viernes, 21 de noviembre de 2014

Negocio del tío Bartola

Negocio del tío Bartola

El Día.
4 de Setiembre de 1903.
No todo lo lindo se besa
Jesús Pérez, un personaje procedente de Galicia, con pocos días de residencia aquí, se paseaba ayer por la plaza Zabala, soñando quizás con dar lucrativa colocación a sus cartos, cuando se le aproximó un individuo que, a juzgar por su aire tímido y aspecto medroso, era evidentemente un pobre diablo llegado de campaña. El individuo ese entabló conversación con Pérez, a quien dijo confidencialmente que andaba aquí en la ciudad boliau, pues era la primera vez que venía y ya iba a referir sus peripecias cuando fue interrumpido por un vendedor de números de lotería que empezó a fastidiarle para que le comprara un quintito.

El paisano se acordó entonces de que él tenía un quinto, que sacó del bolsillo del chaleco, muy dobladito, y lo entregó al lotero para que lo mirase en compañía de Pérez. Este echó la vista en el extracto y observó en seguida que el quinto estaba premiado con la suerte, de modo que no pudo ocultar su sorpresa al oír decir el lotero:

-Tiene 200 pesos.

-Negotium habemus, se dijo el ferrolano, chapurriando en latín, y sin cuidarse casi de guardar las formas, hizo comprender al lotero que había olfateado la picardía, colocándose en el caso de obtener la mitad de las utilidades, pero como el vendedor no se hallaba en situación de aportar ni un céntimo a la negociación, Pérez se decidió a realizarla solo, solita su alma, ofreciendo al cándido campesino, 20 liras esterlinas, y su reloj y cadena de oro por el codiciado quinto.



El pobre diablo aquel acertó el trato y se mandó mudar contentísimo, el muy zonzo, mientras Pérez se dirigía a la administración de la Lotería, ocurriéndosele por el camino que había hecho la América en menos que canta un gallo.

Poco le duró la alegría, pues al ir a cobrar el quinto se le hizo ver que en el extracto correspondiente a la fecha que aquél llevaba al dorso, no tenía ni siquiera una mala suertecita de 10 pesos.

Pérez cazó una rabia tremenda, al darse cuenta de la fumada y, mal aconsejado por ella, se presentó en la Jefatura denunciando que en la plaza Zabala había sido asaltado por cuatro individuos, que revolver en mano habíanle exigido el dinero que llevaba consigo, y a cadena y el reloj.

Como puede suponerse, se dio sin demora traslado de la denuncia al comisario de la 1ª, señor Sanguinetti, el que iniciando una activa y eficaz indagación, tardo poco en saber la verdad de lo ocurrido, que le fue comunicando al cónsul de España, donde el estado habíase presentado en queja, por supuesto presentando la cuestión bajo la faz de un atropello y robo inaudito.


¡Qué diablo Pérez!...

jueves, 13 de noviembre de 2014

Familia envenenada

Familia envenenada

El Día.
30 de Marzo de 1903.

El extraño suceso ocurrido en el Barrio Reus al Norte ha preocupado y preocupa a las autoridades policiales y al Juez de Instrucción doctor Piñeyro, pues, como se verá por la narración que sigue, hay detalles que hacen suponer la existencia de un acto delictuoso fríamente calculado.


En una habitación , a los fondos de una casa, calle Porongo s/n, entre las de Bartolomé Mitre y Aramburu, viven Luis Rodríguez, sargento de policía; su pseudo esposa Sandalia Perdomo, oriental, nacida en el departamento de Canelones de 35 años de edad, sus hijos Genoveva de 16 años, José de 14, Francisco de 8 y Pedro de 17 meses.

El matrimonio anda mal avenido desde hace tiempo, porque parece que el sargento no es trigo limpio y le agrada dedicar sus horas de franquía a amores menos pegajosos que el de su consorte. Esta es celosa hasta la exageración, y no lo oculta, de manera que, valga el testimonio de los vecinos, las escenas conyugales, con su respectivo acompañamiento de recriminaciones y amenazas, se repiten con harta frecuencia en aquel hogar pequeño y pobre.


