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miércoles, 15 de agosto de 2018

Atentado a Máximo Santos


Hay que tener sangre fría



En marzo de 1886 el país debía de encaminarse a la designación de un nuevo Presidente de la República, pero todo hacía pensar que en esta oportunidad los deseos no se hacían realidad.
Ya desde fin de año se escuchaban rumores de reelección, si esta no era posible se pondría en marcha el Plan b.

Designar al Dr. Francisco Antonio Vidal –le sonara el nombre al lector-. Constitucionalmente no había posibilidad de reelección del General Máximo Benito Santos Barbosa por lo cual se procedió a; “…marchó sobre rieles el plan de una ley por la cual se declararía que la incompatibilidad constitucional entre el cargo de legislador y el de militar no rezaba con los generales que carecieran de mando de fuerza o destino administrativo al tiempo de realizarse los comicios”.[1]

Si faltaba algo, se realizaron dos reuniones que fueron catalogadas como vergonzosas, por un lado la de los militares en el 5º de Cazadores, donde le transmiten a Santos su voto de confianza; y la otra en el salón de actos de la Dirección de Instrucción Primaria, donde un grupo de legisladores darían su voto al candidato propuesto por Santos.
Esto dio paso al plan b, se produce la proclamación de Vidal para la Presidencia de la República y la segunda jugada fue la votación en la legislatura permitiendo a los oficiales generales el cargo de parlamentario. ¿Qué maquinaria maquiavélica se instrumentó?

Nada de recurrir a una ilegalidad… casi aprontando el brindis de fin de año, el 30 de diciembre de 1885, por la ley Nº 1.854 se procede a la creación de nuestro último departamento, Flores. Claro ahora había que elegir Senador para dicho departamento, la honorable designación recayó en el General Máximo Santos, nada más y nada menos.
Y llegó el 1º de marzo, la Asamblea General determino con 53 votos a favor se impuso la candidatura del Dr. Francisco Vidal, imponiéndose a los 12 votos de Luis Eduardo Pérez y los 3 votos que obtuvieron otros ciudadanos.
Primera jugada del Presidente fue poner a Santos al mando de todas las fuerzas, pero dejando en claro que dependerían de él y no del Estado Mayor, ni del Ministro de Guerra. De esta forma se garantizaba su permanencia en el cargo…
Al estallar la revolución del Quebracho, esta encontró al Gral. Santos en su nueva función. Producida la derrota de la misma, Santos renuncia  a su cargo, para sumarse al Senado, de forma inmediata el Presidente de dicha cámara, Javier Laviña le deja la misma al General;
Acaba de ingresar en el Senado, el excelentísimo capitán general don Máximo Santos, en su carácter de senador por el Departamento de Flores. Él es el director de nuestro gran partido y ante esa figura no puedo permanecer por un momento más en el puesto que ocupo como Presidente de esta Honorable Cámara. Por esta razón renuncio la Presidencia porque tengo la firme convicción de que nadie mejor que él puede ocupar el puesto a que fui elevado por el voto de mis colegas”.[2]
Modestas fueron las palabras de Santos; “Soy el primer militar que tiene entrada en la Asamblea, pero merecido lo tengo porque ha sabido respetar a la Asamblea de mi tierra”.[3]
A los tres días de los acontecimientos en la Presidencia del Senado, el lunes 24 de mayo el Presidente Vidal presenta renuncia, entendiendo que la responsabilidad que había asumido era superior a sus fuerzas. Por lo tanto la Asamblea General toma la resolución de que automáticamente el Presidente del Senado pase a ocupar la Presidencia de la República. ¡Jugada y pico la del General!


No todo salía a pedido de Santos. En agosto se produce una reunión entre diputados de la minoría independiente, asistiendo: Juan Idiarte Borda, Benito M. Cuñarro, Pedro E. Carve, Alberto J. Munilla, Juan J. Lacaze, Jacinto de León, Isidro Viaña y Augusto Serralta, tomando la decisión de sacar un diario colorado independiente, bajo la denominación “La Libertad”.
Por lo tanto, Santos toma las medidas necesarias para impedir tal emprendimiento. Encomendó a uno de los secretarios de Presidencia, el Coronel Rodríguez dándole un mensaje a la Comisión Permanente. Como siempre acá aparece el choque de versiones; para el grupo de parlamentario fue; “…lo que había trasmitido el coronel Rodríguez era que el Presidente no permitiría la publicación del nuevo diario; que si “La Libertad” llegara a aparecer sus redactores serían tratados como traidores a la patria; que aunque había tolerado a la prensa de oposición hasta la licencia, estaba resuelto a emplear hasta el cuchillo con los diarios colorados de oposición; que el doctor Mendoza y sus compañeros tenían algún agravio, el general Santos estaba dispuesto a hacerse pedazos con cualquiera de ellos, debiendo advertirles que si la oposición que asomaba tenía por objeto combatir su personalidad después de haberlo soportado cuatro años, por cuatro años más tendrían que soportarlo”.[4]



La noche del martes 17 de agosto de 1886, no fue una noche más en la familia del General.  Acompañado de su hija Teresita, Máximo concurrió al Teatro Cibils –ubicado en la calle Ituzaingo casi Piedras-, a la representación de la ópera La Gioconda de 
Amilcare Ponchielli, siendo su figura máxima la diva italiana Eva Tetrazzini –rumores de  la época decían que era su amante-. El espectáculo comenzó a las 20:30 horas en punto, alrededor de las 21 horas, estando el primer acto en pleno desarrollo, se produce el descenso, vestido de gala de Máximo Santos de su carruaje. Al girar hacia su derecha, con la intención de  saludar a su amigo Tulio Freire –creador de la banda presidencial, y Santos es el primero en usarla-, del lado opuesto asoma el joven Gregorio Ortiz.  Acto seguido disparó un balazo a quemarropa  en la cara del Presidente de la República.


