domingo, 22 de febrero de 2015

El robo en lo de Mantegani

El robo en lo de Mantegani

El Día.
29 de enero de 1906.
Dos presuntos culpables
Desde el primer momento que la Policía de Investigaciones tuvo conocimiento del robo de alhajas en la Joyería propiedad del Sr. Mantegani, el Sr. Levratto, el Inspector Sr. Russo, y varios empleados a sus órdenes, de común acuerdo con el Comisario Fontana, no se dieron un momento de reposo, con el fin de obtener algún data, que pudiera servir de partida, para la iniciación de la pesquisa.

Recién esta madrugada, siendo como las 2, visitaron, casi podríamos decir con alguna seguridades, que su labor no tardará en verse coronada por el éxito.

Sucede que el Sr. Levratto, ordenó a sus subordinados fueran a la Oficina, todos los individuos que hubieran tenido cuentas con la autoridad por comisión de robos.

Cumpliendo las órdenes recibidas, los sabuesos del Sr. Levratto, llegaron a atrapar diez y seis sujetos; de los cuales, uno de ellos, declaró, que teniendo sumo interés en poder prestar un servicio a la policía le comunicaba lo siguiente: Que en la madrugada del día martes pasado, siendo como las 3 se encontró en la Plaza Independencia con tres individuos. Uno de éstos le era desconocido pero, en cambio, los otros dos eran pajarracos antiguos, muy conocidos en la policía, por su larga actuación, y tener en ella su fotografía, en paraje visible. Agregó el declarante, que en razón de la estrecha amistad que lo ligaba a esos dos sujetos, se les aproximó y entonces, uno de ellos, le dijo andaba muy pobre pero que en breve hará un buen trabajo (trabajo, en lunfardo, quiere decir robo).

Ahora bien, en virtud de esos datos se dispuso la captura de los sujetos en cuestión que resultaron ser: Emilio Ponce que en la Galería de Investigaciones ocupa el Nº 32 y Manuel García cuyo número era esa misma Galería es el 64. El primero hará próximamente dos meses abandonó la Cárcel Correccional donde estuvo preso por ser autor de los robos efectuados en la Peluquería de las calle Colón y 25 de Agosto y en la también Peluquería de Arapey y Colonia. En cuanto al segundo, hará un mes salió de la Cárcel donde se encontraba por haber cometido un robo en una barraca.

Los tales pájaros, una vez en presencia del señor Levratto, negaron rotundamente haber tenido la entrevista que se decía tuvieron con un desconocido el día martes en la Plaza Independencia. En virtud de tal contradicción, se dio aviso al señor Juez de Instrucción doctor Piñeyro, cuyo celoso magistrado no había descansado un solo momento desde que tuvo aviso del robo cometido en lo del señor Mantegani. El doctor Piñeyro, dispuso de inmediato un registró minuciosos en las habitaciones que ocupaban Ponce y García en la calle Washington núm. 100. ¡Cuál seria la sorpresa del señor Juez y de los Jefes de la Policía de Investigaciones y comisario señor Fontana, cuando tropezaron con todo un arsenal de ganzúas, en número de diez y seis, tres llaves para abrir cajas de fierro, una palanqueta, y una lima, un cortafierro y varios pedazos de velas “estearinas”. García dice que todo lo hallado pertenece a Ponce, y éste a su vez manifiesta que ello es de la exclusiva propiedad de García.

En lo único que ambos están de acuerdo, es en declarar que no han tenido conferencia alguna en la Plaza Independencia, ni conocen para nada al desconocido, que, como ya lo dejamos dicho, se encontraba con ellos en la madrugada del día martes.

Según parece, los Sres. Levratto, Russo y Fotana, están de acuerdo en que la reunión que tuvieron en la Plaza Independencia, los individuos aludidos, se realizó después de algunas pruebas hechas con la cerradura de la puerta de la casa del Sr. Mantegani, y en cuya operación utilizaron los instrumentos de que se incautó la policía por orden del Dr. Piñeyro.

