viernes, 20 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (IV)

El crimen de la calle Agraciada

(IV)

El gato de Habbeger

En la casa donde fue asesinado Cristian Habbeger, no queda ahora más ser viviente que un gato negro, que el extinto crio desde chico, animal que parecía estar grandemente encariñado de su dueño.

No ha habido forma de arrancarlo de allí pues cuando se intentó antes de cerrar y lacrar las puertas de la casa, el mismo día en que fueron retirados varios canarios hamburgueses y algunas aves de corral, el felino ganó la azotea, desde donde se escurrió, burlando fácilmente la persecución de los que intentaban apoderarse de él.

Ahora se le ve pasear con actitud sombría por toda la casa y aun cuando se ha dejado abierta de ex profeso una ventana de la calle Lima, el animal se resiste tenazmente a salir, ni siquiera en procura de alimento.

Opiniones del Sr. Laguarda
El Día.
29 de noviembre de 1906.
Los elementos policiales se agitan febrilmente maniobran en todos sentidos, pero el tiempo pasa y el misterio persiste. El criminal se dice, no ha dejado tras de sí un solo rastro, ninguna huella que pueda ser utilizada, si se exceptúa el cuerpo ???  de su victima, y nosotros preguntamos ¿se está seguro de que se ha sabido explotar el tenue indicio cualquiera que sea hallado en el teatro del crimen, el rastro que un profano ve, pero que no escapa al ojo experimentado y perspicaz del pesquisante?

Se  ha indagado todo lo debido en la vida del asesinado? Se ha tratado de conocer sus intimidades, sus negociaciones; se sabe si tenía hecho testamento, y en este caso se conocen las cláusulas de ese documento?

¿Se ha tratado de comprobar si falta algún documento de propiedad del finado entre los que fueron fallados en la caja de fierro? No se presta a ninguna conjetura el hecho de que hayan sido respetado todos los títulos al portador que poseía el extinto?

Pues quizás todo esto, o cuando menos algo de esto puede ser de utilidad para la justicia.
Algo misterioso
Al estudiar el crimen y el escenario en que se desarrolló, llaman desde luego la atención primero, la hora en que aquel se cometió que parece estar constatado por los (aves?) que sintió una menor, segundo, el lujo el derroche de huellas de saqueo… por el criminal, como un cínico alarde de barbarie.
¿Por qué mató?
Partiendo del principio de que el delincuente conocía a su víctima y había estudiado sus costumbres, de que operaba en un medio ambiente que le era casi familiar, sorprende que haya elegido las primeras horas de la mañana para “trabajar” arrastrando peligrosas contingencias la llegada de un cliente, de un pariente, de un amigo de los menores Solferino que iban todas las mañana, lo mismo que los lecheros, que haya llegado hasta despreciar la presencia de cualquier vecino, etc.

Si su “fin único” era robo, el apropiamiento liso y llano del dinero del viejo relojero ¿por qué no realizó esto a las once de la noche, sabiendo, como debía saber que Habbeger salía temprano de su casa y regresaba tarde? Entonces habría tenido por delante cuatro o cinco horas para… con toda tranquilidad, para saquear a su gusto la casa sin necesidad de agravar su delito con el crimen. El ladrón profesional, el ladrón científico, que procede pesando y midiendo el delito, código en mano que sabe que el robo con escalamiento o efracción de puertas o ventanas es más rigurosamente penado que el robo simple; que busca siempre aminorar los meses de cárcel que sufrirá en el caso de caer en manos de la justicia; que llega hasta hacer el cálculo de lo que ganará por mes mientras está preso; el ladrón moderno, en fin, sabe perfectamente a lo que se expone si mata al robar, y solo elimina a la víctima cuando la necesidad lo obliga, cuando a ese solo precio puede atrapar el dinero, o cuando su seguridad personal lo obliga a llegar a ese tremendo extremo.

Pero en este caso nuestro el ladrón asesina porque sí, como si ese, sobre todo, fuera su propósito, puesto que tenía el medio de robar sin llegar hasta el crimen.
Fiebre de destrucción
Y qué manera de robar, que manera de destruir muebles para apoderarse de las alhajas!... Parece que hubiera pasado por allí un viento de destrucción!

Primero trata de arrancar con un instrumento que no aparece para nada (nótese esto) la débil cerradura de una vitrina, que quizás él mismo haya cerrado; deja después esa tarea a medio hacer, cuando le faltaba apenas un último golpe, un tirón seco y recio y la emprende a golpes con los vidrios que hacen añicos, despreciando el ruido… Y hace lo propio con las otras vitrinas, sobre cuyos cristales descarga tantos golpes que los convierte en menudos fragmentos.

