Familia envenenada
El Día.
30 de Marzo de 1903.
El extraño suceso ocurrido en el Barrio Reus al Norte ha preocupado y
preocupa a las autoridades policiales y al Juez de Instrucción doctor Piñeyro,
pues, como se verá por la narración que sigue, hay detalles que hacen suponer
la existencia de un acto delictuoso fríamente calculado.
En una habitación , a los fondos de una
casa, calle Porongo s/n, entre las de Bartolomé Mitre y Aramburu, viven Luis
Rodríguez, sargento de policía; su pseudo esposa Sandalia Perdomo, oriental,
nacida en el departamento de Canelones de 35 años de edad, sus hijos Genoveva
de 16 años, José de 14, Francisco de 8 y Pedro de 17 meses.
El matrimonio anda mal avenido desde hace
tiempo, porque parece que el sargento no es trigo limpio y le agrada dedicar
sus horas de franquía a amores menos pegajosos que el de su consorte. Esta es
celosa hasta la exageración, y no lo oculta, de manera que, valga el testimonio
de los vecinos, las escenas conyugales, con su respectivo acompañamiento de
recriminaciones y amenazas, se repiten con harta frecuencia en aquel hogar
pequeño y pobre.
Anteayer, a eso de las 5 de la tarde,
hallándose ausente Rodríguez, Sandalia Perdomo y sus hijos se sintieron
atacados de un gran malestar, después de haber comido unos bifes, unos pasteles
y bebido un poco de vino. El malestar se fue acentuando, a excepción de José
Rodríguez, que no sintió nada, llegando a manifestarse verdaderos síntomas de
intoxicación que alarmaron a los vecinos, decidiéndoles a comunicar lo ocurrido
a la policía.
El oficial de la 8ª, don Ignacio Torres,
que acudió en el acto, aconsejó a Sandalia que se trasladara sin demora y
llevara sus hijos a la botica del Sr. Juan Bourtoule, calle José L. Terra núm.
72, donde se les suministró un medicamento, pasando luego aquel funcionario a
la comisaría, a fin de trasmitir la novedad a sus superiores.
El comisario Podestá y el sub-comisario
señor Sanguinetti se constituyeron en el domicilio antes mencionado,
dedicándose sin pérdida de tiempo a recoger todos los informes relacionados con
el hecho, buscando el esclarecimiento de éste, que se presentaba algo
misterioso, por los motivos que vamos a exponer.
Sandalia Rodríguez y sus hijos no habían
comido más que bifes y pasteles; los primeros los hizo aquella empleando una
sartén aporcelanada, y a los segundos los adquirió en casa del vecino Donato
Fernández, domiciliado en la calle Justicia número 78, quien desde los primeros
momentos manifestó que podía garantir por la bondad de su factura, pues eran
muchas las personas que ese día habían comido de la misma, incluso su propia
familia, y nadie había sentido el más insignificante malestar.
Por su parte, don Basilio Marcé, dueño del
almacén calle Porongos esquina Aramburu, donde fue adquirida la grasa con que
se confeccionaron los bifes y el vino tomado por Sandalia y sus hijos, declaró
que ni una cosa ni otra podían ser causa ocasional del envenenamiento, porque
la misma grasa se despachó a muchas otras familias y del mismo vino llevaron
varios de sus clientes que tampoco han sentido el menor trastorno.
Continuando sus indagaciones, supo el
comisario Podestá que el único de la familia que se escapó, José Rodríguez,
comió lo mismo que los demás sin tomar vino, y en cambio el niño Pedro, que no
comió, pero bebió, fue el que estuvo en mayor peligro sin duda porque su
pequeño organismo no pudo resistir el tóxico ingerido.
Los detalles precedentes demuestran
claramente que la causa del envenenamiento fue el vino; pero, ¿cómo explicar entonces que nada haya sufrido
las demás personas que lo bebieron ese día?
Por eso decíamos que el comisario Podestá
se afana en aclarar este hecho misterioso, ocurriéndole lo propio al Juez de
Instrucción, doctor Piñeyro, que intervino en él desde los primeros momentos,
disponiendo que la policía se incautara de los restos de la comida y del
sobrante del vino, y hasta de los vómitos, a fin de someterlos a un análisis
químico que determine claramente el agente causal de la intoxicación.
Los enfermos, que fueron solícitamente
atendidos, hallábase ayer completamente fuera de peligro.
Algunos vecinos a quienes interrogaron el
doctor Piñeyro y el comisario Podestá, expresaron que Sandalia Perdomo,
afectada sin duda por las infidelidades de su consorte había dicho más de una
vez que tenía el propósito de suicidarse. La aludida niega tal afirmación.

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