El crimen de la calle Agraciada
(IX)
Con el señor Amatto
El
Día.
13
de diciembre de 1906.
-¿Debe
sentirse ahora perfectamente tranquilo?
-Por
lo que respecta a mi conciencia sí, señor, nunca temí ni temo ahora que nadie
me confunda con un asesino; pero puedo evitar la intranquilidad que me produce
cosas insignificantes que antes ni advertía siquiera. Hasta los ruidos pequeños
me causan asombro y hay momentos en que se apodera de mí una tristeza tan
grande, que me parece que estuviera solo en el mundo...
-Es
que se halla usted como bajo la terrible impresión de los hechos ocurridos.
-Juzgo
que ha de ser así; la impresión fue realmente terrible. Figúrese usted que eran
las dos de la mañana cuando sentí golpes en la puerta de la calle. Como
precisamente uno de mis hijos mayores no había regresado aun, creí que se
trataba de él y fui a abrir encontrándome con el subcomisario de la 8ª señor
Escobar.
¿Qué
ocurre, le pregunté, ha sucedido algo a mi hijo? Dígamelo usted pronto, por
favor.
No es
nada; venga usted que el comisario Vila desea hablarle.
Me
vestí, firmemente persuadido de que había pasado algo muy grave a mi hijo;
sorprendiéndome al observar que la calle estaba llena de gente y que algunos me
rodeaban disimuladamente.
-¿Qué
hay, señor Vila? Pregunté al comisario de la 8ª... Nada, Amatto, ahora van a
decírselo.
Lo
demás, todo el mundo sabe. Fui llevado a la comisaría de la 6ª, interrogado,
incomunicado y al fin careado con mi infeliz acusador...
-¿Quiere
decirme algunos detalles del careo?
-¿Cómo
no? Son graciosísimos. Yo ignoraba quién era mi acusador, pues solo se me había
dicho que se trataba de un comerciante respetable. Ansiaba, se lo juro,
hallarme en su presencia, cuando se me notificó que iba a tener lugar el careo.
Instintivamente
cerré los ojos y juzgue usted de mi asombro al hallarme frente a frente a
Oliveri, el macaquito de palo,
como le llaman los muchachos y al saber que era ese infeliz, mi acusador. Si hubiera
estado más tranquilo, me parece que estallo en una formidable carcajada...
-Pero,
el hombre sostuvo la acusación en su presencia...
-Sí,
señor; no sin antes pedirle casi llorando al juez que le amparara porque yo era
capaz de aplastarlo de un manotazo. Sostuvo, sí, señor, todo su cuento y con
toda la serenidad de una persona sensata.
-¿A qué
atribuye usted la actitud de Oliveri?
-Estoy
todavía por explicármela; pues se trata, señor de un pobre diablo que solo me
debe beneficios. Pude, en mi carácter de revisador de patentes, aplicarle
varias veces la ley o mandarlo preso; pero en atención a su infelicidad, lo
perdoné siempre. Pero, como yo tampoco podía faltar a mis deberes, ocurrió que,
hará de esto unos quince días, le advertí que si no sacaba la patente me vería
obligado a proceder contra él. Por toda respuesta metió los dos pies en la
canasta y convirtió en harina todos los bizcochos.
Puede
que desde ese día haya quedado enojado conmigo.
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