Bigamia que se malogra
El Día.
21 de Diciembre de 1902.
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E
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l vecindario de los suburbios del Reducto, habitados por gente de humilde condición pero honrada y
trabajadora.
Habían concertado unirse en matrimonio ante el Juez de Paz de la 12ª sección señor
Antonio de Silca Baston, Domingo Bocalandro, italiano, de 36 años, quintero y Ángela
A., oriental, de 19 años, habiéndose dado la publicidad que ordena la ley a los
avisos respectivos. La boda quedó fijada para ayer a las 3 de la tarde.
A eso de las 8 de la mañana el referido magistrado recibió
en audiencia privada por haberla así solicitado, a una señora que dijo llamarse
Paula Galusso, quien una vez en presencia del señor Silva Bastos, le manifestó
que iba a poner impedimento al matrimonio de su sobrino carnal Domingo
Cipresse, en razón de estar casado en Italia.
-En este Juzgado,
señora, no se ha presentado ninguna persona de ese apellido.
-Es que mi sobrino ha
sustituido apellido verdadero por el de
Bocalandro.
-Esa es otra cosa;
pero su denuncia, señora, carece de valor legal porque no viene acompañada de
los justificativos que corresponden. No puedo por esto postergar la ceremonia,
más en cumplimiento de mis deberes, daré aviso al Juzgado de Instrucción. Y
así lo hizo.
En tanto el tiempo pasaba y a las tres de la tarde llegaron
al Juzgado de Paz de la 12ª varios
carruajes. De uno de ellos descendió el novio, engalanado con lo mejorcito de
su percha, un traje negro de saco, botines nuevos de cabritilla, guantes
blancos, corbata blanca y no sabemos si alguna otra cosa blanca –un pimpollito
en el ojal-. Le acompañaba sus testigos, don Antonio Calvetti y don Arturo
Musto Cipria.
De otro de los carruajes bajaron la novia, vestida de
blanco, ciñendo en la frente el consabido ramo de azahar, sus papás y una
señora que creemos era la partera. Los testigos de Ángela A., don José
Castagnetto y don Juan Carlos Carrasco, descendieron así mismo del carruaje
núm. 3.
La comitiva penetró en el local del Juzgado y el señor Silva
Bastos se disponía a dar comienzo a la ceremonia, cuando se presentaron el juez
de Instrucción, doctor Piñeyro y su actuario el señor Barriere. Expectativa
general.
-Un momento Sr. Juez,
un momento señores. Se trata de una simple averiguación ¿Don Domingo
Bocalandro?
-Sono mi signore.
-Tengo necesidad de
hablar un instante a solas con Vd.
-Sonne a vostri ordine.
-¿Cómo es su verdadero
apellido?
-Bocalandro.
-No es cierto, Vd. se
llama Domingo Cipresse y es casado en Italia y padre de tres criaturas.
-¿Quién le ha dicho
eso a Vd.?
-Su señora tía, doña
Paula Galusso, que desea evitar a Vd. una molestia bien grande: la de ir preso
y permanecer dos años en la Cárcel; porque amigo mío, es preciso que Vd. sepa
que la bigamia se castiga bien severamente.
-Ahí lazia, la zia…
-Bueno; ¿es cierto o
no la denuncia de su tía?
-Es cierta, sí señor,
¿por qué voy a continuar negando?
-Señor Juez de Paz:
puede Vd. notificar a esos señores que la ceremonia queda interrumpida,
expresándoles las causas.
Y la notificación fue hecha, produciéndose la escena que el
lector puede figurarse.
En cuanto a Cipresse se le advirtió que estaba preso, y como
hiciera un ademán algo significativo, llevando la mano a la cintura, se le
mando registrar, encontrándosele un revólver kilométrico atascado de balas, que
ignoramos que papel estaba destinado a jugar en la ceremonia.
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| Iglesia Nuestra Senora de los Dolores 20 de Noviembre de 1871 El Reducto, Montevideo |
Mientras
esto ocurría en el juzgado, en la casa de la familia de la novia se
desarrollaba una escena distinta. Numerosas amigas, invitadas para la boda, se
hallaban esperando el regreso de los desposados, y puede calcularse el estupor
que allí produciría la noticia de lo ocurrido. Al primer momento de sorpresa,
sucedió la más clamorosa indignación y Cipresse fue objeto de las apreciaciones
más duras por parte de todos, juzgándose su conducta como la de un hombre
perverso.
Los convidados, siguieron de noche acudiendo a la casa de la
infortunada Ángela; y grande era su decepción al saber lo que pasaba y que el
anunciado baile había quedado en la nada. Igual cosa le pasó al cura de la
iglesia del Reducto, a quien no se
avisó el contratiempo sufrido, y permaneció con los cirios encendidos hasta las
diez y media de la noche, esperando la llegada de los novios. A esa hora, un
monaguillo, a quien aquel mandara a informarse del motivo de tanta demora,
llegó a la iglesia, a la sazón llena de gente, y la noticia allí no tardó
también en esparcirse, retirándose la concurrencia haciéndose cruces.

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