Como se ve no puede precisarse el móvil perseguido por García y Ponce al negar ambos la propiedad de las ganzúas, etc. Secuestradas; y el nombre y domicilio del desconocido que tuvo con ellos una reunión la noche del martes pasado.

Todo, pues hace suponer, que los autores del robo no son otros que Ponce, García y el desconocido, siendo éste el guardador de las alhajas sustraídas, razón probable, para que García y Ponce oculten su nombre y domicilio.

Los presos se encuentran rigurosamente incomunicados en la Policía de Investigaciones, y se espera de un momento a otro la captura del compinche de Ponce y García. Si esto se realiza queda descifrado el enigma que en estos momentos tiene preocupadísimos al personal de la Policía de Investigaciones.

He aquí la nómina de los objetos robados:
83 pares de rosetas con brillantes y diamantes, 53 medios aderezos, 3 pulseras de oro, 1 collar de plata dorada, 26 prendedores con brillantes y diamantes, 110 anillos con brillantes y diamantes, 9 diamantes, 9 medallones de oro con brillantes y diamantes, 9 diamantes, 9 alfileres con brillantes, diamantes y perlas, 1 par gemelos con diamantes, 8 relojes de oro para hombre, 3 ídem de plata, 1 ídem de acero, 4 collares de oro con perlas finas, 11 pares de gemelos de cadenita con diamantes, 7 medallones de oro, 1 pulsera de oro con diamantes, rubíes y zafiros, 1 porta moneda de oro con rubíes, 5 gemelos de oro con diamantes, 4 anillos de oro art novvesu, 3 cadenas enchapadas, 1 anillo oro con esmeraldas.


Han sido robados además muchos otros objetos cuya falta advirtió posteriormente el señor Mantegani. Este cree que lo sustraído alcanza a la suma de 8 a 10 mil pesos.

Como lo dijimos en nuestro número anterior, la puerta de entrada no presenta la menor huella de violencia, de manera que desde los primeros momentos se tuvo la seguridad de que los ladrones habían penetrado a la joyería valiéndose de ganzúas, detalle este que compromete seriamente a los presos, dada la circunstancia de habérseles hallado en su poder gran cantidad de esos instrumentos.

El robo fue advertido por el propio señor Mantegani al penetrar a su casa a eso de las 6 de la mañana. Antes de las 7, ya se encontraban en la joyería el señor Levratto, su segundo el señor Russo y el comisario Fontana, detalle que evidencia el celo y actividad de esos funcionarios.

Uno de los asaltantes de la joyería, dejo en el cristal de la vitrina la huella de dos dedos de la mano derecha, que fueron reproducidos por el doctor Alejandro Saráchaga, con arreglo al sistema dactiloscópico.


Protestas maternales

Protestas maternales

Y lloriqueos fraternales
El Día.
27 de noviembre de 1904.

I
ndudablemente los muchachos vagabundos y muchos que en realidad no lo son, aunque no parecen, pues sus cariñosas mamás y sus respetables papás sólo se acuerdan de ellos cuando están presos, los pilletes pandilleros, decíamos, estaban insufribles. No había judiada ni picardía que no pusieran en ejecución, desde romperle el bautismo al más pintado de una pedrada hasta poner en conmoción a todo un barrio atándole a un perro una lata a la cola.

Era indispensable darles un escarmiento y entonces el coronel Jerez se decidió por una de esas sorpresas que consisten en desatar contra los muchachos vagabundos a una buena parte del personal de reten de las comisarías, vestidos de particular, procediendo combinadamente con los guardias civiles de turno y empleados superiores, éstos últimos como elemento selecionario a fin de evitar posibles confusiones.

Ayer la sorpresa se realizó con tanta habilidad que no quedó una rata en la calle que no cayera en las redes policiales. La razzia principio a las 4 de la tarde y a las 8 de la noche había en los patios de la Jefatura nada menos que 264 presos, remitidos por los comisarios de las ocho primeras secciones urbanas.

