lunes, 20 de abril de 2015

El crimen de la calle Agraciada (XI)

El crimen de la calle Agraciada

(XI)


La bolsa de las alhajas
El Día.
19 de diciembre de 1906.
Decíamos ayer que es necesario partir como de un hecho indiscutible que hubo dos o más colaboradores en el tenebroso crimen de la calle Agraciada. En efecto por más que se aguce el ingenio no se concibe como el matador de Habbeger que ha tenido que empaparse en sangre hasta el extremo de dejar huellas en la calle marcando la dirección de su primeros pasos haya podido realizar el saqueo de la caja de fierro y de las distintas vitrinas sin dejar el menor rastro estando probado como está que no hecho mano de ningún elemento dentro de la casa para lavarse las manos.
El asesino de Habbeger salio a la calle con las manos ensangrentadas. Ciertas manchas encontradas en la pared exterior de la casa donde se realizó la tragedia, hacen suponer que el asesino trató de limpiarse refregando las manos contra el reboque. Si es así ¿cómo se explica que no esté manchado el pestillo de la puerta que hubo que mover para salir a la calle después de cometido el crimen?
¿Cómo se explica que la caja de fierro que fue concienzudamente revuelta no presenta ninguna mancha? ¿Cómo se explica que se hayan tomado docenas y docenas de estuches sin dejar el menor rastro? Pues todos esos hechos solo se pueden explicar de una manera : admitiendo que hubo quien o quines no participaron del acto material del asesinato para quedar con las manos limpias y en condiciones por consiguiente de no manchar la mercancía la que la hubiese hecho de muy difícil circulación. Y nótese que el revoltijo que se armó dentro de la joyería es otro síntoma que concurre a probar que hubo varios actores; los hombres, en su apuró se sintieron estrechos y voltearon mostradores y rompieron vidrieras. Un vidrio desmenuzado en pequeñas partículas revela que un pie imprudente lo trituró en los momentos más difíciles.
La misma cantidad de estuches robados a Habbeger es otra prueba de que trabajó en la hazaña más de un criminal. Un hombre solo no puede cargar con tanta mercancía a menos que se echase al hombro una bolsa lo que lo hubiese hecho muy sospechoso. Es de presumirse que los estuches fueron sacados de la joyería en dos o tres paquetes. Y si se admite que fueron sacados de una sola vez, en la misma bolsa en la que se les encontró más tarde tal vez sea necesario admitir como lo sostienen algunos, la colaboración de un cochero. Sólo en coche puede llevarse por un largo trecho, a las ocho de la mañana y sin ser notado, un bulto de las proporciones del que nos ocupa.
Y a propósito de la bolsa de alhajas encontrad en las proximidades de la calle Figurita ¿por qué ha de admitirse como una absoleta que recién fue colocada en el sitio donde se la encontró la víspera del encuentro? ¿No sería más verosímil admitir que la bolsa fue escondida allí a raíz del propio crimen?
Entendemos que hay detalles serios que inclinan el ánimo a la última de la soluciones. La bolsa, en que se encontraron las alhajas estaba con el fondo roto, más bien podrido. No es posible admitir que estaba en ese estado cuando se la llevó a esconder porque entonces se habría producido un desparramo de estuches por el camino recorrido. La bolsa, pues parece que se ha destruido en el terreno, y eso solo ha podido resultar espués de varios días de estar en contacto con la tierra húmeda. Ese largo contacto parece probado, por otra parte, por el hecho de que se haya diluido el cazmin de varios estuches hasta el extremo de manchar con su color a la arpillera.
Si fuera así ¿por qué demoró tantos días en aparecer? Sencillamente porque estaba muy bien escondido. No solo se le había colocado en una especie de cueva formada de arbustos, sino que el piso estaba cubierto por un alto yuyal que hacía invisible a la más corta distancia cualquier bulto que se colocase allí.
Para que la bolsa de las alhajas pudieses ser vista en la forma que se vio era necesario que los altos yuyos hubieran sido cortados. Pues bien: ese hecho parece que realmente se produjo, precisamente porque el día del encuentro de la bolsa se encontraron a su alrededor muchos pastos cortados. Esto ha dado lugar a suponer que la bolsa fue vista antes por la misma persona que cortó el pasto, la cual, después de darse cuenta de lo que aquella contenía, creyó prudente alejarse de allí y guardar silencio temiendo que sus declaraciones pudiesen ser mal interpretadas.


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