El crimen
de la calle Agraciada
(I)
El Día.
27 de noviembre de 1906.
Siempre en las tinieblas
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N
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ada hasta este momento, nada concreto.
Algunos indicios que bien explotados pueden ensanchar el tenue rayo de luz de
que hablábamos ayer; algunas gotas de sangre, borrosas ya por la acción del
tiempo, señalando con su mutismo desesperante la dirección que siguió el
asesino después de su brutal trabajo, huellas que desaparecen bruscamente a
cincuenta metros del teatro del crimen: he ahí todo lo que hasta el momento se
sabe, he ahí, compendiados, todos los elementos con que cuenta la policía para
orientarse hacia la luz, para luchar y vencer. Convengamos en que es bien poca
cosa; pero convengamos también, en que si no tiene más, nadie puede, con
justicia, atribuirlo a negligencia o abandono. Todos los rastros se han seguido
con inteligente y escrupulosa actividad, y si al final, cuando se creía marchar
hacia la ansiada claridad, aparecen inopinadamente las tinieblas, sería
insensato culpa a la policía por el desagradable contratiempo sufrido.
Repitamos como reconfortante en estos
momentos de dura prueba para nuestros viejos y experimentados pesquisantes, lo
que decimos ayer: nuestro porcentaje de crímenes impunes es relativamente
insignificante; y citemos, una vez más, la opinión del justamente celebrado
polizonte francés Mr. Goron: “El azar es
el mejor agente de policías”. Quizás de un momento a otro –ahora luego- una
circunstancia aparentemente insignificante, un descuido del criminal, un traspiés
dado al recorrer el camino de antemano trazado ponga en manos de la policía
todos los elementos de convicción que persigue con tan encomiable tenacidad. No
hay que desmayar. Porque si ahora se combate en las tinieblas solo hay un medio
de alcanzar la luz: luchar, luchar, ya que, esto es según Plotino, la condición
de la victoria.
Que siga luchando.
Las diligencias de ayer
Aunque de escasa importancia en cuanto a
sus resultados prácticos, la tarea de ayer absorbió muchas horas a la policía
de Investigaciones, cuyos distintos elementos no se han dado un momento de
reposo. Y esa tarea, aun dentro de su misma insignificancia, ha servido de
mucho, puesto que ha servido para limpiar el campo de acción de todo estorbo
que pudiera dificultar las operaciones futuras.
En ese sentido, pues, no se ha perdido el
tiempo.
El “Cande Suizo”
Se recordará que en números
anteriores hablamos aunque muy brevemente, de un sujeto conocido por “Cande Suizo”, apodado que tiene su
origen en la clase de comercio a que se dedica. Vamos ahora a consagrar dos
palabras al personaje, ya que su nombre ha sonado con motivo del asesinato de
Habbeger.
“Cande
Suizo” es un mocetón alto y fornido, propietario de una cara que no dice
nada pero que ostenta una soberbia nariz afilada y agresiva. Se dedica a la
venta de caramelos más o menos escrupulosamente elaborados, la delicia de los
arrapiezos del barro que rodea al comerciante como una espesa nube de moscas.
El hombre busca siempre como punto estratégico para la venta de sus golosinas
los parajes donde más abundan los muchachos: las plazas públicas o las
proximidades de los colegios.
En estos últimos tiempos eligió como
pesquero de botijas golosos la esquina de las calles Agraciada y Lima teniendo
en cuenta sin duda, la circunstancia de que por ahí no más y precisamente en la
acera opuesta a la casa de Habbeger, está establecido un colegio de robustos
frailes.
Poquito a poco “Cande Suizo” fue trabajando relaciones con Habbeger, entrando en
muchas partes para la intimidad que más tarde se estableció, la calidad de la
mercancía que aquel vende, productos genuinamente suizos, según él, y por ende
compatriotas del viejo relojero. Este llegó a mostrarse de tal manera solicito
atencioso con el diario pregonero de las golosinas helvéticas, que todo el barrio
notó que hablaba frecuentemente con él y hasta le alcanzaba sillas para que se
sentara en el cordón de la vereda.
Producido el crimen no falló quien recordara
las galanterías inusitadas del relojero con “Cande Suizo” y la policía se creyó en el caso de interrogar al
andariego comerciante, por si podía aportar alguna luz.
En presencia de las autoridades policiales,
“Cande Suizo”, estirando su amplia
nariz de calmuco, comenzó a darle gustó a la lengua narrando la gestación
completa de su amistad con el muerto infeliz, sus charlas interminables frente
al cajón desbordante de caramelos multicolores sobre los que se cernía un
apretado enjambre de moscas zumbadoras y agresivas.
Pero en sustancia nada, nada absolutamente.
Y el hombre salió de la comisaría dejando a las autoridades tan ilustradas como
antes. En cambio los granujas que se acercan a contemplar los caramelos con
ojos relampagueantes, si no consiguen pescar una confitura, se dan en cambio el
gusto de oírle al locuaz vendedor narrar su entrevista con las autoridades y
las peripecias que ha pasado, según modestamente lo afirma.

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