sábado, 18 de octubre de 2014

Sobre niños martirizados

Sobre niños martirizados

El Día
19 de Enero de 1902

Transcribimos ayer una denuncia de El Nacional según la cual en un tambo de la calle Salto Nº 121, se martirizaban bárbaramente varias criaturas.

Para aclarar los hechos, uno de nuestros repórters se dirigió a la casa denunciada. Se encontró con un matrimonio gallego con media docena de muchachos.

Marido y mujer conocían la denuncia de que habían sido objeto y la comentaban con la mayor tranquilidad. Todo según ellos, eran chismes de vecinos a los que no se les fiaba leche... Hubiera bastado aflojar un poco la mano para transformarse ante la opinión del barrio en padres modelos. Nuestro repórter, no contento con los informes directos averiguó en el vecindario y sacó en consecuencia que la denuncia era infundada.

Era indudable que los señores tamberos tenían la mano pesada para castigar a sus hijos y que no tenían reparo en repartir ante las narices del público sus moquetes o sus rebencazos, pero era indudable también que no habían hecho méritos bastantes para que se les diera el título de martirizadores.

Los muchachos estaban demasiado gordos y contentos para el papel de víctimas. Por otra parte, es evidente que la mayor parte del día quedan a cargo exclusivo de la madre –porque el padre es cochero del tranvía Oriental- y una madre no puede tener entrañas para martirizar a sus hijos, según la expresión de la propia acusada.

El Fiscal de lo Civil L. Romeu Burgues, que está encargado de la defensoría general de menores, apenas se enteró de la denuncia visitó el tambo de la calle Salto. Una vez allí conversó con los acusados, interrogó detenidamente a los menores, y los hizo desnudarse para ver si presentaban vestigios de malos tratamientos.

El resultado fue enteramente satisfactorio. Los menores no solo negaron rotundamente los supuestos martirios, sino que se manifestaron muy poco dispuestos a separarse de su madre. Además no presentaban la menor cicatriz en parte alguna del cuerpo, lo que era un signo bastante elocuente.

El Fiscal de lo Civil converso también con algunos vecinos respetables del barrio.

De una prolija investigación el doctor Romeu Burgues llegó a la consecuencia de que era evidente que los acusados reprendían o si se quiere castigaban con cierto rigor y sobre todo con demasiada publicidad a sus hijos, pero que esos castigos nunca pudieron castigarse de martirios y mucho menos dar lugar a la intervención de la justicia.


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