sábado, 31 de marzo de 2018

Baltasar Brum


Mato y Muero



El 20 de octubre de 1929 se produce el fallecimiento de José Batlle y Ordóñez, sin duda fue un fuerte golpe para el país –se terminó el equilibrio de la política-; se iba uno de los hombres que había marcado el ritmo del nuevo siglo. A este clima sumemos que a los pocos días se produce la depresión en los EE.UU., la que sumada a la crisis europea. El Uruguay al igual que al resto de los países latinoamericanos se ven arrastrados por esta situación.

No es nuestro objetivo analizar la misma, si debemos tener presente que hay un aceleramiento de deterioro en el ámbito social, es claro el declive del nivel de vida, no es necesario decir, pero la situación llevo a quiebras económicas, huelgas y paros, siendo una situación que el país no había vivido. Sin duda fueron años difíciles.

Las medidas adoptas desde el Consejo Nacional de Administración no logran la eficiencia esperada. El 1º de marzo de 1931, asumió el vigesimosexto presidente constitucional, el batllista Gabriel Terra, quien se impuso al Partido Nacional por tan solo 15.185 votos.

Es bueno recordar que Terra, no fue bien visto por el batllismo, dado para Don Pepe, todos los batllistas debían de concentrar sus esfuerzos en el Consejo Nacional de Administración y no en la Presidencia de la República. Además recordemos el Dr. Terra fue el convencional que no votó a Batlle para la segunda Presidencia de este en 1910, no asistiendo a la misma en forma deliberada, pues prefería a otro candidato para ese cargo.

Es probable que su fuerte personalidad hiciera que no contara con el apoyo de los Batlle Pacheco, y casi de inmediato comenzaron las críticas por la integración del gabinete ministerial, designación de embajadores y otros temas.


No se hace espera las críticas a la Constitución, por tal motivo Terra emprende una gira por el país marcando las deficiencia del colegiado. Por su parte el herrerismo realiza algo similar con el eslogan “Plebiscito o Revolución”. Se puede decir que el país comienza a darse cuenta de la incapacidad del Consejo Nacional de Administración, que se hacía imperioso un cambio.

En este clima llegamos al 30 de marzo de 1933, el Presidente Terra envía a la Asamblea General Legislativa un mensaje, el cual es rechazado sobre el uso de facultades extraordinarias tomadas por el Presidente –el resultado fue 64 por la afirmativa (levantar las medidas) y 42 por la negativa-.

Por el cual se establece la disolución del Parlamento y el Consejo Nacional de Administración, los que son sustituidos por una Junta de Gobierno y se convoca a elecciones para establecer una Asamblea Constituyente. Se pone fin a la segunda constitución del país.

La Junta de Gobierno estaba integrada por: Teniente General Pablo Galarza, Dr. Demicheli, Dr. Francisco Ghigliani, Dr. Andrés Puyol, Dr. Pedro Manini Ríos, Dr. José Espalter, Dr. Roberto Berro, Aniceto Patrón y Dr. Alfredo Navarro.

Estos acontecimientos así fueron vistos por los británicos; “Aunque el Golpe de Estado del 31 de marzo tenía como objeto ostensible la abolición de un sistema de gobierno considerado desde tiempo atrás como insatisfactorio, y al cual el Dr. Terra, desde su instalación como Presidente de la República el 1º de marzo del 31 había hecho todo lo posible por desacreditar aún más. Igualmente ocasionó, y quizá haya sido su propósito primario el fin de la larga dominación de la familia Batlle. La gente, declaró el Dr. Terra después de su "revolución" no había titubeado en repudiar la oligarquía.

El hecho de que el gobierno hubiera sido derrocado tan fácilmente, parece sostener esta afirmación. A las pocas horas, el Dr. Terra tenía el absoluto control de la situación y sus tropas no se vieron obligadas a hacer uso de sus armas. Aún un tan prominente y supuestamente popular batllista como el Dr. Baltasar Brum fracasó al tratar de reunir algunos partidarios alrededor suyo, a pesar de su negativa de rendirse vivo”.[1]

La debilidad del poder

Si entendemos que el golpe de Estado fue producto de la debilidad y no de la fortaleza del gobernante. Ahí está la clave para comprender el desenlace de esa jornada.

El país había vivido 35 años  donde se respetaba la norma jurídica, y ante la adversidad del momento se arrojó todo por la borda.

Baltasar Brum vislumbrando el golpe de Terra, le expresa a don Domingo Arena; “No olvide que las libertades siempre se han asentado sobre sangre de dirigentes”.[2]

Una visión diferente es la del socialista Emilio Frugone; “…no agitó mucho las ondas de la vida nacional ni levantó grandes olas de indignación…”.[3]

Realmente la sociedad civil casi ni se perturbo por el acontecimiento de la disolución del poder, desde las organizaciones de los trabajadores el propio Secretario General del Partido Comunista Eugenio Gómez; “…las centrales obreras no habían podido ponerse de acuerdo”.[4]

Hasta la vida siguió su ritmo normal.

Prueba de ello están las propias declaraciones del Dr. Conrado Hughes –amigo de Brum- que se las realizo el mismo día de la tragedia; “Nosotros hemos pedido al pueblo que nos acompañe, tenemos la necesidad de demostrarle que el sacrificio por un ideal no es difícil. El pueblo precisa sangre de dirigentes y yo le ofrezco la mía. Este gobierno que hoy se inicia durará veinte años; con mi muerte quizás yo reduzca esos veinte años a cinco”.[5]

Este quiebre institucional sin duda agarro a muchos desprevenidos, todos los consejeros nacionales fueron detenidos en sus domicilios, misma suerte corrieron los diputados batllistas, algunos no hacía mucho que se habían acostado, dado que la sección había finalizado a las siete de la mañana.


Pero en el seno de la familia Baldomir días antes ocurría esta escena, contada por la sobrina Lilí Delgado Brum de Cardozo; “Un domingo almorzábamos papa, mamá y yo con Mamá Tela (la madre de Baltasar Brum) Baltasar y Blanca (la esposa). Papá saca el tema del golpe de Estado que estaría programando Terra, Baltasar dice entonces que se rehusaba a creer que un hombre que dio su palabra de respetar la Constitución pueda faltar a ella. Papá insiste y Baltasar le responde: “en ese caso un dirigente debe darle el ejemplo quitándose la vida, pero como no hay nada más triste que un suicidio fallido, hay que calzar el revólver en esta forma. Y poniéndose la mano izquierda sobre el corazón, calzó el índice de la derecha”. (…) Silencio total en la familia. (…) Al rato Baldomir retomó la palabra hablando de otra cosa y no se tocó más el tema”.[6]

Pistola en mano

En la noche del 30 de marzo mi tío José María Delgado se enteró que Brum se iba a matar si lo prendían y aterrorizado corrió a hablarle  para convencerlo de refugiarse en una embajada, pero Baltasar le dijo: “yo no soy Irigoyen”.

La mañana del 31 de marzo a las 7 y cuarto de la mañana estando acostados y Baldomir tomando mate, sonó el timbre de la puerta de la calle. Baldomir dijo (a su señora): “ahí vienen a prenderme. Ustedes se quedan acá”. Se levantó rápidamente, se puso el salto de cama y las chinelas y tomó dos revólveres que colocó uno en cada bolsillo de la bata. Era un consumado tirador lo mismo que sus hermanos y lo hacía con ambas manos… Luego se fue al escritorio que quedaba frente a la escalera a esperarlos. Pasados cinco minutos Blanca se puso muy nerviosa y poniéndose el salto de cama fue a ver qué pasaba. Llegó justo en el momento en que los militares (nota: en realidad eran policías) le decían: “Comprenda doctor Brum, nosotros venimos a cumplir una orden”. Baltasar les contestó: “si dan un paso adelante, disparo”. Y como simultáneamente avanzaron ambos, Baltasar sacando las manos de los bolsillos, disparó. A uno le voló la gorra y al otro la bala le pasó junto a la oreja, yendo a dar a una marina de Castellanos.

