El crimen
de la calle Agraciada
(IV)
El
gato de Habbeger
En la casa donde fue asesinado Cristian
Habbeger, no queda ahora más ser viviente que un gato negro, que el extinto crio
desde chico, animal que parecía estar grandemente encariñado de su dueño.
No ha
habido forma de arrancarlo de allí pues cuando se intentó antes de cerrar y
lacrar las puertas de la casa, el mismo día en que fueron retirados varios
canarios hamburgueses y algunas aves de corral, el felino ganó la azotea, desde
donde se escurrió, burlando fácilmente la persecución de los que intentaban
apoderarse de él.
Ahora se le ve pasear con actitud sombría
por toda la casa y aun cuando se ha dejado abierta de ex profeso una ventana de
la calle Lima, el animal se resiste tenazmente a salir, ni siquiera en procura
de alimento.
Opiniones
del Sr. Laguarda
El Día.
29 de noviembre de 1906.
Los elementos policiales se agitan
febrilmente maniobran en todos sentidos, pero el tiempo pasa y el misterio
persiste. El criminal se dice, no ha dejado tras de sí un solo rastro, ninguna
huella que pueda ser utilizada, si se exceptúa el cuerpo ??? de su victima, y nosotros preguntamos ¿se
está seguro de que se ha sabido explotar el tenue indicio cualquiera que sea
hallado en el teatro del crimen, el rastro que un profano ve, pero que no
escapa al ojo experimentado y perspicaz del pesquisante?
Se
ha indagado todo lo debido en la vida del asesinado? Se ha tratado de
conocer sus intimidades, sus negociaciones; se sabe si tenía hecho testamento,
y en este caso se conocen las cláusulas de ese documento?
¿Se ha tratado de comprobar si falta algún
documento de propiedad del finado entre los que fueron fallados en la caja de
fierro? No se presta a ninguna conjetura el hecho de que hayan sido respetado
todos los títulos al portador que poseía el extinto?
Pues quizás todo esto, o cuando menos algo
de esto puede ser de utilidad para la justicia.
Algo
misterioso
Al estudiar el crimen y el escenario en que
se desarrolló, llaman desde luego la atención primero, la hora en que aquel se
cometió que parece estar constatado por los (aves?) que sintió una menor,
segundo, el lujo el derroche de huellas de saqueo… por el criminal, como un
cínico alarde de barbarie.
¿Por
qué mató?
Partiendo del principio de que el
delincuente conocía a su víctima y había estudiado sus costumbres, de que
operaba en un medio ambiente que le era casi familiar, sorprende que haya
elegido las primeras horas de la mañana para “trabajar” arrastrando peligrosas contingencias la llegada de un
cliente, de un pariente, de un amigo de los menores Solferino que iban todas
las mañana, lo mismo que los lecheros, que haya llegado hasta despreciar la
presencia de cualquier vecino, etc.
Si su “fin
único” era robo, el apropiamiento liso y llano del dinero del viejo relojero
¿por qué no realizó esto a las once de la noche, sabiendo, como debía saber que
Habbeger salía temprano de su casa y regresaba tarde? Entonces habría tenido
por delante cuatro o cinco horas para… con toda tranquilidad, para saquear a su
gusto la casa sin necesidad de agravar su delito con el crimen. El ladrón
profesional, el ladrón científico, que procede pesando y midiendo el delito,
código en mano que sabe que el robo con escalamiento o efracción de puertas o
ventanas es más rigurosamente penado que el robo simple; que busca siempre
aminorar los meses de cárcel que sufrirá en el caso de caer en manos de la
justicia; que llega hasta hacer el cálculo de lo que ganará por mes mientras
está preso; el ladrón moderno, en fin, sabe perfectamente a lo que se expone si
mata al robar, y solo elimina a la víctima cuando la necesidad lo obliga,
cuando a ese solo precio puede atrapar el dinero, o cuando su seguridad
personal lo obliga a llegar a ese tremendo extremo.
Pero en este caso nuestro el ladrón asesina
porque sí, como si ese, sobre todo, fuera su propósito, puesto que tenía el
medio de robar sin llegar hasta el crimen.
Fiebre
de destrucción
Y qué manera de robar, que manera de
destruir muebles para apoderarse de las alhajas!... Parece que hubiera pasado
por allí un viento de destrucción!
Primero trata de arrancar con un
instrumento que no aparece para nada (nótese esto) la débil cerradura de una
vitrina, que quizás él mismo haya cerrado; deja después esa tarea a medio
hacer, cuando le faltaba apenas un último golpe, un tirón seco y recio y la
emprende a golpes con los vidrios que hacen añicos, despreciando el ruido… Y
hace lo propio con las otras vitrinas, sobre cuyos cristales descarga tantos
golpes que los convierte en menudos fragmentos.