El agresor corrió de inmediato sin esperar ver el desenlace de su acción. Al encontrarse en la calle corrió hacia la esquina de Piedras para tomar por ella hacia la calle Treinta y Tres, había ganado unos segundos con lo imprevisto de su temeraria maniobra y además la reacción de uno de los guardias personales del presidente fue a perseguirlo, saltando del carruaje pero tropezó con su sable y cayó al suelo.

Perseguido por el teniente Gard y otros guardias; Ortiz en determinado momento se detuvo un instante y disparó contra sus seguidores, con tan mala suerte que no llega a dar en el blanco. Siguiendo lo planeado al llegar a la esquina de Treinta y Tres, se encontró con una gran sorpresa… su salvación no estaba…

En dicho lugar debía de encontrarse un caballo que debía estar esperándolo para su fuga. Fue una reacción inmediata. Todo se viene abajo, era caer en manos de sus perseguidores, o peor aún en las de Santos si es que no llego a concretar su plan.  Se puso el revolver Buildog de 12 milímetros que portaba sobre la sien y se suicidó. El fin probablemente sería el mismo.


Mientras tanto en el teatro, herido de gravedad pero sin peligro de vida, Santos se llevó las manos a la cara y tambaleó. Martínez que era el que comandaba la guardia de la artillería en el teatro esa noche, fue el primero en auxiliar al general.


¿Quién era ese temerario oriental que se jugó todas las cartas contra Santos?
Gregorio Saturnino Ortiz, nada más y nada menos que nieto de Juan Ortiz, uno de aquellos temerarios que llevaron adelante la hazaña de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales. Un joven de 24 años, que contaba con el grado militar de alférez, aunque para la historia paso a ser recordado como el Teniente Ortiz.
Otro detalle que no es nada menor y que puede llevarnos a la sorpresa total, al constatarse que era ahijado de Santos. Pero esto no queda ahí Gregorio había sido dado de baja del Ejército, motivado por una falta disciplinaria. Por intervención de su Padrino fue  reintegrado. Nada hacía pensar en el atentado porque en apariencia mantenía con su víctima excelentes relaciones. Sino recordemos unas líneas escritas en 1881; “Mi muy respetable padrino; con el debido respeto le dirijo la presente con el objeto de saludarle a Ud. y en ella participar a un padrino que le profeso el cariño de un padre. (...) Después de siete años sin darle un saludo personal le desearía que al recibo de la presente se halle gozando de una completa salud, que la mía no tiene novedad; para lo que guste mandar, sujeto a sus órdenes. (...) Sin más, reciba los finos recuerdos de éste su ahijado, que vive deseoso de verlo. Su atento y seguro S.L.S.M. Gregorio Ortiz”.[5]

¿Qué paso por la cabeza de Ortiz? No sabemos todo lo que digamos son conjeturas sin posibilidades de corroborarlas. Las mismas han sido presentadas desde el intento de buscar una inserción entre los intelectuales de la época, pero ahí se le presentaba su paradoja de integrar las fuerzas del opresor, y capaz se vio en la necesidad de demostrar discrepancia. 
Se dice que también estuvo con los antisantos en la ciudad de Buenos Aires, entre ellos se entrevistó el coronel blanco Juan Francisco Mena, y el militar colorado Nicasio Galeano; manifestándole su decisión de matar a Santos, por tal motivo recurría a ellos en pedido de apoyo. Galeano fue quien siguió un poco la “corriente”, entregándole el arma que luego empleó en el atentado.  

Se llega aponer en el tapete algún desaire por parte del General, alguna actitud o acción humillante y ofensiva de parte de la máxima autoridad, que llego al grado de no ser tolerada por el joven alférez.
Todo cuanto podemos decir, siempre estará en el plano de la especulación. Los móviles se los llevo Ortiz, no le dio chance a la justicia para hacer ningún tipo de averiguaciones. Por último repasemos la carrera de Ortiz:

El asesino Gregorio Ortiz

Foto de Juan Fitz Patrick

-          2 de junio de 1883, pasa de soldado de infantería a Sub-teniente de infantería;
-          12 de enero de 1884 fue sumariado, donde se dispone la baja absoluta del Ejército.
-          31 de marzo de 1884, es reincorporado como Alférez por orden del Superior Gobierno.
-          21 de abril de 1886, tiene la baja a pedido de Ortiz.