Los policías aterrados salieron hacia la escalera. Al llegar al primer escalón se dieron vuelta y ambos dispararon. Blanca al verlos apuntar gritó: “¡cuidado, Baltasar!” Agarrando una maceta que estaba en la baranda de la escalera se las tiró; Brum disparó de nuevo, una de las balas dio en la pared y la otra fue a incrustarse en un cuadro de Puig, pero ya los policías habían huido. Luego de esto Baltasar corrió a su cuarto, se quitó el piyama, se puso los pantalones y sobre la camiseta que tenía puesta se puso el saco, se calzó los zapatos sin ponerse medias y corrió escaleras abajo. El no quería que lo agarraran dentro de la casa, quería pelear y morir frente al pueblo y no en una ratonera. Casi enseguida llegaron Lauro, José, Alfeo, José Luis y Lalo, sus hermanos como también el doctor Eduardo Acevedo que tenía entonces 80 años y era el suegro de Terra. Venía acompañado de su hijo Eduardo Acevedo Álvarez, el yerno de Terra, en ese momento ministro. Tío Baltasar quedó emocionadísimo…”.[7]

Todo parece indicar que los policías no tenían ninguna intención de tirar, sin duda pesaba  más el matar al Dr. Baltasar Brum. Sin duda la segunda presencia de los policías ahora el turno le correspondía a Bonino y Casas, estando ante la situación lo cierto que tampoco cumplieron la orden de arrestarlo, es probable que esa negativa se dio más por las consecuencias inmediatas, el estallido de una batalla campal, algo que Brum venia repitiendo desde hace días.

A las 9 y media Blanca ordenó a la empleada que bajara sillas a la veredas. La gente ya llenaba las calles pero era mantenida lejos de los soldados.

A todo esto varios embajadores le ofrecieron asilo, pero Baltasar se negaba siempre. Su idea fija era morir frente al público peleando pero mi padre Asdrúbal a quien quería y respetaba muchísimo le dijo: “pero Baltasar, va a morir mucha gente inocente”. Eso fue lo que le hizo desistir de un enfrentamiento con los soldados. Las mujeres de la familia estaban en el balcón pero él mandó que se retiraran porque no quería que dijeran que se amparaba en las mujeres; estás hicieron caso, pero de vez en cuando se asomaban”.[8]

A las doce Brum dijo que tenía hambre y los demás también, así que pidió a Blanca que les sirvieran algo; está, mandó pasteles y uvas; fue entonces que tío Baltasar se hecho a reír y dijo: “no deja de tener gracia que estemos aquí comiendo muy tranquilos mientras nos apuntan los soldados”.[9]

En este ambiente también hubo gente que se acercó para tomarle fotografías, todo ello sin dejar las armas.

A las 15 y 30 Baltasar cambió de táctica. Convencido que los soldados no lo iban a atacar y que esperarían hasta que lo rindiera el cansancio le dijo a mi padre: “Pueden hablar con el embajador de España”. (…) Entre todos decidieron que mi cuñado Conrado Hughes que estaba con ellos fuera hasta la embajada para correr los trámites. Mientras tanto Brum subió según dijo a prepararse. Fue al baño, se lavó y peinó luego le dio un beso a su madre y le dijo: “Siempre le dije en mis duelos que iba a volver, hoy no puedo decirle lo mismo”. Luego se despidió de Blanca y le dijo: “Blanca, lo que voy a hacer si no lo hiciera la primera que me despreciaría sería usted”. Sería más o menos las cuatro menos diez. Blanca me dijo que ni por un momento le habló de muerte o suicidio, pero al verlo bajar tuvo una corazonada y pensó: “¿Y si Baltasar se matase?” Corrió entonces escaleras abajo, abrió angustiada la puerta de calle junto a la que estaba papá y llegó junto a él en el preciso momento en que él gritó “¡Viva Batlle!” y poniendo el revólver entre los dedos de la mano izquierda que tenía sobre el corazón, apretó el gatillo. Tío José fue quien adivinando el gesto corrió junto a él en el momento en que se desplomaba. Luego llegaron Blanca y mamá casi juntas y papá. Blanca me dijo que antes Baltasar había arengado el público pero que ella no lo oyó”.[10]

Brum recibió a balazos a quienes iban a prenderle aquella mañana y se quitó la vida después de resistir 8 horas armado en la puerta de su casa, rodeado de familiares y unos pocos amigos.


La sangre de los buenos nunca es derramada en vano. La vida humana no es toda la vida la muerte es vía y no término
José Martí.

Como siempre ante un hecho histórico siempre hay otras miradas, que pueden ser complementarias o diferir, pero es necesario conocerlas, y que el lector saque sus conclusiones.

El diputado batllista Orlando Pedragosa Sierra da su versión; “Terminada la Asamblea General de la noche del 30 y madrugada del 31 de marzo, fuimos a “El Día” para reanudar el trabajo en la redacción de “El Ideal”. Estábamos con Pereira González, Oliver, Bordoni, Falco y Duncan Batlle proyectando “El Ideal” de ese día que mutilaba la censura de prensa, cuando llegó un sobrino del presidente del Consejo de Administración don Antonio Rubio, trayendo la noticia de la aprehensión de aquél ciudadano en su domicilio particular. Pedimos de inmediato comunicación con la casa del consejero Brum y no se nos contestó, el doctor Fusco, que se encontraba presente, propuso que fuéramos en su auto particular y con él salimos en procura de Brum.

A las ocho de la mañana subíamos con Fusco la escalera de la casa de Brum y poco más arriba en ese instante hacían lo propio dos funcionarios policiales. Comprendimos lo que significaba la presencia de los agentes y apurando nuestro ascenso al patio los interrogamos.

-Venimos a aprehender al doctor Brum, nos dijeron.

Apuramos los pasos adelantándonos a los policías y fuimos hacia Brum que ya llegaba al hall de entrada avisado por la sirvienta.

No olvidaremos la impresión singular que nos hizo la mirada de Brum, fuerte, serena, como denunciando una enérgica y deliberada resolución. (…) Frente a los comisarios que esperaban de pie en el escritorio, el doctor Brum reclamó de aquellos una perentoria explicación de su presencia.

-Tenemos órdenes superiores, doctor, de reducirlo a prisión –contestaron.

-Díganle a quien los ha mandado –replicó Brum- que estoy resuelto a matar y a morir. ¡Qué no me entrego!

Los comisarios ensayaron una respuesta y se movieron en su posición nerviosamente, cosa que indujo quizá a que Brum creyera que se aprontaban para cumpliendo las órdenes superiores que antes invocaron. Los acometió entonces, les desarrajó dos tiros, siendo uno de los comisarios herido en un brazo –así nos informaron después- y al otro una bala le atravesó su kepí.

Quedamos solos con Brum en una compleja posición espiritual. Pugnaban en nuestro interior el gran cariño al amigo y lo que nosotros rechazábamos por lo inusitado de aquella actitud fatalista, que escapaba a nuestra percepción. La idea que teníamos sobre la “resistencia a muerte” de Brum era opuesta a la suya. Nos interesaba el impedir su inmolación y a todo trance a costa de malquistarnos con él, como ocurrió enseguida, cuando nos oponíamos enérgicamente a lo que ya era su inquebrantable designio… -fueron a la casa de Ghigliani-

-¿Qué pasa? –interrogó nervioso.

-Que Brum está sitiado por la policía –contestamos- que no se entrega (…).

Más sosegado ahora preguntó qué podía hacer él.

-Pídele a Demicheli la contraorden de prisión. –dijimos.

Fue al teléfono y trajo el informe que se aceptaba la proposición siempre que nos hiciéramos responsables de la “entrega de Brum”.

-De ninguna manera –dijimos- porque Brum no lo tomarán vivo y no contrariaremos su resolución…

De inmediato fuimos en busca del doctor Alfeo Brum quien ajeno a lo que ocurría estaba todavía entregado al sueño descansando como muchos de nuestros amigos, de la jornada larga e intensa que terminara con la Asamblea a las siete de la mañana de ese día. Vueltos con él al domicilio del doctor Brum estaban ya los señores Lauro, José y Hotacilio Brum, quienes no pudieron modificar la firme resolución de su hermano…”.[11]

Otro de los amigos de Brum, Américo Perea, a más de un mes presenta su visión de los acontecimientos a requerimiento del diario El Plata; “Durante las horas que permanecieron en la calle el doctor Brum y sus amigos, una de las sirvientas de la casa les alcanzó el almuerzo arreglado con algo que ya había en el domicilio y algo que se consiguió afuera, sin que ello fuese impedido por la policía. Hubo jamón, pan, tallarines, milanesa y huevos duros. Esto último pedido expresamente por el doctor Brum. Luego uvas. No se bebió. Y él no probo ni agua en todo ese tiempo…

-¿Llegó a acceder a su propia entrega por mediación de terceros?

