miércoles, 5 de noviembre de 2014

Bigamia que se malogra

Bigamia que se malogra

El Día.
21 de Diciembre de 1902.

E
l vecindario de los suburbios del Reducto, habitados por gente de humilde condición pero honrada y trabajadora.

Habían concertado unirse en matrimonio ante el Juez de Paz de la 12ª sección señor Antonio de Silca Baston, Domingo Bocalandro, italiano, de 36 años, quintero y Ángela A., oriental, de 19 años, habiéndose dado la publicidad que ordena la ley a los avisos respectivos. La boda quedó fijada para ayer a las 3 de la tarde.

A eso de las 8 de la mañana el referido magistrado recibió en audiencia privada por haberla así solicitado, a una señora que dijo llamarse Paula Galusso, quien una vez en presencia del señor Silva Bastos, le manifestó que iba a poner impedimento al matrimonio de su sobrino carnal Domingo Cipresse, en razón de estar casado en Italia.

-En este Juzgado, señora, no se ha presentado ninguna persona de ese apellido.

-Es que mi sobrino ha sustituido apellido verdadero por el  de Bocalandro.

-Esa es otra cosa; pero su denuncia, señora, carece de valor legal porque no viene acompañada de los justificativos que corresponden. No puedo por esto postergar la ceremonia, más en cumplimiento de mis deberes, daré aviso al Juzgado de Instrucción. Y así lo hizo.

En tanto el tiempo pasaba y a las tres de la tarde llegaron al Juzgado de Paz de la 12ª varios carruajes. De uno de ellos descendió el novio, engalanado con lo mejorcito de su percha, un traje negro de saco, botines nuevos de cabritilla, guantes blancos, corbata blanca y no sabemos si alguna otra cosa blanca –un pimpollito en el ojal-. Le acompañaba sus testigos, don Antonio Calvetti y don Arturo Musto Cipria.

De otro de los carruajes bajaron la novia, vestida de blanco, ciñendo en la frente el consabido ramo de azahar, sus papás y una señora que creemos era la partera. Los testigos de Ángela A., don José Castagnetto y don Juan Carlos Carrasco, descendieron así mismo del carruaje núm. 3.

La comitiva penetró en el local del Juzgado y el señor Silva Bastos se disponía a dar comienzo a la ceremonia, cuando se presentaron el juez de Instrucción, doctor Piñeyro y su actuario el señor Barriere. Expectativa general.

-Un momento Sr. Juez, un momento señores. Se trata de una simple averiguación ¿Don Domingo Bocalandro?

-Sono mi signore.

-Tengo necesidad de hablar un instante a solas con Vd.

-Sonne a vostri ordine.

-¿Cómo es su verdadero apellido?

-Bocalandro.

-No es cierto, Vd. se llama Domingo Cipresse y es casado en Italia y padre de tres criaturas.

-¿Quién le ha dicho eso a Vd.?

-Su señora tía, doña Paula Galusso, que desea evitar a Vd. una molestia bien grande: la de ir preso y permanecer dos años en la Cárcel; porque amigo mío, es preciso que Vd. sepa que la bigamia se castiga bien severamente.

-Ahí lazia, la zia…

-Bueno; ¿es cierto o no la denuncia de su tía?

-Es cierta, sí señor, ¿por qué voy a continuar negando?

-Señor Juez de Paz: puede Vd. notificar a esos señores que la ceremonia queda interrumpida, expresándoles las causas.

Y la notificación fue hecha, produciéndose la escena que el lector puede figurarse.

En cuanto a Cipresse se le advirtió que estaba preso, y como hiciera un ademán algo significativo, llevando la mano a la cintura, se le mando registrar, encontrándosele un revólver kilométrico atascado de balas, que ignoramos que papel estaba destinado a jugar en la ceremonia.

Iglesia Nuestra Senora de los Dolores
20 de Noviembre de 1871
El Reducto, Montevideo
Mientras esto ocurría en el juzgado, en la casa de la familia de la novia se desarrollaba una escena distinta. Numerosas amigas, invitadas para la boda, se hallaban esperando el regreso de los desposados, y puede calcularse el estupor que allí produciría la noticia de lo ocurrido. Al primer momento de sorpresa, sucedió la más clamorosa indignación y Cipresse fue objeto de las apreciaciones más duras por parte de todos, juzgándose su conducta como la de un hombre perverso.

Los convidados, siguieron de noche acudiendo a la casa de la infortunada Ángela; y grande era su decepción al saber lo que pasaba y que el anunciado baile había quedado en la nada. Igual cosa le pasó al cura de la iglesia del Reducto, a quien no se avisó el contratiempo sufrido, y permaneció con los cirios encendidos hasta las diez y media de la noche, esperando la llegada de los novios. A esa hora, un monaguillo, a quien aquel mandara a informarse del motivo de tanta demora, llegó a la iglesia, a la sazón llena de gente, y la noticia allí no tardó también en esparcirse, retirándose la concurrencia haciéndose cruces.


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