lunes, 20 de abril de 2015

El crimen de la calle Agraciada (XII)

El crimen de la calle Agraciada

(XII)

La prisión de Bertoni
El Día.        
20 de diciembre de 1906.
La primera prisión que realizó la policía a raíz de la muerte de Habbeger fue la de Mario Bertoni, el cual se encuentra todavía detenido, a disposición del Juez de Instrucción.
Motivo la actitud de la policía ciertas sospechas manifestadas por parientes de Habbeger. Estos sostenían que Bertoni estaba profundamente resentido con su deudo; que alguna vez se le había oido manifestar que por culpa de aquél se había “comido dos años de cárcel”.
La explicación del dicho y de los hechos se da así. Se cuenta que Bertoni estaba procesado por un robo e n circunstancias que la justicia llamó a Habbeger para preguntarle datos. Y Habbeger no tuvo empacho en declarar que los artículos robados le habían sido vendidos por Bertoni (hijo). Lo que, naturalmente, incomodó bastante al acusado que esperaba por lo menos, que su amigo alegase absoluta ignorancia.
No obstante este desagradable antecedente Bertoni mantenía relaciones bastantes estrechas con Habbeger. Esto hizo que la policía abrieses el ojo. Recordó la conducta del sospechado, no era de las más recomendables. Aunque en la actualidad estaba entregado al pacifico comercio de compra y venta, donde apenas solía incurrir de vez en cuando en la adquisición de objetos mal habidos, se tenía bien presente que había sido procesado y penado por robo. Supo además la intervención que había tenido Bertoni en la historia de la caja de Habbeger: no solo había servido de intermediario para la compra, sino que más tarde había sido llamado para arreglarla, afirmando las malas lenguas que después de desarmar y volver a armar el mecanismo resultó que la caja había quedado con dos cerraduras inservibles de las tres que tenía. Con estos antecedentes se procedió sin más trámite a la prisión.
Siguiendo la pesquisa se llegó a averiguar por el propio dependiente de Bertoni, que la mañana del crimen se había levantado contra su voluntad a las 5 ½ de la mañana. Era esa la hora en que sonaba el despertador y la misma en que se levantaba el dependiente continuando en la cama Bertoni. Pero ese día, cuando el dependiente saltó de la cama el patrón ya estaba vestido.
Pero este detalle, que en el primer momento pareció concluyente, se vino abajo poco después. Resulta que Bertoni, no obstante su madrugon, probó que a la hora del crimen estaba en su casa. No solo lo dice el dependiente con el cual lateó toda la mañana, sino que lo confirma una sirvienta del fondo de la casa con quien conversó también bastante rato. Solo ya tarde salió a la calle y fue a la carpintería de su padre, donde se encontró con su amigo Díaz.
La policía ha tenido que renunciar a la idea de que Bertoni (hijo), sea autor principal n la muerte de Habbeger. Pero cree que puede ser un instigador del crimen. El empeño que puso Bertoni en hacerse notar en su casa a la hora en que se cometió el asesinato lo considera como un rasgo hábil de un profesional para preparar su cuartada.
Bertoni es un hombre de unos treinta años, bien parecido, que viste correctamente. Se ha caracterizado por la altanería y hasta la insolencia con que ha tratado a la policía. Pero esta vez según los propios investigadores, se muestra respetuoso muy hasta humilde.
Estas son las razones porque está preso Bertoni.


El crimen de la calle Agraciada (XI)

El crimen de la calle Agraciada

(XI)


La bolsa de las alhajas
El Día.
19 de diciembre de 1906.
Decíamos ayer que es necesario partir como de un hecho indiscutible que hubo dos o más colaboradores en el tenebroso crimen de la calle Agraciada. En efecto por más que se aguce el ingenio no se concibe como el matador de Habbeger que ha tenido que empaparse en sangre hasta el extremo de dejar huellas en la calle marcando la dirección de su primeros pasos haya podido realizar el saqueo de la caja de fierro y de las distintas vitrinas sin dejar el menor rastro estando probado como está que no hecho mano de ningún elemento dentro de la casa para lavarse las manos.
El asesino de Habbeger salio a la calle con las manos ensangrentadas. Ciertas manchas encontradas en la pared exterior de la casa donde se realizó la tragedia, hacen suponer que el asesino trató de limpiarse refregando las manos contra el reboque. Si es así ¿cómo se explica que no esté manchado el pestillo de la puerta que hubo que mover para salir a la calle después de cometido el crimen?
¿Cómo se explica que la caja de fierro que fue concienzudamente revuelta no presenta ninguna mancha? ¿Cómo se explica que se hayan tomado docenas y docenas de estuches sin dejar el menor rastro? Pues todos esos hechos solo se pueden explicar de una manera : admitiendo que hubo quien o quines no participaron del acto material del asesinato para quedar con las manos limpias y en condiciones por consiguiente de no manchar la mercancía la que la hubiese hecho de muy difícil circulación. Y nótese que el revoltijo que se armó dentro de la joyería es otro síntoma que concurre a probar que hubo varios actores; los hombres, en su apuró se sintieron estrechos y voltearon mostradores y rompieron vidrieras. Un vidrio desmenuzado en pequeñas partículas revela que un pie imprudente lo trituró en los momentos más difíciles.
La misma cantidad de estuches robados a Habbeger es otra prueba de que trabajó en la hazaña más de un criminal. Un hombre solo no puede cargar con tanta mercancía a menos que se echase al hombro una bolsa lo que lo hubiese hecho muy sospechoso. Es de presumirse que los estuches fueron sacados de la joyería en dos o tres paquetes. Y si se admite que fueron sacados de una sola vez, en la misma bolsa en la que se les encontró más tarde tal vez sea necesario admitir como lo sostienen algunos, la colaboración de un cochero. Sólo en coche puede llevarse por un largo trecho, a las ocho de la mañana y sin ser notado, un bulto de las proporciones del que nos ocupa.
Y a propósito de la bolsa de alhajas encontrad en las proximidades de la calle Figurita ¿por qué ha de admitirse como una absoleta que recién fue colocada en el sitio donde se la encontró la víspera del encuentro? ¿No sería más verosímil admitir que la bolsa fue escondida allí a raíz del propio crimen?
Entendemos que hay detalles serios que inclinan el ánimo a la última de la soluciones. La bolsa, en que se encontraron las alhajas estaba con el fondo roto, más bien podrido. No es posible admitir que estaba en ese estado cuando se la llevó a esconder porque entonces se habría producido un desparramo de estuches por el camino recorrido. La bolsa, pues parece que se ha destruido en el terreno, y eso solo ha podido resultar espués de varios días de estar en contacto con la tierra húmeda. Ese largo contacto parece probado, por otra parte, por el hecho de que se haya diluido el cazmin de varios estuches hasta el extremo de manchar con su color a la arpillera.
Si fuera así ¿por qué demoró tantos días en aparecer? Sencillamente porque estaba muy bien escondido. No solo se le había colocado en una especie de cueva formada de arbustos, sino que el piso estaba cubierto por un alto yuyal que hacía invisible a la más corta distancia cualquier bulto que se colocase allí.
Para que la bolsa de las alhajas pudieses ser vista en la forma que se vio era necesario que los altos yuyos hubieran sido cortados. Pues bien: ese hecho parece que realmente se produjo, precisamente porque el día del encuentro de la bolsa se encontraron a su alrededor muchos pastos cortados. Esto ha dado lugar a suponer que la bolsa fue vista antes por la misma persona que cortó el pasto, la cual, después de darse cuenta de lo que aquella contenía, creyó prudente alejarse de allí y guardar silencio temiendo que sus declaraciones pudiesen ser mal interpretadas.