-Nada lo demuestra, al contrario… Algunos amigos le hablaron en el sentido de la conveniencia de salvar su preciosa vida… Llegó un momento en que el doctor Brum contestó:

-“¡No me hablen más del asunto, me molesta!”

Sin embargo el señor Delgado (Asdrúbal) insistió… Entonces el doctor Brum le dijo:

-“Bueno, dígale al ministro (España) que venga”.

Los aludíos marcharon apresuradamente a proceder en ese sentido… Yo me incliné hacia el interior de la puerta de calle para decirle a la esposa del doctor Brum que estaba inmediata y sobre cuyas mejillas corrían dos lágrimas enormes, aunque se mantenía siempre serena:

-Parece que el doctor  Brum acepta la intervención del ministro de España.

En ese momento di vuelta la cabeza y vi al doctor Brum en actitud de pegarse un tiro, con la cabeza en alto y como si emitiera algunas palabras que no alcancé a oír por la emoción que esa trágica escena me produjo. Sin duda gritó algo pero la detonación cubrió sus palabras”.[12]

La visión del diplomático norteamericano J. Butler Wright; “…el Dr. Brum y sus seguidores se mantuvieron firmes con las armas en las manos hasta las tres de la tarde. (…) Aproximadamente a esa hora, las negociaciones entre representantes del Dr. Brum y del presidente culminaron con el consentimiento de éste último para que se otorgara al Dr. Brum un salvoconducto para ir desde su residencia a la Embajada Argentina o a la Legación de España, representaciones que le otorgarían un salvoconducto para salir del país. Se afirma que en este punto de las negociaciones el Dr. Brum aprobó este arreglo. De repente y aparentemente sin dar aviso alguno a sus compañeros a los que se dice llamó traidores y cobardes en un tono que denotaba claramente agotamiento sino alteración mental, el Dr. Brum se levantó de su silla, caminó hasta el medio de la calle y se disparó en el corazón muriendo casi instantáneamente…”.[13]

¿Por qué tal decisión?

Mucha tinta corrió para responder esta interrogante.

El propio Luis Batlle Berres se preguntó; “… ¿por qué se mató Brum? ¿No  habría hecho inmenso bien presidiendo la reorganización de la defensa? ¿Es más grande como símbolo, que lo que pudiera serlo poniendo su musculo y su pensamiento al servicio de la legalidad?

¡Difícil es decirlo! Lo que es evidente, es que como símbolo quedará ya por los siglos de los siglos y su gesto ha traspasado las fronteras para encarnar una idea mundial.

Brum ya lo había dicho: “si hasta mi casa llega la Policía a prenderme, mato y muero”.

Él estaba dispuesto a provocar una batalla campal en el instante en que fuera detenido…

…¿Será cierto, como dicen sus asesinos, que Brum murió decepcionado porque no vio llegar hasta él a sus amigos? Para nosotros esto no es sino una mezquina invención de los responsables de esa muerte, que buscan enturbiar el ambiente y herir reputaciones, porque les roe el alma ver que, frente a ellos, existen prestigios morales ante los cuales sus dardos envenenados son impotentes…

Brum no podía esperar al Pueblo, porque sabía que el Pueblo estaba indefenso frente al ejército armado y él, habría visto con horror que el Pueblo diera su sangre estérilmente. Además, ya mil veces lo había dicho el 30 de Marzo y días anteriores y un documento publicado por “El Día” que fue encontrado entre sus papeles, diciendo que él estaría en las puertas del Consejo Nacional durante la manifestación del 8, atestiguan su resolución de dar frente  con su sola persona”.[14]

Para Frugoni fue; “El gesto heroico y sublime… tal vez produjo un efecto psicológico que no era por cierto el deseado por el mártir. Hizo creer que el nuevo régimen venía montado con una fortaleza invencible y el que no quisiese quedar sometido a su poderío, no tenía más remedio que pegarse un tiro como protesta”.[15]

Continuemos con el informe del funcionario norteamericano; “…Para apreciar cabalmente su estado físico y mental hay que tener en cuenta que varios años atrás, fue golpeado en la cabeza por un trozo de yeso que cayó al derrumbarse un techo y mucha gente piensa que el accidente dañó o alteró su mente. De hecho su esposa me dijo hace unos meses que la incapacidad de su marido para recordar idiomas extranjeros desde el accidente era bastante evidente. (…) El Dr. Mañé actual Ministro de Relaciones Exteriores que es cirujano, afirmó que su exagerada locuacidad y su presunción de superioridad mental corresponde a una fase de determinado trastorno mental causado por contusión de cráneo”.[16]

Claro que no es el único, su compañero de Consejo Nacional el Dr. Victoriano Martínez –tiene un libro Gabriel Terra el hombre, el político, el gobernante- escribe en esta línea; “Desde días atrás había un poco de desequilibrio en él. Estaba estudiando demasiado al extremo que se propuso buscar el origen de la devaluación del peso. Otro antecedente se une a éste: la circunstancia de que Brum permaneció un tiempo aislado en una quinta de Santa Lucía”.[17]

Con esta visión también está el Dr. Julio César Mussio Fournier; “Los síntomas principales de ese desequilibrio eran una extrema irritabilidad, una impulsividad incontenible, una especie de sordera espiritual para las ideas ajenas teñidas frecuentemente con un fuerte matiz de delirios de grandeza. La irritabilidad y la impulsividad explican los numerosos incidentes que el Dr. Brum tuvo con hombres conocidos”.[18]


Como en tantos casos, solo el protagonista sabrá los motivos que lo llevaron a tal acto.

¿Cuál fue la reacción de Terra ante el desenlace? En un reportaje los hijos de Gabriel manifestaron; “Estaba en casa de mi padre cuando vino la noticia que Brum se había suicidado –expresó Matilde Terra- Papá quedó tan anonadado que le vi hasta lágrimas en los ojos. ‘No puede ser –decía- ¿Cómo  pudo haber pasado eso? ¡Si había decidido albergarse en la Embajada de España!’ Mi padre le tenía gran aprecio. No creo que su consternación al recibir la noticia haya sido menor que la que experimentaron quienes estaban acompañando a Brum. Sintió profundamente su muerte. Ellos se tenían una gran amistad tanto personal como política. Más le digo: dos o tres días antes del golpe de Estado, papá recibió en casa la visita de Brum. Cuando se retiró él comentó con mi hermano Antonio: ‘Si todos fueran como Brum no tendríamos tantos problemas’. Dio a entender que era un hombre comprensivo y conciliador”.[19]

El día después

En los tiempos políticos que se vivía en ese momento, la prensa se vio censurada, por ejemplo El País contaba con nueve espacios censurados, actividad que desarrollaba el Ministro del Interior. Se aprecia el siguiente título: “Ayer se pegó un tiro el doctor Baltasar Brum”.

El Plata, mostraba las fotos de acontecimiento se podía leer “versión oficial de los hechos”.

El Ideal, si bien habla del acontecimiento, no se encuentra una línea sobre la disolución de la Asamblea.

Algo en común de los cuatro órganos de prensa, ninguno de ellos daba datos del lugar del velatorio, ni la hora y lugar del sepelio.

La tarde del 1º de abril fue testigo del sepelio de Baltasar Brum, el mismo fue a las 15 horas en el Cementerio Central, acompañado con la presencia del pueblo, según las versiones entre 5.000 y 10.000, se notaron algunas ausencias, por ejemplo, nadie del cuerpo diplomático, como también autoridades del gobierno y claro está por fuerza mayor ningún dirigente batllista.


El golpe de Estado cayó, en cierto modo, como una piedra en un charco. Salpicó lodo sobre quienes la arrojaron, pero no agitó muchas ondas de la vida nacional ni levantó grandes olas de indignación pública”.
Emilio Frugoni[20]

Por muchos años fue una cita obligatoria para el Partido Colorado, la realización de homenaje, ya sea en la Casa del Partido como en el propio Cementerio, y en el 2015 ante instancias electorales se realizó en la propia puerta del domicilio de Baltasar.  Pero han pasado años y casi ha pasado desapercibido.

Baltazar Brum
Tabaré Etcheverry
"Crónicas de Hombres Libres"
(1972)



Recitado:
En 1933 de nuevo
intereses extraños a esta tierra
encadenan otra vez las libertades
y ponen de dictador a Gabriel Tierra.

La afrenta que el perjuro
hizo a la patria,
encontró a todos
con conciencias muertas.

Sólo Baltazar Brum
tuvo coraje,
sólo Baltazar Brum
tuvo vergüenza.