Santos salvó su vida pero sin duda el atentado fue un gran llamado de atención. Sus mejillas quedaron desfiguradas y le tomó cierto tiempo restablecerse de las heridas. Siendo curado donde hoy se encuentra el Museo Pedagógico, en Plaza Cagancha. “Dos clases de heridas había recibido el general Santos según el informe de los doctores Vidal, Rodríguez, Bosch y Brian, ambas en la cara y en la cavidad bucal: el agujero de entrada de una bala cónica ordinaria y cuatro desgarros, dilaceraciones o arrancamientos producidos por la explosión del proyectil. El pronóstico era reservado y las heridas muy graves aunque susceptibles de reparación “con las deformaciones consiguientes en un tiempo que no podía precisarse”. Terminaban su informe los médicos estableciendo que el general Santos al ser herido había pedido que no se hiciera daño a su heridor”.[6]




Las primeras acciones determinaron la conducción al Cabildo del capitán Bibiano Ortiz domiciliado en camino Suárez, -tío del agresor- , la misma suerte corrió toda una familia de la zona del Paso Molino de apellido Viriolo, por el hecho que Julián Viriolo estaba casado por Corina Ortíz –según el heridor estaba emparentados-.
Rápidamente la policía detuvo a algunas destacadas figuras de la oposición: Batlle y Ordoñez, Juan Campisteguy, Enrique Muñoz y Domingo Aramburú; fueron interrogados en presencia del fiscal de crimen Dr. C. Muñoz Anaya, había que hallar al autor intelectual del atentado, se veía la acción temeraria acometida por Ortiz había sido nada más que la mano ejecutora.
Los diarios oficialistas como La Nación, manifestaba que la prensa opositora fue la que armo la mano de Ortiz. O manifestaciones más duras de La Situación, Santos había perdonado a los revolucionarios del Quebracho, acusando lisa y llanamente a los directores de los diarios –El Día, La Razón y La Tribuna- el gobierno debería de haber procedido como en EE.UU. con los bandidos, colgarlos.
Sin llegar a nada claro, en vísperas de un nuevo aniversario de la Declaratoria de la Independencia, Santos ordenó el fin de toda investigación en la nota enviada terminaba diciendo; “Que Dios lo perdone como lo hubiera perdonado yo mismo”; al Juez de Crimen Dr. Joaquín del Castillo, el autor del atentado estaba muerto, y ahí acababa todo.


El Dr. Castillo le respondió a Santos el 25 de agosto; “Haciéndome, pues, intérprete de su generoso sentimiento y deseos, me he apresurado a excarcelar provisionalmente a todos los detenidos, que es cuanto me es dado hacer dentro de la órbita de mis deberes, no siéndome posible dictar el sobreseimiento, según lo desearía V. E. sin que antes lo solicite el señor Fiscal, caso de que no encuentre mérito para entablar acusación según así lo determina el artículo 198 del Código de Instrucción Criminal, a cuyo efecto le he dado vista del sumario, así como también de la carta de V. E., la cual demuestra que aun sufriendo en el lecho del dolor, tiene solamente palabras de perdón y olvido para con aquellos que han atentado contra su existencia”.[7]

El jueves 14 de octubre Santos reasumió sus funciones presidenciales, con su regreso se insistió en lograr la aprobación de una ley de prensa que instalaba la censura. El ambiente no era el mejor se volvía crecientemente espeso; José Batlle y Ordoñez busco nuevos aires en la ciudad de Buenos Aires y Emilio Lecor, director del diario La Tribuna, los esbirros del gobierno lo atacaron a golpes. El Parlamento, manteniendo su conducta siempre dócil al general, término aprobando la ley.  Las consecuencias políticas fueron inmediatas, se produce la inmediata dimisión de todos los ministros con excepción de Tajes.

Ante esta nueva realidad Santos no tuvo otro camino que abrir el abanico a la oposición, haciendo un ofrecimiento al Dr. José Pedro Ramírez ser el Ministro de Gobierno, probablemente  por ser un connotado de sus adversarios principistas, siendo dirigente del Partido Constitucional.
El 31 de octubre se produce una reunión entre Ramírez y Santos, el primero se mostró dispuesto a aceptar el cargo, pero siempre y cuando se cumplieran determinadas condiciones:
ü  la prohibición de la reelección del presidente por cualquier medio;
ü  derogar la “ley-mordaza”; prohibición de levas forzosas;
ü  cambios en el personal policial y
ü  reincorporación al ejército de oficiales opositores destituidos por razones políticas.

Santos aceptó y el 4 de noviembre de 1886 se constituye el llamado “Ministerio de Conciliación”, integrado por figuras de la oposición: José P. Ramírez, Juan Carlos Blanco y Aureliano Rodríguez Larreta. El 18 de noviembre presentó la renuncia ante el Parlamento, aduciendo razones de salud. La misma fue aceptada de inmediato, y se designó ese día como Presidente de la República al Teniente General Máximo Tajes, para terminar el período constitucional.
El domingo 28, Santos se embarca en el vapor Nord-América rumbo a Brasil para después hacerlo para Europa –se dice que en el viejo continente consulto en París a especialista dado su problema cardíaco-, siendo acompañado por un grupo de civiles y jefes militares. Estos últimos decidieron rendirle honores, que fueron cuestionados por algunos ministros civiles entre ellos Ramírez.
Tajes tuvo que tomar cartas en el asunto y relevar del mando al Jefe de Policía de Montevideo, el Coronel León de Tezanos, porque su firma iniciaba un manifiesto junto con otros oficiales superiores, que manifestaban su adhesión a Santos y criticaba a la prensa que lo combatía.

