CIVILIZACIÓN y
BARBARIE
Leyendo la Historia, uno se explica por qué los argentinos entonan
su “Brasil, decíme qué se siente” y
la torcida abuchea a los argentinos en las Olimpíadas brasileñas alentando a
sus adversarios, así provengan de países de nombre impronunciable.
Después de Artigas, la Provincia Oriental cayó en manos de los
portugueses. Desde 1820 a 1825, se extenderá ese “lustro de maldición, lustro sombrío” de que habla Zorrilla de San
Martín refiriéndose a la dominación luso-brasileña. Los Treinta y Tres
Orientales, “diana triunfal, leyenda
redentora del alma heroica de la patria mía”, sacudirán el tablero. Previo intento de abolir el pasado,
declarándolo “írrito, nulo, disuelto y
sin ningún valor para siempre”, se dispone la unión a las Provincias
Unidas. Esa norma de derecho del 25 de agosto de 1825, declamada entre cuatro
paredes de la pequeña Villa de San Fernando de la Florida, carecía de eficacia.
Sin embargo, el hecho arrastró a las Provincias Unidas a una guerra contra el
Imperio de Brasil, que recién se zanjó en 1828 con la Convención Preliminar de
Paz, y que culminó en 1830 con el Estado Oriental del Uruguay.
Las alternativas de la guerra fueron dispares. La poderosa armada
imperial bloqueó el puerto de Buenos Aires. El irlandés Guillermo Brown (sí, el
Almirante del cuadro de fútbol aurinegro), dirigía una módica flota que tuvo
sus buenos momentos. El puerto barroso obró como defensa natural frente a los
buques de gran calado y los vecinos de Santa María del Buen Aire, tuvieron
ocasión de presenciar en “vivo y en
directo” alguna batalla naval. De todos modos, la lucha era desigual y de
no haber sido por la interesada mediación inglesa, quién sabe cómo habría
terminado.
Mientras las Provincias peleaban contra don Pedro I, los provincianos
peleaban entre sí. Federales contra unitarios, caudillos contra caudillos.
Buenos contra malos. Los “buenos”
somos nosotros. Los “malos”, ellos.
Se reconoce a los bandos porque los buenos no hacen cosas malas, salvo que esté
en juego un interés superior como la civilización, la patria y, hasta Dios. En
esos casos se produce el estado de necesidad y la consecuente justificación.
Lavalle duró poco en el gobierno. Su caída produjo el éxodo de los
unitarios hacia Montevideo. Así, entre
otros, los Varela llegaron a la capital del Estado Oriental en agosto de 1829.
En diciembre de ese mismo año don Juan Manuel José Domingo Ortiz de Rozas y
López de Osornio fue nombrado Gobernador, con el título de "Restaurador de las Leyes e Instituciones de
la Provincia de Buenos Aires".
Constituido el Estado Oriental asume como primer presidente
Fructuoso Rivera. No fue una buena experiencia ese primer gobierno que asume la
conducción de un Estado que ni siquiera tenía definido su contorno territorial.
Problema no menor, si tenemos en cuenta que los límites en el Río de la Plata y
Frente Marítimo fueron resueltos por el Tratado Bordaberry-Perón en 1973, y que
aun en 2016 hay límites contestados con Brasil (Rincón de Artigas o de la
Invernada y la lsla Brasilera). La falta
de oficio de Rivera, sumada a una realidad que nada tenía que ver con el deber
ser normativo, llevó a un manejo totalmente irregular de la administración. No
obstante, Oribe formó parte del Gobierno como Ministro de Guerra y Marina.
Cuando asume Oribe el 1º de marzo de 1835, como segundo presidente constitucional,
encuentra una situación desastrosa. El 13 de abril de ese mismo año accede
Rosas a su segundo período como Gobernador de Buenos Aires.
Toda esta historia está signada por la rivalidad entre Rivera y
Lavalleja primero, y luego con Oribe, a la que bien podría aplicarse las
palabras con las que Homero inicia la llíada.
La llamada “Guerra Grande” es un
entrevero colosal de unitarios y colorados, federales y blancos, más la
intervención de Gran Bretaña, Francia y naturalmente, Brasil.
Tres días después de dejar el gobierno, Rivera, que propondría a
Oribe como su sucesor, es nombrado por el Presidente interino Carlos Anaya y el
propio Oribe, como Comandante General de la Campaña. De esa forma pensaba
Rivera dejar el gobierno y conservar el poder.
Oribe intentó arreglar las cuentas, y mantener la neutralidad.
Ninguna de las dos le fue fácil. Estaba entre la espada y la pared. Entre los
unitarios que combatían a Rosas y le generaban problemas diplomáticos, más la
reacción de Rivera frente a las críticas a su gestión, subió la apuesta, y
suprimió la Comandancia General de la Campaña con lo que Rivera quedó cesante.