Cantado:
Allí están, son esos pocos
don Baltazar,
cuatro o cinco lo acompañan.
Y ya se van en la puerta, vidalita
casi toda mañana.
Coraje del hombre solo,
son Baltazar,
porque él sólo se ha plantado
la camisa abierta al pecho, vidalita
y un revolver en la mano.

Declamado:
¿Dónde están Coroneles y Generales?
¿Dónde está ese partido que me eligió?
¿Dónde están, ciudadanos montevideanos?

Cantado:
¿Dónde están oficiales de la nación?
Aparecen a prenderlo, vidalita
y a balazos le contesta.
Pues la vida loca importa,
don Baltazar.
Otra cosa es lo que cuenta.
Soledad de un hombre solo,

don Baltazar,
solo en calle desierta,
la patria está junto a él, vidalita,
haciendo guardia en la puerta.

Declamado:
¿Dónde están los soldados que no aparecen?
¿Dónde está todo el pueblo que me eligió?
¿Dónde están Generales y Coroneles?

Cantado:
¿Dónde están los oficiales de la nación?

Recitado:
El treinta y uno de marzo
se va estirando en la tarde
y se hace larga la sombra
del hombre solo, que aguarda.
A las cuatro de la tarde
cruza el centro de la calle.
La camisa abierta al pecho
y el pecho abierto a la patria.
A las cuatro de la tarde
se escucha un tiro en la calle
y se hace noche de pronto
de un sudario de espanto.

Cantado:
A la cuatro de la tarde, vidalita
se fue doblando, doblando.
Para irse erguido por siempre
don Baltazar,
a las cuatro de la tarde.
Y la cuidad parecía muerta, vidalita,
el pueblo no se asomó
y estaban los uniformes,
don Baltazar,
saludando al dictador.









[1] Ferreiro Aspiroz, Hernán- El 31 de marzo de 1933 según algunos documentos británicos. En Boletín Histórico del Ejército. Nº 279-282.  19990.
[2] Cigliuti, Carlos W.- El gesto heroico de Brum. Correo de los Viernes. 2 de Abril de 1982.
[3] Frugoni, Emilio- Revolución del machete.
[4] Gómez, Eugenio – Historia del Partido Comunista del Uruguay.
[5] [5] Di Candía, César- Suicidio de Brum: ¿acto de heroísmo, decepción o consecuencias de desequilibrio? En quepasa/historias coleccionables. Nº 110. Julio 2002. p. 6.
[6] Di Candía, César- p. 4.
[7] Di Candía, César- pp. 4-5.
[8] Di Candía, César-  p.5.
[9] Di Candía, César-  pp. 4-5.
[10] Di Candía, César- p. 6.
[11] BUSQUEDA- Las dos versiones de la muerte de Brum. César di Candia. 6 febrero de 1997.
[12] El Plata. 21 de mayo de 1933.
[13] Trochon, Yvette – Vidal, Beatriz-El régimen terrista (1933-1938). Ediciones de la Banda Oriental. Montevideo. 1993. pp. 98-99.
[14] Batlle Berres, Luis- Cobardía y traición. Buenos Aires. 1933. pp.68-69.
[15] Frugoni, Emilio- Ob. Cit. p.
[16] Di Candía, César-  p. 7.
[17] Di Candía, César- p. 8.
[18] Di Candía, César- p. 8.
[19] BUSQUEDA- 31 de marzo de 1933, golpe de Estado de Gabriel Terra. ¿Tercera República o república de tercera? (10). 13 Febrero 1997.
[20] Frugoni p. 175.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Florencio Varela


CIVILIZACIÓN y BARBARIE

Leyendo la Historia, uno se explica por qué los argentinos entonan su “Brasil, decíme qué se siente” y la torcida abuchea a los argentinos en las Olimpíadas brasileñas alentando a sus adversarios, así provengan de países de nombre impronunciable.

Después de Artigas, la Provincia Oriental cayó en manos de los portugueses. Desde 1820 a 1825, se extenderá ese “lustro de maldición, lustro sombrío” de que habla Zorrilla de San Martín refiriéndose a la dominación luso-brasileña. Los Treinta y Tres Orientales, “diana triunfal, leyenda redentora del alma heroica de la patria mía”, sacudirán el tablero.  Previo intento de abolir el pasado, declarándolo “írrito, nulo, disuelto y sin ningún valor para siempre”, se dispone la unión a las Provincias Unidas. Esa norma de derecho del 25 de agosto de 1825, declamada entre cuatro paredes de la pequeña Villa de San Fernando de la Florida, carecía de eficacia. Sin embargo, el hecho arrastró a las Provincias Unidas a una guerra contra el Imperio de Brasil, que recién se zanjó en 1828 con la Convención Preliminar de Paz, y que culminó en 1830 con el Estado Oriental del Uruguay.

Las alternativas de la guerra fueron dispares. La poderosa armada imperial bloqueó el puerto de Buenos Aires. El irlandés Guillermo Brown (sí, el Almirante del cuadro de fútbol aurinegro), dirigía una módica flota que tuvo sus buenos momentos. El puerto barroso obró como defensa natural frente a los buques de gran calado y los vecinos de Santa María del Buen Aire, tuvieron ocasión de presenciar en “vivo y en directo” alguna batalla naval. De todos modos, la lucha era desigual y de no haber sido por la interesada mediación inglesa, quién sabe cómo habría terminado.

Mientras las Provincias peleaban contra don Pedro I, los provincianos peleaban entre sí. Federales contra unitarios, caudillos contra caudillos. Buenos contra malos. Los “buenos” somos nosotros. Los “malos”, ellos. Se reconoce a los bandos porque los buenos no hacen cosas malas, salvo que esté en juego un interés superior como la civilización, la patria y, hasta Dios. En esos casos se produce el estado de necesidad y la consecuente justificación.


Cuando la Convención de 1828, gobernaba Buenos Aires el federal Manuel Dorrego. Los unitarios encabezados por Lavalle lo derrocan y hacen prisionero. Entre los asesores de Lavalle está Juan Cruz Varela, licenciado en Teología, periodista y poeta y su hermano Florencio, joven de 21 años. Juan Cruz es uno de los que induce a Lavalle a fusilar a Dorrrego (en una carta para romper, cosa que Lavalle no hizo). Cuando Dorrego, que había llegado a coronel, pasó a ser gobernador, le fue propuesto por los adulones de turno su ascenso a general, cosa que rechazó. Incumpliendo su expresa voluntad, fue promovido a ese grado 187 años después de su muerte, a propuesta de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
           
Lavalle duró poco en el gobierno. Su caída produjo el éxodo de los unitarios hacia Montevideo.  Así, entre otros, los Varela llegaron a la capital del Estado Oriental en agosto de 1829. En diciembre de ese mismo año don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y López de Osornio fue nombrado Gobernador, con el título de "Restaurador de las Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos Aires".

Constituido el Estado Oriental asume como primer presidente Fructuoso Rivera. No fue una buena experiencia ese primer gobierno que asume la conducción de un Estado que ni siquiera tenía definido su contorno territorial. Problema no menor, si tenemos en cuenta que los límites en el Río de la Plata y Frente Marítimo fueron resueltos por el Tratado Bordaberry-Perón en 1973, y que aun en 2016 hay límites contestados con Brasil (Rincón de Artigas o de la Invernada y la lsla Brasilera).  La falta de oficio de Rivera, sumada a una realidad que nada tenía que ver con el deber ser normativo, llevó a un manejo totalmente irregular de la administración. No obstante, Oribe formó parte del Gobierno como Ministro de Guerra y Marina. Cuando asume Oribe el 1º de marzo de 1835, como segundo presidente constitucional, encuentra una situación desastrosa. El 13 de abril de ese mismo año accede Rosas a su segundo período como Gobernador de Buenos Aires.

Toda esta historia está signada por la rivalidad entre Rivera y Lavalleja primero, y luego con Oribe, a la que bien podría aplicarse las palabras con las que Homero inicia la llíada. La llamada “Guerra Grande” es un entrevero colosal de unitarios y colorados, federales y blancos, más la intervención de Gran Bretaña, Francia y naturalmente, Brasil.

Tres días después de dejar el gobierno, Rivera, que propondría a Oribe como su sucesor, es nombrado por el Presidente interino Carlos Anaya y el propio Oribe, como Comandante General de la Campaña. De esa forma pensaba Rivera dejar el gobierno y conservar el poder.

