viernes, 3 de abril de 2015

El crimen de la calle Agraciada (IX)

El crimen de la calle Agraciada

(IX)

Con el señor Amatto
El Día.
13 de diciembre de 1906.
-¿Debe sentirse ahora perfectamente tranquilo?

-Por lo que respecta a mi conciencia sí, señor, nunca temí ni temo ahora que nadie me confunda con un asesino; pero puedo evitar la intranquilidad que me produce cosas insignificantes que antes ni advertía siquiera. Hasta los ruidos pequeños me causan asombro y hay momentos en que se apodera de mí una tristeza tan grande, que me parece que estuviera solo en el mundo...

-Es que se halla usted como bajo la terrible impresión de los hechos ocurridos.

-Juzgo que ha de ser así; la impresión fue realmente terrible. Figúrese usted que eran las dos de la mañana cuando sentí golpes en la puerta de la calle. Como precisamente uno de mis hijos mayores no había regresado aun, creí que se trataba de él y fui a abrir encontrándome con el subcomisario de la 8ª señor Escobar.

¿Qué ocurre, le pregunté, ha sucedido algo a mi hijo? Dígamelo usted pronto, por favor.
No es nada; venga usted que el comisario Vila desea hablarle.

Me vestí, firmemente persuadido de que había pasado algo muy grave a mi hijo; sorprendiéndome al observar que la calle estaba llena de gente y que algunos me rodeaban disimuladamente.

-¿Qué hay, señor Vila? Pregunté al comisario de la 8ª... Nada, Amatto, ahora van a decírselo.

Lo demás, todo el mundo sabe. Fui llevado a la comisaría de la 6ª, interrogado, incomunicado y al fin careado con mi infeliz acusador...

-¿Quiere decirme algunos detalles del careo?

-¿Cómo no? Son graciosísimos. Yo ignoraba quién era mi acusador, pues solo se me había dicho que se trataba de un comerciante respetable. Ansiaba, se lo juro, hallarme en su presencia, cuando se me notificó que iba a tener lugar el careo.

Instintivamente cerré los ojos y juzgue usted de mi asombro al hallarme frente a frente a Oliveri, el macaquito de palo, como le llaman los muchachos y al saber que era ese infeliz, mi acusador. Si hubiera estado más tranquilo, me parece que estallo en una formidable carcajada...

-Pero, el hombre sostuvo la acusación en su presencia...
-Sí, señor; no sin antes pedirle casi llorando al juez que le amparara porque yo era capaz de aplastarlo de un manotazo. Sostuvo, sí, señor, todo su cuento y con toda la serenidad de una persona sensata.

-¿A qué atribuye usted la actitud de Oliveri?

-Estoy todavía por explicármela; pues se trata, señor de un pobre diablo que solo me debe beneficios. Pude, en mi carácter de revisador de patentes, aplicarle varias veces la ley o mandarlo preso; pero en atención a su infelicidad, lo perdoné siempre. Pero, como yo tampoco podía faltar a mis deberes, ocurrió que, hará de esto unos quince días, le advertí que si no sacaba la patente me vería obligado a proceder contra él. Por toda respuesta metió los dos pies en la canasta y convirtió en harina todos los bizcochos.

Puede que desde ese día haya quedado enojado conmigo.


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