No queda aún satisfecho y hace rodar por el suelo mesas, estantes pequeños… colgados de la paredes que puede limpiar de joyas sin necesidad de mover de su sitio como si todo esto fuera poco arroja por el suelo tres o cuatro despertadores. Una verdadera fiebre de destrucción parece que se apodera del criminal, que tiene sin embargo la suerte de no herirse ni pisar la sangre de su víctima y destroza todo; y en esa tarea pierde un tiempo preciso y a ella se consagra a pesar de que la calle se llena de ruidos y el tránsito se hace cada vez mayor. Lo pueden ver salir pero nada le importa.
Llegando al colmo
Hay más todavía: en los estantes de la joyería hay cientos y tantos estuches de todo tamaño y el criminal que solo ha dejado en las vitrinas las alhajas de escaso valor arrambla con todos ellos chicos y grandes sin abrirlos, sin examinarlos, sin saber si están llenos o vacíos, aunque de ese modo hace más difícil su huida, porque un hombre cargado con un gran fardo llama más la atención que otro que no lleva nada.

Y como sabe el asesino que esos estuches contienen alhajas de valor, tanto los grandes como los chicos? El volumen no significa nada, pues un pequeño estuche puede contener un anillo de subido valor y uno grande un arco de servilleta.

Pero qué clase de ladrón es ese, que procede en el mismo instante como un profesional y como un principiante chambón?

El mata con una barra de hierro le destroza la cabeza a su víctima y el arma empleada no tiene rastros de sangre. En cambio el papel con que está recubierta uno de sus extremos, está completamente tinto en la sangre de la víctima.

Tampoco no se mancha las manos, pues a pesar de haberlas puesto aquí y allá al realizar el robo, sus huellas no aparecen por ninguna parte.

Comete el crimen, y deja la barra allí, para que la policía la tome como punto de partida de su pesquisa; y en cambio el  instrumento que emplea para romper la cerradura de una de las vitrinas, se lo lleva consigo.

No se engolosina con ninguno de los títulos al portador que encuentra en la caja de fierro, pero en cambio no deja una sola moneda de níquel o billete de banco, y hasta tiene la suerte de que ninguna pieza de oro, plata, níquel o billete se le caiga al suelo. Deja la caja de fierro abierta y el pasador del centro queda corrido.

Tiene la preocupación de limpiar las manos, y el paño con que lo hace no aparece por ningún lado.

¿Es, pues la obra de un profesional? Resueltamente decimos que no, porque los profesionales roban pero no matan sin necesidad y ya hemos visto que era tarea fácil robar al viejo relojero sin necesidad de matarlo. Para un profesional abrir una puerta es como coser y cantar.

¡Se quiere más? Pues al sacar las alhajas varias se le caen al suelo, y al sacar el dinero tiene la suerte de que ni una moneda de níquel se le salte de las manos.
El trozo de hierro
El trozo de hierro dejado por el asesino es de cortas dimensiones y para destrozarle el cráneo a la víctima es preciso que aquel estuviera dotado de fuerzas nada comunes. ¿No sería posible que fuera otra arma la empleada por el criminal? Una cachiporra, por ejemplo, que es de más fácil manejo y da mejores resultados.

En este caso  ¿dónde está el arma? Se la ha llevado el asesino dejando la otra como pista falsa para engañar la justicia.

Entre criminales, es cosa corriente poner esa clase de pista para desorientar a los más hábiles pesquisantes.

Resumiendo
Tal vez meditándose en todo cuanto dejamos dicho, no se pierda el tiempo. Nosotros tenemos fe en nuestra policía, y si ha podido estar desgraciada hasta ahora, nadie puede afirmar que no halle la verdadera pista mañana y entregue a la justicia al bárbaro criminal.
Las diligencias de ayer
En el día de ayer se han continuado los trabajos tendientes al esclarecimiento del crimen.

Los detenidos Mario Bertasie y Pedro Díaz (a) Perico, fueron ayer conducidos a la presencia judicial, tomándoles declaración el Juez de Instrucción doctor Gomensoro; se hallaba presente el fiscal doctor Mendoza y Durán.

Como es sabido el primero de los nombrados fue el que le vendió la caja de fierro a Habbeger y en cuanto al segundo motiva su detención la circunstancia de que su filiación coincide con la suministrada por el menor Pedro Pablo Pérez que afirma haber visto a un individuo merodeando por el sitio del crimen a la hora que este se efectuaba.

La declaración duró desde las 3 a la 5 y ½ de la tarde, resolviendo el doctor Gomensoro que fueran conducidos después a la Jefatura.


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