Oribe intentó arreglar las cuentas, y mantener la neutralidad. Ninguna de las dos le fue fácil. Estaba entre la espada y la pared. Entre los unitarios que combatían a Rosas y le generaban problemas diplomáticos, más la reacción de Rivera frente a las críticas a su gestión, subió la apuesta, y suprimió la Comandancia General de la Campaña con lo que Rivera quedó cesante.

Las cosas fueron de mal en peor. Rivera no esperó nuevas elecciones y se decidió por la acción armada, con la adhesión de Lavalle, más los amigos de Río Grande do Sul. Rosas, por su parte, mandó tropas al mando de Lavalleja.  En 1836 un complot para matar a Oribe fracasa. Y así siguieron con éxitos y derrotas hasta que en 1838 aparecen los franceses. El 28 de marzo, so capa de lograr la exención del servicio militar para los ciudadanos franceses en Buenos Aires, una escuadra gala bloquea el puerto.

Las cosas se complican para la familia Varela
El 23 de Abril de 1838, á las cinco y cuarto de la tarde, un comisario de Policía me prendió en
la puerta de mi casa en la capital de Montevideo, y me llevó á la cárcel pública, por orden verbal de D. Manuel Oribe, presidente de la República Oriental. Me pusieron incomunicado en un calabozo, y a las 10 de la noche me llevaron á la Isla de Ratas junto con mi hermano Juan Cruz, que fué preso momentos ántes que yo. Allí estuvimos hasta el 28 en que se nos puso en libertad. Nuestra prisión fué injusta, inmerecida: ninguna razón se dio para ella, ni para hacerla cesar. 
           
El 3 de Octubre de 1838, á las 3 de la tarde, fueron presos todos mis hermanos y cuñados existentes en Montevideo, por orden de D. Manuel Oribe: instruido yo, que me hallaba fuera de casa, me refujié en la del Sr. Cónsul ingles, D. Tomas Samuel Hood, mi antiguo cliente y amigo; donde estuve hasta la mañana del 5, en que, con todos mis hermanos, y otros presos, nos trasladamos al bergantín ingles "Sparrowhawk", con permiso del gobierno; y del buque pasamos a una quinta en el paso del Molino, en el Miguelete. Allí llevamos nuestra familia toda, que fué indignamente rejistrada, y ofendida, por los satélites de Oribe, especialmente por su hermano D. Francisco.

El 11 de octubre los franceses ocupan la isla Martín García. Jaque mate. Oribe se ve obligado a renunciar y embarcarse con algunos partidarios hacia Buenos Aires.

Don Frutos entra en Montevideo bajo palio. Sus tropas ostentan la divisa colorada con la leyenda “Defensores de la Constitución”.

Florencio y sus amigos respiran aliviados
Concluida la guerra por el triunfo del Jeneral Rivera, y por la paz á que forzó á Oribe, firmada en la Chacra de Juanicó en el Miguelete el 22 de Octubre, entramos de nuevo en Montevideo el 26.

Concluida la guerra, vendrá otra peor.

El 10 de marzo de 1839, Rivera le declara la guerra a Rosas. Las cosas marchan bien para don Frutos hasta que los franceses arreglan con Rosas y levantan el bloqueo a fines de 1840.

En febrero de 1843, Oribe se instala en el Cerrito de la Victoria y da comienzo al sitio de Montevideo. En marzo se encarga a don Joaquín Suárez la presidencia.

Florencio Varela no era un unitario más entre los muchos emigrados. No solamente desde la prensa fustigó duramente al bando contrario, sino tuvo una participación directa e importante en la gestión del gobierno de la Defensa que:
...puso, de hecho, á mi cargo y bajo mi exclusiva dirección, todos los negocios del ministerio de Relaciones Exteriores (...)Todos, todos esos negocios, sin excepción, fueron dirijidos y despachados por mí: el Sr. Vasquez, y el Gobierno todo, me hicieron siempre el honor de aprobar todas las ideas y todas las redacciones que les presenté.

Desde esa función sin cargo cimentó tal prestigio, que cuando el gobierno decidió enviar un emisario a Inglaterra para lograr una intervención que terminara el conflicto, él será el elegido.


“... como su comisionado, pero en carácter privado; no solo por la falta de fondos para costear una misión diplomática, públicamente acreditada, sino también por no dar motivo de censura, no siendo yo ciudadano Oriental, al paso que el Sr. Vasquez era jeneralmente censurado por la preferencia que siempre da á mis compatriotas sobre los suyos”.

Pocas ganas tenía Florencio de abandonar a su familia y encarar una misión tan difícil, pero:

“...en el estado de completa pobreza á que me han reducido mi enfermedad, mi naufrajio—en que perdí todo cuanto mi casa tenia—y el estado político de Montevideo, no me podia ser indiferente asegurar, por un año al menos, la subsistencia de mi familia...”.

            El 15 de agosto de 1843 se embarca para Londres, acompañado solamente por su hijo Héctor que el 2 de julio había cumplido once años. Desde la borda del “Fantome” que lo alejaba de sus afectos reflexiona con tristeza:

“Los que han dejado la patria, la esposa, los hijos, la madre venerada, los hermanos, las afecciones todas que ligan el hombre á la tierra que habita, comprenderán fácilmente como el corazón se oprime y se anuda la garganta, cuando se vé desde la nave, ir desapareciendo poco á poco la tierra primero, los árboles después, confundiéndose gradualmente con el agua, como lagos y paisajes, hasta que las torres suspendidas en el aire, desaparecen por fin: y un horizonte uniforme y monótono reemplaza todos los objetos”.

El 20 de mayo de 1844 ya de regreso, entrando en la Bahía de Río de Janeiro convencido del fracaso de su misión escribe:

“...la Inglaterra—tal es mi convencimiento—no conoce sus intereses, y aquellos desgraciados paises serán por largo tiempo teatro de anarquía”.

Pero en algo estaba equivocado. Inglaterra y también Francia, sí conocían sus intereses. En los primeros meses de 1845 llegaron los mediadores: Sir William Gore Ouseley y el Barón Antoine-Louis Deffaudis, cada uno con el respaldo de una poderosa flota de guerra.

Florencio entretanto, había fundado El Comercio del Plata desde donde hacía furiosa campaña contra Rosas y Oribe a quien llamaba “El loco del Cerrito”. Además, lo que no es poca cosa a la luz de los hechos posteriores, alentaba a Urquiza contra Rosas. También el periódico recibía a la furibunda pluma de Sarmiento.

Florencio no llegó a ver el fin de la guerra. Una noche de luna regresaba a su casa en la calle Misiones 90 entre 25 de Mayo y Cerrito. Era el 20 de marzo de 1848. Agazapado en las sombras espera el asesino. Florencio alcanza a tocar tres veces a la puerta, trágica parodia de los golpes del Destino. Un destino contra el que nadie la talla.  Por la herida en la garganta se le va la vida. Habrá muerto de perfil, viva moneda lorquiana.

HECHOS POSTERIORES, EL JUICIO Y RESPALDO DOCUMENTAL
Una semana antes de su asesinato Florencio Varela comentaba con ironía, la noticia que le había llegado del campo sitiador donde se había fusilado su efigie de yeso:

“Con un sentimiento fácil de comprender, pero sin dolor ninguno, tenemos que anunciar a nuestros lectores nuestra propia muerte e invitarlos a nuestros funerales que deben tener lugar en la costa del Miguelete, si el señor presidente de aquellas chacras lo permite. El 7 del corriente a la tarde fuimos solamente fusilados en la calle de la Restauración, habiendo aprobado don Manuel Oribe la sentencia según hemos tenido noticias ciertas. Nuestros lectores tendrán de hoy en adelante que prestar mayor fe en cuanto les digamos, pues nuestra voz vendrá del otro mundo y la voz del otro mundo es siempre voz de verdad”.

Y después...
        
“En Montevideo a (lunes) 20 de marzo de 1848, el Señor Juez del Crimen asociado de Don… y Don…, se dirigió a la casa de Misiones Nº 71 (correcto)en que se hallaba el cadáver del doctor don Florencio Varela, asesinado en esa noche como a las ocho menos cuarto, el cual fue encontrado con una herida situada en la parte superior de la espalda (correcto)izquierda del lado del borde interno de la Scapula (sic) del mismo lado, tan profunda que  corresponde a otra situada en el centro de la garganta.
Lo cual visto por S. S. mandó proceder al reconocimiento de dicha herida por el Médico de Policía”.[1]

Hubo por lo menos siete testigos que se encontraban en la calle y oyeron el gemido de dolor de Varela, viéndolo caer desde la acera de enfrente. Pero ninguno advirtió al asesino, o al menos no lo declararon en el sumario judicial.           Los primeros en intentar auxiliarlo fueron Luis Domínguez, Juan N. Madero –socio, cuñado y colaborador en el periódico-, y más tarde su hijo mayor Héctor Florencio, el mismo que lo había acompañado en su misión europea.