El crimen de la calle Agraciada (X)

El crimen de la calle Agraciada

(X)


Las metamorfosis de Oliveri
El Día.
16 de diciembre de 1906.
Luis Oliveri, el viejo biscochero.

Parece a estar a los informes que se nos suministran, que el viejo Oliveri le ha sido algunas veces infiel a su apellido actual, abandonándolo temporalmente o momentáneamente por otro que le caía en gracia.

Así, no falta quien asegure que un buen día tuvo un recio traspiés de resultas del cual compareció ante la justicia transformado en un gallardo Antonio Pini. Y al poco tiempo, y a causa de otros traspiés salió de entre las manos de la policía metamorfoseado en un gentil Pedro Pini que no había más que pedir. Y todavía no quedó satisfecho este Proteo trasnochado y cogitranco, pues en cuanto encontró coyuntara, se ofreció al público con un nuevo y flamante estado civil, y acordándose quizás de las Metamorfosis, se hizo admirar por esas calles con la flamante etiqueta de Ovidio Crespi, que le sentaba a las mil maravillas.

Como el mal ejemplo cunde sucedió que la recia trashumante de pilletes no quiso quedarse atrás y comenzó a atracarle nombre sobre nombre, de suerte que el bizcochero se convirtió en almanaque y tan pronto se oía llamar “macaquito de palo” en atención a su mezquina catadura, como “mangia galina”, en razón de su desmedida afición por las aves de corral.
Sus cuentas con la justicia
Sus biógrafos relatan algunas travesuras de Oliveri que merecen ser conocidas.

¡Años atrás cierto pillete le peló treinta y dos libras a un comerciante, y siéndose en peligro de caer en manos de la policía, resolvió aligerarse del dinero dándoselo en custodia a Oliveri. Cuando a pesar de todas sus precauciones, la policía le echó mano, al muchacho, aunque haciéndose rogar un rato, cantó por fin, narrando como había efectuado el robo y a quien había entregado las libras.

Requerido Oliveri para que las entregara, el hombre se puso furioso gritando que se le estaba calumniando, que él no tenía las libras ni conocía al muchacho. Era en aquellos tiempos la policía un poquito mano larga, y en vista de la pertinaz negativa del viejo le acomodo una paliza de línea, que tuvo la virtud de desatarle la lengua.

Se cuenta también que el viejo no fue ajeno a la muerte violenta de su cuñado que fue asesinado a palos; pues la justicia lo alojo por su cuenta una poción de tiempo. Aunque su culpabilidad no quedó bien constatada, la justicia creyó siempre pues el viejo Oliveri había sido el principal actor en aquel sombrío drama de familia.
Una zambullida
Ahora entra lo más curioso, Luis Oliveri ha desaparecido y nadie puede dar razón de su paradero.

Al principio se dijo que, acometido de un ataque furioso de locura, había sido llevado al Manicomio; pero nuestro informes nos permiten afirmar que nadie ha cargado con tan interesante bulto por la quinta del Reducto.

Se dijo después que estaba metido en su casa y decidido a no salir de ella en todo el resto de sus días, lo que tampoco era cierto. Y no falta quien afirme que el bizcochero ha puesto agua por medio y en este momento se encuentra en Buenos Aires. Otros aseguran que anda un poquito más lejos.

Sea como fuere, es el caso que Oliveri no aparece por ningún lado.

Se dice también que desde el día del crimen hasta aquél en que se fue con su estupendo cuento a la justicia Oliveri andaba inquieto, agitado, presentando en todos sus actos síntomas de una profunda alteración mental.

Su sueño era agitado, interrumpido por saltos bruscos, por gritos roncos, que tenía alarmada a la familia.

Esta empezó a sospechar que el viejo bizcochero no andana bien de la cabeza o temía de un momento a otro verse envuelto en algún mal percance.

Después, un buen día desaparece sin que la familia pueda decir donde se ha acallado.
Convengamos, pues, en que todo esto era sospechoso, cuando menos, y que se presta a los comentarios que por ahí se hacen.
Lo que se dice
Algunos cavilosos se han dedicado a buscar coincidencias, y he aquí lo que han sacado en limpio.

El relojero fue muerto a golpes, dados con una barra de fierro o cachiporra, exactamente como el cuñado de Oliveri. La autopsia señaló, aparte el golpe en el temporal, cerca de cuarenta más distribuidos por todo el cuerpo de la víctima lo que puede atribuirse a la escasez de fuerzas físicas del asesino. Parece que éste debido a su constitución débil tuvo necesidad de aplicar a Habegger un número considerable de golpes para dejarlo fuera de combate, y aún así no logró matarlo, pues es sabido que a las 8 de la mañana, cuando se presentó la policía, aún estaba con vida.

Los destrozos causados en las vitrinas y estantes de la joyería parecería la obra de un loco, que acometió de repentino furor hace pedazos cuando le cae a la mano, después de trucidar a su victima.

Y todo esto se dice, puede muy bien atribuirse a Oliveri que es un viejo escaso de fuerzas y de cerebro desequilibrado. Se señala, finalmente otra, coincidencia: la alhajas fueron dejadas en el camino de Monte Caseros en una bolsa vieja, y una y una bolsa vieja usaba Oliveri para cubrir su canasto de masas.

Repetimos que consignamos todo esto solo a título de curiosidad sin que se nos ocurra señalar a Oliveri como autor del crimen.
Diligencias judiciales
El juez sumariante doctor Gomensoro ha dispuesto que sean citados a declarar: el menor Humberto Solferino, el lechero que iba todas las mañanas a las seis a casa de Habbeger, el famoso “Cande suizo”, el relojero de la calle Cerro Largo y Cuareim y otras personas cuyos testimonios se juzga de utilidad.

La policía se ha encargado de buscar el domicilio de esas personas y notificarles la resolución judicial.


viernes, 3 de abril de 2015

El crimen de la calle Agraciada (IX)

El crimen de la calle Agraciada

(IX)

Con el señor Amatto
El Día.
13 de diciembre de 1906.
-¿Debe sentirse ahora perfectamente tranquilo?

-Por lo que respecta a mi conciencia sí, señor, nunca temí ni temo ahora que nadie me confunda con un asesino; pero puedo evitar la intranquilidad que me produce cosas insignificantes que antes ni advertía siquiera. Hasta los ruidos pequeños me causan asombro y hay momentos en que se apodera de mí una tristeza tan grande, que me parece que estuviera solo en el mundo...

