Ser
periodista, es peligroso
|
S
|
i bien se había producido el alejamiento de Latorre, desde
la sombra comienza asomarse una nueva luz…
La asunción del Dr. Francisco Antonio Vidal a la Presidencia de la República
calmó los ánimos de mucha gente… pero cuando se acercan los períodos
electorales el clima se pone más denso.
En estos momentos se da la presencia de la pluma en el periodismo
político de José Batlle y Ordóñez; “La
agitada crisis que ha creado al país el coronel Santos con sus inauditos
escándalos, exige una inmediata solución que devuelva la tranquilidad
perturbada con los últimos acontecimientos.
Y esa solución está
en manos de S. E. el señor Presidente de la República, sobre quien recae
directamente la responsabilidad de los males actuales.
El doctor Vidal no ejerce
voluntariamente o cegado por un temor inexplicable; se ha entregado atado de
pies y manos al Coronel Santos, quien en su nombre, hace y deshace, inspirándose
en censuras caprichosas y en sus detestables instintos.
Estamos tan mal
habituados desde 1875, que se encuentra como la cosa más natural, el que un
Jefe derroque gobiernos valiéndose del Ejército como instrumento de motín.
Creemos que ese tiempo
ha pasado ya. Lo que Latorre pudo hacer con su prestigio, no lo alcanzara
Santos, cuya talla de caudillo no sobrepasa el nivel común de los militares que
están en posición”.[1]
El 20 de mayo de 1881, se produce una mazorcada, a las 2
de la tarde es víctima de un atentado el Dr. Carlos Sáenz de Zumarán en la
esquina de Sarandí y Misiones.
Al frente del grupo iba Francisco Belén, por delante de
ellos los funcionarios policiales que obligaban a los vecinos a cerrar las
puertas y ventanas de las casas, de tal forma de que no fueran testigos de los
acontecimientos.
“Al día siguiente
aparece una hoja suelta de La Idea, denunciando los atentados del día anterior.
“Esta hoja representa el número 765 de La Razón, y si el puñal asesino no viene
hoy a sellar nuestros labios, mañana aparecerá el número 766”.
Por su parte el
diario El Heraldo que dirige Julio Herrera y Obes expresa: “…la autoridad
estaba ciega, sorda, muda, coja y manca; tenía la parálisis de la complicidad”.
Para señalar bien la procedencia oficial del
atentado, Batlle, Anacleto Dufort y Álvarez se presentan a la Jefatura de
Policía reclamando la entrega de los despojos de La Razón, empastelada y
secuestrada”.[2]
Esta acción mazorquera dejo el saldo de una víctima,
Esteban Fontán, las consecuencias inmediatas fueron corridas de varias personas
a las legiones porque creían que regresaban tiempos funestos, que comenzaba a
funcionar un plan sangriento.
Todo fue una falsa alarma, el resultado buscado con la
mazorcada no deparo el efecto deseado por los autores. Los redactores como Anacleto
Dufort y Álvarez; Alberto Palomeque –La Tribuna Popular-; “Mientras
la fuerza bruta no ahogue nuestra voz, decía “La Razón”, continuaremos como
siempre sin miedos en el alma y sin temores en el corazón”.[3]
Más de 600 personas se hicieron
presentes en el sepelio de Fontán; le correspondió al Dr. Juan Carlos Blanco la
realización de la oración fúnebre en el Cementerio Central; “Es un
obrero que al caer marca la huella terrible de una situación sin ejemplo... la
huella del crimen que… llega desbordando al banco del trabajo donde sin
pasiones y sin odios brazos honrados dan forma imperecedera al pensamiento,
elaborado en patrióticos espíritus... ¡Ah! no ha habido diques ni barreras
morales pura la turba desenfrenada...
que se ha precipitado delirante sobre el hombre indefenso y el inerme
industrial, sobre la idea simbolizada en el diario y las prensas, como medio de
matar la libertad pública para consumar un atentado más grande todavía... Por
eso la muerte de Esteban Fontán asume el carácter de un acontecimiento público
que contrista a todos los ciudadanos sublevando la más justa de las
indignaciones... Yo afirmo, mi conciencia así lo dicta, que no profano este
recinto sino que pronuncio acentos de justicia cuando levanto mi voz para decir
que es un crimen el que arrebata esta existencia, que en un gran crimen
preparado y dirigido por un hombre que se llama Ministro de la Guerra de nuestro
país el que hace abrir esta prematura tumba!
He ahí el epitafio de la lápida que cierra la corta
vida de Esteban Fontán y que tal vez haya de inscribirse en otras igualmente
humildes o fastuosas... ¿Abre o termina una época el obrero de “La Razón”?... Quizá
lo diga el día de mañana con elocuencia aterradora... De todos modos confortémonos
en el dolor que provoca otra muerte para que surja más probado y firme el
corazón”.[4]
Por su parte el Fiscal Dr. Juan José Segundo, como
consecuencias de la mazorcada le solicita al Juez del Crimen castigar a los
autores de tal acto vandálico. “La Capital de la República, trémula de
indignación y de vergüenza, decía en su
valiente escrito, ha presenciado ayer a media tarde y durante las
primeras horas de la noche, los más vandálicos atentados. Bajo el garrote de aleves
agresores cayó exánime, mal herido, en uno de los parajes más concurridos de la
ciudad, el doctor Carlos Sáenz de Zumarán; y algunas horas más tarde varias
imprentas fueron atacadas y destruidas a mano armada por una turba desenfrenada
que acreditó sus brutales instintos atentando a la vida de inermes cajistas.
