sábado, 20 de mayo de 2017

Ser periodista, es peligroso

Ser periodista, es peligroso










S
i bien se había producido el alejamiento de Latorre, desde la sombra comienza asomarse una nueva luz…

La asunción del Dr. Francisco Antonio Vidal a la Presidencia de la República calmó los ánimos de mucha gente… pero cuando se acercan los períodos electorales el clima se pone más denso.


En estos momentos se da la presencia de la pluma en el periodismo político de José Batlle y Ordóñez; “La agitada crisis que ha creado al país el coronel Santos con sus inauditos escándalos, exige una inmediata solución que devuelva la tranquilidad perturbada con los últimos acontecimientos.
Y esa solución está en manos de S. E. el señor Presidente de la República, sobre quien recae directamente la responsabilidad de los males actuales.


         El doctor Vidal no ejerce voluntariamente o cegado por un temor inexplicable; se ha entregado atado de pies y manos al Coronel Santos, quien en su nombre, hace y deshace, inspirándose en censuras caprichosas y en sus detestables instintos.

Estamos tan mal habituados desde 1875, que se encuentra como la cosa más natural, el que un Jefe derroque gobiernos valiéndose del Ejército como instrumento de motín.

Creemos que ese tiempo ha pasado ya. Lo que Latorre pudo hacer con su prestigio, no lo alcanzara Santos, cuya talla de caudillo no sobrepasa el nivel común de los militares que están en posición”.[1]

El 20 de mayo de 1881, se produce una mazorcada, a las 2 de la tarde es víctima de un atentado el Dr. Carlos Sáenz de Zumarán en la esquina de Sarandí y Misiones.  

Al frente del grupo iba Francisco Belén, por delante de ellos los funcionarios policiales que obligaban a los vecinos a cerrar las puertas y ventanas de las casas, de tal forma de que no fueran testigos de los acontecimientos.
Al día siguiente aparece una hoja suelta de La Idea, denunciando los atentados del día anterior. “Esta hoja representa el número 765 de La Razón, y si el puñal asesino no viene hoy a sellar nuestros labios, mañana aparecerá el número 766”.

Por su parte el diario El Heraldo que dirige Julio Herrera y Obes expresa: “…la autoridad estaba ciega, sorda, muda, coja y manca; tenía la parálisis de la complicidad”.
Para señalar bien la procedencia oficial del atentado, Batlle, Anacleto Dufort y Álvarez se presentan a la Jefatura de Policía reclamando la entrega de los despojos de La Razón, empastelada y secuestrada”.[2]

Esta acción mazorquera dejo el saldo de una víctima, Esteban Fontán, las consecuencias inmediatas fueron corridas de varias personas a las legiones porque creían que regresaban tiempos funestos, que comenzaba a funcionar un plan sangriento.

Todo fue una falsa alarma, el resultado buscado con la mazorcada no deparo el efecto deseado por los autores. Los redactores como Anacleto Dufort y Álvarez; Alberto Palomeque –La Tribuna Popular-; “Mientras la fuerza bruta no ahogue nuestra voz, decía “La Razón”, continuaremos como siempre sin miedos en el alma y sin temores en el corazón”.[3]

Más de 600 personas se hicieron presentes en el sepelio de Fontán; le correspondió al Dr. Juan Carlos Blanco la realización de la oración fúnebre en el Cementerio Central; “Es un obrero que al caer marca la huella terrible de una situación sin ejemplo... la huella del crimen que… llega desbordando al banco del trabajo donde sin pasiones y sin odios brazos honrados dan forma imperecedera al pensamiento, elaborado en patrióticos espíritus... ¡Ah! no ha habido diques ni barreras morales pura la turba desenfrenada...  que se ha precipitado delirante sobre el hombre indefenso y el inerme industrial, sobre la idea simbolizada en el diario y las prensas, como medio de matar la libertad pública para consumar un atentado más grande todavía... Por eso la muerte de Esteban Fontán asume el carácter de un acontecimiento público que contrista a todos los ciudadanos sublevando la más justa de las indignaciones... Yo afirmo, mi conciencia así lo dicta, que no profano este recinto sino que pronuncio acentos de justicia cuando levanto mi voz para decir que es un crimen el que arrebata esta existencia, que en un gran crimen preparado y dirigido por un hombre que se llama Ministro de la Guerra de nuestro país el que hace abrir esta prematura tumba!

