sábado, 6 de diciembre de 2014

Una gavilla de ladrones

Una gavilla de ladrones

El Día.
9 de mayo de 1904.

El comisario de la sección 2ª señor Luciano Fernández, acaba de realizar una pesquisa que bien podemos calificar de importante por más que no entienda así la reconocida modestia de aquel estimable y laborioso funcionario.

He aquí los detalles de ese hábil trabajo policial.

Estaba requerida en la orden del día Nº 4416, el menor de 14 años Vicente Luciardo o Lichardi, (a) Cacerola por haber solicitado su captura el Fiscal de Menores doctor Victoriano M. Martínez, y anteayer el sargento Sotero Diez procedió a su detención conduciéndolo a la comisaría.

El señor Fernández que tenía conocimiento de que Luciardo o Lichardi había andado gastando dinero con otros menores, decidió interrogarle y aun cuando el muchacho se mostró impenetrable en los primeros momentos acabó por confesar que el dinero procedía de varios robos que había efectuado en compañía de sus camaradas Juan Enrique González, (a) Ladroncito, Juan Pérez, (a) Burrro blanco, Francisco Orio (a) Nemo y Francisco Rodríguez (a) Cuestita quienes habían formado una verdadera gavilla con el honesto propósito de desvalijar a medio mundo.

En virtud de las declaraciones de Luciardi, el comisario de la 2ª ordenó el arresto de los compinches, que tenían establecido un cuartel general de operaciones en una casa situada en la calle Guaraní núm. 86, que ocupaba el individuo Modesto Pérez.

Interrogado por el señor Fernández, confirmando no sin antes tratar de salvar su responsabilidad, las manifestaciones de Luciardo y de los datos suministrados a aquel funcionario se vino en conocimiento de que habrán realizado los siguientes robos:

Doscientos pesos en el almacén y tienda de los señores Salvo hermanos, situada en el Paso del Molino; 30 pesos en la fábrica de bicicletas de don Baltasar Volonté, calle Agraciada entre Nueva York y Miguelete; un reloj de oro de tres tapas, a doña Concepción Aguarse, establecida con lechería en la calle Andes núm. 130; un reloj de plata a don Rodolfo Bermúdez, domiciliado en la Avenida La Paz 95; dos relojes de plata, una cadena de doublé y un medallón de plata a don Juan Bassi, domiciliado en la Avenida Rondeau esquina Nicaragua, un reloj metal a don Luciano Lopane, establecido con tambo en la Avenida La Paz núm. 101; una bandurria en el 3º de GG. NN. y otros objetos que no recuerdan donde lo han sustraído.

La mayor parte de las alhajas robadas fueron halladas en la casa del ya mencionado, Modesto Pérez y en cuanto al dinero, dicen los de la gavilla que lo han gastado.

Como se ve la pesquisa realizada sin bomba y platillo por el comisario de la 2ª, tiene verdadera importancia, pues merced a ella la población se encuentra libre de una gavilla de ladrones, que sabe Dios hasta donde hubiera llegado sino le cortan las alas.


viernes, 21 de noviembre de 2014

Negocio del tío Bartola

Negocio del tío Bartola

El Día.
4 de Setiembre de 1903.
No todo lo lindo se besa
Jesús Pérez, un personaje procedente de Galicia, con pocos días de residencia aquí, se paseaba ayer por la plaza Zabala, soñando quizás con dar lucrativa colocación a sus cartos, cuando se le aproximó un individuo que, a juzgar por su aire tímido y aspecto medroso, era evidentemente un pobre diablo llegado de campaña. El individuo ese entabló conversación con Pérez, a quien dijo confidencialmente que andaba aquí en la ciudad boliau, pues era la primera vez que venía y ya iba a referir sus peripecias cuando fue interrumpido por un vendedor de números de lotería que empezó a fastidiarle para que le comprara un quintito.