Las cosas fueron de mal en peor. Rivera no esperó nuevas elecciones
y se decidió por la acción armada, con la adhesión de Lavalle, más los amigos
de Río Grande do Sul. Rosas, por su parte, mandó tropas al mando de
Lavalleja. En 1836 un complot para matar
a Oribe fracasa. Y así siguieron con éxitos y derrotas hasta que en 1838
aparecen los franceses. El 28 de marzo, so capa de lograr la exención del
servicio militar para los ciudadanos franceses en Buenos Aires, una escuadra
gala bloquea el puerto.
Las cosas se complican para la familia Varela
El 3 de Octubre de 1838, á las 3 de la tarde, fueron
presos todos mis hermanos y cuñados existentes en Montevideo, por orden de D.
Manuel Oribe: instruido yo, que me hallaba fuera de casa, me refujié en la del
Sr. Cónsul ingles, D. Tomas Samuel Hood, mi antiguo cliente y amigo; donde
estuve hasta la mañana del 5, en que, con todos mis hermanos, y otros presos,
nos trasladamos al bergantín ingles "Sparrowhawk", con permiso del
gobierno; y del buque pasamos a una quinta en el paso del Molino, en el
Miguelete. Allí llevamos nuestra familia toda, que fué indignamente rejistrada,
y ofendida, por los satélites de Oribe, especialmente por su hermano D.
Francisco.
El 11 de octubre los franceses ocupan la isla Martín García. Jaque
mate. Oribe se ve obligado a renunciar y embarcarse con algunos partidarios
hacia Buenos Aires.
Don Frutos entra en Montevideo bajo palio. Sus tropas ostentan la
divisa colorada con la leyenda “Defensores
de la Constitución”.
Florencio y sus amigos respiran aliviados
Concluida la guerra por el triunfo del Jeneral Rivera,
y por la paz á que forzó á Oribe, firmada en la Chacra de Juanicó en el
Miguelete el 22 de Octubre, entramos de nuevo en Montevideo el 26.
Concluida la guerra, vendrá otra peor.
El 10 de marzo de 1839, Rivera le declara la guerra a Rosas. Las
cosas marchan bien para don Frutos hasta que los franceses arreglan con Rosas y
levantan el bloqueo a fines de 1840.
En febrero de 1843, Oribe se instala en el Cerrito de la Victoria y
da comienzo al sitio de Montevideo. En marzo se encarga a don Joaquín Suárez la
presidencia.
Florencio Varela no era un unitario más entre los muchos emigrados.
No solamente desde la prensa fustigó duramente al bando contrario, sino tuvo
una participación directa e importante en la gestión del gobierno de la Defensa
que:
...puso, de hecho, á mi cargo y bajo mi exclusiva
dirección, todos los negocios del ministerio de Relaciones Exteriores
(...)Todos, todos esos negocios, sin excepción, fueron dirijidos y despachados
por mí: el Sr. Vasquez, y el Gobierno todo, me hicieron siempre el honor de aprobar
todas las ideas y todas las redacciones que les presenté.
Desde esa función sin cargo cimentó tal
prestigio, que cuando el gobierno decidió enviar un emisario a Inglaterra para
lograr una intervención que terminara el conflicto, él será el elegido.
“... como su comisionado, pero en carácter privado; no
solo por la falta de fondos para costear una misión diplomática, públicamente
acreditada, sino también por no dar motivo de censura, no siendo yo ciudadano
Oriental, al paso que el Sr. Vasquez era jeneralmente censurado por la
preferencia que siempre da á mis compatriotas sobre los suyos”.
Pocas ganas tenía Florencio de abandonar a su familia y encarar una
misión tan difícil, pero:
“...en el estado de completa pobreza á que me han
reducido mi enfermedad, mi naufrajio—en que perdí todo cuanto mi casa tenia—y
el estado político de Montevideo, no me podia ser indiferente asegurar, por un
año al menos, la subsistencia de mi familia...”.
El 15 de agosto de
1843 se embarca para Londres, acompañado solamente por su hijo Héctor que el 2
de julio había cumplido once años. Desde la borda del “Fantome” que lo alejaba de sus afectos reflexiona con tristeza:
“Los que han dejado la patria, la esposa, los hijos,
la madre venerada, los hermanos, las afecciones todas que ligan el hombre á la
tierra que habita, comprenderán fácilmente como el corazón se oprime y se anuda
la garganta, cuando se vé desde la nave, ir desapareciendo poco á poco la
tierra primero, los árboles después, confundiéndose gradualmente con el agua,
como lagos y paisajes, hasta que las torres suspendidas en el aire, desaparecen
por fin: y un horizonte uniforme y monótono reemplaza todos los objetos”.
El 20 de mayo de 1844 ya de regreso, entrando en la Bahía de Río de
Janeiro convencido del fracaso de su misión escribe:
“...la Inglaterra—tal es mi convencimiento—no conoce
sus intereses, y aquellos desgraciados paises serán por largo tiempo teatro de
anarquía”.
