El crimen
de la calle Agraciada
(III)
Persecución de la
pesquisa
El Día.
28 de noviembre 1906.
(Escribimos con temor un si es no es
cohibidos, porque ahora ha surgido, por generación espontánea como los
macachines, un altitonante censor: el lenguaraz policial del diario de la
tarde, un cristiano de tiro corto que detesta las narraciones detalladas, sin
duda porque a él no le da el naipe para hacerlas).
Aunque hasta en las tinieblas, se confía en
la eficacia de algunos hilos que a última hora se han conseguido, gracias a la
incansable actividad que se viene desplegando.
Por de pronto se ha podido constatar que la
barra de hierro con que fue ultimado Habbeger es un instrumento de uso común
del asesino, pues no presenta ninguna huella de moho.
Reconocido por varios peritos estos han
manifestado que la barra ha sido cortada con trancha, y ha pertenecido a un
lingote de dos o tres metros, pues en esa forma vienen de Europa.
Por su parte, varias casas de artículos de
hierro y estaciones de tranvías, donde se consume gran cantidad de ese metal
que han examinado la barra, no pueden dar informe ninguno que ilustre a la
justicia. Trozo de hierro como ese se encuentra en cualquier parte.
Por ese lado, pues nada se ha podido
obtener.
Los menores
Solferino
Estuvimos ayer charlando largamente con los
menores Orestes –y no Hugo- y Humberto Solferino en su domicilio de la calle
Nicaragua número 48.
Nos encaramos primero con Orestes, y sin
necesidad de darle cuerda el chicuelo comenzó a hablar.
-Yo
iba todas las mañanas nos dijo a la
casa del viejo Habbeger, para hacerle los mandados; le compraba la carne, corte
de cordero, generalmente y de cuando en cuando me mandaba al centro a comprarle
vidrio o piedras que le hacían falta.
-Algunas
vez vio Vd., persona extrañas en la casa?
-Nunca
señor; siempre lo veía solo sentado frente a su mesa de trabajo; cuando mucho
lo veía hablando con algún cliente que iba a comprar algo y se retiraba en el
acto.
Meditó un rato y agregó:
-El
que solía visitarlo y le sacaba a pasear un perrito ñato, era un viejito
conocido por el “Tio Forinero” que vive por la Avenida de la Paz.
Terció en este momento Humbeto, un pergenio
de 7 años, que narró de corrido todo lo que sabía al respecto. Él también le
hacía mandados, le arreglaba las rosas le daba algunos escobazos a los cuartos,
etc., trabajaba fuerte, en fin aunque no le reportaba ninguna utilidad, porque
el viejo no soltaba jamás un cobre.
Después arrepentido de no hacerle la debida
justicia al difunto declaró que para el día de año nuevo le había regalado un
trajecito que le quedaba pintado.
Tampoco Humberto le conocía relaciones
íntimas, personas que lo visitarán con frecuencias y parecieran tener intimidad
en la casa.
Con Pedro Mejorable
Pedro Mejorable que tiene 13 años, y
domicilio en la calle Lima 153 es el menor que se presentó con la leche, poco
después de haber sido asesinado Habbeger.
Resolvimos interrogarlo y a ese efecto ayer
nos entrevistamos con él.
A las primeras palabras el muchacho se puso
serio.
Déjeme,
señor! La verdad es que no me hace gracia acordarme de eso… Que susto me
atraqué!...
Figurese
que llegué a la puerta y como la vi entornada no más, con un pedazo de la
cortina salida para la calle, comencé a golpear; pero viendo que no abría
empujé la puerta y entré. Lo primero que vi fue un revoltijo de muebles y
relojes tirados por el suelo y después al mirar para el rincón me encontré con
el viejo tendido en el suelo y quejándose: ah, ah!... un quejido tan triste que
daba no se qué.
Cuando
lo vi gané la puerta como un loco y salí a la calle sin rumbo. Iba corriendo
cuando me acordé que por allí cerquita vive Solferino, y fui a contarle que el
alemán estaba finado. En seguida, por consejo de aquel di cuenta a la policía.
-A qué
horas iba Vd. Todas las mañanas?
-A
las ocho a las ocho y cuarto, a veces más tarde.
-Le
conocía Vd. amistades personas que lo visitarán con frecuencia?
-No,
señor nunca le conocí amigos. Cuando yo iba lo encontraba solo trabajando, a
veces medio dormido sobre la mesa. Y mire que no hace un día que le llevaba la
leche. Primero se la llevaba mi mamá, hace de esto diez y ocho años, y ahora se
la llevaba yo.
El 66 en danza
Alguien nos hace notar que el anciano
relojero tenía 66 años, número fatídico, encarnación de la “geta”.
Por más que nosotros estamos convencidos de
que esa pareja de guarismos es realmente fatal, consignamos la observación sin
entrar en mayores comentarios.
Hilos que se cortan
La policía se ha creído en el caso de
detener aunque momentáneamente a varios individuos de malos antecedentes, cuyas
señas coinciden con las del individuo que según un menor salió de la relojería
el día del crimen.
Interrogados por los funcionarios
policiales, fueron a poco puestos en libertad, por haber demostrado que nada
tenía que ver en el crimen.
Así ha pasado con un sujeto que detenido
por un incidente con unas mujeres, se echó de ver que presentaba algunas
heridas en las manos, de carácter sospechoso. Pero este también demostró su
inocencia.
Conclusiones del
informe médico
Los médicos forenses doctores don Alejandro
Sarachaga y don Arturo Ferrer, que practicaron la autopsia ordenada por el
señor Juez de Instrucción doctor Gomensoro, en el cadáver del relojero Cristian
Habbeger, han elevado ya el informe respectivo.
Es un luminoso documento del que
tomamos sus conclusiones que dice así:
La muerte se ha producido necesaria y
fatalmente por las lesiones del cráneo que hemos descrito sobre todo por la que
lleva el número 1 (pabellón de la oreja derecha reducida a pequeños colgajos
que algunos se sostienen por pequeños pedículos). A este nivel el cráneo
presenta una fractura conminativa, separando los esquirlas en número de ocho,
se nota un orificio del tamaño de la mano, que permite ver en el fondo la masa
cerebral lesionada. Desde los bordes de este orificio parten fisuras que
limitan esquirlas en los huesos temporal parietal y occipital). Las lesiones
descritas en los números 1, 2, 3 y 4, han sido producidas por un instrumento
contundente esgrimido con gran violencia.
Las lesiones descritas en el número 6,
pueden haber sido producidas por las uñas del criminal.
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