El paisano se acordó entonces de que él tenía un quinto, que sacó del bolsillo del chaleco, muy dobladito, y lo entregó al lotero para que lo mirase en compañía de Pérez. Este echó la vista en el extracto y observó en seguida que el quinto estaba premiado con la suerte, de modo que no pudo ocultar su sorpresa al oír decir el lotero:

-Tiene 200 pesos.

-Negotium habemus, se dijo el ferrolano, chapurriando en latín, y sin cuidarse casi de guardar las formas, hizo comprender al lotero que había olfateado la picardía, colocándose en el caso de obtener la mitad de las utilidades, pero como el vendedor no se hallaba en situación de aportar ni un céntimo a la negociación, Pérez se decidió a realizarla solo, solita su alma, ofreciendo al cándido campesino, 20 liras esterlinas, y su reloj y cadena de oro por el codiciado quinto.



El pobre diablo aquel acertó el trato y se mandó mudar contentísimo, el muy zonzo, mientras Pérez se dirigía a la administración de la Lotería, ocurriéndosele por el camino que había hecho la América en menos que canta un gallo.

Poco le duró la alegría, pues al ir a cobrar el quinto se le hizo ver que en el extracto correspondiente a la fecha que aquél llevaba al dorso, no tenía ni siquiera una mala suertecita de 10 pesos.

Pérez cazó una rabia tremenda, al darse cuenta de la fumada y, mal aconsejado por ella, se presentó en la Jefatura denunciando que en la plaza Zabala había sido asaltado por cuatro individuos, que revolver en mano habíanle exigido el dinero que llevaba consigo, y a cadena y el reloj.

Como puede suponerse, se dio sin demora traslado de la denuncia al comisario de la 1ª, señor Sanguinetti, el que iniciando una activa y eficaz indagación, tardo poco en saber la verdad de lo ocurrido, que le fue comunicando al cónsul de España, donde el estado habíase presentado en queja, por supuesto presentando la cuestión bajo la faz de un atropello y robo inaudito.


¡Qué diablo Pérez!...

jueves, 13 de noviembre de 2014

Familia envenenada

Familia envenenada

El Día.
30 de Marzo de 1903.

El extraño suceso ocurrido en el Barrio Reus al Norte ha preocupado y preocupa a las autoridades policiales y al Juez de Instrucción doctor Piñeyro, pues, como se verá por la narración que sigue, hay detalles que hacen suponer la existencia de un acto delictuoso fríamente calculado.


En una habitación , a los fondos de una casa, calle Porongo s/n, entre las de Bartolomé Mitre y Aramburu, viven Luis Rodríguez, sargento de policía; su pseudo esposa Sandalia Perdomo, oriental, nacida en el departamento de Canelones de 35 años de edad, sus hijos Genoveva de 16 años, José de 14, Francisco de 8 y Pedro de 17 meses.

El matrimonio anda mal avenido desde hace tiempo, porque parece que el sargento no es trigo limpio y le agrada dedicar sus horas de franquía a amores menos pegajosos que el de su consorte. Esta es celosa hasta la exageración, y no lo oculta, de manera que, valga el testimonio de los vecinos, las escenas conyugales, con su respectivo acompañamiento de recriminaciones y amenazas, se repiten con harta frecuencia en aquel hogar pequeño y pobre.


Anteayer, a eso de las 5 de la tarde, hallándose ausente Rodríguez, Sandalia Perdomo y sus hijos se sintieron atacados de un gran malestar, después de haber comido unos bifes, unos pasteles y bebido un poco de vino. El malestar se fue acentuando, a excepción de José Rodríguez, que no sintió nada, llegando a manifestarse verdaderos síntomas de intoxicación que alarmaron a los vecinos, decidiéndoles a comunicar lo ocurrido a la policía.

El oficial de la 8ª, don Ignacio Torres, que acudió en el acto, aconsejó a Sandalia que se trasladara sin demora y llevara sus hijos a la botica del Sr. Juan Bourtoule, calle José L. Terra núm. 72, donde se les suministró un medicamento, pasando luego aquel funcionario a la comisaría, a fin de trasmitir la novedad a sus superiores.

