El crimen de la calle Agraciada
(X)
Las
metamorfosis de Oliveri
El Día.
16 de diciembre de 1906.
Luis Oliveri, el viejo biscochero.
Parece a estar a los informes que se nos
suministran, que el viejo Oliveri le ha sido algunas veces infiel a su apellido
actual, abandonándolo temporalmente o momentáneamente por otro que le caía en
gracia.
Así, no falta quien asegure que un buen día
tuvo un recio traspiés de resultas del cual compareció ante la justicia
transformado en un gallardo Antonio Pini. Y al poco tiempo, y a causa de otros
traspiés salió de entre las manos de la policía metamorfoseado en un gentil
Pedro Pini que no había más que pedir. Y todavía no quedó satisfecho este
Proteo trasnochado y cogitranco, pues en cuanto encontró coyuntara, se ofreció
al público con un nuevo y flamante estado civil, y acordándose quizás de las
Metamorfosis, se hizo admirar por esas calles con la flamante etiqueta de
Ovidio Crespi, que le sentaba a las mil maravillas.
Como el mal ejemplo cunde sucedió que la recia
trashumante de pilletes no quiso quedarse atrás y comenzó a atracarle nombre
sobre nombre, de suerte que el bizcochero se convirtió en almanaque y tan
pronto se oía llamar “macaquito de palo”
en atención a su mezquina catadura, como “mangia
galina”, en razón de su desmedida afición por las aves de corral.
Sus
cuentas con la justicia
Sus biógrafos relatan algunas travesuras de
Oliveri que merecen ser conocidas.
¡Años atrás cierto pillete le peló treinta
y dos libras a un comerciante, y siéndose en peligro de caer en manos de la
policía, resolvió aligerarse del dinero dándoselo en custodia a Oliveri. Cuando
a pesar de todas sus precauciones, la policía le echó mano, al muchacho, aunque
haciéndose rogar un rato, cantó por fin, narrando como había efectuado el robo
y a quien había entregado las libras.
Requerido Oliveri para que las entregara,
el hombre se puso furioso gritando que se le estaba calumniando, que él no
tenía las libras ni conocía al muchacho. Era en aquellos tiempos la policía un
poquito mano larga, y en vista de la pertinaz negativa del viejo le acomodo una
paliza de línea, que tuvo la virtud de desatarle la lengua.
Se cuenta también que el viejo no fue ajeno
a la muerte violenta de su cuñado que fue asesinado a palos; pues la justicia
lo alojo por su cuenta una poción de tiempo. Aunque su culpabilidad no quedó
bien constatada, la justicia creyó siempre pues el viejo Oliveri había sido el
principal actor en aquel sombrío drama de familia.
Una
zambullida
Ahora entra lo más curioso, Luis Oliveri ha
desaparecido y nadie puede dar razón de su paradero.
Al principio se dijo que, acometido de un
ataque furioso de locura, había sido llevado al Manicomio; pero nuestro
informes nos permiten afirmar que nadie ha cargado con tan interesante bulto
por la quinta del Reducto.
Se dijo después que estaba metido en su
casa y decidido a no salir de ella en todo el resto de sus días, lo que tampoco
era cierto. Y no falta quien afirme que el bizcochero ha puesto agua por medio
y en este momento se encuentra en Buenos Aires. Otros aseguran que anda un
poquito más lejos.
Sea como fuere, es el caso que Oliveri no
aparece por ningún lado.
Se dice también que desde el día del crimen
hasta aquél en que se fue con su estupendo cuento a la justicia Oliveri andaba
inquieto, agitado, presentando en todos sus actos síntomas de una profunda
alteración mental.
Su sueño era agitado, interrumpido por
saltos bruscos, por gritos roncos, que tenía alarmada a la familia.
Esta empezó a sospechar que el viejo
bizcochero no andana bien de la cabeza o temía de un momento a otro verse
envuelto en algún mal percance.
Después, un buen día desaparece sin que la
familia pueda decir donde se ha acallado.
Convengamos, pues, en que todo esto era
sospechoso, cuando menos, y que se presta a los comentarios que por ahí se
hacen.
Lo
que se dice
Algunos cavilosos se han dedicado a buscar
coincidencias, y he aquí lo que han sacado en limpio.
El relojero fue muerto a golpes, dados con
una barra de fierro o cachiporra, exactamente como el cuñado de Oliveri. La
autopsia señaló, aparte el golpe en el temporal, cerca de cuarenta más
distribuidos por todo el cuerpo de la víctima lo que puede atribuirse a la
escasez de fuerzas físicas del asesino. Parece que éste debido a su
constitución débil tuvo necesidad de aplicar a Habegger un número considerable
de golpes para dejarlo fuera de combate, y aún así no logró matarlo, pues es
sabido que a las 8 de la mañana, cuando se presentó la policía, aún estaba con
vida.
Los destrozos causados en las vitrinas y
estantes de la joyería parecería la obra de un loco, que acometió de repentino
furor hace pedazos cuando le cae a la mano, después de trucidar a su victima.
Y todo esto se dice, puede muy bien
atribuirse a Oliveri que es un viejo escaso de fuerzas y de cerebro desequilibrado.
Se señala, finalmente otra, coincidencia: la alhajas fueron dejadas en el
camino de Monte Caseros en una bolsa vieja, y una y una bolsa vieja usaba
Oliveri para cubrir su canasto de masas.
Repetimos que consignamos todo esto solo a
título de curiosidad sin que se nos ocurra señalar a Oliveri como autor del
crimen.
Diligencias
judiciales
El juez sumariante doctor Gomensoro ha
dispuesto que sean citados a declarar: el menor Humberto Solferino, el lechero
que iba todas las mañanas a las seis a casa de Habbeger, el famoso “Cande suizo”, el relojero de la calle
Cerro Largo y Cuareim y otras personas cuyos testimonios se juzga de utilidad.
La policía se ha encargado de buscar el
domicilio de esas personas y notificarles la resolución judicial.
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