Tiempos
difíciles, procedimientos…
Recordemos la situación por la cual el país atravesó en ese
fatídico enero de 1875, donde un grupo de personas vieron en la figura del Coronel Lorenzo Latorre el “salvador”, la mano que podría encarrilar
a este país.
I
Si bien hemos
escuchado y leído sobre la mano dura del Cnel. Lorenzo Latorre, vaya que era
complicado enfrentársele. Sino recordemos algunos episodios, comencemos con el
caso de Eduardo Beltrán, ya tuvo actuación en estos caso, estuvo
presente en el incidente de la mina del Fuerte
durante la dictadura de Venancio Flores.
¿Y
ahora que paso?
Fueron testigos de una situación
violenta para las personas que andaban alrededor de la Casa de Gobierno, aquel lunes 10 de abril de 1876, y que terminaron
siendo espectadores de un asesinato a plena luz en la vía pública. El autor fue
el Capitán Valentín Martínez, integrante del Batallón 5º de Cazadores que se
encontraba al mando del Cnel. Máximo Santos. El autor descargo dos balazos en
la cabeza de su víctima y si fuera poco le asentó una puñalada. “Más sangre.- Ha causado mucha impresión un
crimen cometido ayer a las 4 de la tarde, en la persona de D. Eduardo Beltrán.
Al salir ese ciudadano del escritorio de Arteaga (D. Clodomiro) fue seguido por
un oficial (Valentín Martínez) del 5º Batallón y dos soldados del mismo, que
sin duda lo esperaban, y alcanzándole en la calle Washington, uno de los
soldados le dio una puñalada. Parece que, sorprendido Beltrán, entró en el zaguán
Nº 79 y al dar vuelta la cara para ver quienes lo acometían, el oficial le
disparó dos balazos, uno de los cuales le ha atravesado la cara, arriba de los
pómulos. Enseguida, los criminales siguieron por la calle Washington hacia el
mar, a paso muy lento, sin que ningún agente policial se presentara en aquella
circunstancia... El herido fue traído al hospital, donde permanece por la
imposibilidad de transportarlo a casa de su familia, atendido con particular
interés por varios facultativos. Se nos informa que la opinión de los médicos
es que el estado del Sr. Beltrán es grave atribuyendo los unos la gravedad a la
puñalada y los otros al balazo. El Sr. Juez del Crimen (José M. Vilaza) y el
escribano (Furriel Miguel) estuvieron en el Hospital pero creemos que no
pudieron practicar averiguación alguna, en virtud del estado de la víctima. El
crimen, dada las circunstancias que lo rodean, ha sido indudablemente
premeditado, y en manera alguna producido por un incidente repentino”.[1]
El parte
policial manifestaba; “Por la misma
sección (1ª) se dio cuenta que como a las cuatro y media de la tarde, fue
herido don Eduardo Beltrán, en el zaguán de la casa, calle Washington 79,
siendo conducido al Hospital de Caridad y reconocido por el Médico de Policía,
Dr. (Diego) Pérez, quien califica las heridas de muy graves”.[2]
Beltrán
saldrá del Hospital a lo de su hermano político Julián Álvarez, la gravedad de
su estado le impidió dar información, produciéndose el desenlace final el
jueves 13.
Mientras
tanto desde las páginas de El Nacional,
el miércoles 12 escribía que el oficial Valentín Martínez; “…parece que tuvo hace muchos días una
cuestión personal con Beltrán, señalándose como causa de esa querella, una
mujer (siempre alguna ella) en cuya casa, a lo que se dice, fue abofeteado el
oficial Martínez por aquel individuo. Dicho oficial, sintiéndose indefenso en
ese acto, parece que amenazó de muerte a Beltrán, prometiéndole matarlo donde
lo encontrara, para vengar así las bofetadas que recibió. Esta versión es la más
generalizada, no faltando quien agregue que públicamente hablaba Martínez
contra Beltrán, indignado siempre”.[3]
Desde las
páginas de La Democracia se decía; “El hecho de que nos ocupamos es gravísimo,
no solo por el carácter aterrante del asesinato en sí mismo, sino por las
condiciones de barbarie en que ha sido ejecutado, por el cinismo desplegado por
los asesinos, por su publicidad, por la elección del lugar en una calle tan
central como la de Washington, por la premeditación, en fin, y la alevosía con
que ha sido consumado…
Sin embargo, han pasado veinte y cuatro horas
del suceso e ignoramos que los asesinos hayan sido tomados por la autoridad y
encerrados en la cárcel.
Esto es inconcebible.
¿Cómo no ha habido policía que
acudiese al lugar del suceso en momentos en que este se consumaba en las
circunstancias indicadas? ¿Cómo la actividad de la policía no ha dado hasta
esta hora por resultado la captura de los criminales?”[4]
El asesino se declaró culpable por intermedio de una carta dirigida a su jefe. Estableciendo
el porqué del proceder de la forma que lo hizo, dejando en claro el motivo de
un ofensa que se había obligado a castigar y que inmediatamente emprendía un
viaje al extranjero.
“Con bastante sentimiento me veo en la
necesidad de huir a consecuencia del hecho que tuvo lugar hoy a las 4 de la
tarde y me voy puramente por el disgusto que juzgo tendrá usted por ese suceso
y no por temer la acción de la justicia, a la cual no temo, pues en cualquier
tiempo podré probar que Eduardo Beltrán fue el causante.
Ese señor Beltrán, hace unos días
valiéndose de hallarme yo sin armas y por cuestiones personales, después de
haberme insultado y ajado hasta en mis ideas políticas, llegó su osadía hasta
el punto de levantarme la mano.
Como en el momento no pude vengarme
del insulto sangriento que me infirió, le juré en la primera oportunidad y
donde quiera que lo hallase, me vengaría.
Efectivamente, ayer lo encontré y le
dije que se dispusiese a repetir sus insultos y levantarme nuevamente la mano;
Beltrán me insultó de nuevo y en vista de ello, indignado como estaba, hice lo
que creo que ya será del dominio público, es decir, vengué la agresión que se
me había inferido.
Le dirijo la presente para que usted
no me tenga por un asesino vulgar, no se culpe a nadie por ese hecho; yo
únicamente soy el autor de él. El soldado que iba conmigo, le llevo para que no
se le culpe de un hecho del cual no tiene culpa.
Querido comandante, por ahora le
suplico que no abra juicio sobre el suceso que me obliga a abandonar mi patria.
Será inútil cuantas pesquisas hagan para buscarme a mí y al soldado que me
acompaña porque tal vez a la hora que usted lea la presente, estaré ya muy
lejos de la capital.
Sin más otro asunto, querido
comandante, se despide de usted su desgraciado amigo y subalterno, que le desea
felicidad, S.S.S. Valentín Martínez, abril 10 de 1876”.[5]
A su regreso
se somete a la justicia penal. El veredicto de la misma fue absolverlo de culpa
y pena, dado que el asesinato de Bertrán fue frente a frente y en defensa propia.
Este hecho
violento fue el mojón de inicio de desapariciones “misteriosas” de los caudillos, o de aquellas personas que tenían el
potencial de armar una revolución.
Mapa, lugar de los hechos.
[1]
El Siglo. Abril, 11 de 1876.
[2] Bonavita, Luis-
“Muertes Sospechosas”. En “Síntesis”. Montevideo.1952.
[3]
Reyes Abadie, Washington- Coronel Lorenzo Latorre. Círculo Militar
“General Artigas”. Montevideo. 1986.
pp. 201-202.
[4]
La Democracia. Abril, 12 de 1876.
[5]
Reyes Abadie, Washington- Ob. Cit.
p. 202.

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