Pero en algo estaba equivocado. Inglaterra y también Francia, sí
conocían sus intereses. En los primeros meses de 1845 llegaron los mediadores:
Sir William Gore Ouseley y el Barón Antoine-Louis Deffaudis, cada uno con el
respaldo de una poderosa flota de guerra.
Florencio entretanto, había fundado El Comercio del Plata desde donde hacía furiosa campaña contra
Rosas y Oribe a quien llamaba “El loco
del Cerrito”. Además, lo que no es poca cosa a la luz de los hechos
posteriores, alentaba a Urquiza contra Rosas. También el periódico recibía a la
furibunda pluma de Sarmiento.
Florencio no llegó a ver el fin de la guerra. Una noche de luna
regresaba a su casa en la calle Misiones 90 entre 25 de Mayo y Cerrito. Era el
20 de marzo de 1848. Agazapado en las sombras espera el asesino. Florencio
alcanza a tocar tres veces a la puerta, trágica parodia de los golpes del
Destino. Un destino contra el que nadie la talla. Por la herida en la garganta se le va la
vida. Habrá muerto de perfil, viva moneda lorquiana.
HECHOS
POSTERIORES, EL JUICIO Y RESPALDO DOCUMENTAL
Una semana antes de su asesinato Florencio
Varela comentaba con ironía, la noticia que le había llegado del campo sitiador
donde se había fusilado su efigie de yeso:
“Con un sentimiento fácil de comprender, pero sin
dolor ninguno, tenemos que anunciar a nuestros lectores nuestra propia muerte e
invitarlos a nuestros funerales que deben tener lugar en la costa del
Miguelete, si el señor presidente de aquellas chacras lo permite. El 7 del
corriente a la tarde fuimos solamente fusilados en la calle de la Restauración,
habiendo aprobado don Manuel Oribe la sentencia según hemos tenido noticias
ciertas. Nuestros lectores tendrán de hoy en adelante que prestar mayor fe en
cuanto les digamos, pues nuestra voz vendrá del otro mundo y la voz del otro
mundo es siempre voz de verdad”.
Y después...
“En Montevideo a (lunes) 20 de marzo de 1848, el Señor
Juez del Crimen asociado de Don… y Don…, se dirigió a la casa de Misiones Nº 71
(correcto)en que se hallaba el cadáver del doctor don Florencio Varela,
asesinado en esa noche como a las ocho menos cuarto, el cual fue encontrado con
una herida situada en la parte superior de la espalda (correcto)izquierda del
lado del borde interno de la Scapula (sic) del mismo lado, tan profunda
que corresponde a otra situada en el
centro de la garganta.
Lo cual visto por S. S. mandó proceder al
reconocimiento de dicha herida por el Médico de Policía”.[1]
Hubo por lo menos siete testigos que se encontraban en la calle y
oyeron el gemido de dolor de Varela, viéndolo caer desde la acera de enfrente.
Pero ninguno advirtió al asesino, o al menos no lo declararon en el sumario
judicial. Los primeros en
intentar auxiliarlo fueron Luis Domínguez, Juan N. Madero –socio, cuñado y
colaborador en el periódico-, y más tarde su hijo mayor Héctor Florencio, el
mismo que lo había acompañado en su misión europea.
Actuaron en esa instancia el Coronel Faustino López, jefe de policía, y el juez de lo criminal Dr.
Pedro Ramos.
Este trabajo del reconocimiento de lo acontecido estuvo a cargo del
Dr. Julián Fernández;
“El abajo firmado Profesor de Medicina y Cirugía
–Certifica: Que el lunes 20 de marzo de 1848 fue llamado con el objeto de ver
el cadáver de don Florencio Varela depositado en la Iglesia Matriz de esta
ciudad en presencia del señor Juez del Crimen y multitud de personas que lo
habían conducido.