-Es que se halla usted como bajo la terrible impresión de los hechos ocurridos.

-Juzgo que ha de ser así; la impresión fue realmente terrible. Figúrese usted que eran las dos de la mañana cuando sentí golpes en la puerta de la calle. Como precisamente uno de mis hijos mayores no había regresado aun, creí que se trataba de él y fui a abrir encontrándome con el subcomisario de la 8ª señor Escobar.

¿Qué ocurre, le pregunté, ha sucedido algo a mi hijo? Dígamelo usted pronto, por favor.
No es nada; venga usted que el comisario Vila desea hablarle.

Me vestí, firmemente persuadido de que había pasado algo muy grave a mi hijo; sorprendiéndome al observar que la calle estaba llena de gente y que algunos me rodeaban disimuladamente.

-¿Qué hay, señor Vila? Pregunté al comisario de la 8ª... Nada, Amatto, ahora van a decírselo.

Lo demás, todo el mundo sabe. Fui llevado a la comisaría de la 6ª, interrogado, incomunicado y al fin careado con mi infeliz acusador...

-¿Quiere decirme algunos detalles del careo?

-¿Cómo no? Son graciosísimos. Yo ignoraba quién era mi acusador, pues solo se me había dicho que se trataba de un comerciante respetable. Ansiaba, se lo juro, hallarme en su presencia, cuando se me notificó que iba a tener lugar el careo.

Instintivamente cerré los ojos y juzgue usted de mi asombro al hallarme frente a frente a Oliveri, el macaquito de palo, como le llaman los muchachos y al saber que era ese infeliz, mi acusador. Si hubiera estado más tranquilo, me parece que estallo en una formidable carcajada...

-Pero, el hombre sostuvo la acusación en su presencia...
-Sí, señor; no sin antes pedirle casi llorando al juez que le amparara porque yo era capaz de aplastarlo de un manotazo. Sostuvo, sí, señor, todo su cuento y con toda la serenidad de una persona sensata.

-¿A qué atribuye usted la actitud de Oliveri?

-Estoy todavía por explicármela; pues se trata, señor de un pobre diablo que solo me debe beneficios. Pude, en mi carácter de revisador de patentes, aplicarle varias veces la ley o mandarlo preso; pero en atención a su infelicidad, lo perdoné siempre. Pero, como yo tampoco podía faltar a mis deberes, ocurrió que, hará de esto unos quince días, le advertí que si no sacaba la patente me vería obligado a proceder contra él. Por toda respuesta metió los dos pies en la canasta y convirtió en harina todos los bizcochos.

Puede que desde ese día haya quedado enojado conmigo.


viernes, 27 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (VIII)

El crimen de la calle Agraciada

(VIII)



Opiniones de un químico
El Día.
11 de diciembre de 1906.
El reputado químico doctor Scocería, llamado a informar sobre unas manchas encontradas en un botín y en un diario objetos pertenecientes al detenido Pedro Díaz (a) Perico se ha expedido manifestando que las manchas del botín no son de sangre y las del diario son de café.
Con Bertoni padre
En el interés de saber lo que piensa de todas esta cosas Antonio Bertoni, padre del detenido Mario Bertoni, ayer nos entrevistamos con él.

El hombre no está nada contento del giro que toma este enmarañado asunto y mucho menos de la prensa, pues como se recordará un diario de la tarde llegó hasta a afirmar que Mario Bertoni había confesado lisa y llanamente su participación en el asesinato de Habbeger.

Como le advertimos que, precisamente nosotros habíamos desautorizado tal afirmación, Bertoni se humanizó manifestándose dispuesto a responder a nuestras preguntas, no sin antes pedirnos que tuviéramos en cuenta sus largos años de residencia en el país, siempre trabajando honradamente y su absoluta inocencia sobre todo lo que tenga relación con la muerte de Habbeger.

-Principio usted por decirnos algo respecto a su prisión.

-¿Mi prisión? Advierta usted que yo no he estado preso, a lo menos que lo sepa. Tuve noticia que el señor jefe de la policía de investigaciones me buscaba y me presente en el acto. Todo se redujo a ponerme en exhibición una bolsa y algunos otros objetos, preguntándome si los conocía. Respondí negativamente, recobrando pocas horas después mi libertad.

-¿Quiere usted decirme todo cuanto sepa acerca de la caja de fierro del relojero asesinado?

-No tengo ningún inconveniente. El día 5 de febrero del corriente año adquirí una caja de fierro que había pertenecido a un ex boticario de la Unión, y como después de efectuada esa operación advirtiera que era un mueble antiguo traté de colocarlo sin mayores utilidades. Por eso cuando con fecha 21 de mismo mes citado, el relojero señor Cristian Habbeger se interesó por la caja se la cedí sin ganancia casi, convencido de que me había sacado un clavo de encima.

-¿Usted ignoraba que la caja de fierro era de secreto?

-En absoluto señor y verá Usted lo que pasó. Como la caja estaba recién pintada,...

-¿Pero fue usted o su hijo Mario el que vendió la caja de fierro?

-Fui yo señor, puede garantizarlo en la época en que se efectuó la operación mi hijo Mario no tenía todavía nada que ver en mi casa, que no solo es de compra y venta sino joyería y relojería también.

-¿Qué papel desempeña en su casa Pedro Díaz?

-¿Papel? Ninguno. Ese sujeto, que es carpintero, andaba sin acomodo y yo lo tome aunque no ignoraba que había estado preso, pues entiendo que la regeneración es posible hasta en los mayores criminales.

Nada más puedo decirle...


El crimen de la calle Agraciada (VII)

El crimen de la calle Agraciada

(VII)



Pormenores y diceres
El Día.
7 de diciembre de 1906.
El caso ha venido a complicarse nuevamente. Cuando se creía que la novela de Montepío, en que justicia corresponde el rol de protagonista al viejo Oliveri, tocaba a su desenlace, un hecho real, incuestionable, por más que pueda, como indudablemente será apreciado con distinto criterios, se produce y dar lugar a innumerables diligencias policiales y judiciales y motivo al pueblo para que, partiendo de falsos rumores aceptara como un hecho consumado, la prisión de los matadores de Habbeger.

Un diario de la tarde se siente contagiado de esa nerviosidad popular que venimos observando desde que se perpetuó el crimen, y, al son de cohetes y bombas anuncia el completo descubrimiento del crimen de la calle Agraciada.
Las alhajas robadas – Su hallazgo en la vía pública
Fue poco después de medio día que principiaron a circular los rumores de que habían sido encontradas las alhajas sustraídas en la relojería de la calle Agraciada, suponiéndose que conjuntamente con las alhajas habría aparecido el autor del asesinato, circunstancia que en cierto modo explica el error en que recurrieron muchos e hicieron participes a los demás.