El comisario Podestá y el sub-comisario señor Sanguinetti se constituyeron en el domicilio antes mencionado, dedicándose sin pérdida de tiempo a recoger todos los informes relacionados con el hecho, buscando el esclarecimiento de éste, que se presentaba algo misterioso, por los motivos que vamos a exponer.

Sandalia Rodríguez y sus hijos no habían comido más que bifes y pasteles; los primeros los hizo aquella empleando una sartén aporcelanada, y a los segundos los adquirió en casa del vecino Donato Fernández, domiciliado en la calle Justicia número 78, quien desde los primeros momentos manifestó que podía garantir por la bondad de su factura, pues eran muchas las personas que ese día habían comido de la misma, incluso su propia familia, y nadie había sentido el más insignificante malestar.

Por su parte, don Basilio Marcé, dueño del almacén calle Porongos esquina Aramburu, donde fue adquirida la grasa con que se confeccionaron los bifes y el vino tomado por Sandalia y sus hijos, declaró que ni una cosa ni otra podían ser causa ocasional del envenenamiento, porque la misma grasa se despachó a muchas otras familias y del mismo vino llevaron varios de sus clientes que tampoco han sentido el menor trastorno.

Continuando sus indagaciones, supo el comisario Podestá que el único de la familia que se escapó, José Rodríguez, comió lo mismo que los demás sin tomar vino, y en cambio el niño Pedro, que no comió, pero bebió, fue el que estuvo en mayor peligro sin duda porque su pequeño organismo no pudo resistir el tóxico ingerido.

Los detalles precedentes demuestran claramente que la causa del envenenamiento fue el vino; pero, ¿cómo explicar entonces que nada haya sufrido las demás personas que lo bebieron ese día?

Por eso decíamos que el comisario Podestá se afana en aclarar este hecho misterioso, ocurriéndole lo propio al Juez de Instrucción, doctor Piñeyro, que intervino en él desde los primeros momentos, disponiendo que la policía se incautara de los restos de la comida y del sobrante del vino, y hasta de los vómitos, a fin de someterlos a un análisis químico que determine claramente el agente causal de la intoxicación.

Los enfermos, que fueron solícitamente atendidos, hallábase ayer completamente fuera de peligro.


Algunos vecinos a quienes interrogaron el doctor Piñeyro y el comisario Podestá, expresaron que Sandalia Perdomo, afectada sin duda por las infidelidades de su consorte había dicho más de una vez que tenía el propósito de suicidarse. La aludida niega tal afirmación.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Bigamia que se malogra

Bigamia que se malogra

El Día.
21 de Diciembre de 1902.

E
l vecindario de los suburbios del Reducto, habitados por gente de humilde condición pero honrada y trabajadora.

Habían concertado unirse en matrimonio ante el Juez de Paz de la 12ª sección señor Antonio de Silca Baston, Domingo Bocalandro, italiano, de 36 años, quintero y Ángela A., oriental, de 19 años, habiéndose dado la publicidad que ordena la ley a los avisos respectivos. La boda quedó fijada para ayer a las 3 de la tarde.

A eso de las 8 de la mañana el referido magistrado recibió en audiencia privada por haberla así solicitado, a una señora que dijo llamarse Paula Galusso, quien una vez en presencia del señor Silva Bastos, le manifestó que iba a poner impedimento al matrimonio de su sobrino carnal Domingo Cipresse, en razón de estar casado en Italia.

-En este Juzgado, señora, no se ha presentado ninguna persona de ese apellido.

-Es que mi sobrino ha sustituido apellido verdadero por el  de Bocalandro.

-Esa es otra cosa; pero su denuncia, señora, carece de valor legal porque no viene acompañada de los justificativos que corresponden. No puedo por esto postergar la ceremonia, más en cumplimiento de mis deberes, daré aviso al Juzgado de Instrucción. Y así lo hizo.

