viernes, 27 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (VII)

El crimen de la calle Agraciada

(VII)



Pormenores y diceres
El Día.
7 de diciembre de 1906.
El caso ha venido a complicarse nuevamente. Cuando se creía que la novela de Montepío, en que justicia corresponde el rol de protagonista al viejo Oliveri, tocaba a su desenlace, un hecho real, incuestionable, por más que pueda, como indudablemente será apreciado con distinto criterios, se produce y dar lugar a innumerables diligencias policiales y judiciales y motivo al pueblo para que, partiendo de falsos rumores aceptara como un hecho consumado, la prisión de los matadores de Habbeger.

Un diario de la tarde se siente contagiado de esa nerviosidad popular que venimos observando desde que se perpetuó el crimen, y, al son de cohetes y bombas anuncia el completo descubrimiento del crimen de la calle Agraciada.
Las alhajas robadas – Su hallazgo en la vía pública
Fue poco después de medio día que principiaron a circular los rumores de que habían sido encontradas las alhajas sustraídas en la relojería de la calle Agraciada, suponiéndose que conjuntamente con las alhajas habría aparecido el autor del asesinato, circunstancia que en cierto modo explica el error en que recurrieron muchos e hicieron participes a los demás.

Nuestro cronista de policía que tuvo conocimiento en los primeros momentos del hallazgo de las alhajas y de las consecuencias que se sacaban de aquel, se puso inmediatamente en campaña a fin de obtener todos los detalles de los hechos ocurridos, arribando a la desconsoladora conclusión de que el acontecimiento de ayer no ha hecho más que complicar el asunto, en forma bien poco satisfactoria para los que, animados de un entusiasmo y de una fe dignas del mayor encomio, continúan debatiéndose en las sombras con la esperanza de agrandar aquel rayo de luz de que hablábamos hace algunos días.

Bien poco satisfactoria para la policía, y así es en efecto. ¿Qué han ganado los que buscan a los asesinos de Habbeger, con que hayan aparecido las alhajas robadas a la victima? ¿Constituye ese hallazgo un hilo utilizable para la prosecución de los trabajos emprendidos para la captura del criminal?

Desgraciadamente no. El criminal obedeciendo a causas que la policía juzga de una manera y nosotros de otra, ha sido desprendiéndose poco a poco de todos los objetos que pudieran comprometerle y es probablemente que a la fecha no tenga en su poder absolutamente nada que constituya una prueba de su culpabilidad.

He aquí como fueron halladas las alhajas:

Una niña de 14 años, llamada Sofía Rodríguez que como a eso de las 11 de la mañana se dirigía a un terreno baldío situado en la calle Monte Caseros esquina Figurita, fondos de la fábrica de aguardiente del señor Brancato, con objeto de atar una chiva, observo que dentro de una pequeña zanja, cerca de un alambrado y próximo a la vía del Ferrocarril Central, cubierta a medias por una mata de sauce, había una bolsa de grandes dimensiones de la que, por la parte del fondo salían algunos estuches conteniendo alhajas.

La niña atemorizada ante semejante hallazgo, se fue corriendo a la cancha de bochas del señor Modesta, poco distante y encontrando allí a los señores Oscar de Palleja, domiciliado en la calle Figurita número 384; Luis Lapeira, Monte Caseros número 80, y Eugenio Nieto, en el mismo les comunico lo ocurrido. Dichos señores se dirigieron apresuradamente hacia el paraje indicado por la niña Sofía Rodríguez, dando por intermedio del niño Francisco Culse, de 12 años de edad domiciliado en la calle Figurita núm. 361, aviso de lo acaecido al guardia civil Francisco Silva Blanco del personal de la 9ª.

Este trasmitió sin demora la novedad a sus superiores, concurriendo momentos después los comisarios de la expresada sección, señores Modesto Paez y Francisco Garillo y el oficial inspector de turno don Eduardo Gómez, los que encontraron custodiando la bolsa a los señores de Palleja, Lapetra y Nieto, quines explicaron a los mencionados funcionarios  la forma en que habían sido halladas las alhajas; por quién y de que modo acordándose antes de remover la bolsa, comunicar el hallazgo a las autoridades superiores.