Ese atentado, señor Juez, o mejor dicho, esta serie de atentados inauditos, ha
escandalizado tanto más a la población cuanto que la manifestación mazorquera
que los llevó a cabo se organizó a las barba de la Policía y vino más tarde a
disolverse, después de consumar su inicua y memorable hazaña, en la plaza
Constitución, vale decir a las mismas puertas del Cabildo. Esto lo ha
presenciado el infrascrito y gran número de vecinos do la citada plaza y de sus
inmediaciones”.[5]
Tanto los directores como los redactores de: El Siglo,
La Razón, El Plata, La Colonia Española, La España,
Diario del Comercio, E1 Telégrafo Marítimo, La Tribuna Popular,
El Heraldo, L'Ura Italiana, El Bien Público, La Patria,
El Negro Timoteo y La Democracia, realizan en forma conjunta una
protesta; “Con motivo de la situación extraordinaria en que se halla el
país, hemos resuelto consagrar en un acto colectivo la protesta individual que
hemos hecho en los diarios que respectivamente dirigimos y redactamos contra
los atentados que han conmovido esta sociedad y contra la impunidad en que los
ha dejado hasta ahora la autoridad, cuya protesta colectiva formulamos a nombre
de la prensa independiente como institución social directamente amenazada en su
existencia.
El proceso, escribía El Plata comentando el escrito del
doctor Segundo, está iniciado. La mano sangrienta del Ministro que manejaba los
hilos del crimen está solemnemente denunciada ante la Justicia por la palabra
oficial del Ministerio público... ¿Qué ha querido el coronel Santos, al
decretar las furias de sus satélites pobre la sociedad a quien tiene
consternada?... No hay nadie que pueda lo que puede un pueblo... Donde caiga
una imprenta surgía otra, donde muere un ciudadano libre, se alzarán otros
ciudadanos y otros periodistas libres, y contra la fuerza del militarismo
prevalecerán en definitiva la fuerza y la voluntad del pueblo. Así, el que -ha
soñado con la cumbre, será precipitado a la cima del abismo... Es el voto del
pueblo, es la justicia de Dios!”.[6]
Cuando se estaba produciendo el triste acontecimiento de
empastelamiento y muerte de Esteban Fontán, en la Cámara de Diputados, se
hicieron sentir voces de protestas contra la mazorca; el diputado Francisco
Bauza solicita el nombramiento de una comisión para hablar con el Presidente de
la República, con el fin de manifestarle; “el disgusto y la alarma con que
esta honorable corporación ha recibido las noticias que han llegado hasta ella
respecto de atentados a personas y establecimientos de Montevideo, y que
requiere del Poder Ejecutivo que los perpetradores de tales atentados, sean
quienes fueron, caigan bajo el imperio de la ley para ser penados como ella
ordena”.[7]
Al ser recibidos por el
Presidente Vidal, ya tenía conocimiento de los acontecimientos, y ya había
mandado llamar al Jefe de Policía, para que actuara según las circunstancias lo
determinara y proceder a la aprehensión de los autores.
Por su parte el Jefe Político,
Leonidas Barreto, establecía; hubo de ser arrastrado por las calles el jefe del
Cuerpo de Serenos, consideraba que en adelante; “…que él habla visto los
grupos reunidos en la plaza Constitución, pero que no había adoptado contra
ellos ninguna medida en la creencia de que tenían relación con los asuntos de
que se estaba ocupando la Cámara de Diputados. Agregaba, y esa era la consulta,
que en presencia de lo ocurrido y de una manifestación anterior en que hubo de
se debía la Policía exigir que las reuniones populares fueran presididas por un
directorio que recabarla el permiso respectivo y que se responsabilizaría a la
vez por los desacuerdos y atropellos que pudieran ocurrir”.[8]
Por su parte la Cámara de
Diputados se comprometía en la elaboración de una ley que reglamentara el
derecho de reunión, y a su vez veían con buenos ojos las medidas adoptadas por
el ejecutivo, las mismas eran la promesa de buscar y castigar a los autores de
los acontecimientos.
El castigo quedo en la nada, dado
quienes tenían que investigar era parte de los que cometieron la mazorcada, y
más aún si su jefe tenía entorchados de teniente coronel. Y
la ley prometida termino siendo una mordaza para la prensa.