Actuaron en esa instancia el Coronel Faustino López,  jefe de policía, y el juez de lo criminal Dr. Pedro Ramos.

Este trabajo del reconocimiento de lo acontecido estuvo a cargo del Dr. Julián Fernández;

“El abajo firmado Profesor de Medicina y Cirugía –Certifica: Que el lunes 20 de marzo de 1848 fue llamado con el objeto de ver el cadáver de don Florencio Varela depositado en la Iglesia Matriz de esta ciudad en presencia del señor Juez del Crimen y multitud de personas que lo habían conducido.
Del examen, que por el lugar, hora y falta de medios en ese momento pude hacer resulta lo siguiente: El cadáver de don Florencio Varela estaba colocado en un cajón la cara vuelta hacia arriba, conservando aún un resto de color, coincidiendo con la falta de rigidez cadavérica, los ojos abiertos y brillantes, la boca cerrada, color completamente blanco, notándose en la expresión de la fisonomía una impresión de sorpresa remarcable, ausencia de latidos arteriales y de la respiración; examinado el cuerpo en su parte anterior se veía en la región anterior y un poco del cuello, una herida de una pulgada, sangrienta aún, ofreciendo en el intersticio de sus bordes algunos coágulos de sangre, situada paralelamente al eje del cuerpo y correspondiente al triángulo formado por el borde posterior del (ilegible), el escaleno anterior y la clavícula; introduciendo una sonda por esa herida, me mostró la dirección oblicua de arriba abajo y de derecha a izquierda viniendo a corresponder a la parte posterior. Levantando el cadáver no había en ella sino una ancha herida por la que se escapa sangre, de cinco pulgadas, situada un poco hacia abajo del borde posterior del homóplato  (hueso de la espalda) paralela al eje del cuerpo correspondiendo con la ya descripta de la parte anterior del cuello; no habiendo podido disponer de otros medios de examen me es imposible describir anatómicamente las partes interesadas; sin embargo la posición y dirección de la herida, hace pensar que el pulmón izquierdo, la aorta y demás troncos venosos y arteriales que emanan del corazón ha sido tocados por el instrumento, que en la parte anterior de la herida está precisamente en un lugar en que se hallan la carótida primitiva, la vena yugular y la arteria y vena subclavia.De lo dicho me creo autorizado para concluir lo siguiente: la herida que se nota en el cadáver de don Florencio Varela es de naturaleza mortal, ha sido hecha por la parte posterior (tomado de atrás), en el momento de ejercer un movimiento de elevación del brazo; el instrumento que la ha producido es como una espada o daga hecha de una hoja bastante larga y ancha; la muerte ha sido pronta y ocasionada por una gran hemorragia.
En fe de lo dicho ya pedido del Señor Juez del Crimen doy este certificado-
Montevideo, Marzo 21 de 1848.
(firmado) Julián Fernández”.[2]

No queda duda que el Dr. Florencio Varela fue herido por la espalda, y tomado de sorpresa, sin ocasión de defensa. La afirmación de que el arma homicida era de “hoja bastante larga y ancha” motivó una segunda pericia.

En las primeras horas nada se sabía del asesinato. En la confusión del momento, se detiene a Miguel Plaza Montero y a Andrés Jantal o Llantada. Constatada su inocencia son liberados. En el expediente judicial se encuentran las declaraciones del hermano político de Florencio Varela realizadas el 23 de marzo, el señor Juan Madero, que se encontraba en la casa de Varela:

“a pesar de que había recibido varias veces de sus amigos de Buenos Ayres para que anduviese con cuidado, así como una carta[3] anónima que le enviaron desde la línea, encontrada en la que le prevenían que si no se desdecía de lo que había publicado contra el Presidente Oribe, dos días antes, lo habían de matar antes de ocho días; pero lo primero lo consideraba, como un deseo de sus amigos para que se resguardase, y de lo segundo no hizo caso alguno”.[4]
           
El historiador Magariños de Mello opina:

“El asesinato habría obedecido a las feroces luchas internas de las facciones que en la plaza sitiada se disputaban el dominio. Varela era el campeón de la resistencia, el “leader” de la facción doctoral partidaria de la continuación de la guerra y enemiga a muerte de la facción caudillista. Esta, que obedecía a las inspiraciones de Rivera –entonces desterrado-, era partidario del entendimiento con Oribe para expulsar a los elementos extranjeros, dueños de la situación”.[5]

José Mármol, amigo de Florencio publicará al año siguiente un libro sobre este acontecimiento, en el mismo establece;

“A las once de la noche del día 20 de marzo, es decir, tres horas después de haberse ejecutado el asesinato, los puestos avanzados de Oribe sobre las líneas de la plaza, recibieron todos oficialmente la noticia del acontecimiento, y en el silencio de la noche sus soldados vitoreaban la muerte del señor Varela y decían a gritos a los soldados de la plaza que: ‘les mandasen el Comercio del Plata del siguiente día’”.[6]



Blanes. - "Asesinato de Florencio Varela". (Óleo en tela: A- 1.78; L- 1.46).
Montevideo, 1870. - (Del Museo Histórico Nacional).

Con motivo del segundo parte de la sección policial se produce al arresto de Miguel Plaza Montero. Esa misma noche, el juez dispone tal procedimiento, a quien se supone autor del crimen, porque una persona dedujo del hecho de que el Dr. Varela era defensor del señor Latorre, que llevaba adelante un pleito de gran interés contra Montero. Este, pudo demostrar su coartada personal, pero quedaba en el aire la posibilidad de haber contratado a un sicario.

Corrió en la ciudad sitiada, que el acontecimiento obedeció a las luchas internas de Montevideo entre los “argentinistas”, -los exiliados unitarios- que a toda costa, querían seguir la guerra y favorecer la intervención extranjera, y por el otro los “orientalistas”, partidarios de entenderse con Oribe. El ministro de Gobierno de Montevideo, el Dr. Manuel Herrera y Obes, así parece creerlo al informar al encargado de negocios en Río de Janeiro Andrés Lamas, el 27 de marzo –a los siete días del crimen- que el asesino de Varela “tiene cómplices aquí de levita”. Debe entenderse que hay hombres de la Defensa involucrados en el mismo. La repuesta de Andrés Lamas se queja de los argentinos; “El gobierno lo tapó y envió a los hombres y a la mujer –que estaban con Cabrera- al campo de Oribe. De eso que llaman hecho concluyen que la persona o personas comprometidas estaban comprometidas por usted… que usted se desempeñó en, que no se escribiese sobre el aleve y atroz asesinato de Florencio para no enconar los ánimos”. La acusación producirá la indignación del ministro, quien contesta negando toda connivencia con los orientalistas. “¿Cree usted, Lamas, que yo soy el cómplice del inaudito y bárbaro asesinato del desgraciado Florencio, ¿y el aleve y perverso traidor que su torpe corresponsal designa?”.[9]

A los quince días se conocieron las primeras noticias del asesino, los portadores eran dos muchachos que venían del campo sitiador, manifestaron que un tal Andrés Cabrera natural de Lanzarote en las Islas Canarias, se paseaba tranquilamente en el campamento, exhibiendo el cuchillo con que había cometido el bárbaro crimen a todo que quisiera escuchar su hazaña. También aporta información una mujer del campo sitiador, diciendo que la noche del asesinato el tal Cabrera se acercó a la quinta de don Francisco Oribe, contando la forma en que le dio muerte a Florencio Varela.

La policía aprehendió a varias personas procedentes del campo sitiador. El Comisario notó que uno de los detenidos se mostraba muy nervioso, por lo cual procedió a gritarle: “asesino de Varela”. Esto desató la espontánea declaración del individuo: los asesinos eran un hermano suyo llamado Federico Suárez –pescador- y Andrés Cabrera. Su participación se limitó a proveer el bote en que se trasladaron. El delator mencionó

qué actualmente estaba pescando en Castillos en un bote barca, nombre Nueve de Julio, que pertenece a Manuel Páez; que se halla en esta cárcel, junto con el deponente, y que trabaja por orden de don Manuel Oribe, quien recibía la tercera parte de los cuerpos de dos pelos, y todos los de un pelo, repartiéndose el resto entre toda la tripulación”.[10]

En marzo de 1850, a dos años de la muerte de Florencio Varela, el segundo día del carnaval, la imprenta del Comercio del Plata fue empastelada por una pandilla al mando de José Lorenzo, alias Biribilla. Al ser capturado declaró que había recibido de Manuel Páez 400 patacones por el “trabajo”.