Nuestro cronista de policía que tuvo conocimiento en los primeros momentos del hallazgo de las alhajas y de las consecuencias que se sacaban de aquel, se puso inmediatamente en campaña a fin de obtener todos los detalles de los hechos ocurridos, arribando a la desconsoladora conclusión de que el acontecimiento de ayer no ha hecho más que complicar el asunto, en forma bien poco satisfactoria para los que, animados de un entusiasmo y de una fe dignas del mayor encomio, continúan debatiéndose en las sombras con la esperanza de agrandar aquel rayo de luz de que hablábamos hace algunos días.

Bien poco satisfactoria para la policía, y así es en efecto. ¿Qué han ganado los que buscan a los asesinos de Habbeger, con que hayan aparecido las alhajas robadas a la victima? ¿Constituye ese hallazgo un hilo utilizable para la prosecución de los trabajos emprendidos para la captura del criminal?

Desgraciadamente no. El criminal obedeciendo a causas que la policía juzga de una manera y nosotros de otra, ha sido desprendiéndose poco a poco de todos los objetos que pudieran comprometerle y es probablemente que a la fecha no tenga en su poder absolutamente nada que constituya una prueba de su culpabilidad.

He aquí como fueron halladas las alhajas:

Una niña de 14 años, llamada Sofía Rodríguez que como a eso de las 11 de la mañana se dirigía a un terreno baldío situado en la calle Monte Caseros esquina Figurita, fondos de la fábrica de aguardiente del señor Brancato, con objeto de atar una chiva, observo que dentro de una pequeña zanja, cerca de un alambrado y próximo a la vía del Ferrocarril Central, cubierta a medias por una mata de sauce, había una bolsa de grandes dimensiones de la que, por la parte del fondo salían algunos estuches conteniendo alhajas.

La niña atemorizada ante semejante hallazgo, se fue corriendo a la cancha de bochas del señor Modesta, poco distante y encontrando allí a los señores Oscar de Palleja, domiciliado en la calle Figurita número 384; Luis Lapeira, Monte Caseros número 80, y Eugenio Nieto, en el mismo les comunico lo ocurrido. Dichos señores se dirigieron apresuradamente hacia el paraje indicado por la niña Sofía Rodríguez, dando por intermedio del niño Francisco Culse, de 12 años de edad domiciliado en la calle Figurita núm. 361, aviso de lo acaecido al guardia civil Francisco Silva Blanco del personal de la 9ª.

Este trasmitió sin demora la novedad a sus superiores, concurriendo momentos después los comisarios de la expresada sección, señores Modesto Paez y Francisco Garillo y el oficial inspector de turno don Eduardo Gómez, los que encontraron custodiando la bolsa a los señores de Palleja, Lapetra y Nieto, quines explicaron a los mencionados funcionarios  la forma en que habían sido halladas las alhajas; por quién y de que modo acordándose antes de remover la bolsa, comunicar el hallazgo a las autoridades superiores.

A poco llegaban a las calles Monte Caseros y Figurita, el Jefe Político coronel Bernassa y Jerez, el de la Policía de Investigaciones señor Brizuela, el segundo señor Russo, el inspector de 2º zona señor Tarlera, varios comisarios de Investigaciones y algunos seccionales y el Juez de Instrucción doctor Gomensoro acompañado de su actuario el señor Villalengua.
¿Quién arrojó la bolsa?
La inspección confirmó un dato significativo: que la bolsa estaba en un sitio muy visible, lo que quiere decir que si no se encontró hasta ayer fue porque recién ayer fue colocada allí. Confirma esto la circunstancia de que el día anterior hubiese andado por allí el señor Pallejas, sin haber visto nada.

Hay más: la bolsa ni siquiera fue depositada en el escondite la noche anterior, pues no se encuentra ni humedecida por el roció.
Conducción de la bolsa - Su contenido
Tan pronto como hubo llegado el doctor Gomensoro y se adquirió el convencimiento de que las alhajas que contenía la bolsa eran las robadas a Habbeger, se dispuso que aquella fuera llevada a la comisaría de la 9ª efectuándose el trasporte en el carruaje del doctor Vadora, que guiaba Luis Abbasini.

El Juez de Instrucción dispuso que el contenido de esta bolsa fuese arrojado al suelo y entonces fueron apareciendo todas las alhajas robadas de Habbeger, estuches grandes y chicos, hasta formar un total de noventa y uno; treinta y tantos relojes de oro y plata, unos ochenta anillos, cadenas de oro, plata y doublé, aros de servilletas de diversos metales, gran cantidad de chafalonía menor, etc., etc., entre los que se destacaba como artículo de lujo, un reloj de oro para señora con diamantes que podrá valer unos 50 pesos y un anillo también de oro, con brillantes, valuado en 25 pesos.
Reconociendo las alhajas
El doctor Gomensoro quiso adquirir el completo convencimiento de que las alhajas que contenía la bolsa eran del joyero asesinado y al efecto dispuso que concurrieran  a la comisaría los señores Angel Sorubi y Arnoldo Habbeger, el primero establecido con taller de relojería en la calle Cerro Largo esquina Cuareim, que mantenía relaciones con el eximio y el segundo sobrino del asesinado.

Ambos examinaron detenidamente las alhajas, manifestando luego que eran efectivamente las que fueron robadas en la joyería de la calle Agraciada.
Una prisión
El hallazgo de la bolsa dio lugar a innumerables diligencias. Entre las que merecen citarse la detención de don Antonio Bertoni, padre de Mario Bertoni, que como se sabe está preso desde el día en que se perpetró el asesinato, por suponérsele complicado en él.

Antonio Bertoni fue detenido en su domicilio calle 8 de Octubre núm. 164, distantes unas tres cuadras del sitio en que fue hallada la bolsa, atribuyéndose a esta circunstancia y a las sospechas que despierta su hijo, la determinación judicial a su respecto.

Bertoni padre se aloja en la oficina de la calle Yaguarón.
Manchas de sangre
En un reloj y en otras alhajas de las que fueron halladas por la niña Sofía Rodríguez, se notaron pequeñas manchas de sangre, circunstancia que ha dado lugar a que se tomen las impresiones digitales de Mario Bertoni y Pedro Díaz (a) Perico, sobre quienes recaen sospechas de complicidad en el asesinato.
Consecuencias del hallazgo
Como consecuencia inmediata del hallazgo de ayer, cabe suponer que hoy será puesto en libertad don Nicolás Amato, la victima del cuento de Luis Oliveri, que probablemente pasará a ocupar el puesto de Amato en la Cárcel Correccional, siempre que no corresponda la reclusión en el Manicomio, del embustero viejo, que ha hecho pasar días amargos a un pobre padre de familia  honrado y trabajador como fuera de toda duda es Nicolás Amato.
La famosa bolsa
La bolsa dentro de la cual fueron halladas las alhajas es de grandes dimensiones, de arpillera, algo deteriorada y con un agujero en el fondo, por donde salieron algunos estuches que sorprendieron a la niña Sofía Rodríguez.