Del examen, que por el lugar, hora y falta de medios
en ese momento pude hacer resulta lo siguiente: El cadáver de don Florencio
Varela estaba colocado en un cajón la cara vuelta hacia arriba, conservando aún
un resto de color, coincidiendo con la falta de rigidez cadavérica, los ojos
abiertos y brillantes, la boca cerrada, color completamente blanco, notándose
en la expresión de la fisonomía una impresión de sorpresa remarcable, ausencia
de latidos arteriales y de la respiración; examinado el cuerpo en su parte
anterior se veía en la región anterior y un poco del cuello, una herida de una
pulgada, sangrienta aún, ofreciendo en el intersticio de sus bordes algunos
coágulos de sangre, situada paralelamente al eje del cuerpo y correspondiente
al triángulo formado por el borde posterior del (ilegible), el escaleno
anterior y la clavícula; introduciendo una sonda por esa herida, me mostró la
dirección oblicua de arriba abajo y de derecha a izquierda viniendo a
corresponder a la parte posterior. Levantando el cadáver no había en ella sino
una ancha herida por la que se escapa sangre, de cinco pulgadas, situada un
poco hacia abajo del borde posterior del homóplato (hueso de la espalda) paralela al eje del
cuerpo correspondiendo con la ya descripta de la parte anterior del cuello; no
habiendo podido disponer de otros medios de examen me es imposible describir
anatómicamente las partes interesadas; sin embargo la posición y dirección de
la herida, hace pensar que el pulmón izquierdo, la aorta y demás troncos
venosos y arteriales que emanan del corazón ha sido tocados por el instrumento,
que en la parte anterior de la herida está precisamente en un lugar en que se
hallan la carótida primitiva, la vena yugular y la arteria y vena subclavia.De
lo dicho me creo autorizado para concluir lo siguiente: la herida que se nota
en el cadáver de don Florencio Varela es de naturaleza mortal, ha sido hecha
por la parte posterior (tomado de atrás), en el momento de ejercer un
movimiento de elevación del brazo; el instrumento que la ha producido es como
una espada o daga hecha de una hoja bastante larga y ancha; la muerte ha sido
pronta y ocasionada por una gran hemorragia.
En fe de lo dicho ya pedido del Señor Juez del Crimen
doy este certificado-
Montevideo,
Marzo 21 de 1848.
No queda duda que el Dr. Florencio Varela fue herido por la espalda,
y tomado de sorpresa, sin ocasión de defensa. La afirmación de que el arma
homicida era de “hoja bastante larga y
ancha” motivó una segunda pericia.
En las primeras horas nada se sabía del asesinato. En la confusión
del momento, se detiene a Miguel Plaza Montero y a Andrés Jantal o Llantada.
Constatada su inocencia son liberados. En el expediente judicial se encuentran
las declaraciones del hermano político de Florencio Varela realizadas el 23 de
marzo, el señor Juan Madero, que se encontraba en la casa de Varela:
“a pesar de que había recibido varias veces de sus
amigos de Buenos Ayres para que anduviese con cuidado, así como una carta[3] anónima que le
enviaron desde la línea, encontrada en la que le prevenían que si no se
desdecía de lo que había publicado contra el Presidente Oribe, dos días antes,
lo habían de matar antes de ocho días; pero lo primero lo consideraba, como un
deseo de sus amigos para que se resguardase, y de lo segundo no hizo caso
alguno”.[4]
El historiador Magariños de Mello opina:
“El asesinato habría obedecido a las feroces luchas
internas de las facciones que en la plaza sitiada se disputaban el dominio.
Varela era el campeón de la resistencia, el “leader” de la facción doctoral
partidaria de la continuación de la guerra y enemiga a muerte de la facción
caudillista. Esta, que obedecía a las inspiraciones de Rivera –entonces
desterrado-, era partidario del entendimiento con Oribe para expulsar a los
elementos extranjeros, dueños de la situación”.[5]
José Mármol, amigo de Florencio publicará al año siguiente un libro
sobre este acontecimiento, en el mismo establece;
“A las
once de la noche del día 20 de marzo, es decir, tres horas después de haberse
ejecutado el asesinato, los puestos avanzados de Oribe sobre las líneas de la
plaza, recibieron todos oficialmente la noticia del acontecimiento, y en el
silencio de la noche sus soldados vitoreaban la muerte del señor Varela y
decían a gritos a los soldados de la plaza que: ‘les mandasen el Comercio del
Plata del siguiente día’”.[6]
El entierro provocó una manifestación de
protesta contra Rosas y Oribe que se repetirá al siguiente. Al colocarse la
lápida, el poeta Mármol escribió; “Muerto
a la libertad nació a la historia. Y es su sepulcro el templo de su gloria”.
En el cementerio se dieron cita
los miembros de la Logia Caballeros Liberales,[7] van a hacer uso de la palabra Luis L. Dominguez y Francisco Acevedo de
Figueroa, además se encontraban presentes Valentín Alsina, Álvarez Thomas,
Salvador María del Carril, Martiniano Chilavert, Tomás de Iriarte.[8]
Blanes. - "Asesinato de Florencio Varela".
(Óleo en tela: A- 1.78; L- 1.46).
Montevideo, 1870. - (Del Museo Histórico Nacional).
Con motivo del segundo parte de la sección policial se produce al
arresto de Miguel Plaza Montero. Esa misma noche, el juez dispone tal
procedimiento, a quien se supone autor del crimen, porque una persona dedujo
del hecho de que el Dr. Varela era defensor del señor Latorre, que llevaba
adelante un pleito de gran interés contra Montero. Este, pudo demostrar su
coartada personal, pero quedaba en el aire la posibilidad de haber contratado a
un sicario.