Máximo Santos pretendió regresar en 1887, pero un decreto firmado por Tajes se lo impidió y lo desterró, con el absurdo pretexto de que su vida corría peligro, enviando al Parlamento el siguiente mensaje;
Es por demás notoria la excitación pública que han producido las noticias trasmitidas desde Europa, de hallarse el capitán general y senador don Máximo Santos, en viaje de regreso al territorio nacional. La alarma y la agitación, creciendo de día en día, toman proporciones gravísimas, amenazando convertirse en un acto de conmoción y perturbación del orden público, que puede llegar en la explosión de los odios populares a poner en peligro la vida del mismo capitán general Santos…”.[8]  

Por su parte Francisco Bauzá y Juan Zorrilla de San Martín –que en el pasado habían mantenido una tenaz oposición al régimen santista- pusieron de manifiesto la ilegalidad absoluta de dicha decisión, refrendada por la Asamblea General, que privaba del derecho a residir en su patria a quien no estaba acusado de delito alguno y continuaba siendo senador de la República. Pero todo fue en vano.

A mediados de febrero se produce el arribo del vapor Matteo Bruzzo, en el que venía Santos, le correspondió al Coronel Olave notificarle la ley de extrañamiento. Por lo tanto Santos simplemente se dispone a tomar otro crucero para realiza un periplo en Petrópolis, luego Río de Janeiro y en julio de 1887 se radica en Buenos Aires, sin antes de hacer un nuevo intento por desembarcar en Montevideo. En esta oportunidad el barco que lo traía fue interceptado en la isla de Flores, por lo que se vio obligado a continuar rumbo a Buenos Aires.
El 19 de mayo de 1889 se produce su fallecimiento, como consecuencia de la ruptura de un aneurisma de aorta, cuando tenía 42 años. Siendo trasladado a Montevideo, velado en su casa de la Av. 18 de Julio y enterrado con gran pompa en el Cementerio Central, asistiendo el Presidente de la República, cuerpo diplomático y altos funcionarios públicos.

Palacio Santos, Av. 18 de Julio. Actualmente sede del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Quinta de Santos, hoy Museo de la Memoria.

El tiempo pasara, pero siempre estará la duda.
Del señor Batlle y Ordóñez
EL TIRO A SANTOS
La carta de Ortiz

