miércoles, 11 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (I)

El crimen de la calle Agraciada

(I)


El Día.
27 de noviembre de 1906.
Siempre en las tinieblas

N
ada hasta este momento, nada concreto. Algunos indicios que bien explotados pueden ensanchar el tenue rayo de luz de que hablábamos ayer; algunas gotas de sangre, borrosas ya por la acción del tiempo, señalando con su mutismo desesperante la dirección que siguió el asesino después de su brutal trabajo, huellas que desaparecen bruscamente a cincuenta metros del teatro del crimen: he ahí todo lo que hasta el momento se sabe, he ahí, compendiados, todos los elementos con que cuenta la policía para orientarse hacia la luz, para luchar y vencer. Convengamos en que es bien poca cosa; pero convengamos también, en que si no tiene más, nadie puede, con justicia, atribuirlo a negligencia o abandono. Todos los rastros se han seguido con inteligente y escrupulosa actividad, y si al final, cuando se creía marchar hacia la ansiada claridad, aparecen inopinadamente las tinieblas, sería insensato culpa a la policía por el desagradable contratiempo sufrido.

Repitamos como reconfortante en estos momentos de dura prueba para nuestros viejos y experimentados pesquisantes, lo que decimos ayer: nuestro porcentaje de crímenes impunes es relativamente insignificante; y citemos, una vez más, la opinión del justamente celebrado polizonte francés Mr. Goron: “El azar es el mejor agente de policías”. Quizás de un momento a otro –ahora luego- una circunstancia aparentemente insignificante, un descuido del criminal, un traspiés dado al recorrer el camino de antemano trazado ponga en manos de la policía todos los elementos de convicción que persigue con tan encomiable tenacidad. No hay que desmayar. Porque si ahora se combate en las tinieblas solo hay un medio de alcanzar la luz: luchar, luchar, ya que, esto es según Plotino, la condición de la victoria.

Que siga luchando.
Las diligencias de ayer
Aunque de escasa importancia en cuanto a sus resultados prácticos, la tarea de ayer absorbió muchas horas a la policía de Investigaciones, cuyos distintos elementos no se han dado un momento de reposo. Y esa tarea, aun dentro de su misma insignificancia, ha servido de mucho, puesto que ha servido para limpiar el campo de acción de todo estorbo que pudiera dificultar las operaciones futuras.

En ese sentido, pues, no se ha perdido el tiempo.
El “Cande Suizo”
 Se recordará que en números anteriores hablamos aunque muy brevemente, de un sujeto conocido por “Cande Suizo”, apodado que tiene su origen en la clase de comercio a que se dedica. Vamos ahora a consagrar dos palabras al personaje, ya que su nombre ha sonado con motivo del asesinato de Habbeger.


Cande Suizo” es un mocetón alto y fornido, propietario de una cara que no dice nada pero que ostenta una soberbia nariz afilada y agresiva. Se dedica a la venta de caramelos más o menos escrupulosamente elaborados, la delicia de los arrapiezos del barro que rodea al comerciante como una espesa nube de moscas. El hombre busca siempre como punto estratégico para la venta de sus golosinas los parajes donde más abundan los muchachos: las plazas públicas o las proximidades de los colegios.

En estos últimos tiempos eligió como pesquero de botijas golosos la esquina de las calles Agraciada y Lima teniendo en cuenta sin duda, la circunstancia de que por ahí no más y precisamente en la acera opuesta a la casa de Habbeger, está establecido un colegio de robustos frailes.

Poquito a poco “Cande Suizo” fue trabajando relaciones con Habbeger, entrando en muchas partes para la intimidad que más tarde se estableció, la calidad de la mercancía que aquel vende, productos genuinamente suizos, según él, y por ende compatriotas del viejo relojero. Este llegó a mostrarse de tal manera solicito atencioso con el diario pregonero de las golosinas helvéticas, que todo el barrio notó que hablaba frecuentemente con él y hasta le alcanzaba sillas para que se sentara en el cordón de la vereda.

Producido el crimen no falló quien recordara las galanterías inusitadas del relojero con “Cande Suizo” y la policía se creyó en el caso de interrogar al andariego comerciante, por si podía aportar alguna luz.

En presencia de las autoridades policiales, “Cande Suizo”, estirando su amplia nariz de calmuco, comenzó a darle gustó a la lengua narrando la gestación completa de su amistad con el muerto infeliz, sus charlas interminables frente al cajón desbordante de caramelos multicolores sobre los que se cernía un apretado enjambre de moscas zumbadoras y agresivas.

Pero en sustancia nada, nada absolutamente. Y el hombre salió de la comisaría dejando a las autoridades tan ilustradas como antes. En cambio los granujas que se acercan a contemplar los caramelos con ojos relampagueantes, si no consiguen pescar una confitura, se dan en cambio el gusto de oírle al locuaz vendedor narrar su entrevista con las autoridades y las peripecias que ha pasado, según modestamente lo afirma.


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