El crimen de la calle Agraciada (VI)

El crimen de la calle Agraciada

(VI)



Una novela de Montepin
El Día.
4 de diciembre de 1906.

Los rumores que circularon durante todo el día de ayer, y de que medio Montevideo se hizo eco, llegándose hasta creer sinceramente en su completa exactitud, tienen todos los caracteres de un romance de Lavier de Montepin,[1] hasta en el hecho de que, en medio de todas las exageraciones e inverosimilitudes que se han esparcido a los cuatro vientos, hay en rigor algo de verdad que el cronista policial de este diario hubiera querido reservar, no obstante estar perfectamente enterado de lo ocurrido, desde antes que los hechos se hicieran públicos a no ser que los diarios de la mañana suministran pormenores más o menos bien fundados respecto a aquellos.
Lo que se dice
Un diario de la mañana, el más explicito, explica así los rumores circulantes:

Los hechos habían ocurrido en la forma siguiente: La comisaría de la 6ª recibió el sábado pasado una denuncia que presentaba como ejecutor de actos considerados como sospechosos a un individuo que, según decimos, se domicilia en el Barrio Reus.

El denunciante, aseguró que la persona de que se trata había sido vista el día del crimen en la calle Agraciada en momentos que, llevando un bulto, dejó caer al suelo un estuche, agregando que, al pretender  recogerlo cayéronsele otros varios. Dijo también que al ser visto por la persona que indica ésta recomendó guardara reserva de lo ocurrido, prometiéndole que si así lo hacía le daría una buena gratificación. En caso contrario como premio a su indiscreción lo mataría. Que desde un principio, por no verse envuelto en tan enojoso asunto, resolvió guardar secreto de lo que mencionaba, pero que, como la intranquilidad de su conciencia no lo dejaba dormir, resolvió hacer participe a la policía de su secreto.

Como se comprenderá, ante tal denuncia el comisario Apotheloz comenzó las diligencias necesarias llenando los requisitos que la delicadeza del hecho reclamaba. Como el denunciante agregara que conocía al personaje aludido e indicara el domicilio del presunto criminal y sus más mínimos detalles personales, se resolvió realizar su aprehensión, la que se efectuó en la madrugada de ayer.

Nuestros informes presentan al preso negando toda participación en el hecho que se le imputa. Sabemos así mismo que no ha podido acumularse en su contra cargo alguno que pueda comprometerlo.
A última hora se nos avisa que la policía ha decretado la detención del denunciante del caso que relatamos con objeto de someterlo a un careo con el preso, del cual se espera surja alguna luz.

Los demás diarios hacen publicaciones análogas y algunos acogen paternalmente una de las muchas versiones relacionadas con la prisión del “criminal”, según la cual, este, había caído en las redes policiales merced a la indiscreción de uno de sus hijos menores.
Lo que hay de verdad
Bueno; los rumores tienen en realidad algún fundamento; pues es exacto que el comisario de la sección 6ª señor Apotheloz, aprehendió ayer de madrugada en una casa del Barrio Reus al Norte a un sujeto acusado de participación, o mejor dicho,  de ser el principal ejecutor del asesinato de Habbeger, siendo causas de esa detención, las que expresa el colega en la trascripción precedente, con algunas salvedades que es necesario consignar.

En efecto; no es cierto que mediasen amenazas del señalado como delincuente para el que formuló la denuncia. En esta no se dice nada de so, ni aparecen las manifestaciones que se pretenden, que pueden considerarse puramente imaginarias, toda vez que el denunciante no ha hablado con nadie y el comisario de la 6ª, se ha negado obstinadamente a suministrar pormenores, fundándose en que todo lo que se diga es temerario desde que no existen pruebas de la culpabilidad de determinadas personas.

Lamentamos, por nuestra parte, tener que llevar la desilusión al ánimo público, que se había encariñado ya con la noticia de que el asesino de Habbeger estaba preso.


domingo, 22 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (V)

El crimen de la calle Agraciada

(V)


Sigue la pesquisa
El Día.
1º de diciembre de 1906.
La pista nueva que sigue ahora la policía de Investigaciones parece que conducirá a buen término. Los trabajos en ese sentido continúan con toda actividad y guardándose la mayor reserva.
Un sujeto sospechoso
El mismo día del crimen la policía tuvo conocimiento de que un sujeto que vive por los alrededores de la casa de Habbeger había intentado suicidarse. Nada tendría esto de particular si no fuera que los vecinos comenzaron a comentar el suceso y a darle carácter misterioso a las causas que impulsaron al referido sujeto a atentar contra su vida.

Se decía por ejemplo, que el suicida había andado todo el día nervioso, febriciente, hablando solo y hasta no faltó quien agregara que en un momento de nerviosidad dijo: “Estoy perdido, estoy perdido”, mirando unas huellas de sangre que hay en el portón de su casa.

Tanto se comentó el suceso, que la policía se creyó en el deber de averiguar lo que hubiera de verdad a ese respecto y con ese fin resolvió tomar declaración al misterioso individuo, que en el momento actual se encuentra en asistencia en el Hospital de Caridad.

Poco se ha podido adelantar al respecto, pues el sujeto aquel dice que intentó matarse porque le dio la real gana; que no es cierto que hubiera dicho lo de “estoy perdido”, etc., y que, en cuanto a una herida que presenta en una mano, no puede precisar de qué manera se la ha hecho. Agregamos, para finalizar, que la pesquisa, en ese sentido, no se ha dado por terminada.
Las pistas falsas
Con motivo de la barra de hierro que fue encontrada en el teatro del crimen, y con la que se supone que fue asesinado Habbeger, hicimos referencia los otros días de las pistas falsas que suelen dejar los ladrones y asesinos a fin de desorientar a la justicia o encaminarla por rumbo distinto. Ahora para complementar aquella breve información y robustecer lo que entonces decíamos, creemos oportuno citar algunos casos concretos con toda brevedad.

En un robo efectuado en París, el ladrón dejó un pañuelo que al parecer se había quitado del cuello para llevarse varios objetos que después dejó en el sitio del delito. Examinada la prenda, pudo comprobarse que el ladrón que había cortado el pelo antes del delito era un hombre anciano pues se encontraron adheridos a él varios pelos canosos. Pues bien, cuando se descubrió el robo, se supo con sorpresa que el autor era un hombre joven, como de veinte y tantos años.


Como es sabido, el menor Pedro Pablo Díaz suministró a la policía la filiación de un individuo que dijo había visto salir del sitio del crimen a eso de las 7 ½ de la mañana.

Lo que quizás no se sepa es que el referido menor, que es alumno de un colegio de robustos frailes establecido en la acera opuesta a la casa de Habbeger, contó a sus maestros lo que había visto y que el cura jefe, a penas lo oyó lo amenazó con las penas del infierno si llegaba a contar una sola palabra. El menor Díaz, atemorizado ante la inminencia de la cólera celeste, guardó silencio en los primeros momentos, hasta que se decidió a narrar todo lo que sabía a la policía.

