jueves, 12 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (II)

El crimen de la calle Agraciada

(II)


Un cliente sospechoso
Se ha llegado a saber que pocas noches antes del crimen penetró a una sombrerería situada en la misma cuadra donde Habbeger tenía su casa de relojería un cliente desconocido para el negociante, el que manifestó deseos de adquirir un sombrero. Se le mostraron varios, pero ninguno le convino, este porque era caro, aquel porque no le quedaba bien, el otro porque era de color, los fue desechando todos. Y se probaba sombreros y sombreros, con toda pachorra, como ganoso de perder tiempo.

Por fin abandonó la casa sin comprar nada, y no falta quien diga que se plantó frente a la casa de Habbeger y allí se dejó estar hasta las once de la noche.

¿Qué hacía allí? ¿Qué habrá ido a hacer a la sombrería? Esto es lo que la policía ha querido averiguar, y en el momento actual se anda en busca del al parecer misterioso cliente del sombrero.
Gratificación de 300 pesos
El coronel Jerez ha autorizado al jefe de la Policía de Investigaciones señor Russo, para ofrecer una gratificación de 300 pesos a la persona que proporcione un dato, nada más que un dato por el cual pueda llegarse hasta el descubrimiento del autor del asesinato de Habbeger.

Si alguna persona por razones especiales quiere que su nombre no sea conocido, la autoridad policial está dispuesta aprovechar el dato, entregar la gratificación si el resulta útil y guarda la más absoluta reserva.
En casa del crimen
El Jefe de la Policía de Investigaciones, señor Russo, acompañado de los comisarios internos de la 7ª señores Manuel García y Aquiles Cóppola y de joyeros que, a causa de haber estado al servicio de Habbeger, conocían exactamente el número de mercaderías que existían en el establecimiento, se constituyeron ayer tarde en la relojería practicando una detenida inspección en todos los estantes, vitrinas, etc.

De dicha inspección se constató que faltaban no menos de cien estuches grandes y mayor cantidad de estuches pequeños, de manera que el crimen ha tenido forzosamente que salir con un verdadero cargamento después de perpetuar el asesinato y el saqueo de la joyería.
Sobre rectificaciones
Ha visitado al cronista policial de este diario un señor Bertoni establecido con casa de compra-venta, para pedirle una rectificación. Dice ese señor, que fue él y no su hijo Mario Bertoni, el que vendió la caja de fierro a Habbeger, ignorando absolutamente que dicho mueble fuera de secreto, detalle que, aunque sorprendente no tomaremos como materia de discusión.

Nuestro cronista de policía advirtió al señor Bertoni que no tenía el menor reparo en hacer la rectificación que solicitaba; pero como tampoco era agradable eso de reconocer ligerezas, públicamente, se creía en el caso de advertirle que insistía en que quien había iniciado la negociación de la caja de fierro era precisamente el hijo del que hacia la  rectificación, de suerte que este último no pasaría de un simple poseedor del mueble, detalle que no altera el fondo de nuestra información.

Y para terminar agreguemos que, como estamos firmemente persuadidos de que nuestras narraciones anteriores son de todo punto inatacables en cuanto se refiere a su más escrupulosa exactitud, aceptemos la discusión de cualquiera que se crea autorizado a impugnar un solo párrafo de dichas narraciones.
Sobre manchas de sangre
Un colega dice lo siguiente:

Según nuestros informes, ni en los papeles del extinto, ni en las paredes del taller, ni en la caja de fierro, ni en la puerta, ni en ningún sitio ni objeto del interior de la joyería se han notado rastros que delatasen que el asesino tuviera sus manos tintas en sangre y esto hace presumir que ha sido lo suficientemente hábil o que ha tenido verdadera suerte al cometer el crimen, para que no le alcanzara la sangre de su víctima”.


Así es en efecto; pero conviene dejar establecido que nosotros hemos observado también ese detalle, consignando que si bien no se notaron manchas de sangre, en cambio se notaron gotas en diferentes puntos de la joyería, lo que nos hizo suponer que el criminal ha recibido una pequeña herida en la mano, quizás al despedazar las vitrinas para saquearlas, sospecha que confirma la circunstancia de haberse constatado igualmente gotas de sangre en las paredes y en la vereda de la calle Lima según queda consignado en nuestra narración anterior.

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