El artículo del señor Paullier en que se refiere al tiro a Santos parece estar lleno de reticencias. Hay cosas que no se dicen en él; pero que podría creerse que despuntan... Por si ha querido decirlas, voy a darlas por dichas, y a contestarlas como si se me hubiesen imputado.
Se hace notar que no publiqué la carta que me escribió Ortiz sino meses después de su muerte y tres o cuatro días después de haber sido desterrado Santos, aún cuando la recibí a los quince días de haber sido escrita. Todo es exacto. Pero todo tiene una explicación muy diferente de la que podría hallarse en el miedo de publicarla, y, al mismo tiempo, muy clara. Para demostrar esto tendré que hacer una pequeña historia de esa carta.
Ortiz, como se ve en ella, tenía alguna esperanza de salvarse, y creía que, muerto Santos, él podría estar oculto, pero sin medios de salir de su escondrijo; que, según lo que yo he podido colegir después, debía estar situado en la iglesia de San Francisco o en sus inmediaciones. Me dirigió su carta para que yo pusiese los medios que él necesitaba, y no pensó mal en depositar en mí la esperanza de su salvación, porque yo hubiera hecho todo el esfuerzo de que era capaz para lograrla. He creído siempre que el tiranicidio es santo (no vaya a creer el señor Paullier que soy católico como él porque empleo esta palabra, a la que doy más excelso sentido que el católico); no he podido dejar de ver que da muchas veces resultados más completos que las revoluciones y ahorra, por el sacrificio de uno que llega al más alto grado de la abnegación, el sacrificio de multitudes inocentes. Habría sido, pues, lógico que yo hubiese hecho por salvar a Ortiz cuanto de mí hubiera dependido, y llamado a cumplir aquel deber me hubiese sentido deshonrado al no hacerlo.
La carta había sido confiada a un hijo del general Pagola, pariente de Ortiz, y Santos supo o sospechó, no sé cómo, que existía. La señora viuda de aquel jefe fue llevada a la cárcel con sus hijos, y su casa registrada varias veces. Pero no fue descubierto el escondite de la carta que había sido enterrada en el gallinero.
Si el filósofo, señor Paullier, ha supuesto otras causas que pudieran perjudicarme por el hecho de que no se publicara esa carta mientras Santos dispuso del poder, confiese que no ha andado muy listo al no pensar que pudo deberse ese hecho al propósito de no comprometer a la señora viuda de Pagola y a sus hijos, o al deseo de no verme yo sometido sin necesidad a los martirios de la Inquisición, si publicándola, inmediatamente no decía cómo había llegado a mis manos.
Otra razón, que siempre pesó en mi ánimo, pude tener para no publicar la carta, una razón de dignidad y de soberbia ante la tiranía: la de no presentar excusas al tirano, pues de la parte de la carta de Ortiz que el señor Paullier no ha publicado, claramente se deduce que esa complicidad nunca existió.
Santos me creyó siempre cómplice de Ortiz, y estallaba en furores contra mi, cuando la herida, que nunca curó bien, lo atormentaba. Una vez, en la Plaza Independencia, yendo yo a pie por la vereda de la orilla y dirigiéndose él, en carruaje, a la Casa de Gobierno, sacó fuera medio cuerpo, y me amenazó repetidas veces con la mano. Sus diarios me trataron por aquel tiempo con la más grande procacidad, y en todo momento me seguían sus esbirros. Entre las personas que firmaron publicaciones contra mí por orden de Santos se hallaba un coronel Muelas, de Soriano, de quien aquél se hacía acompañar algunas veces, cuando salía en carruaje, debido a la reputación de valeroso que este jefe tenía. Habían mediado padrinos, y la relación entre él y yo era de gran violencia. Así las cosas, una noche, siendo aún temprano, en la equina sud de la calle de Sarandí adyacente a la Plaza Independencia, Mateo Magariños Veira, que era entonces redactor de EL DÍA y de mi estrecha relación me dijo: Aquél que viene allá es Muelas.
Lo observamos y, notándolo él, se situó frente a nosotros, junto a la casa que era entonces de los hermanos Blengio Rocca; y habiendo entrado nosotros en la Plaza lentamente, se dirigió hacia mí, a paso bastante rápido, con ambas manos en los bolsillos del saco. Tenía aquello todo el aspecto de una agresión que yo, por otra parte esperaba, y que traté de repeler avanzando hacia él, dirigiéndole algunas palabras, poniéndole la mano izquierda en el pecho y abocándole con la otra mi revólver.
Fue una sorpresa para mí. Muelas no movió una mano, ni hizo un gesto; pero en voz baja y firme me dijo: No sea tonto!...No sea tonto! ... No me comprometa! ... Y siguió camino por el centro de la plaza, continuando yo el mío detrás de él y tratando de explicarme lo ocurrido. En el centro de la plaza se me aproximó un joven que yo no conocía y que me dijo: Batlle, cuente conmigo; estoy con Vd. y estoy armado. Sólo muchos años después supe que era Benjamín Pereyra, padre del actual diputado Pereyra Bustamante.
Llegado al Expreso Americano, establecimiento que, como antes he dicho pertenecía a mi amigo Juan Arturo Smith, y situado en la vereda norte de la calle 18 de Julio, antes de pasar a la calle de Andes, entré en él, mientras que Muelas se alejaba. Allí, un rato después, recibí un mensaje de éste, que me trajo Pedro Avila Veira, amigo mío, con quien Muelas se había encontrado en la calle de 18.
Me mandaba decir Muelas que no lo provocara; que él jamás me provocaría, pero que me cuidara mucho porque había otras personas que, como él, tenían el encargo de agredirme. Que Santos, cuando salía con él en carruaje y se sentía muy incomodado por la herida, se deshacía en improperios contra mi, pues me creía cómplice de Ortiz, y no hablaba sino de castigarme y de vengarse.
He relatado este episodio porque demostrará al señor Paullier que, estableciendo Ortiz, en su carta, que personalmente no me conocía, yo habría tenido interés, no en ocultar esa carta, sino en que la conociera Santos.
EL DÍA- viernes 30 de diciembre de 1921

El Teniente Ortiz
Tabaré Etcheverry


cantado:
Termina el Setenta, vidalita
con el Principismo,
se vienen las botas, vidalita
y el militarismo.

recitado:
La Barca Puig, se van
los patriotas orientales
se acaban las libertades
y vienen los militares.
El primero fué Latorre,
dictador y Coronel,
le abrió la puerta al progreso
y al capitalismo Inglés.

cantado:
Pero el ser tirano, vidalita
de nada le vale
que los hombres libres, vidalita
son ingobernables.

recitado:
Emigra Latorre, viene Santos,
General de brillantes entorchados,
sápatra sangriento que consigue
derrotar a los patriotas en Quebracho.
Mas por suerte hay soldados que comprenden
que obediencia no és lo mismo que deber,
el llamado de la patria suena fuerte
y hay un Teniente que saber responder.

cantado:
Quiero ser de acero duro
corazón de plomo puro,
así.
Me pondré de frente al tirano
para darle a mi mano
fin.
Hoy se dice que un coche
hasta el teatro irá esta noche
a oír.
Pero la vez la Gioconda
va a encontrarse con mi sombra,
así.
Se enfrentó con él tirano
y la boca fue el disparo,
aquél.
Y otra bala con su nombre
llevaba dispuesta el hombre
para él.
Por Piedras y Treinta y Tres
ningún recuerdo hallaré
de ti.
Pero si diré la gente
aqui se mató el Teniente
por ti.
Descendiente de un valiente
que fué uno de los Treinta y
Tres.
Rescataste su bandera
para hacerle a la leyenda
fiel.
Nunca te hicieron honores
ni redoblaron tambores
por ti.
Que balear dictadores
no acostumbran señores
de quepis.
Cuando hagamos nuestra historia
honraremos tu memoria
al fin.
Llamaremos a revista
empezando a pasar lista
así.
Cuando no digas - presente -
y pregunten, ¿y el Teniente
Ortiz?
No dirán, se fué de casa
con la abarga, con la lanza
y el rocín.
(bis)


