El crimen de la calle Agraciada
(XI)
La
bolsa de las alhajas
El Día.
19 de diciembre de 1906.
Decíamos ayer que es necesario partir como de
un hecho indiscutible que hubo dos o más colaboradores en el tenebroso crimen
de la calle Agraciada. En efecto por más que se aguce el ingenio no se concibe
como el matador de Habbeger que ha tenido que empaparse en sangre hasta el
extremo de dejar huellas en la calle marcando la dirección de su primeros pasos
haya podido realizar el saqueo de la caja de fierro y de las distintas vitrinas
sin dejar el menor rastro estando probado como está que no hecho mano de ningún
elemento dentro de la casa para lavarse las manos.
El asesino de Habbeger salio a la calle con
las manos ensangrentadas. Ciertas manchas encontradas en la pared exterior de
la casa donde se realizó la tragedia, hacen suponer que el asesino trató de
limpiarse refregando las manos contra el reboque. Si es así ¿cómo se explica
que no esté manchado el pestillo de la puerta que hubo que mover para salir a
la calle después de cometido el crimen?
¿Cómo se explica que la caja de fierro que
fue concienzudamente revuelta no presenta ninguna mancha? ¿Cómo se explica que
se hayan tomado docenas y docenas de estuches sin dejar el menor rastro? Pues
todos esos hechos solo se pueden explicar de una manera : admitiendo que hubo
quien o quines no participaron del acto material del asesinato para quedar con
las manos limpias y en condiciones por consiguiente de no manchar la
mercancía la que la hubiese hecho de muy difícil circulación. Y nótese que
el revoltijo que se armó dentro de la joyería es otro síntoma que concurre a
probar que hubo varios actores; los hombres, en su apuró se sintieron estrechos
y voltearon mostradores y rompieron vidrieras. Un vidrio desmenuzado en pequeñas
partículas revela que un pie imprudente lo trituró en los momentos más
difíciles.
La misma cantidad de estuches robados a
Habbeger es otra prueba de que trabajó en la hazaña más de un criminal. Un
hombre solo no puede cargar con tanta mercancía a menos que se echase al hombro
una bolsa lo que lo hubiese hecho muy sospechoso. Es de presumirse que los
estuches fueron sacados de la joyería en dos o tres paquetes. Y si se admite
que fueron sacados de una sola vez, en la misma bolsa en la que se les encontró
más tarde tal vez sea necesario admitir como lo sostienen algunos, la
colaboración de un cochero. Sólo en coche puede llevarse por un largo trecho, a
las ocho de la mañana y sin ser notado, un bulto de las proporciones del que
nos ocupa.
Y a propósito de la bolsa de alhajas
encontrad en las proximidades de la calle Figurita ¿por qué ha de admitirse
como una absoleta que recién fue colocada en el sitio donde se la encontró la
víspera del encuentro? ¿No sería más verosímil admitir que la bolsa fue
escondida allí a raíz del propio crimen?
Entendemos que hay detalles serios que
inclinan el ánimo a la última de la soluciones. La bolsa, en que se encontraron
las alhajas estaba con el fondo roto, más bien podrido. No es posible admitir
que estaba en ese estado cuando se la llevó a esconder porque entonces se
habría producido un desparramo de estuches por el camino recorrido. La bolsa,
pues parece que se ha destruido en el terreno, y eso solo ha podido resultar
espués de varios días de estar en contacto con la tierra húmeda. Ese largo
contacto parece probado, por otra parte, por el hecho de que se haya diluido el
cazmin de varios estuches hasta el extremo de manchar con su color a la
arpillera.
Si fuera así ¿por qué demoró tantos días en
aparecer? Sencillamente porque estaba muy bien escondido. No solo se le había
colocado en una especie de cueva formada de arbustos, sino que el piso estaba
cubierto por un alto yuyal que hacía invisible a la más corta distancia
cualquier bulto que se colocase allí.
Para que la bolsa de las alhajas pudieses ser
vista en la forma que se vio era necesario que los altos yuyos hubieran sido
cortados. Pues bien: ese hecho parece que realmente se produjo, precisamente
porque el día del encuentro de la bolsa se encontraron a su alrededor muchos
pastos cortados. Esto ha dado lugar a suponer que la bolsa fue vista antes por
la misma persona que cortó el pasto, la cual, después de darse cuenta de lo que
aquella contenía, creyó prudente alejarse de allí y guardar silencio temiendo
que sus declaraciones pudiesen ser mal interpretadas.
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