No queda aún satisfecho y hace rodar por el
suelo mesas, estantes pequeños… colgados de la paredes que puede limpiar de
joyas sin necesidad de mover de su sitio como si todo esto fuera poco arroja
por el suelo tres o cuatro despertadores. Una verdadera fiebre de destrucción
parece que se apodera del criminal, que tiene sin embargo la suerte de no
herirse ni pisar la sangre de su víctima y destroza todo; y en esa tarea pierde
un tiempo preciso y a ella se consagra a pesar de que la calle se llena de
ruidos y el tránsito se hace cada vez mayor. Lo pueden ver salir pero nada le
importa.
Llegando
al colmo
Hay más todavía: en los estantes de la
joyería hay cientos y tantos estuches de todo tamaño y el criminal que solo ha
dejado en las vitrinas las alhajas de escaso valor arrambla con todos ellos
chicos y grandes sin abrirlos, sin examinarlos, sin saber si están llenos o
vacíos, aunque de ese modo hace más difícil su huida, porque un hombre cargado
con un gran fardo llama más la atención que otro que no lleva nada.
Y como sabe el asesino que esos estuches
contienen alhajas de valor, tanto los grandes como los chicos? El volumen no
significa nada, pues un pequeño estuche puede contener un anillo de subido
valor y uno grande un arco de servilleta.
Pero qué clase de ladrón es ese, que
procede en el mismo instante como un profesional y como un principiante
chambón?
El mata con una barra de hierro le destroza
la cabeza a su víctima y el arma empleada no tiene rastros de sangre. En cambio
el papel con que está recubierta uno de sus extremos, está completamente tinto
en la sangre de la víctima.
Tampoco no se mancha las manos, pues a
pesar de haberlas puesto aquí y allá al realizar el robo, sus huellas no
aparecen por ninguna parte.
Comete el crimen, y deja la barra allí,
para que la policía la tome como punto de partida de su pesquisa; y en cambio
el instrumento que emplea para romper la
cerradura de una de las vitrinas, se lo lleva consigo.
No se engolosina con ninguno de los títulos
al portador que encuentra en la caja de fierro, pero en cambio no deja una sola
moneda de níquel o billete de banco, y hasta tiene la suerte de que ninguna
pieza de oro, plata, níquel o billete se le caiga al suelo. Deja la caja de
fierro abierta y el pasador del centro queda corrido.
Tiene la preocupación de limpiar las manos,
y el paño con que lo hace no aparece por ningún lado.
¿Es, pues la obra de un profesional? Resueltamente decimos que no, porque los profesionales roban pero
no matan sin necesidad y ya hemos visto que era tarea fácil robar al viejo relojero
sin necesidad de matarlo. Para un profesional abrir una puerta es como coser y
cantar.
¡Se quiere más? Pues al sacar las alhajas
varias se le caen al suelo, y al sacar el dinero tiene la suerte de que ni una
moneda de níquel se le salte de las manos.
El
trozo de hierro
El trozo de hierro dejado por el asesino es
de cortas dimensiones y para destrozarle el cráneo a la víctima es preciso que
aquel estuviera dotado de fuerzas nada comunes. ¿No sería posible que fuera
otra arma la empleada por el criminal? Una cachiporra, por ejemplo, que es de
más fácil manejo y da mejores resultados.
En este caso ¿dónde está el arma? Se la ha llevado el
asesino dejando la otra como pista falsa para engañar la justicia.
Entre criminales, es cosa corriente poner
esa clase de pista para desorientar a los más hábiles pesquisantes.
Resumiendo
Tal vez meditándose en todo cuanto dejamos
dicho, no se pierda el tiempo. Nosotros tenemos fe en nuestra policía, y si ha
podido estar desgraciada hasta ahora, nadie puede afirmar que no halle la
verdadera pista mañana y entregue a la justicia al bárbaro criminal.
Las
diligencias de ayer
En el día de ayer se han continuado los
trabajos tendientes al esclarecimiento del crimen.
Los detenidos Mario Bertasie y Pedro Díaz
(a) Perico, fueron ayer conducidos a
la presencia judicial, tomándoles declaración el Juez de Instrucción doctor
Gomensoro; se hallaba presente el fiscal doctor Mendoza y Durán.
Como es sabido el primero de los nombrados
fue el que le vendió la caja de fierro a Habbeger y en cuanto al segundo motiva
su detención la circunstancia de que su filiación coincide con la suministrada
por el menor Pedro Pablo Pérez que afirma haber visto a un individuo merodeando
por el sitio del crimen a la hora que este se efectuaba.
La declaración duró desde las 3 a la 5 y ½
de la tarde, resolviendo el doctor Gomensoro que fueran conducidos después a la
Jefatura.

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