En tanto el tiempo pasaba y a las tres de la tarde llegaron al Juzgado de Paz de la 12ª varios carruajes. De uno de ellos descendió el novio, engalanado con lo mejorcito de su percha, un traje negro de saco, botines nuevos de cabritilla, guantes blancos, corbata blanca y no sabemos si alguna otra cosa blanca –un pimpollito en el ojal-. Le acompañaba sus testigos, don Antonio Calvetti y don Arturo Musto Cipria.

De otro de los carruajes bajaron la novia, vestida de blanco, ciñendo en la frente el consabido ramo de azahar, sus papás y una señora que creemos era la partera. Los testigos de Ángela A., don José Castagnetto y don Juan Carlos Carrasco, descendieron así mismo del carruaje núm. 3.

La comitiva penetró en el local del Juzgado y el señor Silva Bastos se disponía a dar comienzo a la ceremonia, cuando se presentaron el juez de Instrucción, doctor Piñeyro y su actuario el señor Barriere. Expectativa general.

-Un momento Sr. Juez, un momento señores. Se trata de una simple averiguación ¿Don Domingo Bocalandro?

-Sono mi signore.

-Tengo necesidad de hablar un instante a solas con Vd.

-Sonne a vostri ordine.

-¿Cómo es su verdadero apellido?

-Bocalandro.

-No es cierto, Vd. se llama Domingo Cipresse y es casado en Italia y padre de tres criaturas.

-¿Quién le ha dicho eso a Vd.?

-Su señora tía, doña Paula Galusso, que desea evitar a Vd. una molestia bien grande: la de ir preso y permanecer dos años en la Cárcel; porque amigo mío, es preciso que Vd. sepa que la bigamia se castiga bien severamente.

-Ahí lazia, la zia…

-Bueno; ¿es cierto o no la denuncia de su tía?

-Es cierta, sí señor, ¿por qué voy a continuar negando?

-Señor Juez de Paz: puede Vd. notificar a esos señores que la ceremonia queda interrumpida, expresándoles las causas.

Y la notificación fue hecha, produciéndose la escena que el lector puede figurarse.

En cuanto a Cipresse se le advirtió que estaba preso, y como hiciera un ademán algo significativo, llevando la mano a la cintura, se le mando registrar, encontrándosele un revólver kilométrico atascado de balas, que ignoramos que papel estaba destinado a jugar en la ceremonia.

Iglesia Nuestra Senora de los Dolores
20 de Noviembre de 1871
El Reducto, Montevideo
Mientras esto ocurría en el juzgado, en la casa de la familia de la novia se desarrollaba una escena distinta. Numerosas amigas, invitadas para la boda, se hallaban esperando el regreso de los desposados, y puede calcularse el estupor que allí produciría la noticia de lo ocurrido. Al primer momento de sorpresa, sucedió la más clamorosa indignación y Cipresse fue objeto de las apreciaciones más duras por parte de todos, juzgándose su conducta como la de un hombre perverso.

Los convidados, siguieron de noche acudiendo a la casa de la infortunada Ángela; y grande era su decepción al saber lo que pasaba y que el anunciado baile había quedado en la nada. Igual cosa le pasó al cura de la iglesia del Reducto, a quien no se avisó el contratiempo sufrido, y permaneció con los cirios encendidos hasta las diez y media de la noche, esperando la llegada de los novios. A esa hora, un monaguillo, a quien aquel mandara a informarse del motivo de tanta demora, llegó a la iglesia, a la sazón llena de gente, y la noticia allí no tardó también en esparcirse, retirándose la concurrencia haciéndose cruces.


viernes, 24 de octubre de 2014

El crimen de Molles

El crimen de Molles

El Día
21 de Abril de 1902

Se tiene ahora nuevos informes que amplían las noticias completas suministradas sobre el crimen de Molles -departamento de Durazno- en que fue víctima según sabemos el estanciero señor Aguerre, su hijo y un cuñado. Malceñido, los hermanos Silva y sus compañeros asaltantes preparaban el crimen desde hacía tiempo y habían hecho varias infructuosas tentativas, volviéndose sospechosos entre muchos vecinos.