La verdad es que no deja de ser curiosa esa moral fácil y dulce de los reverendos curas, porque sin violentarse muchos se podría llegar hasta la ocultación de los crímenes más brutales, lo que constituiría una complicidad pasiva con los señores asesinos.

Por lo demás, semejante actitud de los curas de la referencia  no nos sorprende, porque estos de allí y los otros de allá tienen cada cosa…
La cartera de Habbeger
Anteayer a las 10 de la mañana, el menor Tomás Acosta domiciliado en la calle Vecinal núm. 8, encontró en la calle Maldonado esquina Florida, una cartera de bolsillo de grandes dimensiones, repleta de papeles, que llevó a su casa y entregó a su padre Ignacio Acosta.

Este que no sabe leer, vio que la cartera no tenía dinero concediendo poquísima importancia al hallazgo; pero como alguien leyera algunos documentos y por ellos advirtieron que la cartera había pertenecido a Crisitian Habbeger, comunicó el hecho al comisario del a 6ª señor Apetheloz, el que procedió a la detención de la familia Acosta, trasmitiendo noticia de lo ocurrido al jefe de Investigaciones señor Russo.

El Juez de Instrucción ordenó anoche la libertad de la familia Acosta.


viernes, 20 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (IV)

El crimen de la calle Agraciada

(IV)

El gato de Habbeger

En la casa donde fue asesinado Cristian Habbeger, no queda ahora más ser viviente que un gato negro, que el extinto crio desde chico, animal que parecía estar grandemente encariñado de su dueño.

No ha habido forma de arrancarlo de allí pues cuando se intentó antes de cerrar y lacrar las puertas de la casa, el mismo día en que fueron retirados varios canarios hamburgueses y algunas aves de corral, el felino ganó la azotea, desde donde se escurrió, burlando fácilmente la persecución de los que intentaban apoderarse de él.

Ahora se le ve pasear con actitud sombría por toda la casa y aun cuando se ha dejado abierta de ex profeso una ventana de la calle Lima, el animal se resiste tenazmente a salir, ni siquiera en procura de alimento.

Opiniones del Sr. Laguarda
El Día.
29 de noviembre de 1906.
Los elementos policiales se agitan febrilmente maniobran en todos sentidos, pero el tiempo pasa y el misterio persiste. El criminal se dice, no ha dejado tras de sí un solo rastro, ninguna huella que pueda ser utilizada, si se exceptúa el cuerpo ???  de su victima, y nosotros preguntamos ¿se está seguro de que se ha sabido explotar el tenue indicio cualquiera que sea hallado en el teatro del crimen, el rastro que un profano ve, pero que no escapa al ojo experimentado y perspicaz del pesquisante?

Se  ha indagado todo lo debido en la vida del asesinado? Se ha tratado de conocer sus intimidades, sus negociaciones; se sabe si tenía hecho testamento, y en este caso se conocen las cláusulas de ese documento?

¿Se ha tratado de comprobar si falta algún documento de propiedad del finado entre los que fueron fallados en la caja de fierro? No se presta a ninguna conjetura el hecho de que hayan sido respetado todos los títulos al portador que poseía el extinto?

Pues quizás todo esto, o cuando menos algo de esto puede ser de utilidad para la justicia.
Algo misterioso
Al estudiar el crimen y el escenario en que se desarrolló, llaman desde luego la atención primero, la hora en que aquel se cometió que parece estar constatado por los (aves?) que sintió una menor, segundo, el lujo el derroche de huellas de saqueo… por el criminal, como un cínico alarde de barbarie.
¿Por qué mató?
Partiendo del principio de que el delincuente conocía a su víctima y había estudiado sus costumbres, de que operaba en un medio ambiente que le era casi familiar, sorprende que haya elegido las primeras horas de la mañana para “trabajar” arrastrando peligrosas contingencias la llegada de un cliente, de un pariente, de un amigo de los menores Solferino que iban todas las mañana, lo mismo que los lecheros, que haya llegado hasta despreciar la presencia de cualquier vecino, etc.

Si su “fin único” era robo, el apropiamiento liso y llano del dinero del viejo relojero ¿por qué no realizó esto a las once de la noche, sabiendo, como debía saber que Habbeger salía temprano de su casa y regresaba tarde? Entonces habría tenido por delante cuatro o cinco horas para… con toda tranquilidad, para saquear a su gusto la casa sin necesidad de agravar su delito con el crimen. El ladrón profesional, el ladrón científico, que procede pesando y midiendo el delito, código en mano que sabe que el robo con escalamiento o efracción de puertas o ventanas es más rigurosamente penado que el robo simple; que busca siempre aminorar los meses de cárcel que sufrirá en el caso de caer en manos de la justicia; que llega hasta hacer el cálculo de lo que ganará por mes mientras está preso; el ladrón moderno, en fin, sabe perfectamente a lo que se expone si mata al robar, y solo elimina a la víctima cuando la necesidad lo obliga, cuando a ese solo precio puede atrapar el dinero, o cuando su seguridad personal lo obliga a llegar a ese tremendo extremo.

Pero en este caso nuestro el ladrón asesina porque sí, como si ese, sobre todo, fuera su propósito, puesto que tenía el medio de robar sin llegar hasta el crimen.
Fiebre de destrucción
Y qué manera de robar, que manera de destruir muebles para apoderarse de las alhajas!... Parece que hubiera pasado por allí un viento de destrucción!

Primero trata de arrancar con un instrumento que no aparece para nada (nótese esto) la débil cerradura de una vitrina, que quizás él mismo haya cerrado; deja después esa tarea a medio hacer, cuando le faltaba apenas un último golpe, un tirón seco y recio y la emprende a golpes con los vidrios que hacen añicos, despreciando el ruido… Y hace lo propio con las otras vitrinas, sobre cuyos cristales descarga tantos golpes que los convierte en menudos fragmentos.

No queda aún satisfecho y hace rodar por el suelo mesas, estantes pequeños… colgados de la paredes que puede limpiar de joyas sin necesidad de mover de su sitio como si todo esto fuera poco arroja por el suelo tres o cuatro despertadores. Una verdadera fiebre de destrucción parece que se apodera del criminal, que tiene sin embargo la suerte de no herirse ni pisar la sangre de su víctima y destroza todo; y en esa tarea pierde un tiempo preciso y a ella se consagra a pesar de que la calle se llena de ruidos y el tránsito se hace cada vez mayor. Lo pueden ver salir pero nada le importa.
Llegando al colmo
Hay más todavía: en los estantes de la joyería hay cientos y tantos estuches de todo tamaño y el criminal que solo ha dejado en las vitrinas las alhajas de escaso valor arrambla con todos ellos chicos y grandes sin abrirlos, sin examinarlos, sin saber si están llenos o vacíos, aunque de ese modo hace más difícil su huida, porque un hombre cargado con un gran fardo llama más la atención que otro que no lleva nada.

Y como sabe el asesino que esos estuches contienen alhajas de valor, tanto los grandes como los chicos? El volumen no significa nada, pues un pequeño estuche puede contener un anillo de subido valor y uno grande un arco de servilleta.