Se explica la abundancia de pesca, pues ayer era un gran día para la muchachada. Las plazas, las calles, las playas y los muelles, especialmente estos últimos se hallaban rebosantes de juventud bullanguera, que ajena en absoluto a la sorpresa que se les preparaba daban rienda suelta a su entusiasmo de muchachos felices despampanando al prójimo de una pedrada o pasándose las horas muertas dentro del mal oliente liquido de las costas.

Cuando los guardias civiles cayeron sobre ellos, como una avalancha, muchos le jugaron risa, pues para dejarlos con tres cuartas de narices les bastaba con sumergirse en aquello dónde se bañaban, y san se acabó. Pero no contaban con la huéspedad, vale decir, con que habiéndose tomado las medidas tendientes a evitar  una escapatoria, de manera que los que se escabullían como peces caían en poder de los empleados que recorrían la costa en varias pequeñas embarcaciones.

Lo repetimos no se escapó ni una rata.

Una hora después, cuando ya la noticia de la gran arriada había cundido, desparramáronse por los barrios más apartados, principalmente a invadir el vestíbulo de la Jefatura los deudos de los interesantes prisioneros, produciéndose entonces escenas verdaderamente pintorescas.

Todos clamaban por sus hijos, por sus hermanos, por sus primos y hasta por sus relaciones y al saber que los presos no abandonarían la cárcel hasta que lo dispusiera así el Jefe Político hubo un conato de rebelión pues a duras penas ser sofocado por los sargentos y guardias civiles de servicio, sin poderse evitar, sin embargo que aquella buena gente se obstinada en permanecer allí, cerquita de sus vástagos o sus consanguíneos dispuestos a hacer causa común con ellos.

Las mamás protestaban, ¡y de qué manera! Era una verdadera picardía lo que se estaba haciendo, los niños eran inocentes. Las hermanas, menos violentas y más sensibles, lloriqueaban. Nunca habían querido tanto y tan hondamente a sus hermanos!...

A las 9 de la noche se les dio una buena noticia, los presos serían puestos en libertad a las 11, debiendo cada deudo dar un recibo y recoger la notificación de que la reincidencia sería severamente castigada.

La noticia produjo honda impresión y hubo de dar lugar a otro tumulto, pero esta vez provocado por las legítimas expansiones maternales y fraternales.

Una preocupación abatió algo el entusiasmo de aquella buena gente. Los chicos tendrían que pasar sin comer hasta las 11 de la noche, ¡los pobrecitos!... Pero esa preocupación desapareció como por encanto, al manifestarse que los presos no corrían el peligro de morirse de hambre, pues habían sido convenientemente racionados.

La policía cumplió su palabra, pues a las 11 en punto de la noche se comenzó a dar libertad a los prisioneros y a las dos de la mañana, cuando el que estas líneas escribe abandono la Jefatura, aquellos continuaban saliendo, saliendo empachados de sueño, llevados casi todos de la mano por sus padres como si temiera, una repetición de la razzia, y la terrible perspectiva de una noche toledana…


lunes, 9 de febrero de 2015

Importante pesquisa

Importante pesquisa

El Día.
27 de enero de 1906.

H
ará próximamente un mes, el Sr. Jefe de la Policía de Investigaciones Don Juan Levratto, se enteró por telegramas publicados en la prensa con procedencia de Santa Ana, que en la frontera brasilera circulaban en gran cantidad billetes falsos de 50.000 reis y deseando tomar una participación activa para el descubrimiento de esa falsificación, llamo a su presencia al Inspector Don Salvador Russo con quien tuvo un cambio de ideas al respecto, resolviendo de común acuerdo que varios empleados a sus órdenes hicieran por tierra continuas viajes fingiéndose comisionistas viajeros con el fin de ver si alguno de ellos se encontraba a mano con los circuladores para proceder a su arresto. Al mismo tiempo, dispusieron ejercer severa vigilancia sobre todo sujeto radicado en ésta y que ofreciera sospechas como circulador de monedas, de esos que ya han tenido que ventilar cuentas con la policía del país y del extranjero.