“Como 18 días antes de carnaval, estaba el declarante comiendo sandía con Manuel Páez, en los altos de la casilla donde este tiene su cuarto de pescar; y conversando con el declarante sobre si este querría ganar plata le propuso Páez, vista la buena disposición que mostró, que participase de una empresa que él y otro amigo traían entre manos. El declarante quiso oír la propuesta; y entonces Páez le refirió que hacía algún tiempo habían sido llamados al Buceo por Domingo Moreira, para un asalto en la imprenta del Comercio del Plata. Los convidados, apalabrados y ya convenidos, eran el mismo Manuel Páez, y  Esteban Arbelo,[11] el menor de los tres hermanos, y necesitaban de un compañero más, ofreciéndole cuatrocientos patacones, que tenían orden de dar al que los acompañase, y asegurándole que los cuatrocientos patacones eran seguros; por que los dos habían ido al Buceo y habían hablado, conducidos por Moreira, primero con D. José Iturriaga, y después con el presidente Oribe, y no había duda de que era plata segura”,[12] quien le manifestó haber conversado con Oribe, donde este exigía que las letras fueran tiradas “al lugar”.

Por su parte un mozo de la pulpería lo definió como;

“…mal hombre y borrachón, jamás se le conoció trabajo ni ocupación; solía andar mui bien vestido y mui mal vestido; y se acompaña generalmente con Pepillo y Antoñuelo, andaluces de mui mala fama…”.[13]

La justicia encontró responsable a Biribilla, condenado a muerte y fusilado en la Plaza Cagancha el 3 de agosto de 1850 a las diez de la mañana.

Sobre la causa del asesinato de Varela no se pudo avanzar mucho más dado que los asesinos se encontraban en el campo sitiador. Recién en el mes de octubre de 1851, al terminarse la guerra grande la policía pudo capturar a los presuntos criminales.

Cuando el 8 de octubre se concretó la paz, Cabrera se encontró con Iturriaga en el Buceo, aconsejándole que se embarcara, pero no tuvo tiempo porque enseguida fue capturado por la policía.

Corre otra versión:

“…cierto día, hallándose a bordo de la goleta “La Ninfa”, en el puerto del Buceo, el comisario José Martínez le intimó su detención en nombre de la ley. Era el 10 de septiembre de 1851. Lo acompañaba su mujer, Pilar Falcón y una hija de ambos llamada Justa, de siete años escasos. Bajaron a tierra y el viaje que pensaban realizar rumbo a Buenos Aires se trocó en una marcha forzada hacia la Cárcel Pública. Ahí se los alojó, y ocupando cada uno su celda, a excepción de la niña que permanecía con su madre cuando se lo permitían…”.[14]

La defensa cuestionó el arma reputada agresora. Cuando Cabrera fue apresado, presentó un puñal:

“…estaba aún sucio de sangre como una pulgada menos de la cruz que separa el mango, cuyo cabo era de marfil y bastante pesado; que la hoja tenía más de un palmo de largo y de un ancho proporcionado”.[15]
        
En el informe médico los facultativos Santiago Bond, Adolfo Brunei y Vergara, expresan que, de acuerdo al aspecto exterior de las heridas, el elemento que las produjo parece haber sido punzante y cortante, de más de 3 pulgadas de ancho en su parte media y que por el trayecto de la herida, el instrumento debió penetrar hasta la inmediaciones de su cabo. El puñal que portaba Cabrera correspondía en todo a la herida moral.

Conducido a la presencia del Juez del Crimen, Cabrera en un primer momento acusa como autor del crimen a su pariente, Federico Suárez, por órdenes de Oribe. Luego se desdice y declara que él fue el matador de Varela. Que la orden la recibió en primer lugar de D. José Iturriaga[16] -este era lugarteniente del sitiador- y luego de D. Manuel Oribe, temiendo por las represalias de este último. También tuvo la ayuda de otro compañero. Cabrera no conocía a Florencio Varela ni de vista, pero señalárselo su cómplice: “aquél es”, le clavó el cuchillo. Después, tomó por 25 de Mayo y siguió por Cámaras –hoy Juan Ramón Gómez-, hasta llegar al muelle de las Bóvedas, donde se embarcó en un bote que tenían desde noches atrás, para luego trasladarse al campo sitiador.

El defensor, Avelino Sierra, argumenta que el crimen tuvo un carácter político por lo que entiende que Cabrera debería ser absuelto, teniendo presente el espíritu de la Paz del 8 de Octubre: “ni vencidos, ni vencedores”. Pese a ello se mantiene el rótulo de delito común.

Cabrera por su parte presenta un escrito el 16 de julio de 1852:

 “Exmo. Señor Prezidente de Camar: Señor a los benignos pies de S.E. me presto con todo el máximo espeto emplorando un generoso perdón ofresendome en testimonio de (palabra incomprensible) el no cometer horrores como el que comety en el tiempo que hera un súbdito a Don Manuel Oribe y reconozendo en mis hechos y estando sumamente arrepentido, me prezento a S. Sª. para que me seija comprendido on perdonado conforme los tratados de dicho de octubre del año prosimo pasado e por lo mismo espero ser atendido…”.[17]

Comenzaba un nuevo año y Cabrera continuaba sin sentencia, el Tribunal recibió un documento con la firma de los camaristas Araucho Vega, Antuña y Joanicó donde se pedía al Juez del Crimen que compeliera a alguno de los abogados a que asumiera la defensa. Se sabe que pasó una lista de 27 nombres para poder cumplir el pedido.
        
El 17 de diciembre de 1853 se falla en primera instancia, un veredicto que establecía que Andrés Cabrera era el asesino, pero no se pudo comprobar que haya sido mandatario de terceros.

“Fallo en conformidad a la ley 10, tít. 23, L. 8, R. C. que debo condenar como lo hago a Andrés Cabrera a la pena ordinaria de muerte con la calidad de aleve y en las costas y costos cuyo cadáver todo lo que se ejecutará en la plaza de Cagancha. Y por esta mi sentencia que se elevará previamente en consulta al Supremo Tribunal de Justicia, así lo pronuncio mando y firmo en la ciudad de Montevideo a diez y siete de diciembre del mil ochocientos cincuenta y tres. (Fdo.:) Manuel N. Tapia. Ante mí: José Xímenez, Esc. Púb.”;[18]

El cadáver debía quedar suspendido durante seis horas expuesto al público.

La sentencia es apelada y nuevamente los abogados escurren el bulto. Asume al fin la defensa el Dr. Juan José de Susviela. El letrado insiste en que el delito cometido por el confeso es de tipo político. Argumenta como prueba que el busto del Dr. Varela fue despedazado en el Cerrito en una “pueblada de vascos y canarios”, aludiendo al episodio del 7 de marzo de 1848 donde dicho busto fue simbólicamente fusilado en el campamento del Cerrito.

La sentencia de segunda instancia lleva la firma de Salvador Tort, Juan Carlos Gómez y Carlos F. Santurio, con fecha 20 de junio de 1854:

“Visto: atento la precedente declaración del juez: considerando que en ningún caso puede reputarse crimen político el asesinato, y que las amnistía políticas no pueden exonerar de la responsabilidad legal por crimen de esta naturaleza, de conformidad…; se confirma la pena de muerte en calidad de aleve impuesta por la sentencia apelada a Andrés Cabrera, que se efectuará en los términos en ella expresados; y al efecto devuélvanse al Juzgado  del Crimen, el que procederá a formar causa al brigadier general D. Manuel Oribe y demás que aparecen complicados”.[19]

A los diez días por su parte José Espina, procurador de Cabrera interpone un recurso de revisión. Manuel Oribe se encontraba fuera del país. Le correspondió al procurador Luis Velazco su representación reclama contra la sentencia que pedía formar causa con el expresidente. Las idas y venidas, la falta de miembros para integrar el tribunal, llevan el caso al mes de mayo de 1855.