Pero qué clase de ladrón es ese, que procede en el mismo instante como un profesional y como un principiante chambón?

El mata con una barra de hierro le destroza la cabeza a su víctima y el arma empleada no tiene rastros de sangre. En cambio el papel con que está recubierta uno de sus extremos, está completamente tinto en la sangre de la víctima.

Tampoco no se mancha las manos, pues a pesar de haberlas puesto aquí y allá al realizar el robo, sus huellas no aparecen por ninguna parte.

Comete el crimen, y deja la barra allí, para que la policía la tome como punto de partida de su pesquisa; y en cambio el  instrumento que emplea para romper la cerradura de una de las vitrinas, se lo lleva consigo.

No se engolosina con ninguno de los títulos al portador que encuentra en la caja de fierro, pero en cambio no deja una sola moneda de níquel o billete de banco, y hasta tiene la suerte de que ninguna pieza de oro, plata, níquel o billete se le caiga al suelo. Deja la caja de fierro abierta y el pasador del centro queda corrido.

Tiene la preocupación de limpiar las manos, y el paño con que lo hace no aparece por ningún lado.

¿Es, pues la obra de un profesional? Resueltamente decimos que no, porque los profesionales roban pero no matan sin necesidad y ya hemos visto que era tarea fácil robar al viejo relojero sin necesidad de matarlo. Para un profesional abrir una puerta es como coser y cantar.

¡Se quiere más? Pues al sacar las alhajas varias se le caen al suelo, y al sacar el dinero tiene la suerte de que ni una moneda de níquel se le salte de las manos.
El trozo de hierro
El trozo de hierro dejado por el asesino es de cortas dimensiones y para destrozarle el cráneo a la víctima es preciso que aquel estuviera dotado de fuerzas nada comunes. ¿No sería posible que fuera otra arma la empleada por el criminal? Una cachiporra, por ejemplo, que es de más fácil manejo y da mejores resultados.

En este caso  ¿dónde está el arma? Se la ha llevado el asesino dejando la otra como pista falsa para engañar la justicia.

Entre criminales, es cosa corriente poner esa clase de pista para desorientar a los más hábiles pesquisantes.

Resumiendo
Tal vez meditándose en todo cuanto dejamos dicho, no se pierda el tiempo. Nosotros tenemos fe en nuestra policía, y si ha podido estar desgraciada hasta ahora, nadie puede afirmar que no halle la verdadera pista mañana y entregue a la justicia al bárbaro criminal.
Las diligencias de ayer
En el día de ayer se han continuado los trabajos tendientes al esclarecimiento del crimen.

Los detenidos Mario Bertasie y Pedro Díaz (a) Perico, fueron ayer conducidos a la presencia judicial, tomándoles declaración el Juez de Instrucción doctor Gomensoro; se hallaba presente el fiscal doctor Mendoza y Durán.

Como es sabido el primero de los nombrados fue el que le vendió la caja de fierro a Habbeger y en cuanto al segundo motiva su detención la circunstancia de que su filiación coincide con la suministrada por el menor Pedro Pablo Pérez que afirma haber visto a un individuo merodeando por el sitio del crimen a la hora que este se efectuaba.

La declaración duró desde las 3 a la 5 y ½ de la tarde, resolviendo el doctor Gomensoro que fueran conducidos después a la Jefatura.


lunes, 16 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (III)

El crimen de la calle Agraciada

(III)

                                               Persecución de la pesquisa
El Día.
28 de noviembre 1906.
(Escribimos con temor un si es no es cohibidos, porque ahora ha surgido, por generación espontánea como los macachines, un altitonante censor: el lenguaraz policial del diario de la tarde, un cristiano de tiro corto que detesta las narraciones detalladas, sin duda porque a él no le da el naipe para hacerlas).

Aunque hasta en las tinieblas, se confía en la eficacia de algunos hilos que a última hora se han conseguido, gracias a la incansable actividad que se viene desplegando.

Por de pronto se ha podido constatar que la barra de hierro con que fue ultimado Habbeger es un instrumento de uso común del asesino, pues no presenta ninguna huella de moho.

Reconocido por varios peritos estos han manifestado que la barra ha sido cortada con trancha, y ha pertenecido a un lingote de dos o tres metros, pues en esa forma vienen de Europa.

Por su parte, varias casas de artículos de hierro y estaciones de tranvías, donde se consume gran cantidad de ese metal que han examinado la barra, no pueden dar informe ninguno que ilustre a la justicia. Trozo de hierro como ese se encuentra en cualquier parte.
Por ese lado, pues nada se ha podido obtener.
Los menores Solferino
Estuvimos ayer charlando largamente con los menores Orestes –y no Hugo- y Humberto Solferino en su domicilio de la calle Nicaragua número 48.

Nos encaramos primero con Orestes, y sin necesidad de darle cuerda el chicuelo comenzó a hablar.

-Yo iba todas las mañanas nos dijo a la casa del viejo Habbeger, para hacerle los mandados; le compraba la carne, corte de cordero, generalmente y de cuando en cuando me mandaba al centro a comprarle vidrio o piedras que le hacían falta.

-Algunas vez vio Vd., persona extrañas en la casa?

-Nunca señor; siempre lo veía solo sentado frente a su mesa de trabajo; cuando mucho lo veía hablando con algún cliente que iba a comprar algo y se retiraba en el acto.

Meditó un rato y agregó:

-El que solía visitarlo y le sacaba a pasear un perrito ñato, era un viejito conocido por el “Tio Forinero” que vive por la Avenida de la Paz.

Terció en este momento Humbeto, un pergenio de 7 años, que narró de corrido todo lo que sabía al respecto. Él también le hacía mandados, le arreglaba las rosas le daba algunos escobazos a los cuartos, etc., trabajaba fuerte, en fin aunque no le reportaba ninguna utilidad, porque el viejo no soltaba jamás un cobre.

Después arrepentido de no hacerle la debida justicia al difunto declaró que para el día de año nuevo le había regalado un trajecito que le quedaba pintado.

Tampoco Humberto le conocía relaciones íntimas, personas que lo visitarán con frecuencias y parecieran tener intimidad en la casa.
Con Pedro Mejorable
Pedro Mejorable que tiene 13 años, y domicilio en la calle Lima 153 es el menor que se presentó con la leche, poco después de haber sido asesinado Habbeger.

Resolvimos interrogarlo y a ese efecto ayer nos entrevistamos con él.

A las primeras palabras el muchacho se puso serio.

Déjeme, señor! La verdad es que no me hace gracia acordarme de eso… Que susto me atraqué!...

Figurese que llegué a la puerta y como la vi entornada no más, con un pedazo de la cortina salida para la calle, comencé a golpear; pero viendo que no abría empujé la puerta y entré. Lo primero que vi fue un revoltijo de muebles y relojes tirados por el suelo y después al mirar para el rincón me encontré con el viejo tendido en el suelo y quejándose: ah, ah!... un quejido tan triste que daba no se qué.