Hace poco tiempo desaparecieron del campo anexo a la casa de negocio del señor Nazabal cinco vaquillonas. El encargado del establecimiento, señor Santos Vidaur, dio cuenta del hecho al comisario de la sección hoy destituido y alejado en casa de los padres de los Silva, cómplices en el asalto a lo de Aguerre señalando a Malceñido y sus compinches como autores del robo.

El comisario inició sus trabajos y varios días después las vaquillonas aparecieron nuevamente en el campo sin que se haya sabido hasta ahora, quien las devolvió en forma tan original.

Pocos días después de estos hechos el señor Vidaur envió dos de los peones del establecimiento a componer un aislamiento a alguna distancia de la casa.

Malceñido vio esos hombres alejarse de la casa y creyendo que el señor Vidaur estaba solo, llegó hasta el almacén al oscurecer, notándose a poca distancia de la casa la presencia de otros individuos.

El señor Vidaur que ya estaba sobre aviso reunió al personal de la casa y cerrándola tan pronto se alejó Malceñido, que en su vista no bebió ni una copa de caña ni hizo gasto alguno, armó a todos los peones y dependientes y pasó la noche en vela preparado para defenderse.

Felizmente como Malceñido, vio que en la casa había gente bastante como para rechazar un asalto, éste no se llevó a efecto.

Probablemente ante ese fracaso los asesinos dirigieron su vista a la estancia de Aguerre, generalmente descuidada. Era voz corriente en la localidad que Aguerre tenía en su casa varias cantidades de dinero enterradas hecho que se comprobó después del crimen, pues el herido antes de morir hizo desenterrar 5300 pesos que tenía ocultos en un paraje que ni su propia esposa conocía y tras esa presa fueron los asesinos.

Se ha comprobado que Malceñido y sus compañeros acechaban la estancia de Aguerre desde hace varios días, estudiando los medios de realizar sus proyectos con éxito, observado las salidas del personal y las horas en que la familia quedaba sola en la casa, de suyo poco segura.

El mismo Malceñido pasó toda la tarde anterior a la del crimen en casa de Aguerre, a pretexto de comprar 400 ovejas, pero se comprende el verdadero objeto de su visita era asegurar el golpe proyectado, y tomar sus últimos datos para que no fallaran sus planes.

A todo estos datos son recién conocidos por diversas referencias insospechables y si los servirán para arrojar luz sobre eso ruidosos sucesos que ha conmovido a la campaña.

Malceñido verdadero instigador y jefe de los asesinos, sigue negando su participación en el hecho, pero son tales y de tal valor las pruebas acumuladas contra él, que no escapará como pretende a la acción de la justicia.

El vecindario de los Molles aterrorizado aún por el bárbaro crimen ha dirigido comunicaciones a varias personas a fin de que influyan n los jueces para el pronto castigo de los criminales, así como para que la ejecución de los que se condenen a muerte se efectuó en el lugar del suceso y no en los patios de la Penitenciaría.


lunes, 20 de octubre de 2014

Causa de Manuel Requeira

Causa de Manuel Requeira

El Día.
4 de Marzo de 1902.
Por una pedrada
Ayer a las 8 ½ a. m. se vió en juicio público la causa seguida a Manuel Requeira, heridor de José Carduje. Es Requeira un muchacho de aspecto simpático, más bien alto que bajo, delgado, rubio, al cual apunta recién un pequeño bozo. Tiene, según su declaración, diez y ocho años de edad, pero según nos lo garantió su tío, un excelente sujeto que Duránte largo tiempo ha sido cocinero en casa del señor José Pedro Ramírez, apenas si alcanza a diez y siete. Ergo solo tenía diez y seis cuando cometió su delito, delito que dicho sea entre paréntesis, no es de los más graves, ya que en él, como en otros muchos, es dado acusar en primer término a la casualidad y a la mala suerte.