Corrió en la ciudad sitiada, que el acontecimiento obedeció a las
luchas internas de Montevideo entre los “argentinistas”,
-los exiliados unitarios- que a toda costa, querían seguir la guerra y
favorecer la intervención extranjera, y por el otro los “orientalistas”, partidarios de entenderse con Oribe. El ministro de
Gobierno de Montevideo, el Dr. Manuel Herrera y Obes, así parece creerlo al
informar al encargado de negocios en Río de Janeiro Andrés Lamas, el 27 de
marzo –a los siete días del crimen- que el asesino de Varela “tiene cómplices aquí de levita”. Debe
entenderse que hay hombres de la Defensa involucrados en el mismo. La repuesta
de Andrés Lamas se queja de los argentinos; “El gobierno lo tapó y envió a los hombres y a la mujer –que estaban con
Cabrera- al campo de Oribe. De eso que llaman hecho concluyen que la persona o
personas comprometidas estaban comprometidas por usted… que usted se desempeñó
en, que no se escribiese sobre el aleve y atroz asesinato de Florencio para no
enconar los ánimos”. La acusación producirá la indignación del ministro,
quien contesta negando toda connivencia con los orientalistas. “¿Cree usted, Lamas, que yo soy el cómplice
del inaudito y bárbaro asesinato del desgraciado Florencio, ¿y el aleve y
perverso traidor que su torpe corresponsal designa?”.[9]
A los quince días se conocieron las primeras noticias del asesino,
los portadores eran dos muchachos que venían del campo sitiador, manifestaron
que un tal Andrés Cabrera natural de Lanzarote en las Islas Canarias, se
paseaba tranquilamente en el campamento, exhibiendo el cuchillo con que había
cometido el bárbaro crimen a todo que quisiera escuchar su hazaña. También
aporta información una mujer del campo sitiador, diciendo que la noche del
asesinato el tal Cabrera se acercó a la quinta de don Francisco Oribe, contando
la forma en que le dio muerte a Florencio Varela.
La policía aprehendió a varias personas procedentes del campo
sitiador. El Comisario notó que uno de los detenidos se mostraba muy nervioso,
por lo cual procedió a gritarle: “asesino
de Varela”. Esto desató la espontánea declaración del individuo: los
asesinos eran un hermano suyo llamado Federico Suárez –pescador- y Andrés
Cabrera. Su participación se limitó a proveer el bote en que se trasladaron. El
delator mencionó
“qué actualmente estaba pescando en Castillos
en un bote barca, nombre Nueve de Julio, que pertenece a Manuel Páez; que se
halla en esta cárcel, junto con el deponente, y que trabaja por orden de don
Manuel Oribe, quien recibía la tercera parte de los cuerpos de dos pelos, y
todos los de un pelo, repartiéndose el resto entre toda la tripulación”.[10]
En marzo de 1850, a dos años de la muerte de Florencio Varela, el
segundo día del carnaval, la imprenta del Comercio
del Plata fue empastelada por una pandilla al mando de José Lorenzo, alias Biribilla. Al ser capturado declaró que
había recibido de Manuel Páez 400 patacones por el “trabajo”.
“Como 18 días antes de carnaval, estaba el declarante
comiendo sandía con Manuel Páez, en los altos de la casilla donde este tiene su
cuarto de pescar; y conversando con el declarante sobre si este querría ganar
plata le propuso Páez, vista la buena disposición que mostró, que participase
de una empresa que él y otro amigo traían entre manos. El declarante quiso oír
la propuesta; y entonces Páez le refirió que hacía algún tiempo habían sido
llamados al Buceo por Domingo Moreira, para un asalto en la imprenta del
Comercio del Plata. Los convidados, apalabrados y ya convenidos, eran el mismo
Manuel Páez, y Esteban Arbelo,[11]
el menor de los tres hermanos, y necesitaban de un compañero más, ofreciéndole
cuatrocientos patacones, que tenían orden de dar al que los acompañase, y
asegurándole que los cuatrocientos patacones eran seguros; por que los dos
habían ido al Buceo y habían hablado, conducidos por Moreira, primero con D.
José Iturriaga, y después con el presidente Oribe, y no había duda de que era
plata segura”,[12]
quien le manifestó haber conversado con Oribe, donde este exigía que las letras
fueran tiradas “al lugar”.
Por su parte un mozo de la pulpería lo definió como;
“…mal hombre y borrachón, jamás se le conoció trabajo
ni ocupación; solía andar mui bien vestido y mui mal vestido; y se acompaña
generalmente con Pepillo y Antoñuelo, andaluces de mui mala fama…”.[13]
La justicia encontró responsable a Biribilla, condenado a muerte y fusilado en la Plaza Cagancha el 3
de agosto de 1850 a las diez de la mañana.
Sobre la causa del asesinato de Varela no se pudo avanzar mucho más
dado que los asesinos se encontraban en el campo sitiador. Recién en el mes de
octubre de 1851, al terminarse la guerra grande la policía pudo capturar a los
presuntos criminales.
