Protestas maternales
Y lloriqueos fraternales
El Día.
27 de noviembre de 1904.
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I
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ndudablemente los muchachos vagabundos y
muchos que en realidad no lo son, aunque no parecen, pues sus cariñosas mamás y
sus respetables papás sólo se acuerdan de ellos cuando están presos, los
pilletes pandilleros, decíamos, estaban insufribles. No había judiada ni
picardía que no pusieran en ejecución, desde romperle el bautismo al más
pintado de una pedrada hasta poner en conmoción a todo un barrio atándole a un
perro una lata a la cola.
Era indispensable darles un escarmiento y
entonces el coronel Jerez se decidió por una de esas sorpresas que consisten en
desatar contra los muchachos vagabundos a una buena parte del personal de reten
de las comisarías, vestidos de particular, procediendo combinadamente con los
guardias civiles de turno y empleados superiores, éstos últimos como elemento
selecionario a fin de evitar posibles confusiones.
Ayer la sorpresa se realizó con tanta
habilidad que no quedó una rata en la calle que no cayera en las redes
policiales. La razzia principio a las
4 de la tarde y a las 8 de la noche había en los patios de la Jefatura nada
menos que 264 presos, remitidos por los comisarios de las ocho primeras
secciones urbanas.
Se explica la abundancia de pesca, pues ayer era un gran día para la
muchachada. Las plazas, las calles, las playas y los muelles, especialmente
estos últimos se hallaban rebosantes de juventud bullanguera, que ajena en
absoluto a la sorpresa que se les preparaba daban rienda suelta a su entusiasmo
de muchachos felices despampanando al prójimo de una pedrada o pasándose las
horas muertas dentro del mal oliente liquido de las costas.
Cuando los guardias civiles cayeron sobre
ellos, como una avalancha, muchos le jugaron risa, pues para dejarlos con tres
cuartas de narices les bastaba con sumergirse en aquello dónde se bañaban, y san se acabó. Pero no contaban con la
huéspedad, vale decir, con que habiéndose tomado las medidas tendientes a
evitar una escapatoria, de manera que
los que se escabullían como peces caían en poder de los empleados que recorrían
la costa en varias pequeñas embarcaciones.
Lo repetimos no se escapó ni una rata.
Una hora después, cuando ya la noticia de
la gran arriada había cundido, desparramáronse por los barrios más apartados,
principalmente a invadir el vestíbulo de la Jefatura los deudos de los
interesantes prisioneros, produciéndose entonces escenas verdaderamente
pintorescas.
Todos clamaban por sus hijos, por sus
hermanos, por sus primos y hasta por sus relaciones y al saber que los presos
no abandonarían la cárcel hasta que lo dispusiera así el Jefe Político hubo un
conato de rebelión pues a duras penas ser sofocado por los sargentos y guardias
civiles de servicio, sin poderse evitar, sin embargo que aquella buena gente se
obstinada en permanecer allí, cerquita de sus vástagos o sus consanguíneos
dispuestos a hacer causa común con ellos.
Las mamás protestaban, ¡y de qué manera!
Era una verdadera picardía lo que se estaba haciendo, los niños eran inocentes.
Las hermanas, menos violentas y más sensibles, lloriqueaban. Nunca habían
querido tanto y tan hondamente a sus hermanos!...
A las 9 de la noche se les dio una buena
noticia, los presos serían puestos en libertad a las 11, debiendo cada deudo
dar un recibo y recoger la notificación de que la reincidencia sería
severamente castigada.
La noticia produjo honda impresión y hubo
de dar lugar a otro tumulto, pero esta vez provocado por las legítimas
expansiones maternales y fraternales.
Una preocupación abatió algo el entusiasmo
de aquella buena gente. Los chicos tendrían que pasar sin comer hasta las 11 de
la noche, ¡los pobrecitos!... Pero esa preocupación desapareció como por
encanto, al manifestarse que los presos no corrían el peligro de morirse de
hambre, pues habían sido convenientemente racionados.
La policía cumplió su palabra, pues a las
11 en punto de la noche se comenzó a dar libertad a los prisioneros y a las dos
de la mañana, cuando el que estas líneas escribe abandono la Jefatura, aquellos
continuaban saliendo, saliendo empachados de sueño, llevados casi todos de la
mano por sus padres como si temiera, una repetición de la razzia, y la terrible perspectiva de una noche toledana…

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