Cuando lo vi gané la puerta como un loco y salí a la calle sin rumbo. Iba corriendo cuando me acordé que por allí cerquita vive Solferino, y fui a contarle que el alemán estaba finado. En seguida, por consejo de aquel di cuenta a la policía.

-A qué horas iba Vd. Todas las mañanas?

-A las ocho a las ocho y cuarto, a veces más tarde.

-Le conocía Vd. amistades personas que lo visitarán con frecuencia?

-No, señor nunca le conocí amigos. Cuando yo iba lo encontraba solo trabajando, a veces medio dormido sobre la mesa. Y mire que no hace un día que le llevaba la leche. Primero se la llevaba mi mamá, hace de esto diez y ocho años, y ahora se la llevaba yo.
El 66 en danza
Alguien nos hace notar que el anciano relojero tenía 66 años, número fatídico, encarnación de la “geta”.

Por más que nosotros estamos convencidos de que esa pareja de guarismos es realmente fatal, consignamos la observación sin entrar en mayores comentarios.
Hilos que se cortan
La policía se ha creído en el caso de detener aunque momentáneamente a varios individuos de malos antecedentes, cuyas señas coinciden con las del individuo que según un menor salió de la relojería el día del crimen.

Interrogados por los funcionarios policiales, fueron a poco puestos en libertad, por haber demostrado que nada tenía que ver en el crimen.

Así ha pasado con un sujeto que detenido por un incidente con unas mujeres, se echó de ver que presentaba algunas heridas en las manos, de carácter sospechoso. Pero este también demostró su inocencia.
Conclusiones del informe médico
Los médicos forenses doctores don Alejandro Sarachaga y don Arturo Ferrer, que practicaron la autopsia ordenada por el señor Juez de Instrucción doctor Gomensoro, en el cadáver del relojero Cristian Habbeger, han elevado ya el informe respectivo.

Es un luminoso documento del que tomamos  sus conclusiones que dice así:

La muerte se ha producido necesaria y fatalmente por las lesiones del cráneo que hemos descrito sobre todo por la que lleva el número 1 (pabellón de la oreja derecha reducida a pequeños colgajos que algunos se sostienen por pequeños pedículos). A este nivel el cráneo presenta una fractura conminativa, separando los esquirlas en número de ocho, se nota un orificio del tamaño de la mano, que permite ver en el fondo la masa cerebral lesionada. Desde los bordes de este orificio parten fisuras que limitan esquirlas en los huesos temporal parietal y occipital). Las lesiones descritas en los números 1, 2, 3 y 4, han sido producidas por un instrumento contundente esgrimido con gran violencia.

Las lesiones descritas en el número 6, pueden haber sido producidas por las uñas del criminal.


jueves, 12 de marzo de 2015

El crimen de la calle Agraciada (II)

El crimen de la calle Agraciada

(II)


Un cliente sospechoso
Se ha llegado a saber que pocas noches antes del crimen penetró a una sombrerería situada en la misma cuadra donde Habbeger tenía su casa de relojería un cliente desconocido para el negociante, el que manifestó deseos de adquirir un sombrero. Se le mostraron varios, pero ninguno le convino, este porque era caro, aquel porque no le quedaba bien, el otro porque era de color, los fue desechando todos. Y se probaba sombreros y sombreros, con toda pachorra, como ganoso de perder tiempo.

Por fin abandonó la casa sin comprar nada, y no falta quien diga que se plantó frente a la casa de Habbeger y allí se dejó estar hasta las once de la noche.

¿Qué hacía allí? ¿Qué habrá ido a hacer a la sombrería? Esto es lo que la policía ha querido averiguar, y en el momento actual se anda en busca del al parecer misterioso cliente del sombrero.
Gratificación de 300 pesos
El coronel Jerez ha autorizado al jefe de la Policía de Investigaciones señor Russo, para ofrecer una gratificación de 300 pesos a la persona que proporcione un dato, nada más que un dato por el cual pueda llegarse hasta el descubrimiento del autor del asesinato de Habbeger.

Si alguna persona por razones especiales quiere que su nombre no sea conocido, la autoridad policial está dispuesta aprovechar el dato, entregar la gratificación si el resulta útil y guarda la más absoluta reserva.
En casa del crimen
El Jefe de la Policía de Investigaciones, señor Russo, acompañado de los comisarios internos de la 7ª señores Manuel García y Aquiles Cóppola y de joyeros que, a causa de haber estado al servicio de Habbeger, conocían exactamente el número de mercaderías que existían en el establecimiento, se constituyeron ayer tarde en la relojería practicando una detenida inspección en todos los estantes, vitrinas, etc.

De dicha inspección se constató que faltaban no menos de cien estuches grandes y mayor cantidad de estuches pequeños, de manera que el crimen ha tenido forzosamente que salir con un verdadero cargamento después de perpetuar el asesinato y el saqueo de la joyería.
Sobre rectificaciones
Ha visitado al cronista policial de este diario un señor Bertoni establecido con casa de compra-venta, para pedirle una rectificación. Dice ese señor, que fue él y no su hijo Mario Bertoni, el que vendió la caja de fierro a Habbeger, ignorando absolutamente que dicho mueble fuera de secreto, detalle que, aunque sorprendente no tomaremos como materia de discusión.

Nuestro cronista de policía advirtió al señor Bertoni que no tenía el menor reparo en hacer la rectificación que solicitaba; pero como tampoco era agradable eso de reconocer ligerezas, públicamente, se creía en el caso de advertirle que insistía en que quien había iniciado la negociación de la caja de fierro era precisamente el hijo del que hacia la  rectificación, de suerte que este último no pasaría de un simple poseedor del mueble, detalle que no altera el fondo de nuestra información.

Y para terminar agreguemos que, como estamos firmemente persuadidos de que nuestras narraciones anteriores son de todo punto inatacables en cuanto se refiere a su más escrupulosa exactitud, aceptemos la discusión de cualquiera que se crea autorizado a impugnar un solo párrafo de dichas narraciones.
Sobre manchas de sangre
Un colega dice lo siguiente:

Según nuestros informes, ni en los papeles del extinto, ni en las paredes del taller, ni en la caja de fierro, ni en la puerta, ni en ningún sitio ni objeto del interior de la joyería se han notado rastros que delatasen que el asesino tuviera sus manos tintas en sangre y esto hace presumir que ha sido lo suficientemente hábil o que ha tenido verdadera suerte al cometer el crimen, para que no le alcanzara la sangre de su víctima”.


Así es en efecto; pero conviene dejar establecido que nosotros hemos observado también ese detalle, consignando que si bien no se notaron manchas de sangre, en cambio se notaron gotas en diferentes puntos de la joyería, lo que nos hizo suponer que el criminal ha recibido una pequeña herida en la mano, quizás al despedazar las vitrinas para saquearlas, sospecha que confirma la circunstancia de haberse constatado igualmente gotas de sangre en las paredes y en la vereda de la calle Lima según queda consignado en nuestra narración anterior.