He ahí el epitafio de la lápida que cierra la corta vida de Esteban Fontán y que tal vez haya de inscribirse en otras igualmente humildes o fastuosas... ¿Abre o termina una época el obrero de “La Razón”?... Quizá lo diga el día de mañana con elocuencia aterradora... De todos modos confortémonos en el dolor que provoca otra muerte para que surja más probado y firme el corazón”.[4]

Por su parte el Fiscal Dr. Juan José Segundo, como consecuencias de la mazorcada le solicita al Juez del Crimen castigar a los autores de tal acto vandálico. “La Capital de la República, trémula de indignación y de vergüenza, decía en su  valiente escrito, ha presenciado ayer a media tarde y durante las primeras horas de la noche, los más vandálicos atentados. Bajo el garrote de aleves agresores cayó exánime, mal herido, en uno de los parajes más concurridos de la ciudad, el doctor Carlos Sáenz de Zumarán; y algunas horas más tarde varias imprentas fueron atacadas y destruidas a mano armada por una turba desenfrenada que acreditó sus brutales instintos atentando a la vida de inermes cajistas. Ese atentado, señor Juez, o mejor dicho, esta serie de atentados inauditos, ha escandalizado tanto más a la población cuanto que la manifestación mazorquera que los llevó a cabo se organizó a las barba de la Policía y vino más tarde a disolverse, después de consumar su inicua y memorable hazaña, en la plaza Constitución, vale decir a las mismas puertas del Cabildo. Esto lo ha presenciado el infrascrito y gran número de vecinos do la citada plaza y de sus inmediaciones”.[5]



Tanto los directores como los redactores de: El Siglo, La Razón, El Plata, La Colonia Española, La España, Diario del Comercio, E1 Telégrafo Marítimo, La Tribuna Popular, El Heraldo, L'Ura Italiana, El Bien Público, La Patria, El Negro Timoteo y La Democracia, realizan en forma conjunta una protesta; “Con motivo de la situación extraordinaria en que se halla el país, hemos resuelto consagrar en un acto colectivo la protesta individual que hemos hecho en los diarios que respectivamente dirigimos y redactamos contra los atentados que han conmovido esta sociedad y contra la impunidad en que los ha dejado hasta ahora la autoridad, cuya protesta colectiva formulamos a nombre de la prensa independiente como institución social directamente amenazada en su existencia.

El proceso, escribía El Plata comentando el escrito del doctor Segundo, está iniciado. La mano sangrienta del Ministro que manejaba los hilos del crimen está solemnemente denunciada ante la Justicia por la palabra oficial del Ministerio público... ¿Qué ha querido el coronel Santos, al decretar las furias de sus satélites pobre la sociedad a quien tiene consternada?... No hay nadie que pueda lo que puede un pueblo... Donde caiga una imprenta surgía otra, donde muere un ciudadano libre, se alzarán otros ciudadanos y otros periodistas libres, y contra la fuerza del militarismo prevalecerán en definitiva la fuerza y la voluntad del pueblo. Así, el que -ha soñado con la cumbre, será precipitado a la cima del abismo... Es el voto del pueblo, es la justicia de Dios!”.[6]

Cuando se estaba produciendo el triste acontecimiento de empastelamiento y muerte de Esteban Fontán, en la Cámara de Diputados, se hicieron sentir voces de protestas contra la mazorca; el diputado Francisco Bauza solicita el nombramiento de una comisión para hablar con el Presidente de la República, con el fin de manifestarle; “el disgusto y la alarma con que esta honorable corporación ha recibido las noticias que han llegado hasta ella respecto de atentados a personas y establecimientos de Montevideo, y que requiere del Poder Ejecutivo que los perpetradores de tales atentados, sean quienes fueron, caigan bajo el imperio de la ley para ser penados como ella ordena”.[7]

Al ser recibidos por el Presidente Vidal, ya tenía conocimiento de los acontecimientos, y ya había mandado llamar al Jefe de Policía, para que actuara según las circunstancias lo determinara y proceder a la aprehensión de los autores.

Por su parte el Jefe Político, Leonidas Barreto, establecía; hubo de ser arrastrado por las calles el jefe del Cuerpo de Serenos, consideraba que en adelante; “…que él habla visto los grupos reunidos en la plaza Constitución, pero que no había adoptado contra ellos ninguna medida en la creencia de que tenían relación con los asuntos de que se estaba ocupando la Cámara de Diputados. Agregaba, y esa era la consulta, que en presencia de lo ocurrido y de una manifestación anterior en que hubo de se debía la Policía exigir que las reuniones populares fueran presididas por un directorio que recabarla el permiso respectivo y que se responsabilizaría a la vez por los desacuerdos y atropellos que pudieran ocurrir”.[8]

Por su parte la Cámara de Diputados se comprometía en la elaboración de una ley que reglamentara el derecho de reunión, y a su vez veían con buenos ojos las medidas adoptadas por el ejecutivo, las mismas eran la promesa de buscar y castigar a los autores de los acontecimientos.


El castigo quedo en la nada, dado quienes tenían que investigar era parte de los que cometieron la mazorcada, y más aún si su jefe tenía entorchados de teniente coronel. Y la ley prometida termino siendo una mordaza para la prensa.

Fue solamente una tregua, dado que en agosto de 1881 volvieron las mazorcadas y empastelamientos a las imprentas. En esta ocasión le correspondió a los diarios independientes de Melo; La República y El Nacionalista. Juan D. Coronel, director de La República, publico denunciando que la mazorcada a su local había ocurrido  en las narices de la autoridad en el centro de la ciudad, sin que estas actuaran.