*La obra musical “Crónica de Hombres Libres” (1972)




[1] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo IV. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 272.
[2] Ídem. p. 273.
[3] Ibídem. p. 273.
[4] Ídem. p. 279.
[6] Acevedo, Eduardo- Ob. Cit. p. 279.
[7] Pivel Devoto, Juan E.- La amnistía en la tradición nacional. Montevideo. 1984. Biblioteca “Por la Patria”. p. 218.
[8] Tomo 4. P. 384.

sábado, 20 de mayo de 2017

Ser periodista, es peligroso

Ser periodista, es peligroso










S
i bien se había producido el alejamiento de Latorre, desde la sombra comienza asomarse una nueva luz…

La asunción del Dr. Francisco Antonio Vidal a la Presidencia de la República calmó los ánimos de mucha gente… pero cuando se acercan los períodos electorales el clima se pone más denso.


En estos momentos se da la presencia de la pluma en el periodismo político de José Batlle y Ordóñez; “La agitada crisis que ha creado al país el coronel Santos con sus inauditos escándalos, exige una inmediata solución que devuelva la tranquilidad perturbada con los últimos acontecimientos.
Y esa solución está en manos de S. E. el señor Presidente de la República, sobre quien recae directamente la responsabilidad de los males actuales.


         El doctor Vidal no ejerce voluntariamente o cegado por un temor inexplicable; se ha entregado atado de pies y manos al Coronel Santos, quien en su nombre, hace y deshace, inspirándose en censuras caprichosas y en sus detestables instintos.

Estamos tan mal habituados desde 1875, que se encuentra como la cosa más natural, el que un Jefe derroque gobiernos valiéndose del Ejército como instrumento de motín.

Creemos que ese tiempo ha pasado ya. Lo que Latorre pudo hacer con su prestigio, no lo alcanzara Santos, cuya talla de caudillo no sobrepasa el nivel común de los militares que están en posición”.[1]

El 20 de mayo de 1881, se produce una mazorcada, a las 2 de la tarde es víctima de un atentado el Dr. Carlos Sáenz de Zumarán en la esquina de Sarandí y Misiones.  

Al frente del grupo iba Francisco Belén, por delante de ellos los funcionarios policiales que obligaban a los vecinos a cerrar las puertas y ventanas de las casas, de tal forma de que no fueran testigos de los acontecimientos.
Al día siguiente aparece una hoja suelta de La Idea, denunciando los atentados del día anterior. “Esta hoja representa el número 765 de La Razón, y si el puñal asesino no viene hoy a sellar nuestros labios, mañana aparecerá el número 766”.

Por su parte el diario El Heraldo que dirige Julio Herrera y Obes expresa: “…la autoridad estaba ciega, sorda, muda, coja y manca; tenía la parálisis de la complicidad”.
Para señalar bien la procedencia oficial del atentado, Batlle, Anacleto Dufort y Álvarez se presentan a la Jefatura de Policía reclamando la entrega de los despojos de La Razón, empastelada y secuestrada”.[2]

Esta acción mazorquera dejo el saldo de una víctima, Esteban Fontán, las consecuencias inmediatas fueron corridas de varias personas a las legiones porque creían que regresaban tiempos funestos, que comenzaba a funcionar un plan sangriento.

Todo fue una falsa alarma, el resultado buscado con la mazorcada no deparo el efecto deseado por los autores. Los redactores como Anacleto Dufort y Álvarez; Alberto Palomeque –La Tribuna Popular-; “Mientras la fuerza bruta no ahogue nuestra voz, decía “La Razón”, continuaremos como siempre sin miedos en el alma y sin temores en el corazón”.[3]

Más de 600 personas se hicieron presentes en el sepelio de Fontán; le correspondió al Dr. Juan Carlos Blanco la realización de la oración fúnebre en el Cementerio Central; “Es un obrero que al caer marca la huella terrible de una situación sin ejemplo... la huella del crimen que… llega desbordando al banco del trabajo donde sin pasiones y sin odios brazos honrados dan forma imperecedera al pensamiento, elaborado en patrióticos espíritus... ¡Ah! no ha habido diques ni barreras morales pura la turba desenfrenada...  que se ha precipitado delirante sobre el hombre indefenso y el inerme industrial, sobre la idea simbolizada en el diario y las prensas, como medio de matar la libertad pública para consumar un atentado más grande todavía... Por eso la muerte de Esteban Fontán asume el carácter de un acontecimiento público que contrista a todos los ciudadanos sublevando la más justa de las indignaciones... Yo afirmo, mi conciencia así lo dicta, que no profano este recinto sino que pronuncio acentos de justicia cuando levanto mi voz para decir que es un crimen el que arrebata esta existencia, que en un gran crimen preparado y dirigido por un hombre que se llama Ministro de la Guerra de nuestro país el que hace abrir esta prematura tumba!