La cosa ocurrió así: Jugaban Manuel Requiero y varios amigos una partida de dados en el almacén de Juan Carduje, español, soltero, treinta y cuatro años, Piedras 368, cuando este notó que le faltaban algunos tejos, amén de una canaleta de metal que parece desempeñar en esa especie de sport una importantísimo. Aquí las imputaciones, y la réplica del caso. Luego, como no aparecieran los tejos ni la canaleta, apareció la policía sin requisición de parte y detuvo a los presentes autores del escamoteó. Pero, como faltaran pruebas, hubo de devolverles la libertad en el acto, aunque con especial recomendaciones de “que no lo volvieran a hacer otra vez”. Mal aprovechó Requeira, sin embargo, los policiales consejos.


Cinco minutos después de haberlos recibido había regresado al almacén de Carduje y según su declaración permuto con este algunos insultos previos. Enseguida, ciego de cólera, corrió a la calle, tomó una piedra y la arrojó a su contrario con tan buena puntería y tan mala suerte que el hombre la recibió de lleno en la frente y bañado en sangre cayó al suelo sin sentido. Media hora más tarde era reducido nuevamente a prisión y se le remitía desde la comisaría seccional 12ª a  la casa central de policía con un parte tajante, donde se decía que su aprehensión no se había realizado sin resistencia de su parte, que en la comisaría “falto al respecto al  recinto”, “felicitándose por haber salido con su gusto y de haber satisfecho su venganza” y finalmente se hacía notar que el delincuente, más conocido por su apodo de  “el cantinfiero”, que por su nombre y apellido, había tenido varias entradas por distintas causas.

Entretanto, Caraduje había sido llevado al Hospital donde José Puppo, que practicó la primera cura, dio fe de una herida contusa de 4 centímetros de longitud en la región frontal, que interesaba amen del cuero cabelludo en todo su espesor, la lámina externa del hueso. El carácter de la herida era grave. Salvo complicaciones, podía curar en 15 días inhabilitando al paciente durante 10 días para el trabajo. Desgraciadamente, las complicaciones sobrevinieron. Cuando el doctor Vargas, defensor del reo, pidió su libertad fundado en el carácter relativamente leve de la herida circunstancia que excluía también la intervención de la acción pública ordenó el juez, como es de práctica, que se empleara el primer informe médico. Y el segundo informe fue deplorable para Requeira. Al día siguiente de ser herido, Carduje hubo de sufrir la trepanotomía y para su restablecimiento completo se requerían, ahora según el doctor Groleio, de tres a cuatro semanas.

Con todo: el señor Vargas insistió en pedir la libertad de su defendido bajo fianza. En su escrito que fue desechada se hacía notar que Caraduje había tratado a Requeira de ladrón por tres veces consecutivas, que este último, al atacar al primero es estado de ofuscación y arrebato, había obrado sin premeditación, como lo prueba el hecho de que no llevaba armas y que en el exceso de su enojo, le tiró con la primera piedra que encontró a mano. En cambio el fiscal del crimen, H. Rerl, pedía para el heridor dos años de penitenciaria.

El veredicto del jurado no es favorable al reo. En él se establece aunque el encausado no ha justificado su buena conducta, a pesar de que por ella abonan tres vecinos, los señores José Insúa, Ramón Guardiola y Martidiano Guañolera, quienes conocen a Requiera por un mozo trabajador y de buenas costumbres. Uno de los jurados, el señor Julio  Chucarro, firmo discorde.



sábado, 18 de octubre de 2014

Novio que mata a su novia

Novio que mata a su novia

El Día
16 de Febrero de 1902

Anoche a las 11 y media, en la calle Monte Caseros, se desarrolló un bárbaro hecho sangriento que ha impresionado sobremanera a todo el vecindario. En la casa referida se efectuaba una tertulia familiar, a la cual asistía una regular concurrencia, entre la cual se encontraba la joven Venera Pérez, prometida de Antonio Duarte y Trus.


Este había prohibido terminantemente a su novia que asistiese a la fiesta, pero Venera, no oyó aquellas prohibiciones y fue a él con ánimo de pasar algunos ratos alegres entre sus relaciones.