Ahora le correspondió a la capital, en setiembre; “Estamos en nuestro puesto, escribían los redactores de “La Razón” al comentar esos rumores, y en él permaneceremos mientras sea humanamente posible, con la tranquilidad del que cumple con su deber, sin miedos en el corazón y sin vértigos en la mente”.[9]

Batlle tiene un fugaz pasaje por el diario La Lucha, que era de propiedad de Benjamín Fernández y Medina. Desde sus páginas fustiga a Santos, quedando prácticamente solo en esa campaña contra el tirano. Era norma por parte de los diarios, en aquella época en que la ley y la justicia brillaban por su ausencia, cerrar sus puertas con pesadas trancas, que se abrían solamente tras dar previo aviso de santo y seña. Sobre la mesa de trabajo, además de los elementos necesarios para escribir, se encontraban los revólveres tantos como redactores.

“Una noche Batlle llegó un poco tarde a la imprenta. Acababa de hacer un largo recorrido a pie para llegar a su destino. Llovía y soplaba el viento. Había atravesado las calles desiertas del Montevideo de aquella época sombría; y lo había hecho como  debía hacerlo los periodistas de oposición, por la calzada, o al menos junto al cordón de la vereda… Las manos en los bolsillos. Y en el bolsillo, el revólver. Ya próximo a la imprenta arreció el chaparrón. Batlle apresuró el paso: casi corría. Llegado a la puerta del edificio, dio varios aldabonazos. Quería que le abrieran pronto: se estaba mojando. Los golpes, dados con mano firme y pesada, resonaron en la casa. Un segundo de silencio. Luego un rumor de pasos, de carrera en el interior de las imprenta. Sillas que se mueven, mesas arrastradas. Voces de mando nerviosas, imperativas. Después, nuevo silencio. Y un hombre que pregunta: -¿Quién es? –Abran, soy yo, Batlle, dijo una voz tranquila desde afuera”.  El propietario del diario, temiendo sufrir la represaría de Santos, resuelve cerrar La Lucha lo que motivo el regreso de Batlle a La Razón”.[10]


Estos actos no tenían límite. Uno de los jefes de los mazorqueros ha hecho apuestas de que entre sábado y domingo “matara” a los redactores de La Razón y de El Plata y a otras personas. En esa lucha contra la prensa los sicarios del poder llegaron al grado de cometer un atentado en la casa del expresidente Lorenzo Batlle, en la espera confundieron a Luis por José Batlle y Ordóñez. Ante los ruidos de la puerta el General Lorenzo salió a la misma y por milagro no impacto en él la bala disparada por los sicarios.


En el mes de noviembre le correspondió al departamento de Florida al diario El Estanciero. Mientras que en Montevideo se intentó atentar contra la imprenta de El Bien Público, donde en el mismo local se imprimía El Plata. En este ambiente los señores Barros y Villalba toman la resolución de suspender su salida, el mismo destino tomo El Heraldo.

Lo curioso de toda esta persecución a la prensa el gobierno tomo la iniciativa de crear el Diario Oficial,[11] donde solamente en sus páginas toda la información de las oficinas públicas informarían a través de ellas. La resolución tuvo corta vida porque al poco tiempo las autoridades debieron realizar el decreto por la cual autorizaba a las oficinas públicas  brindar los datos a la prensa.



[1] La Razón. Mayo, 19 de 1881.
[2] Pelúas, Daniel- José Batlle y Ordóñez. EL HOMBRE. Montevideo. Fin de Siglo. 2001. p. 64.
[3] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo IV. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 187.
[4] Ídem. pp. 187-188.
[5] Ídem. p. 188.
[6] Ibídem.
[7] Ídem. pp.188-189.
[8] Ídem. p.189.
[9] Ídem. p.192.
[10] Peluas, Daniel- Ob. Cit. pp. 66-67.
[11]Antiguamente la difusión de las leyes y demás normas emanadas de los Poderes del Estado, se efectuaba a través de su inserción en la prensa o por publicaciones realizadas por recopiladores. El  1º de agosto de 1881 se publicó por primera vez y por disposición del Poder Ejecutivo de la época, el “Diario Oficial”, el cual, con interrupciones, se continuó editando hasta el 31 de Diciembre de 1891. 
Fue recién el 8 de mayo de 1905, cuando el entonces Presidente de la República José Batlle y Ordoñez, firmó un Decreto ordenando la edición bajo el título de “Diario Oficial” de una publicación que debería aparecer todos los días hábiles del año. La misma estaría destinada a las leyes, decretos y demás documentos provenientes de los organismos nacionales dependientes del Poder Ejecutivo. El 13 de setiembre de 1905 se publicó el primer ejemplar”. http://www.impo.com.uy/impo_historia.html