Cuando el 8 de octubre se concretó la paz, Cabrera se encontró con
Iturriaga en el Buceo, aconsejándole que se embarcara, pero no tuvo tiempo
porque enseguida fue capturado por la policía.
Corre otra versión:
“…cierto día, hallándose a bordo de la goleta “La
Ninfa”, en el puerto del Buceo, el comisario José Martínez le intimó su
detención en nombre de la ley. Era el 10 de septiembre de 1851. Lo acompañaba
su mujer, Pilar Falcón y una hija de ambos llamada Justa, de siete años
escasos. Bajaron a tierra y el viaje que pensaban realizar rumbo a Buenos Aires
se trocó en una marcha forzada hacia la Cárcel Pública. Ahí se los alojó, y
ocupando cada uno su celda, a excepción de la niña que permanecía con su madre
cuando se lo permitían…”.[14]
La defensa cuestionó el arma reputada agresora. Cuando Cabrera fue
apresado, presentó un puñal:
“…estaba aún sucio de sangre como una pulgada menos de
la cruz que separa el mango, cuyo cabo era de marfil y bastante pesado; que la
hoja tenía más de un palmo de largo y de un ancho proporcionado”.[15]
En el informe médico los facultativos Santiago Bond, Adolfo Brunei y
Vergara, expresan que, de acuerdo al aspecto exterior de las heridas, el
elemento que las produjo parece haber sido punzante y cortante, de más de 3
pulgadas de ancho en su parte media y que por el trayecto de la herida, el
instrumento debió penetrar hasta la inmediaciones de su cabo. El puñal que
portaba Cabrera correspondía en todo a la herida moral.
Conducido a la presencia del Juez del Crimen, Cabrera en un primer
momento acusa como autor del crimen a su pariente, Federico Suárez, por órdenes
de Oribe. Luego se desdice y declara que él fue el matador de Varela. Que la
orden la recibió en primer lugar de D. José Iturriaga[16] -este era
lugarteniente del sitiador- y luego de D. Manuel Oribe, temiendo por las
represalias de este último. También tuvo la ayuda de otro compañero. Cabrera no
conocía a Florencio Varela ni de vista, pero señalárselo su cómplice: “aquél es”, le clavó el cuchillo.
Después, tomó por 25 de Mayo y siguió por Cámaras –hoy Juan Ramón Gómez-, hasta
llegar al muelle de las Bóvedas, donde se embarcó en un bote que tenían desde
noches atrás, para luego trasladarse al campo sitiador.
El defensor, Avelino Sierra, argumenta que el crimen tuvo un
carácter político por lo que entiende que Cabrera debería ser absuelto,
teniendo presente el espíritu de la Paz del 8 de Octubre: “ni vencidos, ni vencedores”. Pese a ello se mantiene el rótulo de
delito común.
Cabrera por su parte presenta un escrito el
16 de julio de 1852:
“Exmo. Señor
Prezidente de Camar: Señor a los benignos pies de S.E. me presto con todo el
máximo espeto emplorando un generoso perdón ofresendome en testimonio de
(palabra incomprensible) el no cometer horrores como el que comety en el tiempo
que hera un súbdito a Don Manuel Oribe y reconozendo en mis hechos y estando
sumamente arrepentido, me prezento a S. Sª. para que me seija comprendido on
perdonado conforme los tratados de dicho de octubre del año prosimo pasado e
por lo mismo espero ser atendido…”.[17]
Comenzaba un nuevo año y Cabrera continuaba sin sentencia, el
Tribunal recibió un documento con la firma de los camaristas Araucho Vega,
Antuña y Joanicó donde se pedía al Juez del Crimen que compeliera a alguno de
los abogados a que asumiera la defensa. Se sabe que pasó una lista de 27 nombres
para poder cumplir el pedido.
El 17 de diciembre de 1853 se falla en primera instancia, un
veredicto que establecía que Andrés Cabrera era el asesino, pero no se pudo
comprobar que haya sido mandatario de terceros.
“Fallo en conformidad a la ley 10, tít. 23, L. 8, R.
C. que debo condenar como lo hago a Andrés Cabrera a la pena ordinaria de
muerte con la calidad de aleve y en las costas y costos cuyo cadáver todo lo
que se ejecutará en la plaza de Cagancha. Y por esta mi sentencia que se
elevará previamente en consulta al Supremo Tribunal de Justicia, así lo
pronuncio mando y firmo en la ciudad de Montevideo a diez y siete de diciembre
del mil ochocientos cincuenta y tres. (Fdo.:) Manuel N. Tapia. Ante mí: José
Xímenez, Esc. Púb.”;[18]
El cadáver debía quedar suspendido durante seis horas expuesto al
público.
La sentencia es apelada y nuevamente los abogados escurren el bulto.