He ahí el epitafio de la lápida que cierra la corta vida de Esteban Fontán y que tal vez haya de inscribirse en otras igualmente humildes o fastuosas... ¿Abre o termina una época el obrero de “La Razón”?... Quizá lo diga el día de mañana con elocuencia aterradora... De todos modos confortémonos en el dolor que provoca otra muerte para que surja más probado y firme el corazón”.[4]

Por su parte el Fiscal Dr. Juan José Segundo, como consecuencias de la mazorcada le solicita al Juez del Crimen castigar a los autores de tal acto vandálico. “La Capital de la República, trémula de indignación y de vergüenza, decía en su  valiente escrito, ha presenciado ayer a media tarde y durante las primeras horas de la noche, los más vandálicos atentados. Bajo el garrote de aleves agresores cayó exánime, mal herido, en uno de los parajes más concurridos de la ciudad, el doctor Carlos Sáenz de Zumarán; y algunas horas más tarde varias imprentas fueron atacadas y destruidas a mano armada por una turba desenfrenada que acreditó sus brutales instintos atentando a la vida de inermes cajistas. Ese atentado, señor Juez, o mejor dicho, esta serie de atentados inauditos, ha escandalizado tanto más a la población cuanto que la manifestación mazorquera que los llevó a cabo se organizó a las barba de la Policía y vino más tarde a disolverse, después de consumar su inicua y memorable hazaña, en la plaza Constitución, vale decir a las mismas puertas del Cabildo. Esto lo ha presenciado el infrascrito y gran número de vecinos do la citada plaza y de sus inmediaciones”.[5]



Tanto los directores como los redactores de: El Siglo, La Razón, El Plata, La Colonia Española, La España, Diario del Comercio, E1 Telégrafo Marítimo, La Tribuna Popular, El Heraldo, L'Ura Italiana, El Bien Público, La Patria, El Negro Timoteo y La Democracia, realizan en forma conjunta una protesta; “Con motivo de la situación extraordinaria en que se halla el país, hemos resuelto consagrar en un acto colectivo la protesta individual que hemos hecho en los diarios que respectivamente dirigimos y redactamos contra los atentados que han conmovido esta sociedad y contra la impunidad en que los ha dejado hasta ahora la autoridad, cuya protesta colectiva formulamos a nombre de la prensa independiente como institución social directamente amenazada en su existencia.

El proceso, escribía El Plata comentando el escrito del doctor Segundo, está iniciado. La mano sangrienta del Ministro que manejaba los hilos del crimen está solemnemente denunciada ante la Justicia por la palabra oficial del Ministerio público... ¿Qué ha querido el coronel Santos, al decretar las furias de sus satélites pobre la sociedad a quien tiene consternada?... No hay nadie que pueda lo que puede un pueblo... Donde caiga una imprenta surgía otra, donde muere un ciudadano libre, se alzarán otros ciudadanos y otros periodistas libres, y contra la fuerza del militarismo prevalecerán en definitiva la fuerza y la voluntad del pueblo. Así, el que -ha soñado con la cumbre, será precipitado a la cima del abismo... Es el voto del pueblo, es la justicia de Dios!”.[6]

Cuando se estaba produciendo el triste acontecimiento de empastelamiento y muerte de Esteban Fontán, en la Cámara de Diputados, se hicieron sentir voces de protestas contra la mazorca; el diputado Francisco Bauza solicita el nombramiento de una comisión para hablar con el Presidente de la República, con el fin de manifestarle; “el disgusto y la alarma con que esta honorable corporación ha recibido las noticias que han llegado hasta ella respecto de atentados a personas y establecimientos de Montevideo, y que requiere del Poder Ejecutivo que los perpetradores de tales atentados, sean quienes fueron, caigan bajo el imperio de la ley para ser penados como ella ordena”.[7]

Al ser recibidos por el Presidente Vidal, ya tenía conocimiento de los acontecimientos, y ya había mandado llamar al Jefe de Policía, para que actuara según las circunstancias lo determinara y proceder a la aprehensión de los autores.

Por su parte el Jefe Político, Leonidas Barreto, establecía; hubo de ser arrastrado por las calles el jefe del Cuerpo de Serenos, consideraba que en adelante; “…que él habla visto los grupos reunidos en la plaza Constitución, pero que no había adoptado contra ellos ninguna medida en la creencia de que tenían relación con los asuntos de que se estaba ocupando la Cámara de Diputados. Agregaba, y esa era la consulta, que en presencia de lo ocurrido y de una manifestación anterior en que hubo de se debía la Policía exigir que las reuniones populares fueran presididas por un directorio que recabarla el permiso respectivo y que se responsabilizaría a la vez por los desacuerdos y atropellos que pudieran ocurrir”.[8]

Por su parte la Cámara de Diputados se comprometía en la elaboración de una ley que reglamentara el derecho de reunión, y a su vez veían con buenos ojos las medidas adoptadas por el ejecutivo, las mismas eran la promesa de buscar y castigar a los autores de los acontecimientos.


El castigo quedo en la nada, dado quienes tenían que investigar era parte de los que cometieron la mazorcada, y más aún si su jefe tenía entorchados de teniente coronel. Y la ley prometida termino siendo una mordaza para la prensa.