Su novio, un celoso sabedor de que su prometida estaba en el baile en brazos de otro hombre, resolvió presentarse en el lugar de aquella alegre reunión familiar. Así lo hizo, penetrando en la pieza donde se efectuaba el baile, armado de un cuchillo, atropellando a todo el mundo hasta encontrar a Venera y sin decirle palabra alguna le acometió, infiriéndole seis mortales puñaladas, que le produjeron la muerte.


El alboroto que se produjo después, fue tremendo. Los gritos, los desmayos hacían causa común, haciéndose imposible restablecer el orden.

La autoridad policial no tardó en acudir reduciendo a prisión al criminal y tomando todas aquellas medidas que el caso requería.

Al lugar del suceso concurrieron el Jefe Político coronel Bazzano, el juez de instrucción doctor Teófilo D. Piñeyro, su actuario señor Arturo Barriere, el inspector de policía de la 2ª zona coronel Herrera.

El juez doctor Piñeyro inició inmediatamente el sumario, ordenando el traslado del criminal a la Jefatura donde se encuentra incomunicado.


Mañana a las 9 a. m. en el  Cementerio Central le será practicada la auptosia al cadáver de la joven Venera Pérez por los médicos forenses Ferrer y Felippeno.


Datos posteriores hacen saber que el criminal aprovechó el momento en que no había hombres en la casa, para cometer el crimen.

El número de puñaladas que recibió la víctima son siete, seis en el costado izquierdo y la otra en el vientre, muriendo inmediatamente.


La casa del crimen: una finca antigua, mezcla de quinta y jardín en el período de decadencia. La casa abrigada por un espeso parral.

-Ah señor, quien había de pensarlo... En esta casa donde no se ha bailado nunca, nunca, pero nunca, venir a suceder esa gran desgracia. Y esa infeliz muchacha que por primera vez llegaba aquí... No en balde mi marido no quería saber de fiesta: parece que tenía un presentimiento.

El baile lo había organizado una sociedad de doce muchachos entre los que se cuenta sus hijos y Venera fue llevada por su amiga íntima Angelina. Duarte no había sido invitado, sin embargo, en cuanto empezó a sonar la música apareció, recostándose contra el marco de la puerta, mirando para adentro con aire amenazador. Los muchachos que le conocían las intenciones salieron varias veces a pedir que se fuera.

Pero no hubo forma. Cuando lo apuraron mucho, rogó que lo dejaran tranquilo, dando su palabra de no faltar a nadie el respecto. Así pasaron unas dos horas. De repente, cuando nadie pensaban en él, aprovechando un momento en que se había dejando de bailar y la sala estaba sin hombres, se precipitó sobre Venera y la costó a puñaladas, en medio del espanto de las muchachas.

El presidente de los organizadores: ellos se habían resistido a que Duarte entrase a la sala, lo habían hecho por que les constaba que se había estado jactando de que esa noche iba a matar a su novia y a la madre de la misma.

Hasta era público y notorio que para consumar su obra había mandado afilar una pequeña daga con mango de plata y doble filo. La causa eran los celos y la resistencia que según él la familia de la novia ponía a sus amores. Si Duarte pudo cometer con facilidad y hasta impunemente el crimen, fue porque ellos se descuidaron de la casa: era justamente cuando había ido al almacén de la esquina a juntar coraje para dar el golpe.

Una relación de unos diez meses. Duarte iba una 3 o 4 veces por día a la casa de Venera, sin contar las visitas oficiales que eran los jueves y los domingos, por la noche. Según su amiga Angelita.

El hermano de Venera, estaba dispuesto a comprarle los muebles -conocido corredor Pérez.

Angelita “malos consejos”, según Duarte.

Cuando Duarte fue conducido a la comisaría de la 6ª, reemitido por la 15ª permaneció largo rato en un mutismo. Al ser interrogado por el Dr. Piñeyro y su actuario Barriere.

-Soy culpable, sí señor, confieso mi falta; he muerto a la mujer que más quería.

-¿Por qué la mató entonces?

-Tenía celos, señor, unos celos, unos celos terribles, ella era ingrata era ingrata...