Asume al fin la defensa el Dr. Juan José de Susviela. El letrado insiste en que
el delito cometido por el confeso es de tipo político. Argumenta como prueba
que el busto del Dr. Varela fue despedazado en el Cerrito en una “pueblada de vascos y canarios”,
aludiendo al episodio del 7 de marzo de 1848 donde dicho busto fue
simbólicamente fusilado en el campamento del Cerrito.
La sentencia de segunda instancia lleva la firma de Salvador Tort,
Juan Carlos Gómez y Carlos F. Santurio, con fecha 20 de junio de 1854:
“Visto:
atento la precedente declaración del juez: considerando que en ningún caso
puede reputarse crimen político el asesinato, y que las amnistía políticas no
pueden exonerar de la responsabilidad legal por crimen de esta naturaleza, de
conformidad…; se confirma la pena de muerte en calidad de aleve impuesta por la
sentencia apelada a Andrés Cabrera, que se efectuará en los términos en ella
expresados; y al efecto devuélvanse al Juzgado
del Crimen, el que procederá a formar causa al brigadier general D.
Manuel Oribe y demás que aparecen complicados”.[19]
A los diez días por su parte José Espina, procurador de Cabrera interpone
un recurso de revisión. Manuel Oribe se encontraba fuera del país. Le
correspondió al procurador Luis Velazco su representación reclama contra la
sentencia que pedía formar causa con el expresidente. Las idas y venidas, la
falta de miembros para integrar el tribunal, llevan el caso al mes de mayo de
1855.
El 25 de mayo de 1858, Cabrera presenta un escrito solicitando que
se resuelva su causa, dado que llevaba siete años, ya había perdido su esposa y
sus hijos que se encontraban abandonados:
“…He perdido mientras esta larga y penosa prisión mi
mujer, y mis pobres hijos son ahora abandonados a la discreción del mundo,
precisan ahora huérfanos más que nunca el consejo y el consuelo de su padre.
Por eso a V. E. me dirijo rogando de tener conmiseración
conmigo y concederme benignamente la deseada libertad o de mandar que me
juzguen si soy culpable, para que salga en una vez de esta penosa incertidumbre
y poder disponer de mis hijos. V. E. que tiene un corazón humano, se
compadecerá ciertamente de un desgraciado, que aun si hubiera culpa ya la
extirpó con tan larga prisión”.[20]
Por su parte los hijos de Varela, que en Buenos Aires dirigían el
diario “Tribuna”, desde sus columnas
pedían constantemente el castigo del asesino.
La causa llevaba ya 17 años, cuando fallece Andrés Cabrera de muerte
natural, dejando sin responder la pregunta ¿Fue realmente Oribe el inspirador
de ambos crímenes?
Acá comienza otro manto de dudas y sospechas. ¿Cómo murió? Se nos
presenta un nuevo enigma sobre dicho suceso. Algunos creen que no murió en
prisión sino tuvo cómplices que le permitieron fugarse. Otros sostienen que
murió en la cárcel atormentado por la culpa. Y la que posee menos seguidores,
es que fue ajusticiado en la misma, cuando las fuerzas de Venancio Flores toman
la ciudad.
Este episodio sigue dividiendo a los historiadores tanto
uruguayos como argentinos. Después de la
batalla de Caseros -3 de febrero de 1852-, los restos de Florencio Varela
fueron trasladados al cementerio de La Recoleta en Buenos Aires, en abril por
el gobernador Vicente López y Planes. En la imagen de la tumba podemos ver los
símbolos, aquellos que son de uso dentro de la masonería. En el mismo
cementerio también se encuentran los restos de Juan Manuel de Rosas,
repatriados en 1989, a pesar de la sentencia de José Mármol;
“Ni el polvo de sus huesos la América tendrá”.
Para el final, algunas de las hipótesis que se han manejado en su
momento sobre el infortunio que le deparó a Florencio Varela.
En algún momento se planteó la hipótesis de crimen pasional. Un tal
Moreira, amigo del asesino, habría visto a Florencio visitando en su casa a la
mujer de Cabrera cuando esta vivía en Montevideo.
En 1935 fue publicado el proceso, pero en el mismo no se encuentra
nada sobre este asunto. Hay quienes han echado un manto de oscuridad al mismo,
¿alguien hizo desaparecer estos datos?
Una segunda hipótesis apunta al general Manuel Oribe. La misma se basa
en que Andrés Cabrera, detenido tres años y medio después de su delito, se
confiesa instigado por Oribe, como forma de poder librarse de culpa o
disminuirla al rotular el mismo como un crimen político.
Una última hipótesis hace intervenir a la facción riverista. Es
decir, sería el resultado de las discrepancias entre los bandos dentro de la
propia ciudad de Montevideo. Para tirar esta hipótesis
se manejan los siguientes datos: Florencio Varela, antes del crimen, le había
escrito a Herrera y Obes con motivo de reunirse dado que tenía que darle una
noticia de importancia. El citado concurre al domicilio de Varela y se
encuentra con la escena del crimen. Aquellos que sostienen esta visión se
preguntan: ¿No habrá recibido Varela esa puñalada que acaso era para Herrera y
Obes? Cuando se produce el arresto de Andrés Cabrera se le secuestran cartas,
que nadie sabe a dónde fueron a parar, ni su contenido.
