realizaría la votación en forma alternada, acercándose de  a cinco a la mesa los partidarios de cada una de las listas, con el objetivo de evitar aglomeración y disturbios, con la exhortación de concurrir sin armas a la misma.
El Gral. Suárez que presidia la comisión se las ingenió para no responder hasta último momento, la idea era reanudar  la votación de tal forma que fuera aplastante y contundente su triunfo.

Sin duda el ambiente no era el ideal, la prensa se hacía eco de rumores poco halagüeños. Es así que El Ideal en nota de Eduardo Flores manifestaba; “Miente “El Uruguay”, diciendo que la lucha a que nos han provocado los actos de andalaje de bandidos como Belén, Quiroz y Collado, es una lucha de partido. La lucha es social, eminentemente social, como claramente se desprende de la espléndida reunión del 6. La gente honrada alrededor de la lista popular; la canalla insolente en torno de la lista que encabeza don Francisco de Tezanos. De un lado lo más escogido de nuestra sociedad, la valiente juventud de Montevideo, serena y tranquila; del otro lado los calumniadores de oficio, los traficantes políticos, los concusionarios y los ladrones acompañados de asesinos alquilones que se han de resbalar en los adoquines y se han de balear solos en la urnas. Mal que pese a los netos, han de permanecer en silencio los bandidos que pretenden arredrarnos con sus siniestras cataduras, paseándose espiados por las calles de Montevideo. Mal que pese a los netos han de estarse con juicio los bandidos terror de sus pagos, que han hecho bajar a la Capital, para mantenerlos y embriagarlos el día de la elección. Mal que pese a los netos la gente decente, los cajetillas de Montevideo, hemos de poner a raya a los bandidos que los auxilian para hacer una verdad de la libertad electoral y garantirnos en el pleno goce de nuestros derechos políticos”.[5]
Desde La Democracia escribe el Dr. Francisco Lavandeira; “A las urnas. La lista que se levanta por los ciudadanos que han adherido a esa gran manifestación se propone enaltecer las magistraturas populares, instrumentos basta hoy de los intereses y de las pasiones de partido, llevando a ellas ciudadanos de ilustración, de principios sanos y honradez probada, que sean en la magistratura dignos representantes del pueblo y severos ejecutores de la ley... Además, a ese objeto primero se ha reunido otro que ha llegado a tener la primacía... La imposición armada que se quiso hacer el 1º de enero en las urnas ha puesto de pie a la sociedad amenazada en su soberanía, para poner a raya, a los que quieren obstar por la violencia a la libre emisión del voto... Es cuestión ya de disputar a los elementos de la fuerza bruta el principio fundamental de la democracia... Jamás se trabó entre nosotros una lucha más trascendental y de mayor magnitud después de los grandes días de la Independencia... Están en tela de juicio las bases fundamentales en que reposa nuestro orden político y social...
Si los ciudadanos se dejan imponer hoy por la fuerza y triunfan los elementos bárbaros por medio de la agresión y de la violencia, la soberanía popular vuelve a ser una mentira inscripta en nuestros Códigos y quedan para los próximos comicios generales librados los destinos del país a la imposición de los más fuertes, de los más desalmados, de los que no tienen reparo para lograr sus fines en convertir el sufragio en lucha sangrienta, en innoble pugilato de pulpería... A las urnas, pues, todos los ciudadanos![6]
Más enérgico es Alfredo Castellanos en el mismo diario se manifestaba; “El domingo nos veremos, que vaya Belén y que vayan todos los que sean como él.
Han de quedar algunos de los nuestros, pero han de caer los caciques sanguinarios y ha de triunfar la gente honrada”.[7]

…y llego el día tan esperado, en este clima de enfrentamiento, la jornada electoral se da inicio.
Los partidos habían acordado que irían en grupo de cinco para emitir su votación, alternándose unos y otro. Pero sobre el mediodía se aprecia una superioridad de la gente de José Pedro Varela. Con este panorama los hombres del Gral. Suárez, dejan su lugar, los que se encontraban en el atrio de la Matriz, los que estaban en el Mercado Viejo, se juntan en la Plaza Constitución, con la particularidad de llevar botones rojos y divisa colorada en sus sombreros. Esto actuó como señal.
Salieron a relucir las, armas tanto las de fuego como los puñales como era previsible el saldo fue lamentable. Mueren Francisco Lavandeira, Ramón Márquez, Isaac Villegas, Antonio Gradin, Antonio Santos, Segundo Tajes, Juan Risso, Ricardo Martínez, Juan Ledesma y Eugenio Soto, además de 53 heridos. El saldo no fue mayor porque aquellos que no tenían armas se refugiaron tanto en la Matriz como en el Club Inglés –esquina de Rincón e Ituizaingó-, en dicho lugar era el sitio de encuentro de los principistas. Mientras que en la Confitería del Ruso –por Sarandí a la altura del actual Club Uruguay-, le correspondió a los elementos candomberos y algunos blancos tradicionalistas.

¿Y las autoridades del orden? El Jefe de Policía de Montevideo, el comandante Eugenio Fonda, pretendió encaminarse a la plaza, pero se encontraba con muy poco personal y además este no le respondió ante la orden de salir para frenar la matanza.
Aproximadamente pasado veinte minutos se produce la irrupción en la plaza de los batallones 1º y 4º de Cazadores al mando del Comandante Latorre, con la firme convicción de poner punto final a los atropellos.