Anteayer, a eso de las 5 de la tarde, hallándose ausente Rodríguez, Sandalia Perdomo y sus hijos se sintieron atacados de un gran malestar, después de haber comido unos bifes, unos pasteles y bebido un poco de vino. El malestar se fue acentuando, a excepción de José Rodríguez, que no sintió nada, llegando a manifestarse verdaderos síntomas de intoxicación que alarmaron a los vecinos, decidiéndoles a comunicar lo ocurrido a la policía.

El oficial de la 8ª, don Ignacio Torres, que acudió en el acto, aconsejó a Sandalia que se trasladara sin demora y llevara sus hijos a la botica del Sr. Juan Bourtoule, calle José L. Terra núm. 72, donde se les suministró un medicamento, pasando luego aquel funcionario a la comisaría, a fin de trasmitir la novedad a sus superiores.

El comisario Podestá y el sub-comisario señor Sanguinetti se constituyeron en el domicilio antes mencionado, dedicándose sin pérdida de tiempo a recoger todos los informes relacionados con el hecho, buscando el esclarecimiento de éste, que se presentaba algo misterioso, por los motivos que vamos a exponer.

Sandalia Rodríguez y sus hijos no habían comido más que bifes y pasteles; los primeros los hizo aquella empleando una sartén aporcelanada, y a los segundos los adquirió en casa del vecino Donato Fernández, domiciliado en la calle Justicia número 78, quien desde los primeros momentos manifestó que podía garantir por la bondad de su factura, pues eran muchas las personas que ese día habían comido de la misma, incluso su propia familia, y nadie había sentido el más insignificante malestar.

Por su parte, don Basilio Marcé, dueño del almacén calle Porongos esquina Aramburu, donde fue adquirida la grasa con que se confeccionaron los bifes y el vino tomado por Sandalia y sus hijos, declaró que ni una cosa ni otra podían ser causa ocasional del envenenamiento, porque la misma grasa se despachó a muchas otras familias y del mismo vino llevaron varios de sus clientes que tampoco han sentido el menor trastorno.

Continuando sus indagaciones, supo el comisario Podestá que el único de la familia que se escapó, José Rodríguez, comió lo mismo que los demás sin tomar vino, y en cambio el niño Pedro, que no comió, pero bebió, fue el que estuvo en mayor peligro sin duda porque su pequeño organismo no pudo resistir el tóxico ingerido.

Los detalles precedentes demuestran claramente que la causa del envenenamiento fue el vino; pero, ¿cómo explicar entonces que nada haya sufrido las demás personas que lo bebieron ese día?

Por eso decíamos que el comisario Podestá se afana en aclarar este hecho misterioso, ocurriéndole lo propio al Juez de Instrucción, doctor Piñeyro, que intervino en él desde los primeros momentos, disponiendo que la policía se incautara de los restos de la comida y del sobrante del vino, y hasta de los vómitos, a fin de someterlos a un análisis químico que determine claramente el agente causal de la intoxicación.

Los enfermos, que fueron solícitamente atendidos, hallábase ayer completamente fuera de peligro.


Algunos vecinos a quienes interrogaron el doctor Piñeyro y el comisario Podestá, expresaron que Sandalia Perdomo, afectada sin duda por las infidelidades de su consorte había dicho más de una vez que tenía el propósito de suicidarse. La aludida niega tal afirmación.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Bigamia que se malogra

Bigamia que se malogra

El Día.
21 de Diciembre de 1902.

E
l vecindario de los suburbios del Reducto, habitados por gente de humilde condición pero honrada y trabajadora.

Habían concertado unirse en matrimonio ante el Juez de Paz de la 12ª sección señor Antonio de Silca Baston, Domingo Bocalandro, italiano, de 36 años, quintero y Ángela A., oriental, de 19 años, habiéndose dado la publicidad que ordena la ley a los avisos respectivos. La boda quedó fijada para ayer a las 3 de la tarde.

A eso de las 8 de la mañana el referido magistrado recibió en audiencia privada por haberla así solicitado, a una señora que dijo llamarse Paula Galusso, quien una vez en presencia del señor Silva Bastos, le manifestó que iba a poner impedimento al matrimonio de su sobrino carnal Domingo Cipresse, en razón de estar casado en Italia.

