El crimen
de la calle Agraciada
(II)
Un cliente sospechoso
Se ha llegado a saber que pocas noches
antes del crimen penetró a una sombrerería situada en la misma cuadra donde
Habbeger tenía su casa de relojería un cliente desconocido para el negociante,
el que manifestó deseos de adquirir un sombrero. Se le mostraron varios, pero
ninguno le convino, este porque era caro, aquel porque no le quedaba bien, el
otro porque era de color, los fue desechando todos. Y se probaba sombreros y
sombreros, con toda pachorra, como ganoso de perder tiempo.
Por fin abandonó la casa sin comprar nada,
y no falta quien diga que se plantó frente a la casa de Habbeger y allí se dejó
estar hasta las once de la noche.
¿Qué
hacía allí? ¿Qué habrá ido a hacer a la sombrería?
Esto es lo que la policía ha querido averiguar, y en el momento actual se anda
en busca del al parecer misterioso cliente del sombrero.
Gratificación de 300 pesos
El coronel Jerez ha autorizado al jefe de
la Policía de Investigaciones señor Russo, para ofrecer una gratificación de
300 pesos a la persona que proporcione un dato, nada más que un dato por el
cual pueda llegarse hasta el descubrimiento del autor del asesinato de
Habbeger.
Si alguna persona por razones especiales
quiere que su nombre no sea conocido, la autoridad policial está dispuesta
aprovechar el dato, entregar la gratificación si el resulta útil y guarda la
más absoluta reserva.
En casa del crimen
El Jefe de la Policía de Investigaciones,
señor Russo, acompañado de los comisarios internos de la 7ª señores Manuel
García y Aquiles Cóppola y de joyeros que, a causa de haber estado al servicio
de Habbeger, conocían exactamente el número de mercaderías que existían en el
establecimiento, se constituyeron ayer tarde en la relojería practicando una
detenida inspección en todos los estantes, vitrinas, etc.
De dicha inspección se constató que
faltaban no menos de cien estuches grandes y mayor cantidad de estuches
pequeños, de manera que el crimen ha tenido forzosamente que salir con un
verdadero cargamento después de perpetuar el asesinato y el saqueo de la
joyería.
Sobre rectificaciones
Ha visitado al cronista policial de este
diario un señor Bertoni establecido con casa de compra-venta, para pedirle una
rectificación. Dice ese señor, que fue él y no su hijo Mario Bertoni, el que
vendió la caja de fierro a Habbeger, ignorando absolutamente que dicho mueble
fuera de secreto, detalle que, aunque sorprendente no tomaremos como materia de
discusión.
Nuestro cronista de policía advirtió al
señor Bertoni que no tenía el menor reparo en hacer la rectificación que
solicitaba; pero como tampoco era agradable eso de reconocer ligerezas,
públicamente, se creía en el caso de advertirle que insistía en que quien había
iniciado la negociación de la caja de fierro era precisamente el hijo del que
hacia la rectificación, de suerte que
este último no pasaría de un simple poseedor del mueble, detalle que no altera el
fondo de nuestra información.
Y para terminar agreguemos que, como
estamos firmemente persuadidos de que nuestras narraciones anteriores son de
todo punto inatacables en cuanto se refiere a su más escrupulosa exactitud,
aceptemos la discusión de cualquiera que se crea autorizado a impugnar un solo
párrafo de dichas narraciones.
Sobre manchas de sangre
Un colega dice lo siguiente:
“Según
nuestros informes, ni en los papeles del extinto, ni en las paredes del taller,
ni en la caja de fierro, ni en la puerta, ni en ningún sitio ni objeto del interior
de la joyería se han notado rastros que delatasen que el asesino tuviera sus
manos tintas en sangre y esto hace presumir que ha sido lo suficientemente
hábil o que ha tenido verdadera suerte al cometer el crimen, para que no le
alcanzara la sangre de su víctima”.
Así es en efecto; pero conviene dejar
establecido que nosotros hemos observado también ese detalle, consignando que
si bien no se notaron manchas de sangre, en cambio se notaron gotas en
diferentes puntos de la joyería, lo que nos hizo suponer que el criminal ha
recibido una pequeña herida en la mano, quizás al despedazar las vitrinas para
saquearlas, sospecha que confirma la circunstancia de haberse constatado
igualmente gotas de sangre en las paredes y en la vereda de la calle Lima según
queda consignado en nuestra narración anterior.
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