Como se esperaba, la adopción de tales medidas obtuvo un resultado por demás satisfactorio, como se verá a continuación.

Entre los sujetos vigilados, se encontraba un tal Juan Carlini, que hará próximamente un año salió de la ciudad de Buenos Aires con dirección al Brasil, conduciendo billetes de esta nación, falsificados, y debido a un ardid de los que hubieron de comprarlos, se vio obligado a abandonarlos, huyendo de la autoridad policial acto continúo.

Como de la vigilancia que se observaba contra Carlini se hubiera comprobado que hacia frecuentes viajes a la Estación del Ferrocarril Central, donde en uno de ellos trabó relaciones con un señor desconocido, que a juzgar por su indumentaria demostraba ser habitantes de nuestra campaña, los señores Levratto y Russo acordaron llamar al último para interrogarlo acerca de las relaciones que lo ligaban a Carlini, obteniendo como única respuesta que lo desconocía en absoluto y sólo se le había aproximado ofreciéndole en venta billetes brasileños de curso legal a un precio inferior al del cambio corriente. Agregó que él no rehusó el negocio propuesto por Carlini por considerarlo conveniente a sus intereses.

Ante tal declaración, los señores Levratto y Russo se convencieron de que los billetes ofrecidos en venta eran falsos, por lo cual resolvieron hacerlo saber al futuro comprador para librarlo de la estafa que contra él se tramaba, conviniendo al mismo tiempo que debía aceptar la operación para facilitarle a la policía la ocasión de tomar en fragante delito a los falsificadores.

El señor Mariano González, que así resultó llamarse el desconocido no tuvo inconveniente en aceptar la proposición de los señores Levratto y Russo y a tal efecto se entrevistó de nuevo con Carlini para ultimar el negocio, y entonces éste último le presentó al individuo Sebastián Frasea, diciéndole que era con éste con quien debía entenderse por ser el verdadero dueño de los billetes ofrecidos en venta.

Frasca concertó la operación con González a condición de que los billetes se los entregaría en un paraje oculto, cláusula que rechazó González por indicación de los señores Levratto y Russo. Ante tal actitud, Frasca reaccionó y le propuso realizar la venta en el murallón existente en la calle Miguelete frente a la estación del ferrocarril Central donde ambos se dirigieron seguidos por los sabuesos de la policía de Investigaciones, que obedeciendo las órdenes de sus jefes no los perdían de vista.

En el preciso momento que Frasca entregaba a González un paquete de cien billetes de 50.000 reis cada uno y le decía tener para vender ochocientos más, le echaron el guante y condujeron a esta oficina a comprador y vendedor para efectuar la declaraciones indispensables.

Una vez en la Oficina de Investigaciones, Frasca no negó haber intentado vender los billetes en cuestión a González, pero agregó que ellos eran de propiedad de Juan Carlini quien se los dio para negociarlos. Aprehendido Carlini y sometido a un interrogatorio, expresó ser cierto que le había ofrecido en venta unos billetes a González, pero que lo hizo por encargo de Frasca.

Ahora bien: después de activas y hábiles investigaciones al respecto, la policía de Investigaciones obtuvo el convencimiento de que esos billetes son de la misma clase de los que, como ya dejamos dicho, intento vender en el Brasil Carllini y los cuáles sacaba de la ciudad de Buenos Aires donde se hace la falsificación y se entrega para la circulación.

Esta última circulación ha movido al señor Levratto para ponerse en comunicación con el señor Rossi, Comisario de Investigaciones de Buenos Aires, a objeto de poder apresar la placa y demás útiles de que hacían uso los falsificadores.

Por nuestra parte, hemos tenido ocasión de tener en nuestras manos uno de esos billetes y podemos afirmar que es de un parecido casi análogo a los legítimos. En lo único que se diferencia de éstos, es en la calidad del papel, que resulta algo inferior. Teniendo en cuenta estas circunstancias, es dable suponer que en la actualidad ellos circularan en el Brasil en gran cantidad, pues como dejamos dicho es muy difícil su comprobación.