Fue solamente una tregua, dado que en agosto de 1881 volvieron las mazorcadas y empastelamientos a las imprentas. En esta ocasión le correspondió a los diarios independientes de Melo; La República y El Nacionalista. Juan D. Coronel, director de La República, publico denunciando que la mazorcada a su local había ocurrido  en las narices de la autoridad en el centro de la ciudad, sin que estas actuaran.

Ahora le correspondió a la capital, en setiembre; “Estamos en nuestro puesto, escribían los redactores de “La Razón” al comentar esos rumores, y en él permaneceremos mientras sea humanamente posible, con la tranquilidad del que cumple con su deber, sin miedos en el corazón y sin vértigos en la mente”.[9]

Batlle tiene un fugaz pasaje por el diario La Lucha, que era de propiedad de Benjamín Fernández y Medina. Desde sus páginas fustiga a Santos, quedando prácticamente solo en esa campaña contra el tirano. Era norma por parte de los diarios, en aquella época en que la ley y la justicia brillaban por su ausencia, cerrar sus puertas con pesadas trancas, que se abrían solamente tras dar previo aviso de santo y seña. Sobre la mesa de trabajo, además de los elementos necesarios para escribir, se encontraban los revólveres tantos como redactores.

“Una noche Batlle llegó un poco tarde a la imprenta. Acababa de hacer un largo recorrido a pie para llegar a su destino. Llovía y soplaba el viento. Había atravesado las calles desiertas del Montevideo de aquella época sombría; y lo había hecho como  debía hacerlo los periodistas de oposición, por la calzada, o al menos junto al cordón de la vereda… Las manos en los bolsillos. Y en el bolsillo, el revólver. Ya próximo a la imprenta arreció el chaparrón. Batlle apresuró el paso: casi corría. Llegado a la puerta del edificio, dio varios aldabonazos. Quería que le abrieran pronto: se estaba mojando. Los golpes, dados con mano firme y pesada, resonaron en la casa. Un segundo de silencio. Luego un rumor de pasos, de carrera en el interior de las imprenta. Sillas que se mueven, mesas arrastradas. Voces de mando nerviosas, imperativas. Después, nuevo silencio. Y un hombre que pregunta: -¿Quién es? –Abran, soy yo, Batlle, dijo una voz tranquila desde afuera”.  El propietario del diario, temiendo sufrir la represaría de Santos, resuelve cerrar La Lucha lo que motivo el regreso de Batlle a La Razón”.[10]


Estos actos no tenían límite. Uno de los jefes de los mazorqueros ha hecho apuestas de que entre sábado y domingo “matara” a los redactores de La Razón y de El Plata y a otras personas. En esa lucha contra la prensa los sicarios del poder llegaron al grado de cometer un atentado en la casa del expresidente Lorenzo Batlle, en la espera confundieron a Luis por José Batlle y Ordóñez. Ante los ruidos de la puerta el General Lorenzo salió a la misma y por milagro no impacto en él la bala disparada por los sicarios.


En el mes de noviembre le correspondió al departamento de Florida al diario El Estanciero. Mientras que en Montevideo se intentó atentar contra la imprenta de El Bien Público, donde en el mismo local se imprimía El Plata. En este ambiente los señores Barros y Villalba toman la resolución de suspender su salida, el mismo destino tomo El Heraldo.

Lo curioso de toda esta persecución a la prensa el gobierno tomo la iniciativa de crear el Diario Oficial,[11] donde solamente en sus páginas toda la información de las oficinas públicas informarían a través de ellas. La resolución tuvo corta vida porque al poco tiempo las autoridades debieron realizar el decreto por la cual autorizaba a las oficinas públicas  brindar los datos a la prensa.



[1] La Razón. Mayo, 19 de 1881.
[2] Pelúas, Daniel- José Batlle y Ordóñez. EL HOMBRE. Montevideo. Fin de Siglo. 2001. p. 64.
[3] Acevedo, Eduardo- Anales Históricos del Uruguay. Tomo IV. Barreiro y Ramos. Montevideo. 1933. p. 187.
[4] Ídem. pp. 187-188.
[5] Ídem. p. 188.
[6] Ibídem.
[7] Ídem. pp.188-189.
[8] Ídem. p.189.
[9] Ídem. p.192.
[10] Peluas, Daniel- Ob. Cit. pp. 66-67.
[11]Antiguamente la difusión de las leyes y demás normas emanadas de los Poderes del Estado, se efectuaba a través de su inserción en la prensa o por publicaciones realizadas por recopiladores. El  1º de agosto de 1881 se publicó por primera vez y por disposición del Poder Ejecutivo de la época, el “Diario Oficial”, el cual, con interrupciones, se continuó editando hasta el 31 de Diciembre de 1891. 
Fue recién el 8 de mayo de 1905, cuando el entonces Presidente de la República José Batlle y Ordoñez, firmó un Decreto ordenando la edición bajo el título de “Diario Oficial” de una publicación que debería aparecer todos los días hábiles del año. La misma estaría destinada a las leyes, decretos y demás documentos provenientes de los organismos nacionales dependientes del Poder Ejecutivo. El 13 de setiembre de 1905 se publicó el primer ejemplar”. http://www.impo.com.uy/impo_historia.html