El 25 de mayo de 1858, Cabrera presenta un escrito solicitando que se resuelva su causa, dado que llevaba siete años, ya había perdido su esposa y sus hijos que se encontraban abandonados:

“…He perdido mientras esta larga y penosa prisión mi mujer, y mis pobres hijos son ahora abandonados a la discreción del mundo, precisan ahora huérfanos más que nunca el consejo y el consuelo de su padre.
Por eso a V. E. me dirijo rogando de tener conmiseración conmigo y concederme benignamente la deseada libertad o de mandar que me juzguen si soy culpable, para que salga en una vez de esta penosa incertidumbre y poder disponer de mis hijos. V. E. que tiene un corazón humano, se compadecerá ciertamente de un desgraciado, que aun si hubiera culpa ya la extirpó con tan larga prisión”.[20]

Por su parte los hijos de Varela, que en Buenos Aires dirigían el diario “Tribuna”, desde sus columnas pedían constantemente el castigo del asesino.

La causa llevaba ya 17 años, cuando fallece Andrés Cabrera de muerte natural, dejando sin responder la pregunta ¿Fue realmente Oribe el inspirador de ambos crímenes?

Acá comienza otro manto de dudas y sospechas. ¿Cómo murió? Se nos presenta un nuevo enigma sobre dicho suceso. Algunos creen que no murió en prisión sino tuvo cómplices que le permitieron fugarse. Otros sostienen que murió en la cárcel atormentado por la culpa. Y la que posee menos seguidores, es que fue ajusticiado en la misma, cuando las fuerzas de Venancio Flores toman la ciudad.

Este episodio sigue dividiendo a los historiadores tanto uruguayos  como argentinos. Después de la batalla de Caseros -3 de febrero de 1852-, los restos de Florencio Varela fueron trasladados al cementerio de La Recoleta en Buenos Aires, en abril por el gobernador Vicente López y Planes. En la imagen de la tumba podemos ver los símbolos, aquellos que son de uso dentro de la masonería. En el mismo cementerio también se encuentran los restos de Juan Manuel de Rosas, repatriados en 1989, a pesar de la sentencia de José Mármol;

Ni el polvo de sus huesos la América tendrá”.

Para el final, algunas de las hipótesis que se han manejado en su momento sobre el infortunio que le deparó a Florencio Varela.

En algún momento se planteó la hipótesis de crimen pasional. Un tal Moreira, amigo del asesino, habría visto a Florencio visitando en su casa a la mujer de Cabrera cuando esta vivía en Montevideo.

En 1935 fue publicado el proceso, pero en el mismo no se encuentra nada sobre este asunto. Hay quienes han echado un manto de oscuridad al mismo, ¿alguien hizo desaparecer estos datos?

Una segunda hipótesis apunta al general Manuel Oribe. La misma se basa en que Andrés Cabrera, detenido tres años y medio después de su delito, se confiesa instigado por Oribe, como forma de poder librarse de culpa o disminuirla al rotular el mismo como un crimen político.

Una última hipótesis hace intervenir a la facción riverista. Es decir, sería el resultado de las discrepancias entre los bandos dentro de la propia ciudad de Montevideo. Para tirar esta hipótesis se manejan los siguientes datos: Florencio Varela, antes del crimen, le había escrito a Herrera y Obes con motivo de reunirse dado que tenía que darle una noticia de importancia. El citado concurre al domicilio de Varela y se encuentra con la escena del crimen. Aquellos que sostienen esta visión se preguntan: ¿No habrá recibido Varela esa puñalada que acaso era para Herrera y Obes? Cuando se produce el arresto de Andrés Cabrera se le secuestran cartas, que nadie sabe a dónde fueron a parar, ni su contenido.

Fragmento del "Romance del asesinato de Florencio Varela" de Arturo Capdevila
.......................
A la puerta de su casa
va llegando el caballero;
una sonrisa le mueve
los labios dulces y buenos.
Llega hasta el umbral y el brazo
levanta llamar queriendo
- que está la puerta cerrada
por el temor de los tiempos -
Cuando levantaba el brazo
lo asesinó el bandolero.
Le entró el puñal por la espalda:
la punto subió hasta el cuello.

Fue Cabrera el matador
el pescador del Buceo,
pero es don Manuel Oribe
el nombre del traicionero.
........................



[1]Soiza Larrosa, Dr. Augusto- Historia de la medicina legal y los peritajes médicos en el Uruguay (1724-1883). p. 29.
[2]Ídem. pp. 28-29.
[3]Se está haciendo referencia a una carta fechada el 13 de marzo, donde Varela recibió la misma con la firma  El vizcaíno”, con la amenaza de ser ejecutado en un plazo no mayor a los ochos días. Si no se produce por parte de Florencio Varela una retractación de sus opiniones. Lo que sabremos más adelante a quien se le tilda el crimen era analfabeto.
[4]Bajarlía, Juan Jacobo- Morir por la Patria. los asesinatos en la época de Rosas. Ediciones Lea. Bs. As. 2010. p. 94.
[5]Magariños de Mello, Mateo J.- La misión de Florencio Varela a Londres. Montevideo. 1944. pp. 99-100.
[6]Mármol, José- Asesinato del Sr. Dn. D. Florencio Varela. Redactor del “Comercio del Plata” en Montevideo. Imprenta Uruguaya. Montevideo. 1849. p. 40.
[7]Recordemos que Montevideo se había transformado en el centro de operaciones de los unitarios, estos estaban vinculados entre sí por intermedio de una red de logias masónicas, siendo uno de los mentores de este Valentín Alsina, la crearse esta logia en Montevideo, era una imitación a la existente en Bs. As. donde  Carlos de Alvear era su Venerable Maestro. Dentro de esta organización encontramos a Rivadavia que se encontraba en Colonia. La integraban los antirrosistas, incluidos los federales “lomos-negros” y los “cismáticos”, pero los encargados de controlarlas estaban en manos de los unitarios. A lo largo y ancho de nuestros territorios orientales se encontraban dispersos los exiliados, como ya dijimos en Colonia Rivadavia, Álvarez Thomas, Lavalle, Daniel Torres; en Mercedes, Salvador María del Carril y Luis José de la Peña; en Montevideo, Julián Segundo de Agüero, el canónigo Vidal, los tres hermanos Varela (Juan Cruz, Rufino y Florencio), Francisco Pico, Valencia, Cavia, Valentín Alsina y Tomás de Iriarte; en Durazno, junto a Rivera, José Luis Bustamante; en Carmelo los generales Espinosa y Olazábal; en Paysandú, Lamadrid y Chilavert. La idea de Alsina era poder abrir logias en donde se encontraran los exiliados, manejada entre 5 a 8 unitarios, con un Venerable establecido por Montevideo, y este último era designado por Bs. As.
[8]Hemos podido encontrar en el sitio oficial de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay, en la biografía de Juan Manuel Blanes, quien realizara una obra pictórica sobre el asesinato de Florencio Varela, al hacer referencia de la misma tiene el título El asesinato de Florencio Varela, masón víctima de la mazorcada rosista. http://masoneriadeluruguay.org/index.php?option=com_content&view=article&id=43&Itemid=
[9]Estas tres cartas, fechadas 27 de marzo, 18 de noviembre y 21 de diciembre de 1848, se encuentran en la Correspondencia diplomática del doctor Manuel Herrera y Obes, tomo I (Montevideo, 1901, pp. 77, 251 y 261.
[10]Magariño de Mello, Mateo J.- El Gobierno del Cerrito. Tomo I. Poder Ejecutivo. Montevideo. 1948. p. 673.
[11]Esteban Arbelo, el hombre que estaba con Cabrera la noche del crimen, no se sabe nada más que eso, ni si fue buscado por la policía.
[12]Comercio del Plata. Montevideo. Agosto, 16 de 1850.
[13]Comercio del Plata. Montevideo. Agosto, 14 de 1850.
[14]Bajarlía, Juan Jacobo- Ob. Cit. p. 94.
[15]Soiza Larrosa, Dr. Augusto- Ob. Cit. p. 29.
[16]Comparece ante la justicia el 20 de agosto de 1852, desmintiendo todo.
[17]Rodriguez Villar, Pacifico- Florencio Varela. Texto íntegro del proceso judicial que se instauro con motivo de su asesinato. “La Facultad”. Bs. As. 1935. p. 142.
[18]Bajarlía, Juan – Jacobo- Ob. Cit. p. 95.
[19]Rodríguez Villar, Pacifico- Ob. Cit. pp. 30-31.
[20]Bajarlía, Juan – Jacobo- Ob. Cit. p. 97.