Fue solamente una tregua, dado
que en agosto de 1881 volvieron las mazorcadas y empastelamientos a las
imprentas. En esta ocasión le correspondió a los diarios independientes de
Melo; La República y El Nacionalista. Juan D. Coronel,
director de La República, publico
denunciando que la mazorcada a su local había ocurrido en las narices de la autoridad en el centro
de la ciudad, sin que estas actuaran.
Ahora le correspondió a la
capital, en setiembre; “Estamos en
nuestro puesto, escribían los redactores de “La Razón” al comentar esos
rumores, y en él permaneceremos mientras sea humanamente posible, con la
tranquilidad del que cumple con su deber, sin miedos en el corazón y sin
vértigos en la mente”.[9]
“Batlle tiene un fugaz pasaje
por el diario La Lucha, que era de propiedad de Benjamín Fernández y Medina.
Desde sus páginas fustiga a Santos, quedando prácticamente solo en esa campaña
contra el tirano. Era norma por parte de los diarios, en aquella época en que
la ley y la justicia brillaban por su ausencia, cerrar sus puertas con pesadas
trancas, que se abrían solamente tras dar previo aviso de santo y seña. Sobre
la mesa de trabajo, además de los elementos necesarios para escribir, se
encontraban los revólveres tantos como redactores.
“Una noche Batlle llegó un poco tarde a la imprenta. Acababa de hacer
un largo recorrido a pie para llegar a su destino. Llovía y soplaba el viento.
Había atravesado las calles desiertas del Montevideo de aquella época sombría;
y lo había hecho como debía hacerlo los
periodistas de oposición, por la calzada, o al menos junto al cordón de la
vereda… Las manos en los bolsillos. Y en el bolsillo, el revólver. Ya próximo a
la imprenta arreció el chaparrón. Batlle apresuró el paso: casi corría. Llegado
a la puerta del edificio, dio varios aldabonazos. Quería que le abrieran
pronto: se estaba mojando. Los golpes, dados con mano firme y pesada, resonaron
en la casa. Un segundo de silencio. Luego un rumor de pasos, de carrera en el
interior de las imprenta. Sillas que se mueven, mesas arrastradas. Voces de
mando nerviosas, imperativas. Después, nuevo silencio. Y un hombre que
pregunta: -¿Quién es? –Abran, soy yo, Batlle, dijo una voz tranquila desde
afuera”. El propietario del diario,
temiendo sufrir la represaría de Santos, resuelve cerrar La Lucha lo que motivo
el regreso de Batlle a La Razón”.[10]
Estos actos no tenían límite. Uno
de los jefes de los mazorqueros ha hecho apuestas de que entre sábado y domingo
“matara” a los redactores de La Razón y de El Plata y a otras personas. En esa lucha contra la prensa los
sicarios del poder llegaron al grado de cometer un atentado en la casa del
expresidente Lorenzo Batlle, en la espera confundieron a Luis por José Batlle y
Ordóñez. Ante los ruidos de la puerta el General Lorenzo salió a la misma y por
milagro no impacto en él la bala disparada por los sicarios.
En el mes de noviembre le
correspondió al departamento de Florida al diario El Estanciero. Mientras que en Montevideo se intentó atentar contra
la imprenta de El Bien Público, donde
en el mismo local se imprimía El Plata.
En este ambiente los señores Barros y Villalba toman la resolución de suspender
su salida, el mismo destino tomo El
Heraldo.
Lo curioso de toda esta
persecución a la prensa el gobierno tomo la iniciativa de crear el Diario Oficial,[11]
donde solamente en sus páginas toda la información de las oficinas públicas
informarían a través de ellas. La resolución tuvo corta vida porque al poco
tiempo las autoridades debieron realizar el decreto por la cual autorizaba a las
oficinas públicas brindar los datos a la
prensa.
[1] La Razón. Mayo, 19 de 1881.
[2] Pelúas, Daniel- José Batlle y
Ordóñez. EL HOMBRE. Montevideo. Fin de Siglo. 2001. p. 64.
[3] Acevedo, Eduardo- Anales
Históricos del Uruguay. Tomo IV. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 187.
[7] Ídem. pp.188-189.
[8] Ídem. p.189.
[9] Ídem. p.192.
[11] “Antiguamente
la difusión de las leyes y demás normas emanadas de los Poderes del Estado, se
efectuaba a través de su inserción en la prensa o por publicaciones realizadas
por recopiladores. El 1º de agosto de 1881 se publicó por primera vez y
por disposición del Poder Ejecutivo de la época, el “Diario Oficial”, el cual,
con interrupciones, se continuó editando hasta el 31 de Diciembre de
1891.
Fue recién el 8 de mayo de 1905, cuando el entonces
Presidente de la República José Batlle y Ordoñez, firmó un Decreto ordenando la
edición bajo el título de “Diario Oficial” de una publicación que debería
aparecer todos los días hábiles del año. La misma estaría destinada a las
leyes, decretos y demás documentos provenientes de los organismos nacionales
dependientes del Poder Ejecutivo. El 13 de setiembre de 1905 se publicó el
primer ejemplar”. http://www.impo.com.uy/impo_historia.html

No hay comentarios:
Publicar un comentario