-En este Juzgado, señora, no se ha presentado ninguna persona de ese apellido.

-Es que mi sobrino ha sustituido apellido verdadero por el  de Bocalandro.

-Esa es otra cosa; pero su denuncia, señora, carece de valor legal porque no viene acompañada de los justificativos que corresponden. No puedo por esto postergar la ceremonia, más en cumplimiento de mis deberes, daré aviso al Juzgado de Instrucción. Y así lo hizo.

En tanto el tiempo pasaba y a las tres de la tarde llegaron al Juzgado de Paz de la 12ª varios carruajes. De uno de ellos descendió el novio, engalanado con lo mejorcito de su percha, un traje negro de saco, botines nuevos de cabritilla, guantes blancos, corbata blanca y no sabemos si alguna otra cosa blanca –un pimpollito en el ojal-. Le acompañaba sus testigos, don Antonio Calvetti y don Arturo Musto Cipria.

De otro de los carruajes bajaron la novia, vestida de blanco, ciñendo en la frente el consabido ramo de azahar, sus papás y una señora que creemos era la partera. Los testigos de Ángela A., don José Castagnetto y don Juan Carlos Carrasco, descendieron así mismo del carruaje núm. 3.

La comitiva penetró en el local del Juzgado y el señor Silva Bastos se disponía a dar comienzo a la ceremonia, cuando se presentaron el juez de Instrucción, doctor Piñeyro y su actuario el señor Barriere. Expectativa general.

-Un momento Sr. Juez, un momento señores. Se trata de una simple averiguación ¿Don Domingo Bocalandro?

-Sono mi signore.

-Tengo necesidad de hablar un instante a solas con Vd.

-Sonne a vostri ordine.

-¿Cómo es su verdadero apellido?

-Bocalandro.

-No es cierto, Vd. se llama Domingo Cipresse y es casado en Italia y padre de tres criaturas.

-¿Quién le ha dicho eso a Vd.?

-Su señora tía, doña Paula Galusso, que desea evitar a Vd. una molestia bien grande: la de ir preso y permanecer dos años en la Cárcel; porque amigo mío, es preciso que Vd. sepa que la bigamia se castiga bien severamente.

-Ahí lazia, la zia…

-Bueno; ¿es cierto o no la denuncia de su tía?

-Es cierta, sí señor, ¿por qué voy a continuar negando?

-Señor Juez de Paz: puede Vd. notificar a esos señores que la ceremonia queda interrumpida, expresándoles las causas.

Y la notificación fue hecha, produciéndose la escena que el lector puede figurarse.

En cuanto a Cipresse se le advirtió que estaba preso, y como hiciera un ademán algo significativo, llevando la mano a la cintura, se le mando registrar, encontrándosele un revólver kilométrico atascado de balas, que ignoramos que papel estaba destinado a jugar en la ceremonia.

Iglesia Nuestra Senora de los Dolores
20 de Noviembre de 1871
El Reducto, Montevideo
Mientras esto ocurría en el juzgado, en la casa de la familia de la novia se desarrollaba una escena distinta. Numerosas amigas, invitadas para la boda, se hallaban esperando el regreso de los desposados, y puede calcularse el estupor que allí produciría la noticia de lo ocurrido. Al primer momento de sorpresa, sucedió la más clamorosa indignación y Cipresse fue objeto de las apreciaciones más duras por parte de todos, juzgándose su conducta como la de un hombre perverso.

Los convidados, siguieron de noche acudiendo a la casa de la infortunada Ángela; y grande era su decepción al saber lo que pasaba y que el anunciado baile había quedado en la nada. Igual cosa le pasó al cura de la iglesia del Reducto, a quien no se avisó el contratiempo sufrido, y permaneció con los cirios encendidos hasta las diez y media de la noche, esperando la llegada de los novios. A esa hora, un monaguillo, a quien aquel mandara a informarse del motivo de tanta demora, llegó a la iglesia, a la sazón llena de gente, y la noticia allí no tardó también en esparcirse, retirándose la concurrencia haciéndose cruces.