A poco llegaban a las calles Monte Caseros y Figurita, el Jefe Político coronel Bernassa y Jerez, el de la Policía de Investigaciones señor Brizuela, el segundo señor Russo, el inspector de 2º zona señor Tarlera, varios comisarios de Investigaciones y algunos seccionales y el Juez de Instrucción doctor Gomensoro acompañado de su actuario el señor Villalengua.
¿Quién arrojó la bolsa?
La inspección confirmó un dato significativo: que la bolsa estaba en un sitio muy visible, lo que quiere decir que si no se encontró hasta ayer fue porque recién ayer fue colocada allí. Confirma esto la circunstancia de que el día anterior hubiese andado por allí el señor Pallejas, sin haber visto nada.

Hay más: la bolsa ni siquiera fue depositada en el escondite la noche anterior, pues no se encuentra ni humedecida por el roció.
Conducción de la bolsa - Su contenido
Tan pronto como hubo llegado el doctor Gomensoro y se adquirió el convencimiento de que las alhajas que contenía la bolsa eran las robadas a Habbeger, se dispuso que aquella fuera llevada a la comisaría de la 9ª efectuándose el trasporte en el carruaje del doctor Vadora, que guiaba Luis Abbasini.

El Juez de Instrucción dispuso que el contenido de esta bolsa fuese arrojado al suelo y entonces fueron apareciendo todas las alhajas robadas de Habbeger, estuches grandes y chicos, hasta formar un total de noventa y uno; treinta y tantos relojes de oro y plata, unos ochenta anillos, cadenas de oro, plata y doublé, aros de servilletas de diversos metales, gran cantidad de chafalonía menor, etc., etc., entre los que se destacaba como artículo de lujo, un reloj de oro para señora con diamantes que podrá valer unos 50 pesos y un anillo también de oro, con brillantes, valuado en 25 pesos.
Reconociendo las alhajas
El doctor Gomensoro quiso adquirir el completo convencimiento de que las alhajas que contenía la bolsa eran del joyero asesinado y al efecto dispuso que concurrieran  a la comisaría los señores Angel Sorubi y Arnoldo Habbeger, el primero establecido con taller de relojería en la calle Cerro Largo esquina Cuareim, que mantenía relaciones con el eximio y el segundo sobrino del asesinado.

Ambos examinaron detenidamente las alhajas, manifestando luego que eran efectivamente las que fueron robadas en la joyería de la calle Agraciada.
Una prisión
El hallazgo de la bolsa dio lugar a innumerables diligencias. Entre las que merecen citarse la detención de don Antonio Bertoni, padre de Mario Bertoni, que como se sabe está preso desde el día en que se perpetró el asesinato, por suponérsele complicado en él.

Antonio Bertoni fue detenido en su domicilio calle 8 de Octubre núm. 164, distantes unas tres cuadras del sitio en que fue hallada la bolsa, atribuyéndose a esta circunstancia y a las sospechas que despierta su hijo, la determinación judicial a su respecto.

Bertoni padre se aloja en la oficina de la calle Yaguarón.
Manchas de sangre
En un reloj y en otras alhajas de las que fueron halladas por la niña Sofía Rodríguez, se notaron pequeñas manchas de sangre, circunstancia que ha dado lugar a que se tomen las impresiones digitales de Mario Bertoni y Pedro Díaz (a) Perico, sobre quienes recaen sospechas de complicidad en el asesinato.
Consecuencias del hallazgo
Como consecuencia inmediata del hallazgo de ayer, cabe suponer que hoy será puesto en libertad don Nicolás Amato, la victima del cuento de Luis Oliveri, que probablemente pasará a ocupar el puesto de Amato en la Cárcel Correccional, siempre que no corresponda la reclusión en el Manicomio, del embustero viejo, que ha hecho pasar días amargos a un pobre padre de familia  honrado y trabajador como fuera de toda duda es Nicolás Amato.
La famosa bolsa
La bolsa dentro de la cual fueron halladas las alhajas es de grandes dimensiones, de arpillera, algo deteriorada y con un agujero en el fondo, por donde salieron algunos estuches que sorprendieron a la niña Sofía Rodríguez.


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