Motín de enero del 75

El Presidente de la República, José Ellauri se tomó dos días para hacer referencia a los acontecimientos, pero más que aplacar la situación lo que logro fue agravar la crisis.  Llegando a ser tildado el mensaje presidencial por la prensa como  la palabra de un tartufo”.

Motivando la reacción de un grupo de diputados quienes le respondieron; “Los elementos de la autoridad pública encargados de garantir el ejercicio del derecho en que reposa toda la organización social (decían los señores. Julio Herrera y Obes, José María Muñoz, Agustín de Vedia, Juan José de Herrera, Héctor García Wich, Emilio Castellanos, Alejandro Chucarro, José Vázquez Sagastume, Antonio O. Villalba, Ricardo Álvarez, Juan P. Caravia, Joaquín Requena y García y Eduardo Chucarro) han asumido una actitud de complicidad o de impotencia ante aquellos atentados... Los hechos brutales que han conmovido a la población y que van a repercutir en todo el país exigían una acción inmediata y enérgica del Poder que tiene o debe tener en sus manos los medios de amparar la vida y el derecho de los ciudadanos.
Aquella acción, sin embargo, no se ha hecho sentir todavía, a pesar de haber transcurrido varios días desde el atentado sangriento del 10 de enero... La palabra del primer magistrado que acaba de hacerse oír, lejos de revelar una perfecta conciencia de los hechos producidos parece desconocer su carácter, abatiendo al mismo nivel a los opresores y a las víctimas y atribuyendo a la exacerbación de las pasiones políticas hechos que sólo se explican por la confabulación siniestra de los elementos del crimen contra un movimiento general de opinión en que fraternizaban todos los partidos políticos del país; movimiento generoso a que no puede ser imputable el desborde de las pasiones bastardas que la autoridad, en uso de sus facultades, debió reprimir instantánea y enérgicamente... Si la acción del Gobierno no fuera enérgica y eficaz para reprimir y castigar a los criminales, garantiendo a los ciudadanos el pleno goce de sus derechos y libertades, como representantes y como ciudadanos asumiremos la actitud enérgica y decidida que nos dicten las inspiraciones de nuestra conciencia y el cumplimiento de nuestros deberes con el fin de hacer efectivo, por todos los medios legales a nuestro alcance, el imperio de las instituciones, ya sean éstas holladas por la prepotencia de la fuerza o desamparadas por la acción de la autoridad”.[8]
Las consecuencias de estas últimas movidas producen la renuncia de los ministros los doctores Gregorio Pérez Gomar (Relaciones Exteriores), Saturnino Álvarez (Gobierno) y Pedro Bustamante (Hacienda). El jueves 14 de enero fueron nombrados don Juan Ramón Gómez y don Cayetano Álvarez para ocupar las carteras de Gobierno y Hacienda. Claro que esto no era la solución dado que no se aplicaba la mano fuerte y que esta lograra la destitución de los jefes culpables y además esto no conformaba a Latorre.

En la noche el Coronel Latorre realiza una reunión con varios de los jefes, se ponen de acuerdo para asumir el mando, lo que determino la marcha al 3º de Cazadores, donde el jefe, era el Comandante Lallemand, manteniéndose fiel al Presidente Ellauri, fue reemplazado por el Mayor Casalla.
Para luego marchar a la plaza Constitución, estableció su campamento, en la madrugada del 15 instruyendo dos bandos con la firma de los jefes de cuerpo: Miguel A. Navajas, Casimiro García, José Etcheverry, Santos Arribio, Ángel Casalla, Plácido Casariego y Zenón de Tezanos.

El primero de los bandos está dirigido al país, la ausencia de que la población contara con  una seguridad individual y las garantías de la propiedad. Viendo que en pleno día en Montevideo, los acontecimientos de la plaza donde, cincuenta ciudadanos fueron muertos y heridos. “Y cuando el país con derecho a esperar que las nulidades serias y los hombres desprestigiados llenos de pasiones fueran suplantados por ciudadanos probos, de antecedentes patrióticos, resulta que el primer mandatario agitándose en un círculo vicioso, cambia nombres sin ventaja en cualidades y tal vez con pasiones más funestas... Nuestra actitud circunspecta hasta donde pudo serlo en vista de la terquedad del primer Magistrado de la República, quedará claramente explicada cuando sepáis que reiteradamente y guardando siempre los respetos debidos a su autoridad y a su persona, le hicimos conocer nuestras vistas sobre la situación expresándole los medios más conducentes para salvarla digna y victoriosamente. Así, pues, nuestra indignación creció al tener conocimiento de su indeclinable resolución para poner término por los medios que adoptó a la crisis que atravesamos en medio de la mayor ansiedad.
Reunidos los abajo firmados con motivo de los acontecimientos que acaban de tener lugar y que son de pública notoriedad, decía el otro bando, hemos resuelto nombrar como gobernador provisorio al ciudadano don Pedro Varela, el cual esperamos sabrá responder a la confianza que en él depositamos en nombre del país a cuyos intereses y aspiraciones legítimas ofrecemos nuestro más decidido concurso”.[9]
El Presidente Ellauri abandona su domicilio de la calle Misiones Nº 185, cruzando una azotea para poder refugiarse con su familia en el consulado brasileño para luego desde ahí pasar a un buque de guerra de la misma nacionalidad.



[1] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo III. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 698.
[2] Ibídem.
[3] Ídem. p. 699.
[4] Ídem. pp. 699-700.
[5] Ídem. pp. 700-701.
[6] Ídem. p. 701.
[7] Ibídem. p. 701.
[8] Ídem. pág. 704.
[9] Ídem. p. 705.

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