Fragmento
del "Romance del asesinato de
Florencio Varela" de Arturo Capdevila
.......................
A la
puerta de su casa
va
llegando el caballero;
una
sonrisa le mueve
los
labios dulces y buenos.
Llega
hasta el umbral y el brazo
levanta
llamar queriendo
-
que está la puerta cerrada
por
el temor de los tiempos -
Cuando
levantaba el brazo
lo
asesinó el bandolero.
Le
entró el puñal por la espalda:
la
punto subió hasta el cuello.
Fue
Cabrera el matador
el
pescador del Buceo,
pero
es don Manuel Oribe
el
nombre del traicionero.
........................
[1]Soiza Larrosa, Dr. Augusto- Historia
de la medicina legal y los peritajes médicos en el Uruguay (1724-1883). p.
29.
[2]Ídem.
pp. 28-29.
[3]Se está
haciendo referencia a una carta fechada el 13 de marzo, donde Varela recibió la
misma con la firma “El vizcaíno”, con la amenaza de ser ejecutado en un plazo no mayor
a los ochos días. Si no se produce por parte de Florencio Varela una
retractación de sus opiniones. Lo que sabremos más adelante a quien se le tilda
el crimen era analfabeto.
[4]Bajarlía, Juan Jacobo- Morir por la Patria. los asesinatos en la época de Rosas. Ediciones
Lea. Bs. As. 2010. p. 94.
[5]Magariños de Mello, Mateo J.- La misión
de Florencio Varela a Londres. Montevideo. 1944. pp. 99-100.
[6]Mármol, José- Asesinato
del Sr. Dn. D. Florencio Varela. Redactor del “Comercio del Plata” en
Montevideo. Imprenta Uruguaya. Montevideo. 1849. p. 40.
[7]Recordemos que Montevideo se había transformado en el centro de
operaciones de los unitarios, estos estaban vinculados entre sí por intermedio
de una red de logias masónicas, siendo uno de los mentores de este Valentín
Alsina, la crearse esta logia en Montevideo, era una imitación a la existente
en Bs. As. donde Carlos de Alvear era su
Venerable Maestro. Dentro de esta organización encontramos a Rivadavia que se
encontraba en Colonia. La integraban los antirrosistas, incluidos los federales
“lomos-negros” y los “cismáticos”, pero los encargados de
controlarlas estaban en manos de los unitarios. A lo largo y ancho de nuestros
territorios orientales se encontraban dispersos los exiliados, como ya dijimos
en Colonia Rivadavia, Álvarez
Thomas, Lavalle, Daniel Torres; en Mercedes,
Salvador María del Carril y Luis José de la Peña; en Montevideo, Julián Segundo de Agüero, el canónigo Vidal, los tres
hermanos Varela (Juan Cruz, Rufino y Florencio), Francisco Pico, Valencia,
Cavia, Valentín Alsina y Tomás de Iriarte; en Durazno, junto a Rivera, José Luis Bustamante; en Carmelo los
generales Espinosa y Olazábal; en Paysandú,
Lamadrid y Chilavert. La idea de Alsina era poder abrir logias en donde se
encontraran los exiliados, manejada entre 5 a 8 unitarios, con un Venerable
establecido por Montevideo, y este último era designado por Bs. As.
[8]Hemos podido encontrar en el sitio oficial de la
Gran Logia de la Masonería del Uruguay, en la biografía de Juan Manuel Blanes,
quien realizara una obra pictórica sobre el asesinato de Florencio Varela, al
hacer referencia de la misma tiene el título El asesinato de Florencio Varela, masón
víctima de la mazorcada rosista. http://masoneriadeluruguay.org/index.php?option=com_content&view=article&id=43&Itemid=
[9]Estas tres cartas, fechadas 27 de marzo, 18 de
noviembre y 21 de diciembre de 1848, se encuentran en la Correspondencia
diplomática del doctor Manuel Herrera y Obes, tomo I (Montevideo, 1901, pp. 77,
251 y 261.
[10]Magariño de Mello, Mateo J.- El
Gobierno del Cerrito. Tomo I. Poder
Ejecutivo. Montevideo. 1948. p. 673.
[11]Esteban Arbelo, el hombre
que estaba con Cabrera la noche del crimen, no se sabe nada más que eso, ni si
fue buscado por la policía.
[17]Rodriguez
Villar, Pacifico- Florencio Varela. Texto íntegro del proceso
judicial que se instauro con motivo de su asesinato. “La Facultad”. Bs. As. 1935. p. 142.








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